lunes, 12 de febrero de 2018

Recuerdos de 1928

La casa de Vicente Blasco Ibáñez en la Malvarrosa (Valencia), en los años 30.


Al comenzar el año 1928, Vicente Blasco Ibáñez vivía en su villa “Fontana Rosa” de Mentón (Francia). Allá, el 28 de enero, en la víspera de su 61 aniversario, el escritor valenciano fallecía por una bronconeumonía agravada por su diabetes. Fue enterrado en el cementerio local y cinco años más tarde, el domingo 29 de octubre de 1933, sus restos mortales llegaban a Valencia, su ciudad natal.
Pocas semanas después de la muerte de Blasco, el periodista madrileño César González-Ruano había llegado a Valencia para conocer de cerca la realidad de aquel momento: ver el chalet de la Malvarroas— l"casa del artista", tan soñada por Blasco Ibáñez pero hace bastante tiempo, abandonada —, visitar la sede de Prometeo, la editorial fundada en 1914 y cuyo director artístico siempre había sido el novelista, y además para entrevistar a los hijos del desaparecido escritor.
A continuación se reproduce el reportaje publicado el 14 de marzo de 1928, en el periódico Heraldo de Madrid. 
Algunas de las imagenes corresponden al respectivo articulo pero otras han sido adicionadas para complementar la ilustración del texto. 


Cómo viven los hijos de Blasco Ibáñez

Se piensa en la visita a los hijos de Blasco Ibáñez como en la visita a los hijos del héroe muerto. Parece ungirlos la misma grave sombra de saucos funerarios y laureles de gloría.
El mismo himno supersticioso de los hijos del héroe, que habitan el mismo solar donde él abriera un día de golpe las ventanas y asomara sus ojos a la inmensidad de un horizonte, de una baraja de infinitos que para él habían de decir su juego.
Ellos deben estar abrumados ante la muerte del padre, y, mejor aún, sorprendidos e inquietos de ese nuevo viaje emprendido por el padre aventurero y errante.
No vivieron su vida junto a él. Siempre lo recordarán en vísperas de marcharse o en día de llegada, que casi era otro tanto.

V. Blasco Ibáñez con su familia en 1903, en la playa de la Malvarrosa
Muchas veces, después de meses o de años de ausencia, se oía en la Malvarrosa la voz del coloso. 
Venia de las Indias Orientales o de las Occidentales. E iba descargando sus regalos exóticos: sedería y perfumes para Libertad ; idolillos tagalos y tabaco oriental para Sigfrido; un bastón con puño de oro cincelado, con figuras religiosas de un templo de Benarés, para Mario; una cartera y un pisapapeles para Femando Llores, su hijo político, a quien Blasco quería como un hijo de veras.
Y cuando ya les era diaria aquella continua lección de energía, de palabra fluida, de vida intensa — trasnochador y madrugador que había reducido el sueño a cuatro o cinco horas—se volvía a marchar.
Otra vez.

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Sigfrido Blasco, hijo de V. Blasco Ibáñez
SIGFRIDO

Yo no suponía ni remotamente que aquel joven moreno, de perfil acusado, judaico, de frente despejada y ojos tristes, oscurecidos por unas cejas muy pobladas, era Sigfrido Blasco.
Estaba sentado en el mismo rincón del café de la Casa de la Democracia donde yo me había citado con Just el primer día de mi estancia en Valencia.
Iba entrando gente, dividiéndose en dos grupos. Luego supe que eran la tertulia de los escritores y la de los toreros.
A la media hora me vi rodeado por unos ocho o nueve muchachos, que fueron entrando y saludando al joven moreno y enlutado. Hablaban todos en valenciano y yo no entendía más que palabras suelta.
A las tres y media entró Just y comenzó a presentarme a los contertulios. Empezó por él: Sigfrido Blasco...
Hablamos un rato, sin llevar la conversación hacia nada concreto.
—Las obras de mi padre en Valencia son la Casa de la Democracia y Prometeo.
Allí vivimos ahora Mario, Libertad y Llorca, mi mujer y yo. Tengo el coche en la puerta; si usted quiere, vamos.
Casa de la Democracia entre 1911 y 1928, calle A. Calderón 11, (hoy calle Correos);
obra de F. Mora Berenguer, el edificio ha sido derribado en los años 70
Sede de la Editorial Prometeo, calle Germanías 11; construido en 1913-1914, también ha sido derribado.

FERNANDO LLORCA

Fenando Llorca, casado con Libertad Blasco, fué siempre el brazo derecho del gran novelista, su colaborador en la empresa audaz y difícil, su sucesor único, después de la muerte del maestro.  Sigfrido me presento a este gran hombre, cuya simpatía es anterior al conocimiento, y que yo vi bajar por la escalera con dos magníficos perros, como lobos escapados de la literatura de Jack London.
Mario no estaba en casa. Lo conocería al día siguiente. Por de pronto Llorca me muestra la casa de Prometeo. Talleres de maquinaria, encuadernación, almacenes, archivo. Generosamente dice Llorca:
—Todo lo hizo él. Todo... Todo...

En la Editorial Prometeo 
Mario y Libertad Blasco, hijos del novelista, Pilar Tortosa y su esposo Sigfrido Blasco, el hijo menor.
Atrás: Fernando Llorca y César Gonzalez- Ruano (el reportero)

—Pero antes fundó Blasco la editorial de Madrid, ¿no?
—No, no... Hay más historia que ésa. La primitiva editorial valenciana a la que Blasco Ibáñez dio vida entregándole sus primeras novelas fué la de Sempere. Sin embargo, mi suegro quería mayor horizonte, y estando yo de redactor en «El Liberal», de Madrid, pensamos la publicación de «La Novela Ilustrada», donde se dieron a conocer nuestros clásicos españoles, a treinta y cinco céntimos, teniéndolos que alternar con «Rocambole».

Fernando Llorca, socio y
yerno de V. Blasco Ibáñez
—¿ Dónde tenían ustedes los talleres de «La Novela Ilustrada» ?
—Primero en la antigua casa del marqués de Molíns, en la calle del Olmo. Debajo estaba la imprenta de Fernando Fe.
Luego nos trasladamos a la calle de Mesonero Romanos. Muchas de las crónicas de Cavia las escribía allí. Desde «El Imparcial» venía a vernos. Tenía su bock de honor en nuestra imprenta.
—Y las obras de Blasco ¿se hacían en Madrid o en Valencia?
—En Valencia, en Valencia. Para no restar venta a la editorial de Sempere. Y como esta situación era absurda, al regresar del primer viaje de América nos llamó a Sempere y a mí a París. Allí nos expuso su idea de fundir todos aquellos esfuerzos en uno solo. Y decidimos fundar Prometeo bajo su dirección.
— ¿Cuál fué la primera obra que editó Prometeo ?
—«Los argonautas», de mi suegro. E inmediatamente emprendimos la edición de «Las mil noche y una noche», traducida de la edición de Madrus por Blasco y prologada por Gómez Carrillo. Luego, ya usted sabe. Libros y libros; La colección literaria, que tiene cerca de cien volúmenes, y para las que él hacía con sin igual cariño los prólogos, verdaderos estudios críticos, que yo pienso recopilar en un tomo...
¡Ahora se ha perdido la cabeza! Parece que lo estoy viendo, o que espero su carta, siempre llena de fuego y entusiasmo...
¡ Es terrible, terrible !

Y quedamos en que al día próximo Llorca me presentará a Libertad, su esposa, y a Mario.
—i Ah! Y verá usted mi colección de platos valencianos. Y la Malvarrosa por dentro, aunque está muy abandonada...

LIBERTAD
Libertad Blasco, la hija de V. Blasco Ibáñez, en 1936

Al día siguiente, la simpatía de Libertad Blasco, la bella esposa de Llorca e hija del gran novelista, me acoge cordialmente en el «hall» de la casa:
—Mario quiere llevarlo a usted a conocer la Malvarrosa. Fernando y yo pasaremos el día fuera. Llevamos aquí, cerca de Valencia, a mi hijita, que ha quedado delicada del sarampión. ¿Ha visto usted el vaciado de las manos de mi padre ! Pase usted.
Del «hall», un patio de azulejos bajo el cielo azul y purísimo de Valencia, pasamos a un comedor, donde de la colección de cerámica valenciana se extiende por las paredes en una bien nutrida e interesante teoría de platos y fuentes. Libertad Blasco va hacia el aparador y de un cajón saca un envoltorio que pone sobre la mesa. Cuidadosamente lo desenvuelve. Es un magnífico vaciado en yeso de las manos de Blasco Ibáñez, hecho en Mentón después de su muerte. Están cruzadas las dos manos.
—Nos han dicho que se debió de hacer sola la mano derecha; pero es que ignoran esta postura que en mi padre era habitual. Aquí mismo, cuando descansaba después de comer, en la sobremesa, cruzaba las manos sobre el vientre, y al trabajar, cuando dictaba, cruzaba las manos sobre la nuca.
—Sí, sí; yo recuerdo esa postura cuando lo vi en París, y en la fotografía que sirve de portada a «El militarismo mexicano»...

V. Blasco Ibáñez con el presidente Carranza, en el castillo de Chapultepec, en 1920. 
Fotografía para la portada de “El militarismo mejicano” 

—Siempre, siempre...—me dice Libertad.
Ha habido un silencio difícil, evocador, por mí respetado. La gran figura del novelista evocado entre aquellas paredes que le eran familiares, vuelve a tener plasticidad elocuente. Tan inesperada fué su muerte que aún parece que de un momento a otro, como decía Llorca, va a entrar o se va a recibir su carta interesándose por todo con la misma fe y entusiasmo de siempre.

La silueta de Mario aparece en la puerta. Es un joven acaso aviejado por una delgadez exagerada. El luto lo hace aún más demacrado. Su rostro es inteligente, vivo, inquieto, y parece que toda una fortaleza interior, discrepando con lo físico, asoma a sus ojos, que chispean bajo los cristales de las gafas de concha.

Mario Blasco, el hijo mayor de V. Blasco Ibáñez, en 1932
MARIO

Mario me habla de sus proyectos teatrales, a instancia mía.
—Ahora no trabajo nada. El golpe sufrido ha sido espantoso y me ha dejado desorientado. En cuanto me reponga un poco continuaré mi obra empezada.
— ¿Cómo se titula? ¿Qué es?
—«La noche bruja». Una acción misteriosa y extraña en el Gran Chaco. Es la obra del ambiente que Es la obra del ambiente que maneja a los personajes a su antojo. El calor enervante, que se convierte en una obsesión lúbrica para una mujer de fondo honesto, que hace todo lo posible por resistir a la tentación. Los duelos espirituales de los hombres, todo, todo envuelto en la luz intensa, en el calor horrible, en el misterio ambiente del Gran Chaco. Tengo fe en ella.
—Pero usted había cultivado el teatro de ideas, ¿no?
—Sí, sí; ahí tiene usted «La plaga» y «La mala hierba». Esta también obedece en cierto modo al propósito de teatro de ideas que tengo formado. Y hablando de otra cosa, ¿usted quiere conocer la Malvarrosa?
—Encantado.
Entonces Mario Blasco ha mandado traer un automóvil. Mira el reloj.
—Si le parece bien—me dice— comeremos en Las Termas, y desde allí vamos a conocer la casa de mi padre.
Tenemos proyecto de hacer en ella el Museo Blasco Ibáñez. Ahora está desorganizado todo y faltan muchas cosas. Mi padre no se ocupaba ya de su primera villa, después del palacio de Mentón.
—Sin embargo—le digo—, la casa de Blasco Ibáñez será siempre ésta. Aquí es donde ha soñado, aquí donde escribió su primera obra...
—Sí, sí— afirma Mario—; indudablemente. Y él nunca echó en olvido su terraza de la Malvarrosa, donde pensó muchas veces conquistar otras tierras y llevar sus naranjos de Valencia…

LA MALVARROSA

La fachada principal de la casa de V. Blasco Ibáñez,
en la Malvarrosa
Después de almorzar en Las Termas con Mario y el hijo de Llorca y Libertad he visitado la casa del gran novelista, frente al mar.
Entramos en un jardín romántico, descuidado. Faltan en él estatuas que Blasco Ibáñez llevó a Mentón.
En la fachada principal, que da al jardín, Mario me hace notar un curioso detalle:
 —Vea usted repetida la gárgola de Nuestra Señora. El diablo que contempla París, como dominándolo.

Y mientras la guardesa trae las llaves de la casa, yo pienso en la tristeza de este diablo pensador e irónico que tanto amaba Huysmans, y que aquí, en Valencia, en la piedra, tiene un gesto de aburrimiento, porque ni ve el Sena ni el mar de Levante siquiera, relegado a la contemplación eterna de un jardín con demasiada luz, con demasiado paganismo sano y amable, pese a su descuidado aspecto romántico.
—Vamos por aquí...
Subimos la escalinata. Rechina la cerradura. Parece como si entráramos en la casa de Blasco Ibáñez después de quince años de su muerte.
Mario parece adivinar mi pensamiento y me ataja:
—Ya le digo que está todo un poco abandonado. Nosotros sólo venimos algún tiempo en el verano.

La galería frente al mar es magnífica.

V. Blasco Ibáñez, en la galería de su casa de la Malvarrosa
Seguimos recorriendo la casa.
—En el pasillo verá usted algunos cuadros bastante buenos.
Pero el nieto del novelista ilustre —un mocetón de dieciséis años, fuerte como un toro —nos disuade al momento:
—No, tío; se los llevaron ya.
El comedor conserva interesantes platos y piezas de cerámica valenciana.


Es acaso la habitación mejor conservada, porque el despacho...
Los cortinajes del despacho están desprendidos. Las estanterías han desaparecido y algunos libros se apilan cubiertos de polvo en un rincón.
Huele mucho a humedad, a casa abandonada, y una dulce melancolía escarba en nuestro pecho.
—En esta mesa ha trabajado años enteros mi padre. Siéntese en el sillón, verá el mar, sin la playa. Parece enteramente que se va en un barco.
La mesa es enorme y tiene un semicírculo en su parte delantera para poder aproximar bien el sillón y escribir cómodamente.

V. Blasco Ibáñez, en el despacho de su casa de la Malvarrosa

— ¿Qué piensan ustedes hacer con esta habitación ¿— pregunto-
—Pensamos volver a poner las estanterías y en ellas todos los libros de mi padre, las traducciones, los que prologó...
Aquí, ante estos dos grandes testeros vacíos, es donde se piensa en la gran obra de Blasco Ibáñez. La lista de sus obras es enorme, y su traducción está hecha a casi todos los idiomas y de casa todos los títulos. En cuanto a las obras que dirigió y prologó el ilustre novelista...

Ahí está esa admirable colección de «La Novela Literaria». Sus prólogos son verdaderos estudios críticos y acertadas semblanzas sobre escritores, muchos de los cuales él ha descubierto en España.  ¡Y son casi un centenar de volúmenes!
Después de subir a la azotea, donde la vista de Valencia es algo espléndido de luz y de color en la huerta, donde la primavera adelanta su fecha, bajamos para regresar a la ciudad.
— Antes quiero que vea usted—me dice Mario—el busto de la Libertad que mi padre compró en su primer viaje a París. Tiene una historia sentimental...
Y ante un busto de escayola de grandes dimensiones que representa a la Libertad, simbolizada en una bella mujer con el gorro frigio ceñido a la frente, Mario me dice cómo su padre no cenó una noche y esperó todo un día en absoluta penuria hasta resolver su situación por comprar aquella estatua en los años de su bohemia de escritor pobre, cuando casi no sospechaba que un día pudiera sostener tres casas en Europa, y soñaba bellas quimeras de artista en un humilde cuarto del barrio Latino.

La casa de la Malvarrosa, en 1928





Ha sido un poco triste esta visita. La casa donde Blasco Ibáñez garabateó febril las cuartillas por las que fué perseguido y encarcelado tantas veces; la casa donde imaginó una Valencia que nacía en la historia liberal de las germanías; la casa que le oyó soñar en voz alta y le vio partir para la conquista del mundo, es únicamente un reflejo de lo que fué en otros tiempos.
Sólo la energía de su hijo político Femando Llorca, inteligencia vivísima y férrea voluntad, puede, ayudada por Mario y Sigfrido, levantar allí un templo donde se venere el recuerdo del gran escritor.
Un museo, algo así como la casa de Medan de Zola, donde aparezca vivo cuanto recuerde a aquel coloso aventurero, a aquel titán del Levante, de quien un día mediterráneo de estampa se enamoró la muerte, que se había llevado a D'Artagnan—a aquel otro aventurero gentil que fué Gómez Carrillo—como prendada ahora de la masculinidad, de la fuerza y audacia emprendedora de Portos.

DESPEDIDA

V. Blasco Ibáñez viajando entre América y Europa (1910-1914)
Fotografías de Blasco Ibáñez... Evocadoras fotografías que me enseñan Mario, Sigfrido y Llorca. Los originales de las obras inéditas son contemplados y revisados con verdadero amor. Así sus cuadernos de notas, donde tiene apuntadas frases, bocetos, ideas, todo un programa de trabajo en clave que para los demás resulta incoherente e incomprensible. Es una letra clara y uniforme. No se nota cansancio alguno en ella. Hago esta observación y Llorca me dice:
—Es que jamás estuvo cansado de nada. No le he visto nunca aburrido. El día para él tenía pocas horas, y la vida misma le ha resultado corta. Ha muerto sin decir todo lo que tenía que decir, lleno do proyectos de obras que en manera alguna eran de decadencia. Volvía de sus viajes de América sin deseo de descansar, imaginando ya nuevos viajes.
Parece que le estoy viendo en ese sillón hablar y hablar, levantarse continuamente, accionar con todo el cuerpo...
— ¿ Escribía también aquí ?
—Sí; en todos sitios. Llevaba con él los originales y trabajaba continuamente, corrigiendo bastante, porque aunque han dicho que no se preocupaba del estilo, le preocupaba mucho. Y eso que para él escribir era lo de menos. Tardaba mucho en planear una novela. A veces dos años tomando notas, estructurando la obra, y luego dos o tres meses para escribirlas.
Les pido autorización para fotografiar una cuartilla de la obra más interesante que deja Blasco : «El gran Khan», la obra del descubrimiento de América, la historia de la raza española, cuyo fuego él llevaba en el pecho azotado por todos los vientos y batido por todas las inquietudes.

La ultima cuartilla de “En busca del Gran Kan”
 una de sus últimas novelas, publicada póstumamente, en 1929
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Dejo Prometeo, y en la casa a la familia de Blasco, que me ha acogido con una cordialidad sin límites.
El recuerdo del gran novelista muerto está vivo en Valencia. En el café de la Democracia, en la Malvarrosa, en Prometeo, en las calles de la ciudad, siempre señalan un rincón y una anécdota. Allí tuvo el desafío con... Allá dio su primer mitin a los pescadores valencianos...
¡Obra enorme la del escritor y político! Obra principalmente, aparte de su labor literaria, de cultura y caudillaje.
Su figura despertaba apasionamiento y fe.
Con Blasco se ha perdido algo más que un gran escritor: un gran sugerente, un gran espíritu directivo. Lo sabe Valencia, que llora al hijo errante que no ha vuelto de uno de sus viajes.
No se puede decir que ha muerto. Las máquinas de la imprenta siguen repitiendo su nombre y en Valencia se habla de él como de quien un día cualquiera puede volver. Como París ha esperado a Zola hasta hace poco. Como él mismo esperaba a Hugo, el magnífico, cuando en la agonía dijo :
—Que pase... Es Hugo que viene a verme...

César GONZALEZ-RUANO
Año 1928

domingo, 18 de junio de 2017

HOY: 20 Años


HOY, 18 de junio de 2017, la Casa-Museo BLASCO IBÁNEZ cumple 20 años. 
Aunque es una modesta replica de lo que fue el Chalet de la Malvarrosa de V. Blasco Ibáñez en 1902, el actual edificio se logró construir con la colaboración de todos los valencianos para perpetuar la memoria del escritor. 

sábado, 10 de junio de 2017

Su primera peseta


Vicente Blasco Ibáñez en 1913, en Parìs
El siguiente artículo apareció el 20 de mayo de 1916, en el primer numero de La Semana, una revista madrileña que publicaba noticias, crónicas, entrevistas de temática variada y también una serie bajo el epígrafe «¿Cómo y cuándo ganó usted su primera peseta?», en la que un personaje importante contaba su historia. 
Blasco Ibáñez fue elegido para iniciar la novedosa serie, y aunque no se especifica en que momento y circunstancias escribió su relato, probablemente lo hizo en una fecha próxima a la publicación, ya que durante aquel mes, el novelista mencionaba en su correspondencia la intención de colaborar con algunas revistas de Madrid.
Unos años antes, en 1913 Blasco había renunciado a su "proyecto agrícola" en Argentina y arruinado, decidia regresar a Europa:
«Una mañana, a la hora en que se ve la vida bajo su aspecto verdadero, con todo su relieve, sus contornos y sus formas, me dio vergüenza mi situación. Ganar una fortuna es tarea que exige toda una existencia. .. ¿Valía mi sacrificio la pena de efectuarlo? Aunque hubiese de llegar a ser algún día un capitalista auténtico, se podía perdonar el bollo por el coscorrón…y lo que yo no podía admitir era la renuncia definitiva a la literatura».

Una vez más, la vida le enseñaba el camino que debía seguir, el de escritor.
En 1914, establecía su residencia definitiva en París, y fundando en Valencia la Editorial Prometeo, decide dedicar todo su tiempo al buen funcionamiento de la empresa y a la literatura. Aprovechando el tema de la Gran Guerra Europea, comienza a escribir numerosas crónicas, reportajes, algunos relatos o cuentos e inicia una nueva serie de novelas.
En la primavera de 1916 aparecía en las librerías de España «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», su primera novela inspirada en el evento bélico y antes de comenzar «Mare Nostrum», la siguiente de la serie, Blasco escribió un surtido de cuentos y unos artículos para revistas españolas y argentinas. El articulo que se reproduce a continuación pertenece a esa época.
Faltaban más de dos año para que el gran éxito literario de sus obras le convirtiese en un hombre rico.


¿Cómo y cuándo ganó usted su primera peseta?

Mi primera peseta fué doble y me la dió la Iglesia.
Para los que conocen mis ideas esto exige una pronta explicación.
Tenía yo nueve años, estaba en un colegio de Valencia. El maestro de música había formado un coro con los alumnos de mejor voz, y entre ellos figuraba como tenor el que esto escribe. Por algún tiempo creí que lo era. Luego, los años el tabaco (empecé fumar los ocho, todavía no he terminado), fueron obscureciendo mi voz.
Vicente Blasco Ibáñez en, 1876, a la edad de nueve años
Yo amo la música tanto o más que la literatura;  pero siempre, me inspiró el solfeo un horror, sólo comparable, al que siento ante los números y las fórmulas algebraicas. Tampoco pude, con todo mi entusiasmo musical, aprender tocar el piano. El maestro se cansó de repelarme el cogote por mi torpeza de dedos, y cerré el método de Eslava en la lección 15; me acuerdo perfectamente.
Fracasé lastimosamente como pianista y compositor; pero esto no me impidió, conseguir mis éxitos como artista vocal. En una fiesta del colegio cantamos el segundo acto del Fausto, de Gounod. Yo triunfé sobre la muchedumbre del coro, por la energía con que presentaba a Mefistófeles la cruz de mi espada de madera.
Luego, durante nueve tardes, fuimos la iglesia parroquial de San Bartolomé a cantar el mes de María. Su órgano era famosísimo en aquella época: creo que el primero que se conoció en España, con «voces humanas» otros registros modernos.
Apenas el infeliz pasante se libraba del martirio de escoltamos, emprendíamos una carrera loca, escaleras arriba, con acompañamiento de empellones, patadas algún que otro mojicón. La vanidad de cada uno consistía en llegar antes que los demás las alturas del órgano. El organista era un sacerdote llamado D. Marcelino, que tenía cierta semejanza fisonómica con Rossini. El pobre señor había de distraer su atención del doble teclado, para vigilar los duendes, invasores de sus dominios.
Mientras llegaba la hora de los cánticos, nos disputábamos el honor de poner en movimiento los fuelles, sustituyendo al ayudante, nos entreteníamos introduciendo bolas de papel en las tuberías armónicas, nos apoderábamos traidoramente de la petaca del cura para fumar un pitillo, que iba pasando de boca en boca.
Después, con la gravedad de artistas que comparecen ante el público, avanzábamos, solfa en mano, hasta la balaustrada del órgano, en cuyo borde había encendidos algunos cabos de vela.
Los altares eran pirámides de luces. Flores por todas partes, con la profusión del mayo valenciano, con la exuberancia visual del catolicismo levantino, último refugio de la alegría helénica. Abajo, una masa compacta de público piadoso compuesto en su mayor parte de mujeres: caras de palidez de camelia encuadradas por la mantilla; ojos negros, grandes, profundos, aureolados de azul; pechos de latentes y apretadas turgencias; susurros misteriosos de batistas interiores al arrodillarse o sentarse las devotas. Un perfume de fiesta pagana subía hasta nosotros en cálidas bocanadas; un olor de pétalos de rosa, de incienso, de jazmín, de cera, de carne firme blanca, exparciéndose en el ambiente primaveral como los capullos de los jardines.

La Iglesia de San Bartolomé en 1900
Y nosotros, agitados por emociones que no podíamos comprender, estremecidos por cosquilleos todavía inexplicables, entonábamos nuestros dulces motetes, aterciopelados, voluptuosos, mecedores como serenatas napolitanas. Muchos años después, al leer en Aristófanes otros autores griegos la descripción de las Tesmóforias, fiestas en honor de las diosas, a las que sólo asistían las mujeres, me he acordado del mes de María en la parroquia de San Bartolomé.
Pero el diablo, envidioso de los ángeles que cantaban en las alturas, rondaba en torno de ellos, sugeriéndoles las más perversas intenciones. Caían sobre la muchedumbre devota los papeles de música con ruidoso aleteo, que cortaba las plegarias. Otras veces una vieja emitía un aullido al ver cómo se apagaba en su mantilla un cabo de cirio caído de la baranda del órgano. Embajadas de protestas caminaban de la sacristía al colegio.

Y cuando al día siguiente, después de la misa, el director, llevando todavía fas migajas del chocolate matinal en el pecho de la sotana, procedía a la averiguación del crimen sacrílego, todos mis compañeros, miserables acusones, incapaces de solidaridad, contestaban a coro: «Blaaasco ha siiido».
Empezábamos a perder el recuerdo de estas nueve tardes de diversión, cuando el maestro de música nos hizo comparecer ante una mesa adornada con una pequeña columna de monedas blancas...  Y empezó el reparto: dos pesetas por cantor. Salimos menos de real por función; la Iglesia no se corría mucho al retribuir loores María. Pero nosotros quedamos estupefactos ante la inesperada evidencia de que nuestras gargantas valían dinero.
Mi madre se alarmó al verme entrar con dos pesetas en la mano. Presentía un enorme atracón de dulces, una enfermedad..., la muerte.
- Yo te las guardaré. Las iras gastando poco a poco.
¡Pobre mamá! No sabía lo que le esperaba al hacerse depositaria de mi fortuna.
Consideré necesario ir al teatro todos los domingos por la tarde. « ¡Qué menos puede hacer un hombre que gana dinero! »

Ramona Ibáñez Martínez, 
la madre de Vicente Blasco Ibáñez
Me reí en adelante de la vieja sirvienta, más temible que mi madre, que se oponía siempre todos mis caprichos. «Puedo hacer lo que me dé la gasa; para eso he ganado dinero». En Carnaval me disfrazaba de demonio, alquilando en una ropería el vestido más costoso; en cada estación exigía nuevos trajes, ante el menor intento de resistencia, exclamaba amargamente: «Y las dos pesetas?»... Una tarde, jugando con unos amiguitos en mi casa, rompí todos los cristales de un balcón. En otro tiempo hubiese temblado, con la certeza de los escobazos que me esperaban. Pero ahora me erguí como un gran señor: «Que venga el cristalero y le paguen con lo mío»...
Años después, cuando frecuenté la Universidad para fingir que estudiaba el derecho y descolgar un título de abogado, todavía vivían las dos pesetas. Mamá me echaba en cara mi vida de vagabundo romántico, aficionado a huir de las clases para recorrer los senderos de la huerta o tenderme en la orilla del Mediterráneo la sombra de una barca; predisposición a comprometerme en barullos revolucionarios; mi audacia al escribir en los periódicos cosas atrevidas, que me hacían sentar en el banquillo de los criminales cuando aún no tenía la edad necesaria para ser condenado; mi avidez amorosa, que me impulsaba tener un tiempo ocho o diez novias, perdiendo el día entero en coloquios de balcón a calle, poéticos y sublimes, que hacían reír a todos los vecinos. Nunca llegaría ser una persona grave decente (Notario o Registrador de la propiedad, por ejemplo). Me auguraba un porvenir de miseria. Y yo respondía con dignidad:
- Acuérdese, mamá, que los nueve años ya ganaba dinero.

Luego he tenido amores con la Fortuna. Unas veces ha acudido cariñosa a mis citas, otras me ha sido infiel. He ganado algo más de dos pesetas, con mis libros con mi tenacidad de hombre de acción, que sólo reconoce en el mundo un obstáculo insuperable... administrar. Al otro lado del Océano firmé un día un cheque de 800.000. Este pedazo de papel me pareció lo más interesante de mis novelas.
Pero de todas las cantidades ganadas en el curso de mi existencia, por enorme que hayan sido, ninguna ha durado tanto, ni me ha proporcionado placeres tan intensos, como las dos pesetas guardadas por mi madre.