jueves, 28 de julio de 2016

El Cinematografista - parte 1

V. Blasco Ibáñez y Max André filmando en Sevilla Sangre y Arena. Agosto de 1916
«El cinematógrafo es el lenguaje universal y la obra que a él se confíe, podrá ser transmitida, tal como su autor la concibió, a todos los públicos del mundo. Yo, como escritor, creo que debo dedicar mi esfuerzo personal a la cinematografía, y como patriota he querido trabajar en España para que la industria española recoja la gloria de mi triunfo en caso de obtenerlo.»
— Vicente Blasco Ibáñez, Barcelona. 28 julio 1916 —

La conmemoración del primer centenario de la película «Sangre y Arena» realizada por V. Blasco Ibáñez en 1916, debe recordar el importante lugar que por derecho propio le corresponde al novelista valenciano en la Historia del Cine, y su valioso aporte al enriquecimiento de nuestra Cultura Universal. Fue la única película rodada íntegramente en España por el mismo escritor — convertido en guionista, director y productor— y representa la primera adaptación cinematográfica de su novela Sangre y Arena publicada en 1908.

La versión original de la película, bajo el nombre de «Arenes sanglantes» fue editada para ser lanzada en Francia y luego comercializada internacionalmente. Proyectada por primera vez el 20 de octubre de 1916, en el salón de pruebas de la Casa Pich de Barcelona2, la versión francesa de la película de «Sangre y Arena», se presentó oficialmente en el Colisée de París, frente a un distinguido y elegante público1, el día 11 de noviembre del mismo año3.
Max André, el cineasta francés que se encargó de montar la adaptación y quien había codirigido la película a lado de Blasco Ibáñez, anunciaba al final del rodaje un acontecimiento que consideraba inédito para el cine europeo de aquella época:
Por primera vez en el cinematógrafo, nosotros no hemos impresionado vistas de noche en pleno día. Una escena muy importante con más de 500 figurantes se impresionó a las 10 de la noche, iluminando la escena por procedimientos artificiales4. 
Con el tiempo, los aportes de aquellos pioneros del cine europeo fueron olvidados o borrados de la historia y la misma película se había perdido. Afortunadamente, en la Filmoteca de la Generalitat Valenciana existía desde 1993 un fragmento de la copia en castellano de la película y en Praga, el archivo checo Národni Filmový Archiv conservaba la copia de la versión resumida en checo. A partir de esta última, ambos archivos iniciaron el trabajo conjunto de restauración y finalmente, en 1998, aunque incompleta, se reconstruyó la única copia de «Sangre y Arena», la primera película dirigida por Vicente Blasco Ibáñez y realizada por Prometeo Films, productora cinematográfica fundada en 1916 por el novelista valenciano.


En el actual centenario se debe recordar también la película titulada «Debout les morts!», una adaptación cinematográfica de otra obra de Blasco Ibáñez. Hoy desaparecida, la película había sido rodada en París en 1916, por la conocida productora Gaumont y representa la primera versión cinematográfica de la novela «Los cuatro jinetes del Apocalipsis».

Blood and Sand, la edición de lujo de Sangre y Arena, 
publicada con éxito en 1913, en Londres,
por Ed. Simpkin, Marshall, Hamilton, Kent and Co.
En junio de aquel año, la prensa española reproducían las notas publicadas por Kinematograph de Londres, anunciando la próxima producción cinematográfica y elogiando al autor de la novela: Nos hemos informado de que la conocida casa  «André Heuze y Henri Diamant-Berger» de París, está trabajando en una película de la novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis, del gran escritor español Vicente Blasco Ibáñez. Muchos libros de este autor han sido traducidos al inglés y son muy estimados en este país5.
Según la prensa6 parisiense, la realización de la última escena de la película, filmada detrás de la pista de carreras Tremblay , representaba un acontecimiento inédito para la cinematografía francesa de la época: por primera vez una productora francesa reunía en un escenario más de un millar de extras para ofrecer una imagen convincente, la imagen simbólica del heroísmo colectivo, que inspirada en la frase de Jacques Pèricard, «Debout les morts!» — legendaria desde abril de 1915—, dio el título a la película.
Hacia finales de 1916, cortos artículos de la prensa española7,7* y la francesa8, hacían referencia a la novela de Blasco Ibàñez recién cinematografiada, mencionando también el elenco de actores de la nueva película. Además, se anunciaba la próxima publicación en Francia de la traducción de «Los cuatro jinetes del Apocalipsis» editada por Calmann-Levy9  y también su aparición en el primer número del 1917 de la Revue de Paris9,10.

Publicidad del 3 de marzo de 1917 en Hebdo-film
Finalmente, «Debout les morts!», anunciada por los Cinematografos Harry11, fue presentaba el miércoles 28 de febrero de 1917, en la sala del Palais Rochechouart de París. Según los comentarios de la prensa especializada, la película fue recibida con gran entusiasmo por la crítica de la época y elogiando al autor de la novela, consideraba su obra una apología al heroísmo, una llamada al deber, tanto al deber patriótico, humano, como al deber del amor. Aclamada con estruendosos aplausos, la película termina con una visión simbólica: una madre y un padre inclinados hacia el lugar del descanso eterno de su amado hijo viendo salir de sus tumbas a la multitud de héroes que murieron por su país, adelante cabalgando los cuatro jinetes del Apocalypsis, los portadores de la guerra, la peste, el hambre y la muerte.12
A partir del 16 de abril, la película se proyectaba en los mejores establecimientos de Parìs.13 La prensa reconocía el gran mérito de Blasco Ibáñez, el autor que ofreciendo su novela a los cineastas franceses, les permitió realizar la primera película filosófica inspirada en la actual guerra14.
Más tarde, en agosto de 1917, bajo el nombre de «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», fue proyectada por Casanova y Ca en el Teatro Nacional de la Habana, gozando de un magnifico éxito.22 

Según la documentación encontrada por ahora, se desconoce si Blasco había contribuido de alguna otra forma en la realización la película «Debout les morts!», pero se puede afirmar con certeza que para él, aquella producción cinematográfica representó el contacto directo con el séptimo arte que tanto le fascinaba últimamente y le impulsaba a idear nuevos proyectos; le dio la oportunidad de relacionarse con algunas figuras del cine francés como Henri Diamant-Berger, el joven guionista de la película que luego se convertiría en un importante director y productor.

Max Andrè, cineasta de Gaumont
También le permitió conocer a Max André de la productora Gaumont, con quien decide realizar «Sangre y Arena». En una entrevista, el cineasta francés comentaba el fortuito encuentro: 
En Junio de 1916, convaleciente aún e inútil para el servicio de aviación al cual estaba agregado, regresé a París, instalándome en mi hotel.
De nuevo en París, volví a dedicarme á mi antigua profesión, y fue entonces cuando conocí a Blasco Ibañez,  naciendo de nuestro mutuo conocimiento la idea de unirnos para cultivar la cinematografía.
La casualidad me puso una noche en presencia del célebre escritor español Blasco Ibáñez, apropósito de la adaptación cinematográfica de su última producción literaria «Los cuatro jinetes de la Apocalipsis», pues yo había sido designado para dirigirla; hablamos mucho de cinematografía, y tan pronto como nos pusimos de acuerdo, nos fuimos a su hotelito de París, donde toda la noche estuvimos hablando de sus proyectos próximos a realizar, y de los artistas que debían de desarrollar el film. En mi conversación con Blasco Ibáñez, desarrollé todos sus planes de una actuación cinematográfica intensa4 .


Hacia el final de la primavera de 1916, después de haber publicado su primera novela sobre la guerra, Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Blasco no parecía tener ninguna intención de suspender la actividad literaria y dedicarse a la cinematografía, según sus cartas dirigidas a Francisco Sempere y Fernando Llorca, los socios de la Editorial Prometeo, con quienes mantenía una correspondencia casi diaria.
En la conocida entrevista concedida a la prensa española el 28 de julio, antes de iniciar la filmación de «Sangre y Arena», el escritor valenciano afirmaba que su intención de lanzarse al cine venia de mucho tiempo antes, más preciso, después de una conversación con Gabriele D`Anunzzio; el célebre escritor italiano, que había participado en la realización de Cabiria, película de Itala Film estrenada el 18 de abril de 1914 y considerada la mayor superproducción cinematográfica de la época.
Fué hablando un día con D´Annunzio, cuando se me ocurrió lanzarme al «cine» como a un nuevo camino de arte. Los dos habíamos sido traducidos en todos los idiomas y casi en todos los dialectos; [...] Pensamos en el «cine», hecho, intervenido, mejorado por nosotros, matiz nuevo de nuestro propio espíritu…15

Georges Herelle y Gabriele D'Annunzio
Gabriele D'Annunzio (1863 –1938), prominente figura en la literatura italiana, novelista, poeta y dramaturgo,  vivía en Francia desde 1910 y su obra era traducida al francés por su amigo Georges Herelle (1848-1935), el hispanista que traducía también la obra de Blasco Ibáñez.
Nacidos en la misma década del siglo XIX, ambos escritores habían publicado sus primeras novelas antes de 1900, habían escrito críticas e importantes artículos para la prensa local correspondiente, y los dos, enérgicos líderes políticos, fueron diputados en sus respectivos países en la misma época. El escritor italiano, apasionado por la literatura y la historia griega, lo mismo que el valenciano, demostró como éste, un gran interés por las ideas avanzadas y los adelantos modernos, incluido el joven mundo del cine. Aunque tenían distintos estilos de vida y sus situaciones y aficiones personales eran diferentes, cuando estalló la Gran Guerra, ambos tomaron una firme posición aliadófila; viviendo en París conocieron de cerca el conflicto bélico y además, cada uno había visitado el frente del Marne y las ruinas de Reims, escenarios de la contienda que influyeron en la obra y en la vida de los dos personajes. No hay datos concretos que puedan confirmar la existencia de una estrecha amistad entre Blasco y D`Annunzio y tampoco se puede especificar con exactitud el momento y las circunstancias que propiciaron la conversación entre los dos sobre el cine, pero probablemente fue antes del 3 de mayo de 1915. En esta fecha concluía la estancia de D`Annunzio en Francia; regresaba a su país tras cinco años de exilio voluntario para implicarse en la campaña intervencionista de Italia en la guerra, donde finalmente su papel fue decisivo. Se puede suponer que los dos escritores se encontraron en torno a la reunión de representantes de los pueblos latinos del 12 de febrero de 1915; manifestación cultural organizada por la iniciativa de la Unión de Agrupaciones latinas en el Gran anfiteatro de la Sorbona en la Universidad de Paris, representó una protesta contra la guerra, contra la kultur y la acción de los pueblos germánicos. También habían podido coincidir hacia finales de marzo, cuando ambos participaron a las conferencias que la revista La Renaissanse organizaba en las Galerías Georges Petit.

La libreta de V. Blasco Ibáñez con temas para el cine
En cualquier caso, entre la conversación con el escritor italiano, mencionada por Blasco Ibáñez  como el importante suceso que le impulsó lanzarse al cine, y el encuentro con Max André, que resultó decisivo para la primera incursión del novelista valenciano en el campo del séptimo arte,  había transcurrido más de un año. Durante este periodo es muy probable que Blasco, aprovechando cada oportunidad ofrecida por sus peculiares circunstancias, fue acercándose cada vez más a la cinematografía, la novedosa forma de arte que estimulaba su interés para crear nuevos proyectos con el entusiasmo y la audacia que siempre lo caracterizaron. Según afirmaba en las entrevistas para la prensa española, y aunque no lo había mencionado en las cartas dirigidas a sus socios de la Casa Editorial, Blasco trabajaba en el guion de Don Quijote desde finales de 1915; finalmente la respectiva película no se logró realizar y su guion de aquella época parece que se perdió. Referente a otros futuros proyectos para el cine, decía: …Tengo preparados además unos ciento ochenta asuntos16 y hoy, afortunadamente se conserva su libreta con los temas que pensaba llevar a la pantalla.
Sangre y arena, 1911, 
Zarzuela de G. Jover y E.G.del Castillo

En una carta de finales de diciembre de 1915, comunicaba su intención de llevar a la pantalla la novela «Sangre y arena» : 
...envíenme mi ejemplar de Sangre y Arena. Lo necesito, pues van ha (sic) hacer aquí una cinta cinematográfica. Esto lo envía enseguida. Busque además un ejemplar de la zarzuela Sangre y Arena que hizo Castillo1.
Desde entonces Blasco no vuelve a mencionar nada relativo al cine en el respectivo epistolario hasta el 13 de marzo de 1916, cuando le indica a Sempere que enviase la novela «Los cuatro jinetes del Apocalipsis» a Henri Diamant-Berger de Gramont, quien realizaría en París la película «Debout les morts!»:
Están aquí escribiendo un argumento para hacer una gran cinta cinematográfica de los 4 jinetes, que tal vez se encargue el gobierno francés de exparcirla (sic) por todo el mundo. La van ha (sic) hacer con gran aparato haciendo desfilar regimientos enteros, si es preciso. Será una visión verdadera de la guerra1.
En la primera mitad del año 1916, Blasco Ibáñez dedicaba gran parte de su tiempo al buen funcionamiento de la Editorial Prometeo y a la redacción de la Historia de la guerra europea, que se publicaba en fascículos ilustrados semanales en Valencia, desde finales de 1914. Además, y según lo indicaba en una carta del 3 de mayo, planeaba continuar en los siguientes meses con su incesante actividad literaria:
Pueden sin ningún miedo encargar el papel para Mare Nostrum. Yo me pondré a escribir dentro de 12 ó 15 días cuando haya terminado un surtido de cuentos que estoy haciendo para La Esfera y otros periódicos. A fines de junio podrá empezar la impresión. Mi idea es que aparezca el libro en Agosto.1
Finalizado el mes de mayo, Blasco confirmaba su intención de escribir la novela y para esto necesitaba ir algunos días a Barcelona … donde sólo estaré 3 ó 4 días. Voy para ver unas cosas precisas con destino a mi novela Mare Nostrum1.
Efectivamente, en el segundo fin de semana de junio Blasco Ibáñez llegaba a España y durante su corta estancia en Barcelona concede una entrevista17 a Mario Aguilar de El Diluvio y la inicia mencionando su próximo proyecto literario: Acabo de lanzar una novela, «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», y estoy preparando otra, «Mare Nostrum». Vengo á hacer unas cuantas lecturas, porque en mi novela pasará la evocación de los heroísmos catalanes y aragoneses. Además, expone sus impresiones y comparte opiniones sobre la guerra europea, reafirmando su confianza en la victoria francesa: …Francia saldrá de esta guerra grande é inmaculada y el mundo volverá a sentir que cada día francés es un 14 de Julio. En la respectiva entrevista, Blasco no hizo ninguna alusión al cine, lo que hace suponer que en aquellos momentos la actividad cinematográfica no entraba dentro de sus proyectos inmediatos.
Fue en la segunda mitad de junio, cuando al regresar a París, el escritor conoce a Max André y rápidamente decide suspender cualquier trabajo literario para convertirse en cineasta. Blasco, que siempre cumplía sus compromisos, de esta vez, al encontrar la tan esperada oportunidad de incursionar en el atractivo mundo del cine, cambió temporalmente sus proyectos literarios; la novela Mare Nostrum fue postergada para más tarde y publicada en 1918.

El logotipo de Prometeo-Film
Llegaba Blasco Ibáñez a Barcelona el sábado 8 de julio y el siguiente día le escribe a Sempere: …Llegué ayer y estoy instalado en la Pensión Francesa, calle Vergara-4, adonde puede escribirme. Vamos a empezar el film de Sangre y Arena. En esta semana que empieza nos trasladaremos a Madrid, Sevilla, Granada. De vuelta pasaremos por Valencia y luego Barcelona, donde haremos el resto del film, o sea la mayor parte1.
Comentando sobre los costes de la película, Blasco estimaba que los 40.000 francos que llevaba consigo podrían resultar suficientes para llevar a cabo las filmaciones; manifestaba también su confianza en que la nueva empresa podría solucionar pronto su precaria situación financiera:…pues estos negocios cinematográficos tienen la ventaja de ser muy rápidos y al contado.
Finalizaba la epístola compartiendo un secreto; había puesto en marcha la fundación de una empresa cinematográfica:
Mi empresa cinematográfica se llamará Prometeo-Film. En el extranjero Prometheus-Film. Marca el atleta con la antorcha...Hay que guardar el secreto hasta que saque la marca oficialmente, no nos joda algún listo.
También escribía: Que la suerte nos ayude; pues hasta el presente jamás se me ha ofrecido un negocio tan claro y rápido, pero no especificaba las circunstancias que le habían permitido iniciar el dicho negocio.
En las entrevistas periodísticas de aquellos días, Blasco hacia énfasis en que la productora Prometeo-Film o Prometeo, París-Barcelona —recientemente fundada y cuyo director artístico era— tenía los derechos exclusivos para la adaptación cinematográfica de sus obras, y que era netamente española: 
…he rechazado las ofertas que se me han hecho para vender mis producciones a diversas casas extranjeras, prefiriendo constituir una casa española16.
Al mismo tiempo daba a entender que no estaba solo al frente de su empresa pero no precisaba detalles concretos en cuanto a sus colaboradores: 
He comenzado por llevar al cinematógrafo una novela mía, atendiendo a las indicaciones de los editores18.
Detrás de mí hay tres grandes empresarios y uno yanqui para poner en «Sangre y arena» toda la pompa española… Pero mi obra no será «Sangre y arena». La hago porque me la piden y porque conseguiré hacer algo definitivo y muy nuestro15.
Teniendo en cuenta que en aquel momento Henri Diamant-Berger y Max André eran sus contactos directos con el mundo de la cinematografía, y ambos pertenecían a la Gaumont, es probable que para realizar la película «Sangre y arena»  Blasco contase con un amplio respaldo de la famosa productora francesa, no solamente con el simple apoyo técnico. También se puede suponer que para la realización de las dos películas, «Sangre y arena» y «Debout les morts!», existiese algún tipo de contrato de colaboración entre Prometeo y Gaumont, con ventajas bilaterales. 
Publicidad Laboratorios Castelló y Donoso, 1916
A principios de julio, cuando Blasco Ibáñez llegaba a Barcelona para realizar su película, la ciudad condal era el centro de la industria del cine de España. Durante gran parte de la década de 1910-20 el cine catalán vivió su época de esplendor, denominada «años dorados»,  que alcanzó su máximo auge entre 1914 y 1918, debido principalmente a la implicación en la Gran Guerra de los países con la mayor producción cinematográfica. En Barcelona se habían fundado numerosas sociedades con el propósito de producir y explotar obras cinematográficas; algunas eran productoras de orientación cultista que realizaban adaptaciones fílmicas de obras literarias clásicas. También existían unos  grandes laboratorios para la impresión de películas, entre ellos el  Laboratorio cinematográfico de Castelló y Donoso, que llevaría a cabo el procesamiento de «Sangre y arena».
La filmación de la película debía iniciarse en Madrid en la segunda semana de julio, pero estando en Barcelona, Blasco y su equipo experimentan una primera contrariedad que atrasa todo el plan y obliga a posponer por unos veinte días el traslado a la capital; lo comentaba en su carta del viernes 14 de julio:
Vinimos con la certeza que nos habían dado de que aquí había película y la que hay es poca y mala.
En vista de esto, mi director de escena sale hoy para París con el propósito de comprarla allá, y yo me veo obligado a una forzosa inmovilidad hasta el martes o miércoles próximo, que estará de vuelta. Entonces emprenderemos el viaje1.
Max André viajó a Paris pero parece que no lograba cumplir con el propósito de su viaje y diez días más tarde, el lunes 24 de julio, Blasco también tuvo que ir a la capital francesa. Volvían a Barcelona el 27 de julio, en el expreso de Francia20 y el siguiente día, confirmando en una carta su llegada, Blasco indicaba el nuevo plan:
Llegué anoche de París. ¡Ya está todo arreglado y corriente!...Salgo esta noche para Madrid. La compañía saldrá mañana para llegar por la noche. El domingo trabajaremos en la plaza. Después Sevilla y Granada1.
De esta vez lograba cumplir su proposito y aquel memorable día, viernes 28 de julio de 1916, Blasco Ibáñez iniciaba su audaz incursión en el mundo del cine y la comenzaba por conceder las primeras entrevistas sobre tan novedoso tema. Aquella tarde, en una habitación de la Pensión francesa, situada cerca a la Plaza de Cataluña de Barcelona, Blasco, acompañado por Max André recibía a la prensa; exponía su visión personal sobre el séptimo arte, hablaba de su futura película, de sus siguientes proyectos cinematográficos, y también de sus ilusiones y metas de futuro. Las entrevistas concedidas a los conocidos periodistas P. Pascau Mora, Mario Aguilar y J. Jorge Vinaixa aparecieron en la prensa entre el 2 de agosto y el 19 de septiembre de 1916, en cinco publicaciones distintas. Aunque los tres autores reproducen de forma similar las declaraciones de Blasco Ibáñez, cada uno describe en su artículo las particularidades del encuentro ofreciendo al lector un auténtico retrato del personaje entrevistado.


V. Blasco Ibañez con el periodista P.  Pascau Mora, el fotógrafo Gasset 
y  Lucas Argiles,  el director de El Cine. 
Barcelona. 28 de julio de 1916
Asi, P. Pascau Mora, periodista de la revista barcelonesa El Cine, escribia:

Por la tarde, la las cuatro, irrumpimos en la habitación de Blasco Ibáñez nuestro director, que,  antiguo amigo de don Vicente, quiso saludarle y recordar sus tiempos de diarista, el fotógrafo, Gasset y yo.
Fue una verdadera invasión que recibió cordialmente Blasco Ibáñez.
La conversación se inició amistosa con esa llaneza peculiar del  insigne novelista, que siempre joven y como nunca pletórico de energía, ponía en sus palabras una fogosidad que indicaban su entusiasmo en la obra emprendida. Pronto llevamos la conversación hacia el objeto de la entrevista. Blasco Ibáñez habla de prisa, como hombre a quien se le ocurren ideas con más abundancia y rapidez que las palabras; nosotros procuramos seguirle con nuestras notas16.

El brillante periodista Mario Aguilar describe en su artículo el escenario de la entrevista pincelando la imponente figura de Blasco Ibáñez en aquella época:
Blasco se sienta sobre un cofre enorme, igual a un sepulcro, golpeando con el pie, nervioso, la escarapela que pintaron las etiquetas de los hoteles cosmopolitas.[...]
Le cae sobre la frente monda un inquieto mechan napoleónico, que retuerce y doma, y por el pijama, desabrochado. Jadea, al reír el pecho velludo. Y habla con prodigalidad de levantino, como si aún recrease allá, en la solana de la Malvarrosa, a los partidarios embobados con la charla trastornadora. Hombre del mediterráneo, hombre de verbo y de acción, siempre dispuesto a varar la barca de Ulises y a ir charlando bajo la vela, recostado en el palo, cara al vellocino de oro, ¡qué sensación de fuerza y de movimiento me da Blasco! Se mete en esta luz nuestra sensualmente, y mira con aridez, y habla paladeando las palabras, y dice «hagáse esto» con una eficacia emperadora.[...]
Sigue mascando el purazo, y esta vez se acomoda, indolente, en un balancín. Sube al balcón la greguería de las ramblas, y del cielo desciende una cálida calma berberisca. El ocaso dardea con oro él palmar dé la plaza de Cataluña15.

Blasco Ibáñez y J. Jorge Vinaixa, en Barcelona
Finalmente, el periodista  J. Jorge Vinaixa, amigo y paisano de Blasco, escribía:
Lo encuentro en la «Pensión francesa» rodeado de maletas y baúles: atareado en  la prosaica tarea de arreglar el equipaje. Llegó por la mañana de París y parte por la tarde para Madrid, Sevilla. Granada...
Blasco Ibáñez desde hace muchos años viaja, viaja siempre; su imaginación le empuja á renovar visiones y ambientes: su espíritu inquieto lo lanza a la aventura y su actividad infatigable lo pone en marcha constante.[...] La autovida de Blasco Ibáñez sería su mejor novela; pocas historias tan variadas de matices, tan fecundas en accidentes, tan nobles en empeños, tan amenas, interesantes y provechosas, pueden ofrecer los españoles ilustres de nuestra época.
Medio siglo de vida cumplirá pronto Blasco Ibáñez, y ya algunas de sus aventuras parecen pertenecer a la leyenda.[...] Ahora Blasco Ibáñez no escribirá libros en mucho tiempo, pero hará arte y novelas. Prepara una revolución... literatura cinematográfica.[...]
Dos horas después despedí á Blasco Ibáñez para Madrid y todavía en la estación me expuso planes de grandezas cinematográficas, proyectos de teatros y talleres en Barcelona, que aspira á convertir en mercado mundial de la industria á que ha consagrado por ahora sus grandes talentos, iniciativas y actividades19.
En las horas de la noche del aquel 28 de julio, en el expreso ha salido Blasco Ibáñez para Madrid, Granada y Sevilla, haciendo el viaje con el exclusivo objeto de hacer una película cinematográfica con su novela «Sangre y arena».
Acompañan al gran escritor numerosos operadores y artistas21.

Así, hace un siglo, el incansable argonauta valenciano, en su permanente lucha por conquistar nuevos horizontes y guiado por la ilusión de llegar con la antorcha del arte y cultural hasta las altas metas del progreso, iniciaba su aventura de cinematografista



Fuentes e ilustraciones: del archivo del autor. 


jueves, 23 de junio de 2016

LA VUELTA AL MUNDO: La ciudad que venció á la noche - segunda parte



Por VICENTE BLASCO IBAÑEZ
"La vuelta al mundo de un novelista" - Vol. I, 1924/1925

I. LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE
(Segunda parte)

Cuando vi Nueva York por primera vez me imaginé caído en otro mundo, en un planeta de gentes que habían logrado vencer las leyes de la gravitación y jugueteaban con ellas. Contemplando los grupos de «rascacielos», edificios tan altos que muchas veces hunden su cumbre en los vapores de la atmósfera, los creí por un momento obras de gigantes, algo extraordinario y quimérico, más allá de las limitadas fuerzas de nuestra especie. Luego, al considerar que eran creación de pobres hombres como nosotros, con iguales debilidades e ilusiones, sentí orgullo de pertenecer al género humano, que, no obstante su debilidad física, puede realizar, gracias a su inteligencia, tales maravillas.

Nueva York en los años 20
Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra; hermosa a su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo con la inmutabilidad de los dogmas religiosos.
No digo que este arte, especialmente americano, deba servir de modelo al resto de la tierra, ni deseo que todas las ciudades sean como Nueva York. La vida es la variedad. Igualmente resulta desesperante encontrar en todas las latitudes falsas catedrales góticas o imitaciones del Partenón. Pero me enorgullece como hombre la existencia de un Nueva York con sus audaces edificios, atropelladores de los obstáculos que esclavizaron durante siglos al constructor; con sus torres gigantescas que después de hincar las raíces en profundidades no alcanzadas por los árboles archicentenarios se lanzan en busca del cielo.

Nueva York en los años 20
Hay en el viejo mundo construcciones tan altas como las de Nueva York, pero aisladas y excepcionales. Lo que en Europa representa una altura extraordinaria, que atrae la peregrinación de los admiradores, es aquí el nivel corriente de los edificios principales de un barrio. La Torre Eiffel todavía resulta actualmente más alta que los «rascacielos» norteamericanos. Pero esta torre es un andamiaje metálico, algo que parece provisional, sin la majestad imponente y sólida de los edificios neoyorquinos.

Fotografía aérea de la Exposición Universal de París de 1889, 
por la cual  fue construida la torre Eiffel de 330 metros de altura,  por Gustave  Eiffel
La gran metrópoli del mundo moderno ha creado un arte, leal reflejo de su concepción de la vida. Es algo grandioso, atrevido, rectilíneo, que hace pensar en el empuje sobrehumano de los inventores, los cuales solamente realizan sus descubrimientos atropellando los respetos, disciplinas y convenciones que encadenan a sus contemporáneos.
Los artistas que abominan del ferrocarril por su fealdad, pero llorarían de pena si los obligasen a viajar a pie, como en otros tiempos; los que ensalzan las sobriedades poéticas de la vida primitiva en habitaciones con prosaica luz eléctrica, calefacción central y vulgares aparatos higiénicos, cuando quieren sintetizar lo horrible de la vida moderna, nombran a Nueva York, que los más de ellos sólo conocen por referencias. Y el rebaño panurguesco de los esnobs, para simular delicadezas estéticas, maldice igualmente un arte vigoroso y franco, reflejo característico del pueblo que más estupendos milagros lleva realizados en la época presente por su deseo de mejorar nuestra existencia material.

Times Square, Nueva York, años 20

Esta ciudad que parece construida para otra raza más grande que la humana hace pensar en Babilonia, en Tebas, en todas las aglomeraciones enormes de la historia antigua, tales como nos imaginamos que debieron ser y como indudablemente no fueron nunca.
Hay calles en Nueva York que apreciarían en Europa como de aceptable anchura y parecen aquí modestos callejones, profundas grietas, a cuyo fondo no podrá llegar nunca el sol. Tan enorme es la altura de sus edificaciones laterales, que obliga a elevar los ojos, echando atrás la cabeza con una violencia precursora del vértigo.

La imaginación se resiste en el primer instante a concebir tales construcciones como obra de los humanos. Más bien las cree algo anterior a la presencia de nuestra especie sobre el planeta. Recuerda también a ciertas montañas que horadaron y ahuecaron los trogloditas en los siglos más oscuros de la Historia, convirtiéndolas en templos subterráneos o en ciudades-cuevas.


Cuando llega la noche no hay aglomeración humana, no la ha habido nunca, que ofrezca el aspecto mágico de esta urbe, en cuyo seno fue sujetado y Domado el cuerpo impalpable de la electricidad, encadenándolo para siempre a las necesidades del hombre.
Nueva York de noche, años ´20 -´30

Madison Square de noche, Nueva York, 1920


Los grandes edificios, con sus millares de ventanas iluminadas, son inmensos tableros de ajedrez, rojos y negros, que se estiran hacia las nubes. Las quimeras soñadas por los cuentistas orientales se realizan en esta metrópoli que muchos creen inaccesible a toda sensación de belleza.

Sobre los tejados, el anuncio industrial crea un mundo fantástico que parece lanzar un reto a las exigencias de la realidad y a la tranquila sucesión de las horas. Las hadas nocturnas de Nueva York, volando en alturas sólo frecuentadas en otras partes por las águilas, van colgando del negro terciopelo del espacio figuras y adornos de fuego, pavos reales de plumaje multicolor, tropas de duendes que gesticulan mirando a las estrellas o les guiñan un ojo maliciosamente, mujeres de luz que, sentadas en un columpio, se balancean con la cabellera suelta por encima de los astros; toda una fauna y una flora de Las mil y una noches, nacida regularmente con los primeros latidos de la luz sideral y que se borra con la aurora, haciendo levantar sus cabezas a la muchedumbre circulante por las profundas grietas de las avenidas, orladas de puntos de luz.
Times Square de noche, Nueva York, 1925
Fotografía aérea de Londres en los años 20

Hasta hace poco, Londres era la ciudad más grande del mundo. Ahora la ha sobrepasado Nueva York. El eje de la historia humana, que durante siglos fue trasladándose de una a otra nación, siempre dentro de Europa, ha cruzado el mar, y está actualmente en la ribera occidental atlántica.
Asombra el movimiento de este centro humano, su riqueza, su actividad. La Aduana de Nueva York percibe mayores tributos que muchos gobiernos europeos de importancia. El director de su puerto, "imple funcionario municipal, tiene una actuación más amplia y poderosa que la de muchos ministros de Marina.

Subterráneo en el Río Hudson












Hablando con un individuo del Municipio de Nueva York, noté la sonrisa de conmiseración con que comentaba los trabajos enormes realizados por el gobierno americano en el canal de Panamá. El Ayuntamiento de Nueva York acomete empresas más difíciles y más costosas que el famoso canal, sin darse importancia, sin ruido de publicidad, como si emprendiese una vulgar operación de policía urbana.

El lecho del Hudson, en cuyas profundas aguas anclan los buques más grandes del mundo, lo ha perforado repetidas veces para líneas férreas y tubos de «metropolitano» que ponen en comunicación a Nueva York, por debajo de este obstáculo que parecía invencible, con la orilla fronteriza, perteneciente al inmediato estado de Nueva Jersey.

Como Nueva York ocupa una isla, tiene al otro lado un brazo de mar que la separa de Brooklyn, simple barrio, más grande que muchas capitales célebres de Europa. Para unir ambas orillas se construyó hace años el famoso puente de Brooklyn, maravilla de la industria humana, que hizo hablar al mundo entero en el momento de su inauguración.

Nueva York - La construcción del Puente de Brooklyn entre 1870 y 1883


La primera vez que estuve en Nueva York me apresuré a visitar el puente del que tanto oí hablar en mi niñez. Noté que todos lo mencionaban con indiferencia, como algo que ha sido célebre y ve luego arrebatada su fama por otras novedades.
Al pasar por él me expliqué tal frialdad. El puente de Brooklyn ya no es una maravilla única. Casi resulta una vejez en este país donde todo cambia en el curso de diez años. Vi desde su larguísima y múltiple plataforma otros puentes más audaces y más hermosos, tendiéndose como brazos férreos de una orilla a otra y dejando entrever por los filamentos de sus redes colgantes un deslizamiento continuo de trenes, tranvías, automóviles y filas de peatones, iguales por la distancia a una leve hilera de puntos.
Los puentes de Brooklyn y Manhattan  de Nueva York, 1916 - Foto: Irving Underhill.
Los llamados «rascacielos» ofrecen desde su meseta superior un espectáculo inolvidable. Los dos cursos acuáticos que se deslizan, por ambos lados de la ciudad, estrechándola como un triángulo para confundirse pasado su vértice en la bahía enorme, están arado~ sin descanso por las quillas de innúmeras embarcaciones que se entrecruzan y se alejan. Tienen la densidad pululante de los insectos primaverales que se mueven tejiendo una tela invisible sobre la superficie de las charcas olvidadas. Los dos brazos líquidos, a causa del incesante movimiento de sus buques, ofrecen el aspecto de esas grandes avenidas en las que van y vienen sin reposo centenares de automóviles.

Vista aerea de Manhattan, Nueva York, agosto, 1924


Varios puentes de más de un kilómetro de longitud se lanzan sobre el agua de azul grisáceo, como barras de tinta china pendientes de filamentos sutiles, para que resbale sobre su cara superior, de ribera a ribera, todo un mundo microscópico.

En la bahía, limitada por costas gibosas como lomos de cachalote, la isla que sirve de zócalo a la Estatua de la Libertad parece un juguete, un pisapapeles, flotando sobre las aguas.

Vista desde Nueva York, años 20


Son docenas, son a veces más de cien, los buques de diversos calados y arboladuras que llegan de todos los puntos cardinales de la tierra o abren el abanico de sus rumbos hacia horizontes misteriosos, detrás de cuyo telón de brumas se ocultan nuevas costas y nuevos puertos. Parece que no quede en el planeta otra tierra que ésta y el resto de la humanidad viva sobre buques, necesitando venir a descansar sus pies sobre el único fragmento de corteza sólida
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RMS Lusitania llegando a Nueva York 
en su viaje inaugural, 13 de septiembre 1907


















Desde Building World, Nueva York, años  1920

Desde tal altura los ojos abarcan kilómetros y kilómetros de superficie terrestre sin encontrar un campo, algo que recuerde la vida rústica, que es la de la mayoría de los humanos. Se ven arboledas enormes, pero son de parques, de barrios-jardines, y estas islas de verdura se hallan encerradas por el oleaje de tejados que se pierde en el horizonte y del que emergen como picos submarinos las masas cuadrangulares de los «rascacielos».


Cada uno de dichos edificios es un mundo, más grande y complicado que los mayores paquebotes. Para completar su semejanza con uno de estos cosmos flotantes, todos ellos tienen una enorme máquina de vapor destinada a las necesidades comunes de calefacción, alumbrado, etcétera, añadiendo su chimenea torrentes de humo blanco a las inmediatas nubes. Aun en días serenos, cuando el cielo es límpido y la bahía toma un color azul de Mediterráneo, existe sobre la ciudad una ligera neblina dorada por el sol: el vapor que lanzan los «rascacielos» por sus tubos de trasatlántico.
Nueva York en los años  1920
Manhattan de noche, Nueva York, 1913



Cuando cierra la noche, los propietarios de estos edificios inmensos iluminan su terraza final o los templetes que les sirven de remate con focos invisibles de potente luz, azulados, verdes o rojos.

La masa del edificio sube y sube en la sombra, pues transcurridas las primeras horas de la noche quedan cerradas sus filas de ventanas. Pero allá en lo alto, cual islas quiméricas que flotasen sobre las tinieblas del sueño, ve el transeúnte los remates luminosos de las torres. Como guardan ocultos sus focos eléctricos, parecen bailados por una manga luminosa, de trayectoria invisible, que viene de un sol oculto en la noche, más allá de nuestras pobres miradas.



***
Muge por última vez el Franconia, anunciando que va a partir. La orquesta es cada vez más incoherente y estrepitosa en sus ritmos danzantes. Cantan a gritos los músicos, pareciéndoles poco los instrumentos para su ruidosa función. La muchedumbre saluda con aclamaciones los movimientos preliminares de la partida del buque.



Ya han sido retiradas las pasarelas que lo unían a los tres pisos del embarcadero de la Cunard.
Sus primeros movimientos estiran y rompen la telaraña de cintas que ha ido tejiéndose en el espacio libre. Empiezan a flotar en el agua muerta grandes bolas de papeles de colores. Se agitan brazos, pañuelos y banderas. Cada vez es más ancha la faja líquida entre la pared inmóvil del edificio y la pared metálica del vapor, que al moverse despierta al agua, haciéndola huir por sus costados.

El Franconia inicia su marcha retrocediendo. Resbala lentamente por la popa, fuera del corral acuático. Quiere salir al Hudson, donde virará, poniendo su proa hacia mares más azules, hacia cielos limpios de la neblina que esfuma en estos momentos las altas torres de Nueva York, dándoles un aspecto de recortes de papel gris sobre un fondo de otro gris más pálido.
Corre la muchedumbre hacia los balconajes terminales del embarcadero que avanzan sobre las aguas libres. Allí son los últimos saludos, los mayores alaridos de despedida, las agitaciones más epilépticas de brazos, sombreros y lienzos de colores.

Despedida del  Normandie en los años 30


Saludan la popa del navío que se desliza junto a ellos; después la estructura central de este pueblo flotante; últimamente, la proa que se aleja, se detiene poco después, como si reflexionase, y acaba por ladearse, recobrando su verdadero funcionamiento, que es el de avanzar partiendo las aguas.
«¡Adiós los que vais a dar la vuelta a la tierra!», parece gritar con su confuso vocerío la muchedumbre que llena los balconajes inmóviles. Dentro del buque todas las barandas de las cubiertas están orladas de gente. Hasta los tripulantes y la numerosa servidumbre se asoma a las barandillas para presenciar esta despedida.

La ciudad de los sueños por Karl Struss, 1925



La música continúa sonando, con una cadencia que incita a mover los pies. Las parejas, por momentos más numerosas, bailan y bailan. Una idea fúnebre me obsesiona en medio del sonoro regocijo. ¿A quién le tocará morir de todos los que vamos en este buque, amos y servidores?..

Porque es indudable que alguno de nosotros va a quedar en el camino. No se da la vuelta al planeta, desafiando tantos mares, tantos países de fiebre y la inadaptación a tan diversas temperaturas, sin que alguien caiga. La Aventura, diosa seductora y cruel, acepta la aproximación de sus devotos, pero exigiéndoles el tributo de alguna víctima.


***
La parte más interesante de Nueva York se desarrolla de pronto ante mis ojos, el vértice del triángulo, la llamada ciudad baja, donde están los Bancos, las oficinas célebres.
Edificios de numerosos pisos, que en otra parte serían admirados como gigantescas construcciones, se encogen aquí, con la humildad de una casita rústica, al pie de los palacios-montañas.
Puerto de Nueva York en el año 1923

¡Adiós, ciudad en la que todo es desmesurado, más allá de las ordinarias dimensiones humanas, virtudes y defectos, generosidades y miserias; donde todo se renueva incesantemente y el desinterés heroico sucede al egoísmo brutal, así como-l-a triunfante verdad reemplaza al testarudo error!


El insigne novelista D. Vicente Blasco Ibañez, a bordo del vapor Franconia, á su partida de Nueva York para continuar su viaje alrededor del mundo. Le acompañan en el grupo el Dr. Irving Livingston, los esposos Meadow y Mr. Kennedy, distinguidas personalidades del mundo.
Foto. Atlantic
¡Adiós, urbe de los milagros, patria de magos, creadores de los más asombrosos inventos de nuestro siglo; poetas de la acción, que despreciasteis la palabra «imposible», trabajando con la fe de los antiguos alquimistas para transmutar el ensueño quimérico en realidad luminosa!

¡Adiós, Nueva York, que venciste a la noche!