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martes, 21 de julio de 2020

Yo he asaltado «FONTANA ROSA»



Fumo. Fumo otra vez nervioso, quizá con rabia. Son unas chupadas breves, intensas. El taxista –«pardon, monsieur»– ha ido ­a preguntar una cosa. Ha aparcado aquí, en Menton, en esta plaza, donde hace un sol que no hay quien lo aguante –«pardon, monsieur»– , junto a este coche donde una señora joven y bonita se aburre también, en bikini, con un niño en brazos. Vuelvo a fumar. Me mira esta señora. Me doy cuenta: la he sorprendido. Me he vuelto a ver si regresa el taxista y se han cruzado nuestras miradas. Ha sonreído. Vaya, hombre. Lo que faltaba. Y el taxista sin venir.
Me gusta y me irrita Menton. Yo no he venido propiamente a ver Menton. Luego vendré a ver Menton. Tomaré unas cuantas notas. Urdiré una crónica. Intentaré una colección de octavas reales más larga y menos soporífera que «La Araucana» a ser posible. Pero ahora no. Ahora no… Ahora, no.
Ha vuelto el taxista. Tiene una pinta de Jean Gabin, de Jean Gabin viejo, que no se la salta un gitano. Pero debe de ser joven. Ha vuelto sudoroso, nervioso.  «Pardon, monsieur». Rápidamente se sienta, se pone al volante. Otro cigarrillo. Maniobra vamos a salir pitando. La señora se ha dormido dentro del coche – por lo menos cabecea –, con el niño dormido en sus brazos. Cruzamos Menton. Ahora vamos a Garavan, y que está a la otra parte de Menton. Cruzamos por delante del Casino, torcemos luego. Sobre la marcha, el taxista se vuelve apenas y repite, pero preguntándome:
– ¿Vicent Blascó Ibáñez?
Mastico, trituro, o acaricio minuciosamente, las palabras:
– ¿Vi-cen-te Blas-co I-bá-ñez.
– «Oui. Perdon, monsieur»
Se agacha como Ocaña. Le da al acelerador. Se embala. Es un golpe rápido y efímero. Para en seco. No hay nadie. No iba a matar a nadie. ¿Por qué se ha detenido? Se abandona en el asiento. Estira las piernas. Miro. Casi me quemo los dedos con la colilla del cigarrillo. Me inclino más y miro todavía. Lo veo en una esquina. Es una pequeña lápida de mármol. La inscripción es en versales henchidas en la piedra. El color de las letras debió ser rojo en tiempo. Leo «Avenue de Vicente Blasco Ibáñez». La hora de la verdad. No hay que detenerse en pamplinas ni en emociones. Hay que hacer «el ánimo» y echarse al ruedo como un espontáneo. O como un policía que sabe que en esta, a lo mejor, se juega la vida. Bajo del coche. Miro a un lado y a otro. Me subo los pantalones. Quizás me aseguro el cinturón.
Meto la cabeza por la ventanilla y le digo al taxista que me voy a pie. Que es un camino que he de hacer a pie, que aunque él no lo comprenda debe ser una especie de promesa que sin duda hice en algún momento lejano y es imprescindible que vaya a pie y casi descalzo. Que me siga, despacio, y que a la puerta de Fontana Rosa nos veremos.
Evidentemente, el taxista no lo comprende, no lo entiende, pero hay algo –en mi acento, en mi decisión–, que le embarca misteriosamente en la aventura. Yo podría hacer en estos momentos lo que quisiera del taxista. Podría mandarle a comprar un paquete de Winston o podría mandarle a Cannes a que se me subiera cualquier cosa que se me hubiera olvidado. El me mira con asombro, quizás con piedad, contagiado, los ojos. Me he vuelto seco al hablar.
– «Oui, monsieur.»
Lo confieso: estoy emocionado. Pero todavía no quiero que se me note. Prácticamente he venido a Francia para esto: para ver, en esta esquina, esta inscripción, esta pequeña y vieja lapida, esta calle dedicada a Blasco Ibáñez en Menton que no hay en Valencia. Y luego, lo que venga, lo que el destino –ay el destino– me depare.
Vuelvo a asegurarme, no sé por qué, quizás sea cosa de los nervios, el cinturón. Y avanzo; avanzo solo. Voy a iniciar, en solitario, un largo y emocionante «traveling», calle –avenida – arriba. Solo ante el peligro.
Camino, al principio, con cierta dificultad. Han sido muchas horas, han sido muchos kilómetros dentro del coche, con este calor tan insoportable. Pero, poco a poco, advierto como si se me independizaran los pies, las piernas, y camino incluso con ligereza. Porque tengo prisa; quiero acabar pronto.
Desciende un coche. Me aparto. El coche tuerce, antes de llegar a mí, por una esquina. Ese idiota podía haber avisado. Sigo. Me vuelvo. El taxista, al comienzo de la calle, espera. Inicia la maniobra para seguirme, despacio.
No veo Fontana Rosa. Enciendo otro cigarrillo. Una mujer vuelve a casa con la compra. Sobresale, como siempre, el pan, los panes. Nos cruzamos
– «Bonjour»
– «Bonjour»
Voy cuesta arriba. Desde Mónaco no hemos dejado prácticamente de ir cuesta arriba. La cuesta arriba, en realidad, comenzó apenas abandonamos Niza. Hemos bajado y hemos subido. Pero hemos subido siempre. Y sigo subiendo. Miro a derecha e izquierda. No encuentro a nadie en toda la calle. Y de golpe…
Fontana Rosa. Aquí, a mi derecha, está Fontana Rosa.
Hago de tripas corazón. Me detengo. Se me agolpan los recuerdos, las ilusiones, los deseos. Recuerdo a mi abuelo, a quien apenas conocí y de quien heredé las obras de Blasco. Recuerdo a aquel dulce vecino de Burjasot, republicano y ateo, que, finalmente, recibió la comunión, poco antes de morir, en calzoncillos, aquellos calzoncillos largos que se amarraban al tobillo, con rayitas grises, arrodillado y tiritando sobre la cama. Temblaba con los sudores de la muerte y tenía cruzadas las manos y abría la boca con una avidez enorme. Recuerdo la nota que cerraba las novelas de Blasco Ibáñez en su última etapa: «Fontana Rosa. Alpes Maritimos». Recuerdo… No hago literatura. Que se vaya al cuerno toda la literatura. Pero se me escapan unas lágrimas. Por fin… Me veo leyendo, tan niño todavía, «Cuentos valencianos», «La barraca», «Cañas y barro». Veo en una pared, en mi habitación, clavado con chinchetas, aquel grabado de Blasco Ibáñez, entre amarillo y sepia, que divulgaron tanto a raíz de la muerte del novelista. Y toco la aspereza de la pared con la punta de los dedos como si tocara un nicho, como he acariciado un nicho – como si tocara una mejilla. Fontana Rosa.
El taxista, emocionado, me observa. No me lo dice. Pero le noto, le sé a mis órdenes. Si le digo que se cargue la tapia, se la carga. Si le digo que secuestre en Valencia los restos de Blasco Ibáñez, los secuestra. Si le digo…
Pero no le digo nada. Sobresalen por encima de la tapia, polvorientos, unos árboles. No hay ninguna pizca de briza. El taxista suda por todas partes. Tiene la cara colorada, congestionada, como si hubiera liquidado él solo una botella de coñac.
Son más de las doce de la mañana del viernes, 24 de agosto de 1973; cae un sol implacable. He querido subir a pie, como en otro tiempo subía a San Miguel de Liria, esta breve y apenas sinuosa cuesta. Estoy, por fin, ante Fontana Rosa. Me alejo unos pasos. Miro la fachada. En el hierro de la puerta, en sus dos hojas, en el centro un anagrama a base de la B y la I enlazadas: Blasco Ibáñez. La puerta está pintada de verde, un verde viejo; detrás de la verja hay otra lámina, del mismo color, que impide ver lo que hay dentro.  En lo alto, campean, a la izquierda, el busto de Balzac; en el centro, considerablemente más grande, el Cervantes; a la derecha, el de Dickens, los tres a base de azulejos de Manises en los que predomina el azul. Y el nombre de la villa: Fontana Rosa. Y el deseo de Blasco Ibáñez: El jardín de los novelistas.  Esto mismo se repite, debajo de Balzac, en francés; debajo de Dickens, en inglés. A la izquierda, en la pared, hay una larga lápida: sobre ella, el perfil de Blasco Ibáñez, en bronce; luego, una larga prosa oficial hace memoria de que allí vivió y murió don Vicente Blasco Ibáñez y de que, en octubre de 1933, el Gobierno francés decretó solemnes honras fúnebres por el novelista. Asomas, por encima de las tapias, unos cipreses. Hay mucho silencio y mucha soledad. De vez en cuando chirría una cigarra.
Me alejo unos pasos. Aquí fue donde el regimiento alpino rindió honores militares cuando salía para siempre en cuerpo de Blasco Ibáñez metido en el ataúd; descendió, cuesta abajo, por ahí. A la puerta de Fontana Rosa –me doy cuenta ahora– hay, derribado, un enorme cubo de basura; revolotean, zumban, unas moscas. Por todas partes hay el encendimiento de las flores. Precisamente enfrente de Fontana Rosa hay otra villa, sencilla, pulcra, deliciosa, que se llama «Ville des Fleurs».
Me acerco a la puerta y llamo, a golpe de puño: no hay timbre, no hay campanilla. Aguardo. Aguardo en vano. Y vuelvo a golpear. Miro, por una rendija; veo el pabellón que fuera de la servidumbre; veo más allá, la residencia de Blasco. Y veo una molla, no una alfombra, de hojas secas, cobrizas. Tres gatos rojos mantienen una silenciosa tertulia estúpida. Un coche –un «Peugeot» gris– está abandonado allí. Golpeo con los puños, con los pies; nadie contesta. El taxista me observa. No puedo contener la excitación. Cojo una piedra y doy con ella contra el metal, furiosamente, muchas veces. En vano. Todo en vano. Me irrita la luz. Me irrita esta paz. Me irrita este silencio. Me lo cargaría todo. Impotente, me agarro a los hierros. Esta es mi última tentativa de entrar en la Fontana Rosa. Y no me abre nadie. Y no hay nadie. Y casi lloro y digo más de un taco.
Se me acerca el taxista. Comprueba por las rendijas, lo que yo había visto. A rebato, con la piedra, con los pies, golpeo la puerta. Salen probablemente escandalizados, de Ville des Fleurs. Le preguntan al taxista qué pasa. Entré en la conversación. Me creen familia de Blasco. No. No soy de su familia. Insinúan delicadamente la posibilidad de que sea familia ilegitima. Ni hablar. Soy valenciano. He admirado y he llegado a querer,  como algo propio, a Blasco Ibáñez. Y hay más silencio alrededor. Lo han comprendido todo. El taxista me pone una mano en el hombro, me atrae hacia sí. La señora de Ville des Fleurs ha salido con un platito y un vaso de agua. Pero yo he de seguir. Yo he de entrar en Fontana Rosa.
El taxista, rápido, se sitúa junto a la tapia, se inclina y pone las manos como un estribo para que yo suba y trepe tapia o puerta de arriba. Un niño de Ville des Fleurs indica un sitio; el taxista corre hacia él. Espero. Lentamente, la puerta de Fontana Rosa se abre para mí solo. El taxista ha entrado por la parte trasera, donde la tapia ha caído o ha sido derribada, ha quitado la burda estaca que mantenía cerrada la puerta y ha abierto. Creo que se ha cuadrado, por lo menos ha estado en posición de firmes, mientras yo, muy indigno, muy despacio, con mucha emoción, con mucho temor, con mucha vergüenza, entro en Fontana Rosa, avanzando en el mar de hojas secas que casi me alcanza las rodillas.
¡Dios!... Quisiera callar, por pudor, por estricto pudor, el descuido, el desaseo, la mierda que hay en Fontana Rosa. Nadie lo puede imaginar. Y esto es lo que Blasco Ibáñez quería que, a su muerte, fuera el jardín de los novelistas… Esto era el sueño que acariciaba con más íntima fruición Blasco Ibáñez, mientras sentía sobre él, sobre su vida, sobre su obra, la tibieza final del sol de la gloria, del sol de los muertos… Esto… Esto.
Aquí está la glorieta donde Blasco Ibáñez se sentaba con su mujer y sus visitas de más postín. Dos gastados peldaños suben hasta ella. Aquí está el busto de Cervantes, en bronce, sobre una columnita; aquí, como respaldo del asiento, está, en chillones azulejos rojos, un compendio del «Quijote»… ¡Qué inútil, qué desesperado amor a España el de Blasco Ibáñez!...
No he querido sentarme. He sentido, legitimo, el deseo de robar. He sacudido la columna que sostiene el busto de Dostoyevski, pero la mala zorra de la piedra no ha cedido. Y he roto a llorar. No podría ya más; compréndanlo.  He roto a llorar mirando alrededor los bustos de Zola, de Víctor Hugo, de Dostoyevski … He roto a llorar mirando tanto abandono, tanto porquería, tan poco amor por la memoria de Blasco Ibáñez. Y otra vez me ha puesto la mano en el hombro el taxista, maravillado y asqueado de cuanto hay allí y de cómo se encuentra.
He entrado en una especie de garaje o de hangar, donde, sin duda, estuvo el cine particular del novelista. He salido otra vez. De un puñetazo ha cedido una madera. He mirado, allá arriba, la prodigiosa terracita desde la cual Blasco Ibáñez dominaba, en una extensa panorámica, Menton, Mónaco, Montecarlo… Y persianas desvencijadas y rotas, y montones de basura  domésticas y ventanas abiertas y cayéndose.
De pronto he advertido, bajo mis pies, un estremecimiento; bajo mis pies y en las maderas, en los cristales. He esperado en silencio. He roto en un grito:
– ¡El tren!
Era el tren, sí; se ha escuchado el silbido. Era el tren del primer capítulo de «Los enemigos de la mujer», solo que sin soldados, sin gritos, sin voces. Era el tren que cruzaba los más humanos relatos de la guerra hechos por Blasco Ibáñez –algunos de «El préstamo de la difunta», algunas páginas de algunas novelas. A estas horas Blasco Ibáñez, con don Jaime de Borbón y Josep Plá, bajaban a Menton, al Casino, y se iban a comer.
Se pierde, subterráneo, en la lejanía, hacia Italia, el silbido insensato del tren. Y me quedo más solo. O me siento más solo.
Me vuelvo. El taxista, de espaldas, pero al acecho, está meando. Sorprendido, suplica:
– «Pardon monsieur»
La emoción, el nerviosismo, se ha ido por ahí. Bueno.
Recorremos la teoría de bustos, Víctor Hugo, Zola. El Dostoyevski admirable; observa todo, con unos ojillos sutiles como cuchillos. Son los ojos, quizá, de haber «visto» «Los hermanos Karamazov», «Crimen y castigo», «Los endemoniados»… Por aquí paseaba y se sentía seguro… aquí sí que se sentía seguro don Vicente Blasco Ibáñez.
«– He ganado muchísimo dinero con mis novelas…» ¡Y el que se gana todavía, don Vicent!
Aquel Blasco Ibáñez, que tenía peseta a peseta, tan temprano y tan arraigado, el sentido de la «propiedad inmobiliaria» –la Malvarrosa, Fontana Rosa… ¡Qué desastrado final de sus casas (Fontana Rosa, la Malvarrosa)! Y en un vulgar nicho de Valencia, sus restos, y eso gracias a la rápida gestión de un gobernador, Solsona, harto de ver ¡cinco años! Aquel ataúd dando vueltas por el «depósito» y sin recibir sepultura.
¡Dios! Son demasiadas cosas juntas. Esto no se hace. La cabeza me va a estallar. Me agarro la cabeza. Pero he de seguir. He de apurar toda la amargura, toda la tristeza, toda la vergüenza, toda la desolación. Todo este cáliz. A zancadas, a zancadas de borracho o de moribundo, recorro, en una y otra dirección, todo el jardín. ¿Jardín?
En sus últimos años, Blasco –lo escribió– se pasaba a veces semanas sin salir de su casa, prácticamente paseando por «su» jardín, porque se dedicaba afanosamente a escribir. Sabía que la muerte podía, iba a subir, inesperadamente, por esta cuesta; sabía que entraría como Pedro por su casa. Le irritaban los ladridos de los perros de doña Elena. «Estos perros», lo ha recordado J.L. León Roca. Miro el pabellón donde vivía, donde escribía, donde se lo llevó la muerte, arrancándolo de los brazos súbitamente maternales, de su criada, mientras él, con la mano, torpemente, buscaba todavía las gafas en la mesita de noche, como si con ponérselas, no se fuera a morir. ¿Qué habrá sido de sus gafas, de su pluma? Todo eso son, ya, virguerías.
Ahora sí. Ahora –no podía ya más– me he sentado en uno de los peldaños. El taxista, de pie, me ofrece un pitillo. Rechazo, obstinado, con la cabeza. Procuro ser amable; levanto la cabeza y le sonrío. Pero él no me ve; él mira estupefacto, aquella ordenada belleza de bustos, de posibles rosales, de problemáticos jazmines, de sólidos cipreses, con una perplejidad indescriptible. Tampoco él lo entiende. Esto no hay quien lo entienda.
La puerta de Fontana Rosa sigue abierta. En el suelo, la estanca vulgar que la aseguraba. En seguida, el armatoste del coche. Me hice la ilusión, al principio, de que quizás fuera el que utilizó Blasco. Entiéndanme: pensé que se rendía «un» culto familiar a Blasco… Los tres gatos me observan sentados en el mismo sitio.
Brilla, enfrente, en la basura, debajo de las hojas secas. Me abalanzo. Me sigue el taxista. Escarbamos afanosamente como si fuéramos a desenterrar a alguien.
Es otro coche, enterrado en aquel estercolero. Sonrío. Da pena, da asco.
«Nada me falta. Todo lo que deseé ha llegado para mí; en mayor o en menor cantidad, pero ha llegado. Ni uno sólo de los ensueños de mi ambición y mi envidia, cuando era joven, dejó de realizarse…» Y cae el sol. No es el sol de los muertos, tibio y leve…es un sol crispado de agosto; es un sol colérico y reivindicativo que quizás convoca a los muertos a ponerse en pie. Pero este muerto mío, este Blasco Ibáñez, no puede ponerse en pie y echar a andar, lleno de agujeros.
Toda la ilusión, toda la larga tensión, toda la emoción, se ha roto en mí, me ha roto los nervios y lloro y sudo mientras sigo mirando. Me sorbo los mocos, luego me paseo estúpidamente el pañuelo, en un puñado, por la boca seca, por las mejillas, por las narices. Noto como si aquella mañana no me hubiera afeitado. Es lo que ocurre.
Estoy en la puerta de la casa, propiamente, en la que Blasco Ibáñez vivió y murió. Un empujón y entro. Pero me detiene un último y muy casto temor. No; esto no. Hubiera sido como destapar un ataúd con un muerto muy querido dentro. No; esto no.
Las manazas del taxista parecen dispuestas; hubiera bastado una indicación y se hubiera cargado la puerta. No; esto no…No.
A espaldas de la casa, está desmochada, una tapia. Hay señales de trabajo como de excavaciones. Un poco más allá hay una grúa amarilla. En el suelo, empaquetadas, hay unas muestras de tierra. Luego me dirán los vecinos que quizás van a venderse unas parcelas. Yo no lo sé. Luego me dirán que el Gobierno francés quiso salvar todo esto – ¡el Gobierno francés! –  y no se llegó a un acuerdo. Yo no lo sé. Luego me dirán que alguien, probablemente inglés, robo, hace unos meses, los bustos de Shakespeare y de Dickens, Y sonreiré. Yo también pude robar cuanto hubiera querido en Fontana Rosa. Pero no lo hice. No lo podía hacer. Eso, que lo hagan otros. Que lo haga otro que no piense nada más que en la belleza de los bustos o en el peso de la chatarra. Eso yo no lo puedo hacer. Pero cualquier día lo hará cualquiera.
Me encamino a la puerta como si saliera de un cementerio, como si regresara de un doloroso entierro. Crujen las hojas secas bajo mis zapatos. Levanto los ojos y delante de mí veo a unas señoras, a unos niños. Son los vecinos de antes. Intento sonreír. Pero no les engaño. No nos decimos nada. Dejo mi mano en la cabeza de un niño. El taxista, con la rapidez expeditiva de un sepulturero, cierra la puerta –¡cómo me irrita este chirrido!– Me llevo las manos a los oídos. Atranca otra vez la puerta. Esto se ha acabado. Como en un cementerio, como en un entierro, doy la mano a estas buenas gentes. Una vieja señora, que probablemente, niña aún, conoció a Blasco Ibáñez, retiene mi mano en las suyas unos segundos, unos minutos, unas horas. La miro en los ojos. En sus ojos hay fortaleza, la fortaleza que el silencio me pide. Intento sonreír. Probablemente me sale una mueca desvencijada. Me meto en el taxi.
Arranca el coche, como el coche de los muertos, muy despacio. Miro por última vez, a mi izquierda, Fontana Rosa. Esto se ha acabado… Me despiden saludándome sin palabras, con la mano. Bajo la cabeza. Pero no es el dolor. O no es el dolor sólo; es la vergüenza, es el asco. Estoy dispuesto a pedir perdón de lo que yo no hice. Las palabras están demás. Calla el taxista. Aplicado al volante, mirando enfrente –pero a mí no me engaña– me alarga, sacándolo de no sé dónde, su cajetilla de «Gitanos». Cojo un cigarrillo y fumo. Esto se ha acabado.

por VICENT ANDRES ESTELLES,
(publicado en septiembre de 1973)

En 1973, cuando el autor de este artículo visitó Fontana Rosa, habían pasado 43 años de la muerte de Blasco. Es un artículo emocionante, triste, desolador... sobre una realidad que pocos conocieron o conocen. 
Ahora, casi medio siglo después de su dolorosa experiencia, somos otros los que, igual a él, admiramos y hemos llegado a querer, como algo propio, a Blasco Ibáñez. Y precisamente, en estos calurosos días de verano del 2020, nos embarcaremos en una nueva aventura: ir a conocer la actual Fontana Rosa, con la ilusión de lograr captar sensaciones, imagenes e impresiones singulares, y luego, compartir vía Internet: en el blog, las redes sociales, etc. para todos los interesados.

lunes, 29 de enero de 2018

«La Senyera» de Blasco


Hace 90 años, el 28 de enero de 1928, a las tres de la madrugada, en Mentón (Francia) finalizaba una «vida de novela», la vida Vicente Blasco Ibáñez.
Tres meses antes, el 26 de octubre de 1927, el escritor valenciano enviaba una carta a Eduardo Sanchis, un reputado fabricante de tejidos de sedas de Valencia, con quien, a través de correspondencia epistolar, continuaba una vieja amistad. Blasco apreciaba mucho el trabajo de su amigo y conciudadano, considerándolo un verdadero artista, y según parece, le encargaba la elaboración de alguna pieza especial; de esa vez, había sido una capa. Hacia el final de la carta mencionaba:
También me gusta lo de la Señera valenciana, y arreglare aquí un salón para tenerla bien a la vista. Tal vez me servirá de sudario cuando me entierren.1 
Además de esta carta — entregada a la prensa por Dolores Vidal, la esposa del fabricante, en los últimos días de enero del 1928, después de la muerte de Blasco   no hay otros datos que confirmen un compromiso firme por parte de E. Sanchís para la rápida entrega de la enseña valenciana. 
Obviamente, el precipitado fallecimiento del novelista no le permitió terminarla a tiempo y según parece, los parientes del escritor conocían su deseo y también la promesa del fabricante. 
Aquel sábado 28 de enero, a pocas horas después de la muerte del novelista, sus hijos — recién llegados a Mentón  enviaban un telegrama a Eduardo Sanchis: 
El martes por la mañana el entierro de papa en Mentón. Por voluntad expresa suya le rogamos que traiga la Señera, envuelto en la cual ha querido ser enterrado el papa. – Hijos de Blasco Ibáñez.2
El siguiente día, el periódico El Pueblo dedicaba casi todas sus paginas a la perdida inesperada de su fundador; en uno de los artículos, titulado "A Blasco Ibáñez se le enterrará envuelto en la Señera valenciana", se relataba:

Publicidad del año 1921
Uno de los íntimos amigos de Ibáñez, don Eduardo Sanchis, reputado fabricante de sederías, estaba tejiendo una reproducción de la Señera, obra maravillosa de sus artífices, para adornar uno de los salones de la residencia del Maestro en Mentón.
Una  de estas  reproducciones  de la Señera, terminada ya por el señor Sanchis, le había sido regalada a nuestro amigo queridísimo Muñoz Carbonero médico de la familia de dicho inteligentísimo industrial...
Anoche mismo salió para Mentón el señor Sanchis, pero como la Señera tejida para Blasco no está aún terminada, llevóse la reproducción que posee el doctor Muñoz Carbonero, para que pueda cumplirse la voluntad de Vicente Blasco Ibáñez, indicadora de la ternura con que amó a su tierra.2
Para el fabricante valenciano — aquel viaje inolvidable, sin atreverse a dormir por miedo a perder la caja en que llevaba la Senyera, bajando con ella a los restaurantes del tránsito, atravesando bajo la lluvia, un andén de Marsella a Carcassone, con la caja bajo el gabán...3 — sería el ultimo largo viaje de su vida. Eduardo Sanchís Romero falleció diez meses más tarde, en diciembre del mismo año, pero sin antes terminar de tejer la seda para otras Señeras más, tres de ellas, consideradas hoy, las hermanas gemelas de la que llevaba aquel día a Mentón.

La prensa española, manifestación infalible de la opinión, tuvo en los días que siguieron a la muerte del maestro un período de actividad febril. Páginas enteras se llenaban con detalles y recuerdos del gran novelista, con anécdotas de su vida y con biografías copiosas...
Fué el homenaje de España entera. Aun los diarios enemigos de él, en convicciones y en ideas, reconocieron, gallardamente, que con su muerte se perdía la figura que representaba mejor a la literatura española en el extranjero.
El pueblo español, noble siempre, tributaba al muerto glorioso el galardón que merecía, buscando con avidez los periódicos, que ansiosamente devoraba, en busca de noticias y detalles que saciaran su deseo.4

Los periodistas de Madrid  representados por Mariano Benlliure y Tuero, hijo del escultor valenciano Mariano Benlliure —, escritores y camaradas de Blasco Ibáñez, unidos a él por la más profunda admiración5— expresaron públicamente el deseo unánime de que la inhumación se lleve a cabo en tierra española.

Según la prensa, ese mismo deseo lo manifestaron también la mayoría de los valencianos. Todos recordaban la ultima visita oficial de Blasco a Valencia, en 1921, y aquel anhelo que él había expresado durante su discurso en el Cabañal:
Si me enterrasen en país lejano moriría para siempre,… yo quiero que me traigan aquí, junto al Mediterráneo, y así no moriría nunca porque mi cuerpo vendrá a confundirse con esta tierra de Valencia que inspiró mis obras más amadas6.
Pero en Mentón, sus familiares ya habían tomado una decisión:
Por deseo expreso del difunto su cadáver no será trasladado por ahora a Valencia por motivos de índole delicada y personalísima. Será por tanto inhumado en Mentón y sus restos mortales envueltos en una reproducción exacta de «La Senyera» de Valencia que hace tiempo tenia encargada5
El lunes, 30 de enero, el periódico El Pueblo publicaba la respuesta oficial, reproduciendo el telegrama7 enviada desde Mentón por Sigfrido, el hijo menor de Blasco, el que ya firmaba con los dos apellidos del padre.

Traslado a la biblioteca. Mentón, 30 de enero de 1928. 
Domingo  el día anterior  había llegado en aeroplano a Mentón, Campúa, el conocido fotógrafo de Prensa Gráficapara captar las primeras imagenes, las que han quedado como el mejor testimonio gráfico de aquellos momentos.
…obtuvo numerosas fotografías del cadáver, como también del acto del traslado desde el lecho mortuorio a la capilla ardiente.8 
Con sus fotografías no solamente consiguió enseñar el rostro del novelista muerto y a los que allá reunidos, participaron en el acontecimiento, sino que también lograba revelar el ambiente que había rodeado al escritor valenciano en sus últimos momentos de vida: la villa Fontana Rosa con su jardín,
...trozo de España, donde tan bellas páginas había trazado con su pluma, gastada de tanto seguir los dictados de su genio grandioso y de su corazón. El hijo del mar había cerrado sus ojos para siempre, frente a aquel «Mare nostrum» cuyos misterios seculares él se llevaba para siempre, encerrados en el fondo de su imaginación portentosa.4
Además, la cámara de Campuá captó las escenas más elocuentes de los actos y las ceremonias organizados para aquel imprevisto acontecimiento. 

En el jardín de Fontana Rosa. 

El jardín de Fontana Rosa, 29 de enero de 1928. (Foto: Campúa)

Un rincón del jardín de Fontana Rosa, 29 de enero de 1928. (Foto: Campúa)
Estudio-biblioteca de V. Blasco Ibáñez en  la Fontana Rosa, 29 de enero de 1928. (Foto: Campúa)
La villa Fontana Rosa, donde V. Blasco Ibáñez había vivido en los últimos años.

En la mañana del lunes 30 de enero, llegaron los comisionados valencianos:
Julio Giménez, redactor de El Pueblo, presidente de la Asociación de la Prensa de Valencia y representante de la de Madrid y de la Federación de Prensa Española, Julio Just, delegado del Partido Republicano de Valencia, de la Casa de la Democracia y de El Pueblo, el letrado Álvaro Pascual Leone en representación del Circulo de Bellas Artes y el comerciante Eduardo Sanchis.
Eran portadores de la Señera fabricada por el señor Sanchis.8

Eduardo Sanchis, Álvaro Pascual, Julio Giménez y Julio Just 
La Comisión legada expresamente a Mentón desde Valencia, portadora de la Señera valenciana
 y de un puñado de tierra del pueblo natal, para enterrar con ello a Blasco Ibáñez

Los familiares habían trasladado el féretro al despacho-biblioteca, el sitio de trabajo del novelista, y allá fue instalada la improvisada capilla ardiente. 

Los comisionados valencianos,...desde la estación se trasladaron seguidamente a Fontana Rosa, penetrando en la biblioteca, donde estaba ya depositado el cadáver, envolviendo éste con la Señera valenciana de que eran portadores y cubriéndolo con flores y encajes de plata.9

La capilla ardiente improvisada en la biblioteca. Fontana Rosa, Mentón, 30 de enero de 1928.

Los comisionados valencianos y familiares de Blasco Ibáñez. Mentón – Francia, 30 de enero de 1928 (Foto: Campúa)
Julio Just, allá presente, recordaría — unos meses más tarde  aquellos momentos y la compaña de Eduardo Sanchis … aquel amanecer tardío y lluvioso en que él, Julio Giménez, Pascual Leone y yo, penetramos en la sala de trabajo del maestro y le vimos por postrera vez, con los anchos hombros apretados por las paredes del ataúd, sordo y ciego para siempre, y le extendimos sobre el busto y los pies la gloriosa enseña de la ciudad natal, y le coronamos de flores, como a un dios antiguo, haciéndole ofrenda de unos puñados de tierra de la huerta de Vera por cuyas sendas habían caminado las gentes de su Barraca, a la busca de la Ermita, con su soportal de redondos y gruesos pilares o de alguna alquería de las que hay por allí, con ventanas de rejas inclinadas, puerta redonda y alegre emparrado.3

Capilla ardiente instalada en el despacho de V. Blasco Ibañez. Mentón, 30 de enero de 1928
La Señera valenciana que acompaño al valenciano para siempre.
Junto al ataúd, el fabricante del tejido de seda y portador de la Señera, contaba las presillas o asas del pendón, que tenían que haber servido para colocarlo de los muros, con manos temblorosas y mientras por sus mejillas se caían gruesas lágrimas.3
El periódico valenciano El Pueblo mantenía informado al publico sobre todos los acontecimientos del evento a partir de datos fiables, obtenidos directamente de Mentón, por vía telefónica y telegráfica. 
Continuando con el día 30, relataba:
A las cinco de la tarde de hoy se ha celebrado la ceremonia de cerrar el féretro que contiene los restos del ilustre escritor. El acto, que resultó conmovedor, fue presenciado por la viuda e hijos del finado, los periodistas Espía y Giménez, el escritor Joaquín Belda, Just y algunos íntimos.
El cadáver de Blasco Ibáñez ha sido cubierto totalmente por la Señera, habiéndose depositado también dentro del féretro la tierra de la huerta valenciana, traída exprofeso por los comisionados de su país natal.
La caja mortuoria ha sido llenada igualmente de flores valencianas.9
El martes 31 de enero, era el día del entierro del novelista en el Cementerio de Mentón-Garaván, un entierro provisional hasta que se decidiese trasladar sus restos mortales a Valencia. En aquellos momentos, los parientes y algunos de sus correligionarios, consideraban inoportuno traerlas a su ciudad natal; incluso, había los que decían que Blasco no deseaba regresar a España "ni vivo ni muerto" hasta que no se instaure la República. 
En las primeras horas de la mañana, se colocó bien la Señera, se derramó la tierra de Valencia por la almohada; sobre la que descansaba Blasco, se cerró el féretro y se soldó. Sobre la tapa del féretro se colocó una placa de plata con esta inscripción: "Vicente Blasco Ibáñez. 1867-1928".10
A las 10, el cortejo partía desde la villa Fontana Rosa.
Así llegó la hora del entierro. Blasco Ibáñez, sacado en hombros por sus familiares se despedía para siempre de Fontana Rosa, la mansión de sus ensueños y de sus amores...
Una compañía de Cazadores Alpinos tributó al cadáver los honores que le correspondían como perteneciente a la legión de Honor. La comitiva atravesó las calles de Mentón hasta el Cementerio comunal. Allí habían de quedar sepultados los restos del hombre que llenó todo un período de la literatura española.4

La salido del féretro de V. Blasco Ibáñez de la villa Fontana Rosa, Mentón, 31 de enero de 1928

En la plaza situada frente al Cementerio de Mentón se pronunciaron varios discursos. 
Julio Giménez, decía en el suyo: Blasco Ibáñez ha vivido la vida de dos pueblos. Blasco sentía iguales afectos por España que por Francia. La última, prueba de estos dos grandes afectos, ahí la tenéis: ha sido envuelto su cadáver en la Señera valenciana y recibe ahora sepultura su cadáver en tierra francesa.11


Julio Just pronunciando su discurso. Mentón, 31 de enero de 1928
Al terminar los discursos todos los acompañantes desfilaron ante el féretro.10  Luego ha sido depositado en una cripta situada en lo alto de una montaña desde la que se divisa el mar11; y aunque estaba cerca al Mare Nostrum, no era el sitio que Blasco había elegido...
¡Cómo iba a pensar él, cuando en sus años mozos atravesaba España en triunfo, que iba a dormir su sueño definitivo en el humilde Cementerio de Garaván, tan lejos del pueblo que le viera nacer!...
Envuelto su cuerpo en la señera valenciana, expresión postrera de su patriotismo, fué encerrado en la fosa.4
El féretro de caoba con fondo metálico soldado, preparado para el futuro traslado a Valencia, fue depositado en una cripta frente al mar pero no se le dio tierra.
En aquella manifestación de duelo, donde Francia rindió máximos honores al Blasco Ibáñez muerto, la representación oficial de España no se hizo presente, a pesar de que habían pasado más de tres años desde la campaña mediática internacional del escritor republicano contra el monarca Alfonso XIII y la dictadura Primo de Rivera. Probablemente, muchos se preguntaban: 
¿Acaso no había conservado Blasco Ibáñez, durante toda su vida su nacionalidad española? 
¿No era también uno de los escritores más eximios de la lengua de Cervantes? ¿No se proclamaba así por el mundo entero?4
* * *
Al mismo tiempo que en Mentón de celebraba el entierro de Blasco, en Valencia, en la Fábrica de tejidos de seda de Eduardo Sanchis se colocaba una ofrenda al Maestro Blasco Ibáñez. Pocos días más tarde, la prensa publicaba una carta12 de pésame firmado por todo el personal de la empresa, y con ella, la fotografía de aquel singular homenaje: flores, libros, el retrato del escritor y una Señera... ¿La «Senyera» de Blasco? 
O no...
Ofrenda a V. Blasco Ibáñez.
Fabrica de tejidos de seda de Eduardo Sanchís.
Valencia, 31 de enero de 1928
En realidad, al montarse la ofrenda, fueron colgadas tres piezas de seda, de las que se tejían en la fabrica para la confección de Señeras valencianas; colocadas una encima de la otra, fueros dispuestas según el diseño original para la representación simbólica de una Señera.
Parece que en enero del 1928, la única bandera de este tipo de la que se podía disponer así como se hizo, era la del doctor Muñoz Carbonero, y es la que Eduardo Sanchís había llevado a Mentón.
No obstante, existía una más, que igual a esa, representaba la réplica de la Real Senyera  el antiguo estandarte valenciano venerado por varios siglos por su simbolismo histórico ; era la de Lo Rat Penat. Esta sociedad cultural, fundada en 1878 y dedicada a la promoción y difusión de la lengua y cultura valenciana, tenia su propia Señera desde 1923 pero es imposible establecer algo en común respecto al origen de la fabricación de las dos banderas. 

La Senyera de Lo Rat Penat - 1923  (Barberá Masip) 
En 1927, pocos meses antes de que Blasco hubiera expresado su deseo de tener una Señera fabricada por Eduardo Sanchis, el Consistorio de Valencia había decidido restaurar la antigua Real Senyera, la del 1545, para guardarla en el Archivo Municipal, y confeccionar otra nueva, copia exacta del original, para poderla llevar a los actos que se considere conveniente, sin necesidad de tocar la histórica y venerada enseña.13

16 de diciembre de 1927. El Ayuntamiento de Valencia entregando a la Casa de Beneficencia, la Real Senyera para su restauración
Según la prensa de la época, el Ayuntamiento designó “…una Comisión, integrada por concejales y funcionarios, para que entendiera en todo lo referente a la confección de un facsímil de la Real Señera, copia exacta de la auténtica y con materiales de la mejor calidad.14  
Fue Eduardo Sanchez el encargado de realizar, la tela de seda y el tisú de oro14 para la confección de la nueva enseña. Esto le permitía al fabricante acceder a la antigua Señera y copiar el diseño, si no tuviese desde antes. A partir del modelo original, Sanchís reproduce en sus talleres de la calle de Quart el singular tejido y probablemente, la primera bandera confeccionada con esta tela fue la del doctor Muñoz.  
Ya para finales de enero del 1928  cuando fallecía Blasco  la fabrica valenciana había recibido el encargo de realizar al menos dos banderas: una, la que el novelista mencionaba en su carta de octubre de 1927, y la otra, la del Ayuntamiento, que había sido solicitada oficialmente en diciembre del mismo año. Es imposible saber si ambas banderas fueron confeccionadas al mismo tiempo, o seguidamente; luego, una vez terminadas, es difícil de conocer cual de las dos llegaba al Ayuntamiento y cual se le entregaba al doctor Muñoz a cambio de la suya, la que él había devuelto a E. Sanchís para el entierro de Blasco. Obviamente, las dos piezas eran idénticas y fue decisión del fabricante la prioridad en la entrega de cada una.
Lo que sí, está claro es que la primera copia exacta de la Real Senyera, realizada con la tela de seda tejida en los talleres de Eduardo Sanchís, llegó a Mentón el 30 de enero de 1928, para cumplir el deseo del novelista valenciano; cubrió su cuerpo sin vida, acompañándole para siempre.

La Señera encargada por el Ayuntamiento costó 9634 pesetas15 y fue entregada ocho meses más tarde, el 25 de septiembre del mismo año. Confeccionada por las Hermanas de la Caridad de la Casa de Beneficencia con el tejido fabricado por E. Sanchís, la nueva enseña valenciana fue expuesta al público en el salón del Ayuntamiento a la espera de la “festa de Sant Donís”, para ondearla por las calles, después de que haya sido bendecida en la Catedral.16 

9 de octubre de 1928: “El Arzobispo de Valencia, doctor Melo, bendiciendo la nueva Senyera valenciana”
9 de octubre de 1928: “La nueva  Senyera , despúes de ser bendecida, 
a su paso por la Glorieta para dirigirse al Parterre.”

Carlos Sousa, Marquez de Sotelo
(Valencia 1862 – 1937)
 
El 9 de octubre del 1928, en conmemoración del VII centenario de la conquista de Valencia por Jaime I y celebrando la fiesta tradicional de San Dionisio, la nueva Señera  destinada desde entonces a los actos públicos salía por las calles de Valencia en su primera procesión cívica. Cumpliendo con las ceremonias previstas, la bandera fue bendecida en la Catedral y acudió al Parterre para el homenaje al rey Jaime I. De regreso a la Casa Consistorial, el alcalde de entonces, Carlos Souza, marqués de Sotelo, desde el balcón expresó su gratitud por el homenaje tributado a la Señera y al Rey Conquistador, y al final añadió:
He nacido en Valencia y en Valencia quiero morir; y será mi mayor satisfacción, el merecer que mi cadáver sea envuelto con la Señera.17 
Parece que el ejemplo de Blasco había dejado precedente pero el marques no gozaría de aquel privilegio. En 1930, cuando cayó la dictadura de Primo de Rivera, el alcalde dimitió y tras la proclamación de la II República Española, fue encarcelado por un tiempo. Moría en 1937, durante la Guerra civil española.


* * *

En 1933, se decide traer los restos mortales de Blasco a Valencia.
Su hijo mayor, Mario Blasco, entrevistado por la prensa, decía: Mi padre expresó en repetidas ocasiones su deseo de que sus restos sólo se llevasen a Valencia en caso de proclamarse la República.18 
En España, desde hace más de dos años, ya se había instaurado la II República y aunque el traslado fue acordado oficialmente en mayo del 1931, no se realizó sino cuando los comprometidos en llevarlo a cabo consideraron oportuno.
El 24 de octubre de 1933, el féretro de Blasco fue retirado de la cripta del Cementerio de Mentón y llevado nuevamente a la Fontana Rosa; recibido entre las filas de los cazadores alpinos franceses, y cubierto por la bandera tricolor, era colocado al pie del busto del escritor, emplazado en el jardín de la villa. Las tropas rindieron honores y luego, el ataúd se instaló en uno de los salones convertido en la capilla ardiente, en espera del traslado al buque que había de conducirlo a España. 

El 34 batallón de cazadores alpinos rinde honores al féretro de Blasco Ibáñez, 
situado ante el busto del mismo, en los jardines de Fontana Rosa. 24 de octubre de 1933.

Dos días más tarde, el ataúd fue introducido en un arcón de roble tallado con aplicaciones de oro y representando un libro que se sustentaba sobre seis más, en cuyos cejudos se leían los títulos de otras tantas novelas de Blasco Ibáñez19, y se traslada a la capilla ardiente del Ayuntamiento de Mentón para la entrega oficial a la representación española. Una vez finalizadas las respectivas ceremonias, los restos mortales de Blasco Ibáñez, a bordo del acorazado español Jaime I - en buque designado para el traslado partían hacia Valencia.

La capilla ardiente del Ayuntamiento de Mentón. 26 de octubre de 1933
La entrega oficial a la representación española, en el Ayuntamiento de Mentón. 26 de octubre de 1933
En Mentón, no hubo Señeras; la protagonista era la bandera republicana. 
En Francia, V. Blasco Ibañéz era recordado como el exitoso novelista español, el gran amigo del país vecino y el fervoroso republicanoLa prensa resaltaba que su muerte había sucedido en el exilio y además, afirmaba que el novelista fijaría su residencia en Francia por motivos políticos, aunque era bien sabido que Blasco había decidido establecerse en París diez años antes de emprender la campaña contra el rey Alfonso XIII, y lo hizo por voluntad propia. 
En España, después de muerto Blasco, sus antiguos correligionarios valencianos, idealizaban la figura del carismático líder y personaje político, mitificando su personalidad y su obra. Sus acciones y sus principios fueron moldeados para construir la ideología del nuevo modelo político emergente; sus aportaciones fueron reinterpretadas e insertadas dentro del nuevo discurso del Partido de Unión Republicana Autonomista (PURA) - fuerte agrupación política de aquel momento, de ámbito exclusivamente valenciano.
…hablar del republicanismo histórico de Valencia es hablar de Blasco Ibáñez. Al conjuro de su nombre, de su palabra… surgieron las huestes republicanas más activas, más luchadoras, más avanzadas y anticlericales de España. 
...el blasquismo no es una concepción ni un partido ni una agrupación de hombres avanzados y libres, sino una religión con sus adeptos... Él (Blasco) y sólo él nos enseñó en sus obras, en sus gestas y en sus gestos políticos.  Así consiguió que se adueñara de nuestro ser el odio a aquella vergonzosa Monarquía y el amor a Valencia. Aquel odio y este amor son el nervio de nuestro temperamento y el norte de nuestra actuación política20.

Mentón, 1932. Comisiones valencianas ante
el túmulo de Blasco Ibáñez.
A finales de enero, se organizaban viajes a Mentón, verdaderas peregrinaciones cívicas de caracter casi religioso, para conmemorar y rendir honras al novelista republicano. 
Se llegó al extremo de idolatrar al fundador del partido que llamaban blasquista, y mistificar su obra intelectual, dándole atributos netamente religiosos; había que ser un apóstol, y así se presentaba en la prensa:
Esa visita colectiva tendrá algo de peregrinación religiosa. En el alma de todos habrá la unción que debe haber cuando se visita la tumba de un gran apóstol.21  
Esta misma posición mantenían los dirigentes, y así la presentaron en los discursos pronunciados a la llegada de los restos de Blasco a Valencia, diciendo:
Su espíritu nos dice cerca de nuestro corazón las palabras del Evangelio: "Cuando os reunáis en mi nombre mi espíritu estará con vosotros." Efectivamente, en todas las reuniones en que invoquemos su nombre, él vendrá y dejará sobre nuestros corazones la llama divina de su espíritu universal.22 

Con el traslado del cuerpo de Blasco a Valencia, el culto a su figura y la religión blasquista culminaban. Se había decretado que los honores concedidos al novelista serían equivalentes a los de un ministro civil fallecido en el ejercicio de su cargo.
En la mañana del 29 de octubre de 1933, una inmensa multitud había invadido el Puerto de Valencia para asistir al espectacular recibimiento organizado por el nuevo régimen y cuyas autoridades estaban allá presentes.
Aquella movilización popular masiva no era el simple resultado generado por la convocatoria de la clase dirigente a un evento donde se debía rendir homenaje a un antiguo republicano, en reconocimiento a sus aportes políticos. Fue el encuentro de miles de españoles que, independientemente de su credo político o religioso, se sentían orgullosos de la fama internacional alcanzada por V. Blasco Ibáñez como novelista; acudían para presenciar la repatriación del cuerpo del que había sido su mejor embajador, y así expresar su gratitud por representarlos ante el mundo través de la cultura.
A las ocho de la mañana se paralizó totalmente el tránsito rodado en los muelles, y la circulación de peatones era ya poco menos que imposible. Iban llegando las sociedades, círculos, corporaciones y elementos oficiales de Valencia y resto de España adheridas al acto.23 
A las nueve y cuarto la agitación y el clamor de la muchedumbre anuncian que el acontecimiento esperado comienza a producirse.25 
Puerto de Valencia. 29 de octubre de 1933
Puerto de Valencia. 29 de octubre de 1933

Nunca antes, esa gente, llegada de varios sitios y concentrada frente a mar, había visto semejante ceremonia. El buque Jaime I, en formación con los barcos de la escuadra francesa y con los españoles, entraba en el puerto escoltado por las embarcaciones de la Marina y las del Progreso Pescador de Valencia.
En el aire, …sobre el vapor volaban también los aviones e "hidros" que de toda España habían llegado para asistir a la ceremonia. Los aviones volaron muy bajos sobre el público de los muelles, siendo ovacionados por la multitud.23 
También, estaba presente un equipo de filmación que inmortalizó aquellos momentos.
Los muelles y tinglados estaban engalanados con banderas, gallardetes y colgaduras de los colores españoles. También las embarcaciones estaban adornadas con les colores nacionales y regionales. Las barcas de pesca estaban llenas de público para presenciar la llegada. El espectáculo era grandioso.
A las nueve y cuarto el buque Jaime I va aproximándose lentamente.
La escuadra, desde el faro, entró en línea recta. En aquel instante empezaron a sonar las sirenas de todos los buques, y el público prorrumpió en aclamaciones frenéticas. También empezaron a hacer las salvas reglamentarias los buques de guerra. El estruendo fue ensordecedor y el momento indescriptible.23


La llegada del buque Jaime I en el Puerto de Valencia, 29 de octubre de 1933.
La llegada del buque Jaime I en el Puerto de Valencia, 29 de octubre de 1933.
Recibimiento del cuerpo de V. Blasco Ibáñez en el Puerto de Valencia . 29 de octubre de 1933
La tripulación del “Jaime I” custodiando los restos 
de Blasco Ibáñez, momentos antes de ser desembarcados. 
Valencia, 29 de octubre de 1928 (Foto: Alfonso)

En medio de profundísimo silencio, y próximamente a las once, los marinos del "Jaime I" en número de16, transportaron el féretro al lugar más adecuado del buque para realizar el desembarque. A partir de este momento, una batería del 15 Ligero de Artillería hizo las salvas de ordenanza, consistentes en 21 cañonazos, repetidos tres veces, desde que el féretro fue elevado por la grúa hasta que tocó tierra valenciana. En este momento aparecieron, procedentes del aeródromo de Castellón, 22 aparatos de caza, que completaban la escuadra de 108 aparatos, y el ruido del vuelo de estos aviones se confundió con el sonido de la banda del regimiento de Infantería número 13, que tocaba en honor de Blasco Ibáñez el Himno de Riego.23

Desembarco del féretro de Blasco Ibáñez en el Puerto de Valencia. 29 de octubre de 1933

A las diez y treinta, terminado el desembarco de los restos, los timbaleros y clarines de Valencia interpretaron el himno a la ciudad, al mismo tiempo que diferentes bandas dejaban oír los acordes del Himno de Riego y la banda de cornetas le rendía honores. La marinería dio tres vivas a la República.24
Al tocar la tierra valenciana las cenizas de ilustre español se dio suelta a 20.000 palomas de todas las sociedades colombófilas de España. Los aviones se internaban en Valencia, anunciando la repatriación del hijo inmortal a su tierra. El momento fue de indescriptible emoción.23

Desembarco del féretro de Blasco Ibáñez en el Puerto de Valencia. 29 de octubre de 1933

Durante todos aquellas ceremonias fúnebres y los solemnes actos celebradas en Francia parece que todos habían olvidado la Señera, el simbólico estandarte valenciano que tan importante había sido para Blasco.
Pero en Valencia, no...
El 29 de octubre, cuando llegaba el buque con los restos mortales del novelista en el puerto de su ciudad natal, todas las banderas de múltiples Comisiones y Círculos se hallan plegadas; pero hay una que no debe estarlo y no lo está. La Señera del Ayuntamiento de Valencia flamea gallarda25.
Después del espectacular recibimiento en el Puerto de Valencia, en el muelle de Caro se realizó la entrega de los restos de Blasco Ibáñez al alcalde de Valencia y seguidamente se organizó la comitiva.26  
A las once menos diez se ponía en marcha el cortejo que se dirigió por la Avenida del Puerto al recién inaugurado Puente de Aragón, acompañado por la representativa Señera.

Valencia, 29 de octubre de 1933. La llegada del cortejo al Puente de Aragón
Durante el trayecto por la zona marítima, el féretro fue llevado por marineros valencianos. Desde la entrada de la avenida de los Aliados (la actual Avenida del Puerto) lo fue por obreros de distintas sociedades republicanas, en equipos de veinte hombres, que se relevaban cada 100 metros, y que lo transportaron hasta La Lonja.23  
Aquel arcón que encerraba el ataúd con los restos mortales del novelista pesaba cerca de 700 kilos y fue transportado por 52 equipos de 20 personas. La prensa lo describía con detalles:

El féretro trasportado a hombros, por los valencianos. 29 de octubre 1928
Sobre tres fuertes barras de madera va sujeta una amplia tabla formando un anda. Otra de iguales dimensiones, y de unos doce centímetros de grueso, lleva labrados unos preciosos ramos de naranjas pintadas con oro, en representación de la obra «Entre naranjos», palabras que  aparecen grabadas también en letras doradas en dos extremos de la misma. Entre ambas tablas, y sujetos a la segunda, hay seis tomos, distribuidos en dos grupos de tres a cada lado, representando «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», «Flor de Mayo», «La catedral», «La barraca», «Mare nostrum» y «La horda»;  estos títulos también están en letras doradas. Sobre esta última tabla descansa la caja donde reposan los restos, y como remate del arcón, en forma de libro con el lomo hacia arriba, y todo a base de madera de caoba artísticamente labrada, cubre el cuerpo de la caja el título de su otra obra «Los muertos mandan».26 

En el Puente de Aragón se encontraban el jefe del Gobierno, las autoridades locales y nacionales, y varios familiares de Blasco, a la espera de incorporarse a a marcha... hasta que un punto de clarín anuncio que el cortejo fúnebre se acercaba.26 Fueron organizadas las cuatro presidencias y volvió a formarse la nueva comitiva, de esta vez, encabezada por las autoridades del Estado. Después del féretro llevado a hombros,  marchaba un armón de artillería cubierto con un paño negro, sobre el cual se había colocado la bandera española.24 


Valencia, 29 de octubre 1933. El cortejo con el féretro de Blasco Ibáñez, entrando en la Plaza de Tetuan
El paso del féretro por las calles constituyó una imponente manifestación de duelo. Se advertía en muchos momentos en la multitud el deseo de exterior su entusiasmo, unas voces con aplausos y otras con vítores pero en seguida se imponía el silencio como respeto a la memoria del glorioso novelista. 
Cien bandas de música que de distintos pueblos habían acudido a Valencia estaban situadas de trecho en trecho durante todo el recordó, a unos cien pasos una de otra, de tal forma, que no se habían extinguido las notas graves de la una, cuando la otra comenzaba a tocar una marcha fúnebre o un nocturno.27

Valencia, 29 de octubre 1933. La primera presidencia de la comitiva a través de las calles de Valencia; 
tras del armón que conduce el ataúd, el Presidente de la República.

La multitudinaria manifestación recorrió lentamente el trayecto establecido hasta el Ayuntamiento situado en la Plaza Emilio Castellar recién reformada y la que Blasco no había conocido. 
La Casa Consistorial, inaugurada tres años antes, ostentaba en su fachada principal la Señera, su Real Senyera que según la tradición valenciana, es la única bandera que “no se inclina ante nadie ni ante nada”.
Al llegar el cadáver frente al Ayuntamiento se repitieron las salvas. Los aviones volaban muy bajo, divididos en tres grupos.27 
Valencia, 29 de octubre 1933. El cortejo con el féretro de Blasco Ibáñez llegando al Ayuntamiento
En este punto del trayecto las presidencias oficiales se retiraron para presenciar el desfile organizado en su honor y el respectivo banquete del Palacio Municipal; el resto de la comitiva siguió el recorrido hasta La Lonja. 
En La Lonja de la Seda  el emblemático edifico del centro histórico de Valencia, con más de cuatro siglos de antigüedad, situado en la plaza del Mercado, donde Blasco había pasado toda su infancia y la adolescencia, y frente a la Iglesia de los Santos Juanes, donde el escritor había sido bautizado  allá, el Salón de Columnario había sido transformado en capilla ardiente.
... sobre un rico tapiz levantado en un basamento de mármol fue colocado el féretro; a la cabecera del túmulo hay una alegoría de la Republica (león, matrona y pirámide. Desde que el féretro fue colocado allí  comenzó el desfile no interrumpido en ningún momento.
De tres a cuatro de la tarde desfilaron mil banderas de otras tantas agrupaciones, todas las cuales se colocaron en la Lonja en rededor de las esbeltas columnas salomónicas.28
En este mismo Salón había recibido Blasco la medalla de la ciudad38, en mayo del 1921, durante su última visita oficial a Valencia.   

Túmulo, con el féretro de V. Blasco Ibáñez, Salón Columnario de La Lonja. Valencia, 29 de octubre de 1933

El féretro permaneció en La Lonja por una semana, hasta el domingo 5 de noviembre, cuando fue trasladado al Cementerio Municipal de Valencia para un nuevo entierro provisional, de esa vez, a la espera de construirse un imponente mausoleo que estaba proyectado. 
Era el último viaje por las calles de Valencia, y durante el largo trayecto la Señera acompañó desde muy cerca el féretro llevado a hombros. 
Aquel día, según lo comentaba la prensa, era un día en que apenas lució el sol, un día gris y tristón.
Otra nota tuvo la jornada, y fué la de su intimidad, pues así como la del domingo pasado concentró en Valencia la representación de toda España y aún la del extranjero, en ésta diríase que el duelo era más próximo, más valenciano, más exclusivo de la ciudad, y quizá por ello más silencioso y más reconcentrado.29
La comitiva se puso en marcha a las diez en punto. El primer equipo que llevó el féretro fue el de la Federación de Juventudes Republicanas.

El féretro de V. Blasco Ibáñez, saliendo de La Lonja. Valencia, 5 de noviembre de 1933
Abría la marcha la Guardia municipal montada. A continuación iban las agrupaciones femeninas republicanas, luego los portadores de las coronas y otras ofrendas seguidos por la Banda Municipal.
Tras dos filas de alguaciles, iba el armón de Artillería, al que seguía el féretro, flanqueado por los maceros de la Diputación y del Ayuntamiento y seguido por la Senyera de la Diputación y ordenanzas de esta Corporación vestidos de gran gala.29 
La comitiva con el féretro de V. Blasco Ibáñez, seguido por la Senyera. Valencia, 5 de noviembre de 1933
La primera presidencia de la comitiva la formaban los familiares y el alcalde; seguían los concejales del Ayuntamiento, las personalidades de la Diputación, y luego, la presidencia de autoridades que reunía a representantes de las instituciones valencianas. 
...frente al Ateneo Mercantil, la banda de música de la Casa de la Misericordia interpretó una marcha fúnebre al paso de la comitiva.29 
La primera presidencia de la comitiva frente al Ateneo Mercantil. Valencia, 5 de noviembre de 1933.

Luego, el cortejo continuó su marcha por la calle de Don Juan de Austria donde los portadores del féretro se detuvieron ante la redacción de «El Pueblo». Fué uno de los momentos más emocionantes del recorrido. Algunos redactores no pudieron contener las lágrimas. En él testero del arcón se colocó con rapidez una hermosa placa de plata, con letras de oro, rodeada de una palma también de plata. La inscripción dice: 
«A Blasco Ibáñez, el personal de talleres, redacción y administración de «El Pueblo».29 


Ante la redacción de «El Pueblo», calle de Don Juan de Austria. Valencia, 5 de noviembre de 1933.

Ante la redacción de «El Pueblo», calle de Don Juan de Austria. Valencia, 5 de noviembre de 1933.

La comitiva siguió por la plaza del Pintor Pinazo, calle de Játiva y Avenida de Guillen de Castro. A pesar de la amplitud de estas vías, se hallaban llenas de público que asistía silencioso y respetuosamente al triste desfile.29

El desfile de la comitiva por las grandes avenidas de Valencia, 5 de noviembre de 1933
El desfile de la comitiva por las grandes avenidas de Valencia, 5 de noviembre de 1933

Poco después de entrar el féretro en la calle de Jesús, los portadores se detuvieron ante la casa número 6, desde cuyo piso primero, domicilio de don Miguel Aléis, fué arrojada sobre, la caja mortuoria una gran cantidad de rosas y crisantemos.29

Ante la casa de la calle Jesús, numero 6.  Valencia, 5 de noviembre de 1933 
Finalmente, el cortejo fúnebre llagaba al Cementerio Municipal; la muchedumbre que se había estacionado en los alrededores de la necrópolis, era inmensa.
Los últimos portadores del féretro fueron el alcalde y los concejales, que lo entraron sobre sus hombros hasta el antiguo vestíbulo, acondicionado para cámara funeraria.29
Según la prensa, de esta vez también, los restos mortales de Blasco serán inhumadas provisionalmente en tanto que se construye el mausoleo proyectado para conservarlas.33 
A la una de la tarde del 5 de noviembre de 1933, el féretro de V. Blasco Ibáñez quedaba en aquella cámara donde permanecerían por un largo periodo de tiempo, hasta que una nueva decisión cambiase su destino.

1933. Entrada del Cementerio Municipal de Valencia y pabellón del vestíbulo 
en donde fueron inhumadas, provisionalmente, las cenizas de Blasco Ibáñez, en noviembre.
1934. El féretro que contiene los restos de Blasco Ibáñez, expuesto en una de las salas del Cementerio,
con el motivo del VI aniversario de la muerte del escritor.
 
* * *
Pasaron tres años y medio; el mausoleo proyectado no se lograba construir y la situación política y social de España había cambiado notablemente. En 1931, al instaurarse la Segunda República, en Valencia, el Partido de Unión Republicana Autonomista (PURA) —formación creada en 1908, cuando Blasco se retiraba de la política—tenía importante participación en el gobierno municipal, pero había adoptaba un programa orientado a la derecha del anterior republicanismo y se había vinculado al Partido Radical; su líder era Sigfrido Blasco, el menor hijo del escritor. Aunque durante aquella época Valencia era considerada una ciudad blasquista, gobernada por varios de los correligionarios del escritor, en 1934 en el PURA se produce una importante escisión y finalmente, este partido valenciano fracasa; en 1936 perdió las elecciones. En el verano de aquel mismo año se iniciaba la Guerra Civil y en noviembre  mientras el bando franquista, protagonista del golpe de Estado, asediaba Madrid el Gobierno Republicano con su presidente se traslado a la capital del Turia; durante once meses Valencia fue la capital de España. 
En ese periodo, a finales de mayo de 1937, el periódico El Pueblo que ahora se subtitulaba "incautado y editado por sus obreros", informaba sobre un nuevo traslado del féretro de Blasco:

Traslado de los restos de Blasco Ibáñez 
desde el vestíbulo del cementerio. 
Valencia. 23 de mayo 1937
Sin más aviso que una simple comunicación oficial de la Presidencia del Consejo municipal, el domingo último se llevó a efecto el acuerdo de trasladar los restos del insigne novelista valenciano y fundador de EL PUEBLO, don Vicente Blasco Ibáñez, para depositarlos, provisionalmente, según el precitado acuerda en un sencillo nicho del Cementerio Civil.30; dos meses más tarde, aquel periódico que Blasco había fundado en 1894, pasaba a ser el diario del partido sindicalista dirigido por Ángel Pestaña 31

Efectivamente, el domingo 23 de mayo de 1937, se retiraba aquel fastuoso féretro que había trasportado el ataúd original desde Mentón, y lo había custodiado durante los últimos años en el vestíbulo del Cementerio de Valencia; así, los restos mortales del novelista pudieron ser depositadas en el modesto nicho de la tumba familiar.
De esta vez, la difusión del acontecimiento fue casi nula y las notas de prensa mínimas. Según se menciona en uno de los pocos artículos publicados 30, la comitiva estuvo presidida por el Ayuntamiento en corporación, y dos de los hijos de Blasco, con sus familiares.

Familiares y amigos en el entierro de Blasco Ibáñez,
Valencia, 23 de mayo 1937





En otro articulo se comentaba que al acto han asistido —con el pueblo, siempre reconocido al que fue iniciador de sus libertades en Valencia— los viejos republicanos que fueron hermanos de lucha del gran demócrata,  y juntos a éstos, los valores nuevos del republicanismo valenciano, varios periodistas y amigos.32
Fue un acto sencillo, sin personalidades muy relevantes ni ilustres representantes, sin honores militares ni bandas de música y según parece, sin la Señera; nadie la menciona ni aparece en las fotografías.
Hubo dos discursos: el de Julio Just Gimeno — el mismo que, muchos años atrás, había pronunciaba su discurso frente al ataúd de Blasco, en el Cementerio de Mentón, y el de Domingo Torres, alcalde popular de Valencia. Ese último, terminaba su discurso
...asegurando que los grandes hombres de España como Blasco Ibáñez, no necesitan mausoleos que perpetúen su memoria. Al igual que en otros países son hijos de la nación y a su juicio deben ser todos exhumados en el mausoleo nacional.30
Momento de ser introducido el ataúd en el nicho. Valencia, 23 de mayo de 1937 
Aquí terminaba la peregrinación de los restos mortales de Blasco, de aquel hombre que durante su vida había emprendido muchas aventura; abrió nuevos caminos y soñó con otros, viajó y vivió en países lejos al suyo, dio la vuelta al mundo, pero para el final había deseado regresar a su tierra natal.  
Quiso una Señera valenciana, para tenerla bien a la vista… pero el tiempo no se lo permitió. En cambio, al mencionar “Tal vez me servirá de sudario cuando me entierren” fue interpretado como una gran ilusión, y los que conocían su patriotismo y su amor por Valencia la hicieron realidad.


La otra gran ilusión de Blasco, y la que había expresado públicamente, fue una conmovedora petición dirigida a su pueblo, pero tuvieron que pasar más de nueve años desde su muerte para que le fuese concedida; todos la recordaban entonces, y hoy, todavía se sigue evocando. Fue en un discurso pronunciado durante su última visita oficial a Valencia; en el Cabañal, frente al mar, Blasco decía:
 «Quiero descansar en el más modesto cementerio valenciano, junto al Mare Nostrum que llenó de ideal mi espíritu; quiero que mi cuerpo se confunda con esta tierra de Valencia, que es el amor de todos mis amores».

Era el día martes, 17 de mayo de 1921, cuando en el antiguo barrio de pescadores se celebraba la "Fiesta de la Barraca" en honor al novelista. Se habían reunido cientos de valencianos que, orgullosos de su afamado compatriota, participaban con la acostumbrada alegría y sus típicas tradiciones; allá, entre la multitud que escuchaba emocionada el discurso de Blasco, allá estaba la Señera...
Probablemente, esta era una reproducción de la antigua Real Senyera, acompañando el evento. 

Dos días antes, Blasco, como un gran triunfador había entrado en su Valencia con La Senyera...
En aquel momento el escritor valenciano sí, era un auténtico triunfador. Su enorme éxito internacional como novelista lo había convertido en el valenciano más importante de la época. Por eso, sus conciudadanos quisieron rendirle una semana de homenajes y lo hicieron de manera espectacular.
Antes de emprender su viaje, Blasco insistió en que se le ha de considerar absolutamente alejado de la política, y que el recibimiento ha de ser afectuoso, como literato y como paisano34, y así se hizo. 
Había viajado desde París a Madrid, y en la noche del 14 de mayo, salia para Valencia; le acompañaban el alcalde, varios concejales y también, el doctor Muñoz PérezEn el coche-salón en el que el escritor valenciano realiza el viaje va colocada la célebre e histórica “Señera” de Valencia, que el alcalde ha traído a Madrid35.
Aunque los datos de la prensa son confusos, ya que alguno menciona que fuese un facsímil de la histórica Real Senyera, la del 1538, parece que en realidad, era la autentica. En aquella época, Blasco era apreciado por muchos de sus conciudadanos como el ilustre escritor, gloria de ValenciaEn la reunión que el alcalde había convocado un mes antes de la visita, para tratar del homenaje que la Corporación municipal, en nombre de Valencia, deseaba rendirle, se solicitaba la cooperación de avanzados y retrógrados, de derechistas e izquierdistas, de los buenos valencianos. El novelista era considerado merecedor del máximo reconocimiento por ser el hijo ilustre de la ciudad, que merced a su talento ha paseado en triunfo por Europa y América la gloriosa Señera Valenciana37.  
Fue el último viaje oficial de V. Blasco Ibáñez a Valencia y el único hecho en compañía de «La Senyera».

Unos años más tarde, el histórico estandarte valenciano haría también su último viaje; no lo hizo con Blasco pero sí, en parte lo hizo por él.
Fue el día 21 de enero de 1925, cuando la Real Senyera valenciana llegaba a Madrid para participar en los actos nacionales organizados en la capital pero además, su presencia allá representaba un gesto de desagravio al Rey Alfonso XIII por la campaña de Blasco contra el monarca. Según la prensa,
El 23 de enero, el santo de Alfonso XIII, y en desagravio por la campaña de difamación hecha en el extranjero contra el Rey, numerosos alcaldes y otras autoridades de todo el país se trasladaron a Madrid. De Valencia viajaron comisiones de la Diputación y el Ayuntamiento... La novedad del viaje fue el traslado de la Senyera
Al final de la ceremonia, frente al Palacio Real, se detuvo para saludar a los monarcas. Recibió el homenaje del rey Alfonso XIII, en presencia de Primo de Rivera y los Cardenales valencianos Reig y Benlloch.
La enseña fue devuelta el 25 de enero, y depositada en el Archivo Municipal36
Fue el último viaje de la histórica Real Senyera... Luego, restaurada, se guardó en el Archivo, reemplazandose por la replica confeccionada en 1928, con el tejido de la fabrica de Eduardo Sanchís. 

1925. Valencia Momento de ser devuelta al Archivo Municipal la gloriosa insignia por el alcalde de Valencia, acompañado de la Corporación y las autoridades
Aunque han pasado muchos siglos de historia con sus conflictos y las guerras,  se han sucedido muchos gobiernos cada uno con su ideología y la interpretación propia del pasado, han cambiado las normas y muchos valores, el mundo ha cambiado progresivamente, la Real Senyera sigue venerada y respetada, y permanece como símbolo central de la identidad valenciana. 
Así lo había sentido Blasco Ibáñez y así lo sienten hoy, los valencianos.


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Nota adicional
Con el paso del tiempo, a partir de suposiciones equivocadas o debido a simples confusiones, se han creado varios mitos y legendas, respecto a la historia de la Senyera de Blasco. 
Aunque finalmente el deseo del escritor había sido cumplido de forma improvisada, dadas las circunstancias – lográndose llevar a Menton, en 1928, una Señera valenciana que le acompañase para siempre, la que él había encargado fue confeccionada, pero se quedó en Valencia para acompañar a las futuras generaciones como símbolo de respeto por la historia y las tradiciones.
Según la prensa reciente, en el año 1944, uno de los descendiente del doctor Ricardo Muñoz entregaba la Señera que poseía a la Unión Valenciana, y luego, en el 2009, esta formación política la donó al Consistorio. 
El 29 de enero de 2010, cuando se cumplían 143 años desde el nacimiento de Blasco Ibáñez, se realizaba la entrega de aquella Señera al Ayuntamiento de Valencia. La pieza de seda estaba bastante deteriorada pero afortunadamente fue restaurada y desde 2014 se encuentra exhibida al púbico en la Casa-Museo Blasco Ibáñezconservada con el respeto que se merece la memoria del ilustre embajador de la cultura valenciana.


28 enero 2014. Representantes del Ayuntamiento y familiares del escritor entregando la Real Senyera a la “Casa Museo V. Blasco Ibáñez” de Valencia.


Al lector:
Cualquier lector del blog, si lo desea, puede colaborar aportando documentación concreta o datos confiables para aclarar dudas o corregir algún error cometido.

Fuente e imagenes: Archivo del autor.


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Nota adicional. 2 de marzo de 2023
La Señera custodiada en la Casa-Museo Blasco Ibáñez ha sido trasladada –según un pequeño cartel informativo– ha sido trasladada al Palau del Marqués de Scala, de la Deputació de Valéncia (Plaza de Manises, 3).

También la prensa anuncia el evento pero, desafortunadamente, se sigue informando –igual que en 2014…– que se trata de la Real Senyera que cubrió el féretro del célebre escritor, periodista y político valenciano en su traslado a la ciudad desde tierras francesas...

¿Por qué se insiste en difundir datos incorrectos, cuando no existe documentación que lo confirme? En las fotos de aquella época no aparece ninguna Señera cubriendo el féretro y la prensa de entonces tampoco lo menciona.

¿Son errores voluntarios o involuntarios? Desconozco la respuesta  pero lo cierto es que, con el propósito de encontrar la verdad sobre la figura de Blasco, seguiremos corrigiendo cualquier dato erróneo, aportando la documentación correspondiente.