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miércoles, 27 de enero de 2021

BLASCO en vivo!!!

 

Vicente Blasco Ibáñez es, indudablemente, el valenciano más universal.

Actualmente, al cumplirse 154 años de su nacimiento  y 93 de su muerte, se observa entre las nuevas generaciones un interés creciente por conocer al ilustre personaje. El acercamiento a su figura está favorecido por las nuevas tecnologías; el fácil acceso a archivos que, por más de un siglo, han guardado información valiosa, la rapidez en la difusión de datos, el anhelo de colaborar o la curiosidad por saber más, estimulan a seguir investigando, enriquecer y compartir el conocimiento sobre la vida y obra de Blasco. 

Con el propósito de dar a conocer a Blasco en vida, se comparten – en orden cronológico–  algunas grabaciones fílmicas conservadas en varios archivos del mundo; todas pertenecen a la época de gloria del novelista.

ATENCIÓN: Para ver las grabaciones a pantalla completa: abrir el vídeo y, en su zona inferior derecha, pulsar sobre el icono que tiene cuatro esquinas blancas.

El éxito internacional de V. Blasco Ibáñez se inició en 1918, con la publicación en Nueva York de «The Four Horsemen of the Apocalypse», la versión en inglés de «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», novela escrita en París durante la Primera Guerra Mundial, y publicada por primera vez en la editorial Prometeo de Valencia (1916). En pocos meses, la obra se convertía en un best seller y su autor en un famoso personaje. El 19 de octubre de 1919 Blasco partió para Norteamérica y, durante cinco meses recorrió los Estados Unidos dando charlas y conferencias. A su llegada a Nueva York le esperaban los principales representantes de la industria cinematográfica americana; firmó su primer contrato el 22 de noviembre, con Metro Pictures Co., la importante productora que llevaría su novela al cine.

En la siguiente grabación –conservada en de la Universidad de Carolina del Sur– Blasco es el invitado de honor a la reunión organizada por actriz Pearl White, en su casa de Long Island, el día 22 de diciembre de 1919. 


A la actriz de la pantalla más célebre del mundo, escribía el autor en su dedicatoria a la anfitriona. Años más tarde, probablemente, es Pearl White la estrella de cine que le inspira al escritor su personaje del cuento titulado «Piedra de luna».

A finales de junio de 1920, Blasco vuelve a Francia, su país de residencia desde 1913. El gran triunfo literario, llegado cuando menos lo esperaba, le permitió mejorar rápidamente su modesta situación económica. Blasco Ibáñez fue uno de los afortunados escritores que, en la última etapa de su vida, lograba enriquecerse con la literatura y disfrutar de la celebridad. Enamorado del Mediterráneo, pero también por problemas de salud, había decidido vivir en la Costa Azul y, a su regreso de los Estados Unidos, toma en alquiler una villa en Niza, la villa Kristy. 

El siguiente vídeo, grabado en los alrededores del Castillo de Crémat de Niza, probablemente es de esta  época; forma parte de los fondos audiovisuales Culturarts-IVAC de la Generalidad Valenciana.


En mayo de 1921, Valencia celebró la Semana Blasco Ibáñez, un descomunal acto cultural en homenaje al prestigioso novelista. Momentos de aquel acontecimiento histórico, captados por la cámara e inmortalizados en cinta cinematográfica, son fiel testimonio de la última visita oficial de Blasco a su ciudad natal. En la actualidad, estas grabaciones forman parte del patrimonio de la Generalidad Valenciana.

El siguiente vídeo corresponde a la llegada de Blasco a Valencia, el 15 de mayo de 1921. En la Estación del Norte lo reciben las autoridades locales entre una inmensa multitud de valencianos emocionados y deseosos de saludar al importante personaje.

El landó iba precedido y rodeado de la guardia municipal de caballería, pero bien pronto los más entusiastas rodearon el coche y formaron su guardia de honor. Blasco Ibáñez entraba en Valencia con el Alcalde de la ciudad y rodeado completamente del pueblo que le admira, que le quiere, que le idolatra. En su desplazamiento hacia el Palacio Municipal, recorre la calle de la Paz entre vítores y aclamaciones de bienvenida.    


En la recepción oficial celebrada en el Palacio Municipal participaron numerosos representantes de las principales organizaciones culturales y políticas valencianas. Blasco, para todos tuvo frases de cariño y de afecto. En todas sus frases, en todas sus observaciones se veía al valenciano, al que se preocupa de la grandeza de su pueblo, de la cultura del mismo.



El 17 de mayo, en honor al novelista, se celebró en el Cabañal– antiguo barrio de pescadores  – la Fiesta de la Barraca. Al finalizar su discurso, pronunciado desde la tribuna improvisada entre dos antiguas barracas, Blasco expresaba un conmovedor deseo que hoy todavía se sigue evocando:

Quiero descansar en el más modesto cementerio valenciano, junto al Mare Nostrum que llenó de ideal mi espíritu; quiero que mi cuerpo se confunda con esta tierra de Valencia, que es el amor de todos mis amores.     


El siguiente día tuvo lugar la Fiesta de Cañas y barro organizada en la Dehesa del Saler. Aunque algunas actividades fueron suspendidas por la lluvia, hubo una comida típica al aire libre, se celebró una fiesta valenciana, con bailes populares y guitarra, cantándose albaes en honor del insigne novelista y se dispararon las imprescindibles tracas.


Finalizada la celebración de la Semana Blasco Ibáñez, el escritor vuelve a Madrid, continuando su última visita oficial a España. El domingo 3 de julio, en Zaragoza, asiste a la inauguración del monumento a Mariano de Cavia, ubicado en la Plaza de Aragón de esta ciudad. Desde 1897 –durante su destierro a Madrid– el novelista valenciano había establecido una estrecha amistad con el notable periodista zaragozano, afincado en la capital.

En la inauguración del monumento, celebrada sólo unos días antes del primer aniversario de la muerte de Cavia –hecho que había ocurrido el 14 de julio de 1920– Blasco pronunció un emocionante discurso que entusiasmó al público asistente.



En 1923, cuando tenía 56 años de edad, Blasco decide emprender una nueva aventura: dar la vuelta al mundo. El 15 de noviembre, partía de Nueva York el SS Franconia, un trasatlántico de lujo operado por Cunard Line, para iniciar su segundo crucero alrededor del mundo. Blasco llegaba el 26 de octubre. Durante su estancia en la gran ciudad estadounidense pudo comprobar la magnitud de su popularidad, consecuencia del enorme éxito alcanzado por las adaptaciones cinematográficas de sus novelas.

La siguiente grabación nos permite ver al Blasco Ibáñez de aquella época. El vídeo forma parte de una película documental en blanco y negro, realizada probablemente hacia 1940, que recopila eventos y personajes importantes de la primera mitad del siglo XX. Entre las personalidades relacionadas con el año 1928 se menciona al famoso novelista valenciano cuyas obras literarias se habían convertido en exitosas adaptaciones cinematográficas; Blasco ya había muerto en enero de aquel año, pero la grabación corresponde a la presencia del escritor en Nueva York, en 1923.


Seguramente existen más grabaciones vídeo o audio de Blasco –desconocidas u olvidadas en archivos públicos o privados–, pero confiamos en que la permanente intercomunicación y la colaboración de los interesados en ampliar y difundir el conocimiento, permitirá  darlos a conocer.

jueves, 27 de abril de 2017

Recordando a Sonnica la cortesana

«Sonnica la cortesana», Editorial Prometeo, Valencia. 1923. Ilustrador: Enrique Ochoa

Vicente Blasco Ibáñez escribió su novela «Sonnica la cortesana» entre julio y septiembre de 1901, en la Playa de la Malvarrosa; la definia como la novela “sobre Sagunto y su desesperada resistencia”.
La primera edición del libro se publico en aquel mismo año, por F. Sempere y Ca. Editores de Valencia.

Sonnica la cortesana - primera edición, 1901.
 F. Sempere y Ca. Editores. Valencia

Muchos años más tarde, en 1923, cuando Blasco se había convertido en el más exitoso escritor español de su época a nivel internacional, y era un famoso personaje del mundo cinematográfico de Hollywood, se publicaba en Prometeo de Valencia una nueva edición de «Sonnica la cortesana», con un prologo donde el autor confesaba como nació aquella obra:

AL LECTOR
por VICENTE BLASCO IBÁÑEZ


V. Blasco Ibáñez en su chalet de la Malvarrosa.
Esta obra la escribí en 1901, para completar con ella la serie de mis novelas que tienen por escenario la tierra valenciana.
Había publicado ya Arroz y tartana, Flor de Mayo, La barraca y Entre naranjos, que son la novela de la vida en la ciudad, de la vida en el mar, de la vida en la huerta y de la vida en los naranjales. Tenía entonces el proyecto de escribir Cañas y barro, y para ello estudiaba la existencia de los habitantes del lago de la Albufera. Pero antes de producir esta última obra sentí la imperiosa necesidad de resucitar el episodio más heroico de la historia de Valencia, sumiéndome para ello en el pasado, hasta llegar á los primeros albores de la vida nacional. Y abandonando la novela de costumbres contemporáneas, la descripción de lo que podía ver directamente con mis ojos, produje una obra de reconstrucción arqueológica más ó menos fiel, una novela de remotas evocaciones.


Con esto realicé un deseo de mi adolescencia, cuando empezaba á sentir las primeras tentaciones de la creación novelesca.
Siendo estudiante, en vez de entrar en la Universidad huía de ella las más de las mañanas para vagar por los campos ó por la orilla mediterránea, encontrando á esto mayor seducción que al conocimiento de las verdades muchas veces discutibles del Derecho. Al caminar por los senderos de la huerta valenciana se ve siempre en el horizonte, por encima de las arboledas, una colina roja que es la estribación más avanzada, de la sierra de Espadán, el último peldaño de las montañas que se escalonan en descenso hasta el mar. Sobre su cumbre, como amarillentas y sutiles pinceladas, se columbran los muros de un vasto castillo. Allí está Sagunto.

Vista del Castillo de Sagunto "desde las eminentes troneras del “Eco”. Al fondo limita la fortaleza sobre las últimas estribaciones de la Sierra de Espadán.
Año 1905. Fotógrafos: Hoyos y Lita

Vicente Blasco Ibáñez en la Malvarrosa. 

También al vagar por la playa, ante la llanura del Mediterráneo, azul á unas horas, verde á otras ó de color violeta, pensaba en todos los personajes interesantes que dominaron este mar, saltando sobre él en sus caballos de leño, desde los navegantes homéricos hasta los corsarios cristianos y los piratas berberiscos que sostuvieron una guerra milenaria.
Y muchas veces me dije, con mi entusiasmo de novelista aprendiz, que algún día, escribiría dos novelas: una sobre Sagunto y su desesperada resistencia; otra que tendría por héroe al Mediterráneo. Esta última novela tardé muchos años en producirla, y es Mare nostrum.
Mi novela de Sagunto nació antes.
Tal era mi deseo de hacerla, que, como ya he dicho, interrumpí mis novelas valencianas contemporáneas para que pasase delante de Cañas y barro.

Al poco tiempo de haber empezado á escribir SONNICA LA CORTESANA casi me arrepentí de este trabajo. Tuve que realizar vastos y monótonos estudios para no desistir de mi empeño.
Casi siempre, en libros de esta clase, el éxito responde con parquedad á las grandes labores preparatorias que exigen. Necesité rehacer mis estudios latinos del bachillerato para leer algunas obras antiguas que tratan de la heroica resistencia de Sagunto y su destrucción.
Detalles de las ruinas del Teatro Romano y cumbres de la montaña donde está emplazado el Castillo.  
Año 1905. Fotógrafos: Hoyos y Lita
Una calle de Sagunto, por la cual se sube al Castillo.  Año 1905. Fotógrafos: Hoyos y Lita
Subida al  Castillo de Sagunto.  Año 1905. Fotógrafos: Hoyos y Lita

Al llegar aquí considero necesario hacer dos manifestaciones.
Siempre ha existido una crítica ligera, que juzga los libros muchas veces sin leerlos y emite sin embargo su juicio con la gravedad del que da una sentencia irrevocable. Á esta crítica le basta una semejanza de títulos ó una identidad de ambiente entre dos novelas, para declarar que la una procede de la otra, aunque examinadas por alguien que verdaderamente las ha leído no presenten ningún parentesco común.
Como en SÓNNICA LA CORTESANA uno de los personajes principales, tal vez el de mayor relieve, es Hannibal, y se habla de la llamada «guerra inexorable» que Cartago sostuvo con sus mercenarios, algunos, cuando apareció la presente novela, hicieron alusiones (pero con timidez) á Salambó, la obra inmortal de Flaubert.

Únicos restos que se conservan de la muralla saguntina por ser el lugar que sirvió a Anibal de entrada
Año 1905. Fotógrafos: Hoyos y Lita

No es necesario insistir en esto. Los que hayan leído ambas novelas saben á qué atenerse. Pero yo aprovecho la ocasión para declarar lealmente que SÓNNICA es una novela que debe mucho á otro libro. Para escribirla me inspiré en el poema sobre la segunda guerra púnica del poeta latino Silvio Itálico, autor romano del principio de la decadencia, nacido en España. Esto no lo ha dicho ningún crítico, y tal vez no lo habría dicho nunca, pues son contados los que se acuerdan de leer el citado poema. Yo, como he manifestado antes, tuve que repasar mi latín para conocer la obra de Silvio Itálico, y algunos de mis personajes secundarios los he sacado de ella, así como determinadas escenas.

Puerta meridional del Circo saguntino. Año 1905. Fotógrafos: Hoyos y Lita

Dicho poeta no fué contemporáneo de la trágica resistencia de Sagunto, pero la cantó pocos siglos después, pudo conocer todavía frescas las tradiciones orales de famoso suceso, y por ello le seguí con una preferencia especial sobre otros autores de consulta.
También debo decir que como SÓNNICA LA CORTESANA se publicó cuando la novela histórica tenía muchos cultivadores, á consecuencia del gran éxito momentáneo de Quo vadis, del polaco Sienkiewicz, y Afrodita, de Pierre Louis, algunos creyeron que escribí la presente obra por seguir una moda literaria.
Ya he manifestado que esta novela la pensé en mis años de estudiante. Luego vi en ella un complemento de mi obra sobre la tierra natal.

Postal de Sagunto. Año 1908

Había descrito ya la vida valenciana tal como puede verse directamente, y necesité realizar esta excursión por su pasado más remoto. Las promesas entusiásticas hechas en nuestra juventud nos acompañan siempre como un remordimiento si no las cumplimos. Muchas veces, tendido en la playa á la sombra de una barca ó en los cañares que bordean las acequias de la huerta, al ver sobre el azul del horizonte la colina roja de Sagunto y sus baluartes amarillos, prometí á la ciudad heroica que escribiría una novela describiendo su sacrificio... cuando llegase á ser un novelista.
Y cumplí mi palabra.
V. B. I.
1923
Hoy,  la novela «Sonnica la cortesana» se puede leer online:
http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000048077&page=1
* * 
ANEXO:
En octubre de 1905, Blasco iniciaba en Madrid un nuevo proyecto editorial: la colección titulada La Novela ilustrada. Según se publicitaba en la prensa de la época, la publicación, de cuya dirección literaria está en cargado el conocido novelista Blasco Ibáñez, se propone dar al público obras de los mejores autores españoles contemporáneos junto con otros que serán traducidas por primera vez al español.
La finalidad de este diario es publicar las novelas en tales condiciones de baratura, que estén al alcance a todos los lectores, perdiendo la gran masa popular el gusto por las narraciones disparatadas y tremebundas para solazarse con obras de verdadero arte.
Desde enero de 1906, en la colección «La Novela ilustrada» se comenzaba la publicación de «Sonnica la cortesana» con las ilustraciones realizadas por Losé Pedraza.
A continuación se reproducen las imágenes de aquella publicación:

















jueves, 16 de febrero de 2017

EL TÚNEL





«El túnel», es un articulo escrito por V. Blasco Ibáñez y publicado en 1923, que hoy puede ser recordado como una simple reflexión en torno al homenaje que le se rinde actualmente al escritor.

En Valencia, el 2017 ha sido declarado Año Blasco Ibáñez, en conmemoración del 150 aniversario del nacimiento del escritor. Aunque se podría suponer que el actual intento de homenajear a Blasco es un novedoso movimiento de admiración resucitada por el personaje valenciano y su gloria, en ciertos aspectos recuerda a las conmemoraciones anteriores y su carácter efímero. Restringida a nivel regional e improvisada en corto tiempo, la celebración vuelve a poner a prueba, una vez más, la inventiva y la creatividad de los fieles a la memoria de Blasco, los que siempre han colaborado y han aportado su contribución con la esperanza de lograr rescatar del olvido al valenciano universal.
Después de casi un siglo, aquel personaje impetuoso que en su época había alcanzado la fama internacional y llevaba el nombre de España y su cultura alrededor del mundo, hoy es poco recordado en su país; sigue en la penumbra, sin poder volver al sol de la celebridad histórica.
Blasco Ibáñez fue uno de los afortunados escritores que pudo disfrutar de la celebridad durante la última etapa de su vida, pero también conoció — en vida y tras su muerte — la injusticia, las criticas rabiosas, fue víctima de la envidia, de absurdos rencores y de calumnias e inclusive, le acosaron de plagiario.
Por su rebeldía, por su actividad política o por sus ideales — equivocados o no, pero nunca acordes con las conveniencias políticas nacionales o regionales del momento — la figura de Blasco fue desvirtuada, según interesaba en cada época, y siguio siendo un constante objeto de ataques o disputas, tanto, que hoy su fantasma inofensivo todavía puede incomodar.
Aunque durante su juventud se implicó intensamente en la política valenciana para defender las causas perdidas — que con el tiempo, gran parte de ellas se ganaron — Blasco nunca se consideró un político en el sentido propio de la palabra; el mismo lo afirmó en varias ocasiones: Yo no he sido político jamás; aborrezco la política... Yo he sido agitador (1911). En realidad, su actividad política genero un fuerte republicanismo local que influyó por mucho tiempo a la sociedad valenciana, y que tuvo también un notable eco en el republicanismo español.
Sin pertenecer a un determinado movimiento literario ni a una clase social concreta, permaneció siempre fiel a sus principios, confió en al poder del arte y obedeció a su impulso creativo. Blasco pretendia que la cultura, podía ser la vía correcta para ampliar los horizontes, profundizar la conciencia social y mejorar el futuro. Para el, la literatura necesitaba ganarse el respeto y la gratitud de todos, aportando su influencia al desarrollo de libertad, de la dignidad y el bienestar de los hombre para hacerlos mejores (diciembre de 1927). 
Desde siempre el novelista ha sido etiquetado como “el autor de la Barraca” y por el éxito de 1919 se le asoció la denominación de "el autor del primer best-seller español". Su monumental creación literaria ha sido fragmentada, simplificada y poco estudiada; el autor ha sido rebajado a la condición de escritor menor, según el canon literario español, y actualmente su obra no es considerada meritoria para ser incluida en los planes de estudios de literatura.
Blasco es el español más traducido después de Cervantes, pero nunca ha sido aceptado por los círculos intelectuales, ni por los de la derecha ni por los de la izquierda regionalista, y con el tiempo, el famoso y popular escritor resultó incomprendido, fue sometido a evaluaciones, cuestionado, censurado y silenciado.
Aunque fue uno de los pioneros de la cinematografía, su aporte al séptimo arte es casi desconocido, sus primeras películas se han perdido; su nombre apenas se menciona al recordar las exitosas adaptaciones de Hollywood, pero siempre relacionado a la fama de los actores protagonistas.
En cambio, se han conservado los tópicos y han proliferado las anécdotas — muchas de ellas inventadas — que aprovechadas por los interesados en desprestigiar y difamar al novelista y juzgar al hombre, han permitido a los oportunistas difundir una imagen falsa o incompleta de Blasco. 
En 1924, Francisco de Cossio, uno de los periodistas de la época, que conocía y apreciaba a Blasco, comentaba:
En multitud de libros, folletos y artículos se ha tratado  de  descomponer la vida de Blasco Ibáñez en anécdotas... La vida de Blasco Ibáñez es eminentemente cinemática. Del mismo modo que una cinta cinematográfica, las distintas fotografías  por separado se parecen todas entre sí  y carecen de expresión viva [...], la vida de Blasco Ibáñez carece de interés en los fragmentos; su máxima expresión la hallamos en la película completa.
Actualmente, cuando el acceso a la cultura es libre y al alcance de casi todos, se pueden superar las barreras que impedían conocer la verdadera figura de Blasco Ibáñez, se debe redefinir el valor de su obra literaria, desde los artículos periodísticos y las crónicas de viajes hasta sus últimas novelas históricas, y reivindicar el sitio real del escritor en la cultura española. 

En 1923, cuando se publicaba el artículo «El túnel», Blasco Ibáñez era una celebridad: había alcanzado la gloria literaria y había entrado por la puerta grande en el competitivo mundo del cine norteamericano. 
En su artículo, Blasco expone sus reflexiones sobre la suerte general de los escritores después de morir y tomando como ejemplo a Víctor Hugo — al que profesaba una admiración casi mística — expresa su indignación frente a la escandalosa injusticia aplicada a este célebre francés que con el paso del tiempo fue olvidado, menospreciado, llegando, como mucho otros al túnel que parece tragarse a las celebridades poco después de muertas.
Cinco años más tarde, era el mismo Blasco Ibáñez aquel “escritor glorioso” que acababa de morir y al igual que los demás, sería ignorado, olvidado y finalmente desaparecería en  el túnel del olvido.


EL TUNEL
Un escritor glorioso acaba de morir. 
La muchedumbre se agolpa para contemplar las ceremonias de su entierro. Utilizan los oradores sus clisés más elocuentes lamentando esta "pérdida nacional". Los colaboradores de los periódicos ven en el suceso un tema de artículo y estudian al difunto y sus obras con la rapidez que exige una actualidad, todavía aprovechable, que puede perder su frescura a las pocas semanas.
Muchos leen por primera vez sus libros, considerando necesario tal sacrificio, ya que todos hablan del autor difunto. Otros vuelven a releerlos, lo que les proporciona la alegría del rejuvenecimiento, imaginándose haber retrocedido de un salto a la edad de sus mayores ilusiones. Algunos no leen nada, pero añaden el nombre del muerto a otros nombres que llevan en su memoria como un catálogo de útil repetición en las conversaciones, para que no les crean ignorantes. Poco a poco, este nombre glorioso suena menos. La vida no va a detenerse por la desaparición de un individuo célebre; otros y otros le reemplazarán.
Los libreros empiezan a notar que las obras del ilustre personaje se venden ahora con una inquietante lentitud. Si fué hombre de teatro, sus dramas o comedias pasan meses y meses sin reaparecer en los carteles. Los contemporáneos del maestro se mantienen fieles a su memoria, y cada vez que citan su nombre lo hacen con fervor; pero como conocen todas sus obras, no pueden sentir el atractivo de la curiosidad. En cambio, la juventud que viene detrás de esta generación, los que tenían veinte años al fallecer el insigne autor, son iconoclastas por instinto y necesitan desconsagrar a todo el que estaba en lo alto cuando ellos empezaron a darse cuenta, de que existían. Creen cándidamente que no es posible la vida sin derribar a alguien, o a lo menos, sin mostrar el deseo de echarle abajo. Este deseo lo aprecian como un certificado de superioridad.
Solo cuando entran en años y se aproximan a la muerte, llegan a enterarse de que en la vida sobra espacio para todos, y los estorbos tradicionales son fantasmas inofensivos, fáciles de vencer para el que avanza a impulsos de una energía propia, sin necesitar la cooperación rebañesca, el apoyo mutuo de un grupo de compañeros asociados para el elogio.
Al morir un autor famoso, su gloria se agiganta en una llamarada postrera; luego se extingue repentinamente, y el grande hombre desaparece, perdiéndose en la sombra. La negra boca de un túnel parece tragarse a las celebridades poco después de muertas. Las gentes, cansadas de haber hablado tanto de un mismo personaje, lo olvidan con facilidad.
Este túnel guarda un misterio. Nadie sabe qué leyes caprichosas, o inspiradas por una justicia que va más allá de nuestra inteligencia, rigen la vida de su lobreguez, reteniendo a los más para siempre en el olvido y empujando a unos cuantos para qué vuelvan a la luz. Hay autores que atraviesan el túnel en poco tiempo, saliendo por la boca opuesta al sol de la celebridad histórica; otros necesitan medio siglo o más para volver a la luz; la mayoría queda en el negro pasadizo para siempre.
Muchos escritores que admiramos en nuestra juventud como glorias todavía vivientes, están ahora en el túnel. Algunos son recordados y leídos por el público leal y sincero; pero es de moda que la crítica y los definidores literarios finjan haberlos olvidado. La juventud literaria, que presume en todos los países de liberal e independiente, y, sin embargo, vive esclava de la última moda, siguiendo a ciegas al maestro del momento, se enorgullece muchas veces de no haber leído a los autores recién muertos, juzgándoles despreciables porque conocieron en vida la celebridad. Casi siempre los que llegan a la vida después de la desaparición de un autor célebre lo ignoran o lo menosprecian. Es la generación que puede llamarse "del túnel". La siguiente tal vez llegue a presenciar la reaparición del olvidado por la boca opuesta de dicho túnel, y cree a su vez en lo mismo que admiraron sus abuelos.
Hoy empieza en Francia un movimiento de admiración resucitada por Victor Hugo, algo que puede titularse "la segunda y definitiva época" de su gloria. Los jóvenes verdaderamente jóvenes, los que estudian el siglo XIX como un período lejanísimo, son más justos y serenos en sus juicios que la generación anterior.
Bien sabido es que Víctor Hugo, después de haber recibido en los últimos años de su existencia y en las ceremonias de su entierro honores casi divinos, fué olvidado o menospreciado. El gran poeta no iba a librarse de la suerte general de los escritores. También él entró en el túnel.
Yo he sido siempre un admirador fervoroso de Víctor Hugo, sin desconocer por eso sus defectos, que son verdaderamente enormes. (Todo en él es enorme.) Necesitamos en nuestra existencia, para poseer la fe y el entusiasmo, estas adoraciones que tienen algo de místico. Cuando pienso en Víctor Hugo, recuerdo la frase del violinista Kreutzer: "Creo en Dios y en Beethoven." Yo soy un creyente de la misma especie.
Además, empecé mi vida de lector pocos años antes de la muerte del gran poeta, cuando el mundo entero estaba saturado de su espíritu. Si bien que este mago de las palabras, este cíclope forjador de imágenes no ha creado una docena de ideas que le correspondan por indiscutible derecho de paternidad; pero fué un maravilloso sembrador de ideas de los otros, lanzándolas con su brazo hercúleo, y gracias a él volaron por los cuatro lados del horizonte, cayendo en surcos que nunca hubiesen alcanzado de no ser enviadas por su mano potente. Como dice uno de los críticos, verdaderamente modernos, que empiezan a ocuparse de Hugo resucitado, fué "el padre Nilo que inundó y fecundó con sus aguas los campos llanos y monótonos de la vida moderna".
No hay en la historia de ninguna literatura personalidad tan múltiple, desbordante y avasalladora como la de este célebre francés, que tenía alma de español. Imposible caminar por el parque de las letras sin tropezarse con él; inútil querer volverle la espalda. Al final de todas las avenidas majestuosas surge Víctor Hugo y lo mismo se le encuentra en las revueltas de los más humildes senderos. Todo lo ocupó como suelo propio; sus pies se posaron al mismo tiempo en todas partes, con maravillosa ubicuidad.
La generación inmediata a su muerte, que consideró de buen tono ignorarle, o le llamó con despectiva llaneza "Papá Hugo", como no le había leído, no supo que muchos de los poetas admirados por ella eran simples ecos del maestro difunto, y al extasiarse ante sus obras secundarias rendían inconscientemente un homenaje al gran precursor.
Este nombre, soberano de toda una época, hasta el punto de que muchos pretendieron titular el siglo XIX "siglo de Víctor Hugo", conoció, sin embargo, la injusticia y la calumnia como ningún escritor. Se han podido formar volúmenes enormes con los relatos de las fiestas y glorificaciones dedicadas a su vejez; pero más grandes son todavía los libros en que se hallan compiladas las injurias y difamaciones de que fué víctima.
Nadie como él excitó la bilis de la envidia; nadie quitó tantas veces el sueño a los que sufren la melancolía de la gloria ajena. Vistas ahora serenamente y a distancia las criticas rabiosas contra Víctor Hugo, hacen reir. Resultan cómicas en fuerza de ser incomprensibles y absurdas.
Una de mis "medicinas espirituales" en horas de indecisión y desaliento es leer los artículos y folletos insultantes para Víctor Hugo. Aconsejo este remedio a los escritores que se indignan contra cierta crítica, predispuesta a destruir los libros sin leerlos, o que los hojea ligeramente, con voluntad hostil desde la primera página. Los absurdos rencores, las ciegas envidias que inspiró este hombre-montaña, pueden servir de consuelo y enseñanza a los que vivimos en los valles abrigados por su mole, infundiéndonos una serenidad parecida a su calma majestuosa.
Teniendo Hugo treinta y cinco años, el célebre universitario Nissard demostró con su ciencia de profesor que el poeta estaba completamente agotado y debía retirarse de la literatura, no sin reconocer antes, a guisa de penitencia, que le faltaban dotes para ser un verdadero escritor. Esto no ha impedido que la Sorbona de París se ocupe actualmente en crear una cátedra permanente para la explicación de la obra completa de Víctor Hugo, igual a la que existe en Florencia para comentar al Dante.
Leconte de Lisle dijo de él que era "estúpido como el Himalaya", y Taine le llamó, por sus ideas democráticas, "un guardia nacional en delirio". Para Guizot, la fecundidad de Víctor Hugo fué "la fecundidad del abortamiento", y el paradójico Laurent Tailhade lo trató da "portero sonoro". En 1851, un conde francés que escribía libros, dijo de él que tenía "el orgullo de Satán y el corazón de un trapero", añadiendo que "vivía en una alcantarilla pues sólo gustaba del trato con mujeres de teatro y poetas andrajosos, que le ensalzaban como un dios".
La aparición de cada una de sus obras fué saludada con bramidos feroces de la envidia, como nunca se oyeron. Algunas veces quedó patente que los que atacaban el libro no se habían tomado el trabajo de leerlo. En otras ocasiones le acosaron de plagiario, desfigurando su obra o simplificándola de un modo ridículo para hacer ver de este modo su semejanza con otra obra anterior.
Cuando publico Nuestra Señora de París, el diario francés más importante de la época dijo así "Esta novela no es más que una copia servil de la Mérope de Voltaire. Toda su fabula consiste en que una madre ha perdido su hija y vuelve a encontrarla. Como se ve, no hay nada nuevo en el libro como inventiva”
El arcediano Claudio Frollo, símbolo del hombre atormentado por el deseo de saber; la creación originalísima de Quasimodo, antítesis de la belleza espiritual y la deformidad física, la dulce Esmeralda, las maravillosas evocaciones del antiguo París y las costumbres de la Edad Media; la resurrección de la Catedral, que parece convertir su piedra en carne viva.. ., nada de existe. La novela no es más que la historia de una madre que encuentra a su hija, y eso ya se le había ocurrido antes a muchos otros.
Ningún principiante fué tratado jamás con tan escandalosa injusticia.
VICENTE BLASCO IBAÑEZ 

Articulo publicado en la revista ABC del 30 de marzo de 1923.

Fotografía: Nueva York, diciembre de 1919
- coloreada por Rafael Navarrete 2017

jueves, 23 de junio de 2016

LA VUELTA AL MUNDO: La ciudad que venció á la noche - segunda parte



Por VICENTE BLASCO IBAÑEZ
"La vuelta al mundo de un novelista" - Vol. I, 1924/1925

I. LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE
(Segunda parte)

Cuando vi Nueva York por primera vez me imaginé caído en otro mundo, en un planeta de gentes que habían logrado vencer las leyes de la gravitación y jugueteaban con ellas. Contemplando los grupos de «rascacielos», edificios tan altos que muchas veces hunden su cumbre en los vapores de la atmósfera, los creí por un momento obras de gigantes, algo extraordinario y quimérico, más allá de las limitadas fuerzas de nuestra especie. Luego, al considerar que eran creación de pobres hombres como nosotros, con iguales debilidades e ilusiones, sentí orgullo de pertenecer al género humano, que, no obstante su debilidad física, puede realizar, gracias a su inteligencia, tales maravillas.

Nueva York en los años 20
Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra; hermosa a su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo con la inmutabilidad de los dogmas religiosos.
No digo que este arte, especialmente americano, deba servir de modelo al resto de la tierra, ni deseo que todas las ciudades sean como Nueva York. La vida es la variedad. Igualmente resulta desesperante encontrar en todas las latitudes falsas catedrales góticas o imitaciones del Partenón. Pero me enorgullece como hombre la existencia de un Nueva York con sus audaces edificios, atropelladores de los obstáculos que esclavizaron durante siglos al constructor; con sus torres gigantescas que después de hincar las raíces en profundidades no alcanzadas por los árboles archicentenarios se lanzan en busca del cielo.

Nueva York en los años 20
Hay en el viejo mundo construcciones tan altas como las de Nueva York, pero aisladas y excepcionales. Lo que en Europa representa una altura extraordinaria, que atrae la peregrinación de los admiradores, es aquí el nivel corriente de los edificios principales de un barrio. La Torre Eiffel todavía resulta actualmente más alta que los «rascacielos» norteamericanos. Pero esta torre es un andamiaje metálico, algo que parece provisional, sin la majestad imponente y sólida de los edificios neoyorquinos.

Fotografía aérea de la Exposición Universal de París de 1889, 
por la cual  fue construida la torre Eiffel de 330 metros de altura,  por Gustave  Eiffel
La gran metrópoli del mundo moderno ha creado un arte, leal reflejo de su concepción de la vida. Es algo grandioso, atrevido, rectilíneo, que hace pensar en el empuje sobrehumano de los inventores, los cuales solamente realizan sus descubrimientos atropellando los respetos, disciplinas y convenciones que encadenan a sus contemporáneos.
Los artistas que abominan del ferrocarril por su fealdad, pero llorarían de pena si los obligasen a viajar a pie, como en otros tiempos; los que ensalzan las sobriedades poéticas de la vida primitiva en habitaciones con prosaica luz eléctrica, calefacción central y vulgares aparatos higiénicos, cuando quieren sintetizar lo horrible de la vida moderna, nombran a Nueva York, que los más de ellos sólo conocen por referencias. Y el rebaño panurguesco de los esnobs, para simular delicadezas estéticas, maldice igualmente un arte vigoroso y franco, reflejo característico del pueblo que más estupendos milagros lleva realizados en la época presente por su deseo de mejorar nuestra existencia material.

Times Square, Nueva York, años 20

Esta ciudad que parece construida para otra raza más grande que la humana hace pensar en Babilonia, en Tebas, en todas las aglomeraciones enormes de la historia antigua, tales como nos imaginamos que debieron ser y como indudablemente no fueron nunca.
Hay calles en Nueva York que apreciarían en Europa como de aceptable anchura y parecen aquí modestos callejones, profundas grietas, a cuyo fondo no podrá llegar nunca el sol. Tan enorme es la altura de sus edificaciones laterales, que obliga a elevar los ojos, echando atrás la cabeza con una violencia precursora del vértigo.

La imaginación se resiste en el primer instante a concebir tales construcciones como obra de los humanos. Más bien las cree algo anterior a la presencia de nuestra especie sobre el planeta. Recuerda también a ciertas montañas que horadaron y ahuecaron los trogloditas en los siglos más oscuros de la Historia, convirtiéndolas en templos subterráneos o en ciudades-cuevas.


Cuando llega la noche no hay aglomeración humana, no la ha habido nunca, que ofrezca el aspecto mágico de esta urbe, en cuyo seno fue sujetado y Domado el cuerpo impalpable de la electricidad, encadenándolo para siempre a las necesidades del hombre.
Nueva York de noche, años ´20 -´30

Madison Square de noche, Nueva York, 1920


Los grandes edificios, con sus millares de ventanas iluminadas, son inmensos tableros de ajedrez, rojos y negros, que se estiran hacia las nubes. Las quimeras soñadas por los cuentistas orientales se realizan en esta metrópoli que muchos creen inaccesible a toda sensación de belleza.

Sobre los tejados, el anuncio industrial crea un mundo fantástico que parece lanzar un reto a las exigencias de la realidad y a la tranquila sucesión de las horas. Las hadas nocturnas de Nueva York, volando en alturas sólo frecuentadas en otras partes por las águilas, van colgando del negro terciopelo del espacio figuras y adornos de fuego, pavos reales de plumaje multicolor, tropas de duendes que gesticulan mirando a las estrellas o les guiñan un ojo maliciosamente, mujeres de luz que, sentadas en un columpio, se balancean con la cabellera suelta por encima de los astros; toda una fauna y una flora de Las mil y una noches, nacida regularmente con los primeros latidos de la luz sideral y que se borra con la aurora, haciendo levantar sus cabezas a la muchedumbre circulante por las profundas grietas de las avenidas, orladas de puntos de luz.
Times Square de noche, Nueva York, 1925
Fotografía aérea de Londres en los años 20

Hasta hace poco, Londres era la ciudad más grande del mundo. Ahora la ha sobrepasado Nueva York. El eje de la historia humana, que durante siglos fue trasladándose de una a otra nación, siempre dentro de Europa, ha cruzado el mar, y está actualmente en la ribera occidental atlántica.
Asombra el movimiento de este centro humano, su riqueza, su actividad. La Aduana de Nueva York percibe mayores tributos que muchos gobiernos europeos de importancia. El director de su puerto, "imple funcionario municipal, tiene una actuación más amplia y poderosa que la de muchos ministros de Marina.

Subterráneo en el Río Hudson












Hablando con un individuo del Municipio de Nueva York, noté la sonrisa de conmiseración con que comentaba los trabajos enormes realizados por el gobierno americano en el canal de Panamá. El Ayuntamiento de Nueva York acomete empresas más difíciles y más costosas que el famoso canal, sin darse importancia, sin ruido de publicidad, como si emprendiese una vulgar operación de policía urbana.

El lecho del Hudson, en cuyas profundas aguas anclan los buques más grandes del mundo, lo ha perforado repetidas veces para líneas férreas y tubos de «metropolitano» que ponen en comunicación a Nueva York, por debajo de este obstáculo que parecía invencible, con la orilla fronteriza, perteneciente al inmediato estado de Nueva Jersey.

Como Nueva York ocupa una isla, tiene al otro lado un brazo de mar que la separa de Brooklyn, simple barrio, más grande que muchas capitales célebres de Europa. Para unir ambas orillas se construyó hace años el famoso puente de Brooklyn, maravilla de la industria humana, que hizo hablar al mundo entero en el momento de su inauguración.

Nueva York - La construcción del Puente de Brooklyn entre 1870 y 1883


La primera vez que estuve en Nueva York me apresuré a visitar el puente del que tanto oí hablar en mi niñez. Noté que todos lo mencionaban con indiferencia, como algo que ha sido célebre y ve luego arrebatada su fama por otras novedades.
Al pasar por él me expliqué tal frialdad. El puente de Brooklyn ya no es una maravilla única. Casi resulta una vejez en este país donde todo cambia en el curso de diez años. Vi desde su larguísima y múltiple plataforma otros puentes más audaces y más hermosos, tendiéndose como brazos férreos de una orilla a otra y dejando entrever por los filamentos de sus redes colgantes un deslizamiento continuo de trenes, tranvías, automóviles y filas de peatones, iguales por la distancia a una leve hilera de puntos.
Los puentes de Brooklyn y Manhattan  de Nueva York, 1916 - Foto: Irving Underhill.
Los llamados «rascacielos» ofrecen desde su meseta superior un espectáculo inolvidable. Los dos cursos acuáticos que se deslizan, por ambos lados de la ciudad, estrechándola como un triángulo para confundirse pasado su vértice en la bahía enorme, están arado~ sin descanso por las quillas de innúmeras embarcaciones que se entrecruzan y se alejan. Tienen la densidad pululante de los insectos primaverales que se mueven tejiendo una tela invisible sobre la superficie de las charcas olvidadas. Los dos brazos líquidos, a causa del incesante movimiento de sus buques, ofrecen el aspecto de esas grandes avenidas en las que van y vienen sin reposo centenares de automóviles.

Vista aerea de Manhattan, Nueva York, agosto, 1924


Varios puentes de más de un kilómetro de longitud se lanzan sobre el agua de azul grisáceo, como barras de tinta china pendientes de filamentos sutiles, para que resbale sobre su cara superior, de ribera a ribera, todo un mundo microscópico.

En la bahía, limitada por costas gibosas como lomos de cachalote, la isla que sirve de zócalo a la Estatua de la Libertad parece un juguete, un pisapapeles, flotando sobre las aguas.

Vista desde Nueva York, años 20


Son docenas, son a veces más de cien, los buques de diversos calados y arboladuras que llegan de todos los puntos cardinales de la tierra o abren el abanico de sus rumbos hacia horizontes misteriosos, detrás de cuyo telón de brumas se ocultan nuevas costas y nuevos puertos. Parece que no quede en el planeta otra tierra que ésta y el resto de la humanidad viva sobre buques, necesitando venir a descansar sus pies sobre el único fragmento de corteza sólida
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RMS Lusitania llegando a Nueva York 
en su viaje inaugural, 13 de septiembre 1907


















Desde Building World, Nueva York, años  1920

Desde tal altura los ojos abarcan kilómetros y kilómetros de superficie terrestre sin encontrar un campo, algo que recuerde la vida rústica, que es la de la mayoría de los humanos. Se ven arboledas enormes, pero son de parques, de barrios-jardines, y estas islas de verdura se hallan encerradas por el oleaje de tejados que se pierde en el horizonte y del que emergen como picos submarinos las masas cuadrangulares de los «rascacielos».


Cada uno de dichos edificios es un mundo, más grande y complicado que los mayores paquebotes. Para completar su semejanza con uno de estos cosmos flotantes, todos ellos tienen una enorme máquina de vapor destinada a las necesidades comunes de calefacción, alumbrado, etcétera, añadiendo su chimenea torrentes de humo blanco a las inmediatas nubes. Aun en días serenos, cuando el cielo es límpido y la bahía toma un color azul de Mediterráneo, existe sobre la ciudad una ligera neblina dorada por el sol: el vapor que lanzan los «rascacielos» por sus tubos de trasatlántico.
Nueva York en los años  1920
Manhattan de noche, Nueva York, 1913



Cuando cierra la noche, los propietarios de estos edificios inmensos iluminan su terraza final o los templetes que les sirven de remate con focos invisibles de potente luz, azulados, verdes o rojos.

La masa del edificio sube y sube en la sombra, pues transcurridas las primeras horas de la noche quedan cerradas sus filas de ventanas. Pero allá en lo alto, cual islas quiméricas que flotasen sobre las tinieblas del sueño, ve el transeúnte los remates luminosos de las torres. Como guardan ocultos sus focos eléctricos, parecen bailados por una manga luminosa, de trayectoria invisible, que viene de un sol oculto en la noche, más allá de nuestras pobres miradas.



***
Muge por última vez el Franconia, anunciando que va a partir. La orquesta es cada vez más incoherente y estrepitosa en sus ritmos danzantes. Cantan a gritos los músicos, pareciéndoles poco los instrumentos para su ruidosa función. La muchedumbre saluda con aclamaciones los movimientos preliminares de la partida del buque.



Ya han sido retiradas las pasarelas que lo unían a los tres pisos del embarcadero de la Cunard.
Sus primeros movimientos estiran y rompen la telaraña de cintas que ha ido tejiéndose en el espacio libre. Empiezan a flotar en el agua muerta grandes bolas de papeles de colores. Se agitan brazos, pañuelos y banderas. Cada vez es más ancha la faja líquida entre la pared inmóvil del edificio y la pared metálica del vapor, que al moverse despierta al agua, haciéndola huir por sus costados.

El Franconia inicia su marcha retrocediendo. Resbala lentamente por la popa, fuera del corral acuático. Quiere salir al Hudson, donde virará, poniendo su proa hacia mares más azules, hacia cielos limpios de la neblina que esfuma en estos momentos las altas torres de Nueva York, dándoles un aspecto de recortes de papel gris sobre un fondo de otro gris más pálido.
Corre la muchedumbre hacia los balconajes terminales del embarcadero que avanzan sobre las aguas libres. Allí son los últimos saludos, los mayores alaridos de despedida, las agitaciones más epilépticas de brazos, sombreros y lienzos de colores.

Despedida del  Normandie en los años 30


Saludan la popa del navío que se desliza junto a ellos; después la estructura central de este pueblo flotante; últimamente, la proa que se aleja, se detiene poco después, como si reflexionase, y acaba por ladearse, recobrando su verdadero funcionamiento, que es el de avanzar partiendo las aguas.
«¡Adiós los que vais a dar la vuelta a la tierra!», parece gritar con su confuso vocerío la muchedumbre que llena los balconajes inmóviles. Dentro del buque todas las barandas de las cubiertas están orladas de gente. Hasta los tripulantes y la numerosa servidumbre se asoma a las barandillas para presenciar esta despedida.

La ciudad de los sueños por Karl Struss, 1925



La música continúa sonando, con una cadencia que incita a mover los pies. Las parejas, por momentos más numerosas, bailan y bailan. Una idea fúnebre me obsesiona en medio del sonoro regocijo. ¿A quién le tocará morir de todos los que vamos en este buque, amos y servidores?..

Porque es indudable que alguno de nosotros va a quedar en el camino. No se da la vuelta al planeta, desafiando tantos mares, tantos países de fiebre y la inadaptación a tan diversas temperaturas, sin que alguien caiga. La Aventura, diosa seductora y cruel, acepta la aproximación de sus devotos, pero exigiéndoles el tributo de alguna víctima.


***
La parte más interesante de Nueva York se desarrolla de pronto ante mis ojos, el vértice del triángulo, la llamada ciudad baja, donde están los Bancos, las oficinas célebres.
Edificios de numerosos pisos, que en otra parte serían admirados como gigantescas construcciones, se encogen aquí, con la humildad de una casita rústica, al pie de los palacios-montañas.
Puerto de Nueva York en el año 1923

¡Adiós, ciudad en la que todo es desmesurado, más allá de las ordinarias dimensiones humanas, virtudes y defectos, generosidades y miserias; donde todo se renueva incesantemente y el desinterés heroico sucede al egoísmo brutal, así como-l-a triunfante verdad reemplaza al testarudo error!


El insigne novelista D. Vicente Blasco Ibañez, a bordo del vapor Franconia, á su partida de Nueva York para continuar su viaje alrededor del mundo. Le acompañan en el grupo el Dr. Irving Livingston, los esposos Meadow y Mr. Kennedy, distinguidas personalidades del mundo.
Foto. Atlantic
¡Adiós, urbe de los milagros, patria de magos, creadores de los más asombrosos inventos de nuestro siglo; poetas de la acción, que despreciasteis la palabra «imposible», trabajando con la fe de los antiguos alquimistas para transmutar el ensueño quimérico en realidad luminosa!

¡Adiós, Nueva York, que venciste a la noche!