jueves, 9 de marzo de 2017

El horóscopo de Blasco Ibáñez


El siguiente artículo fue escrito por Francisco Verge y publicado por el periódico El Pueblo, en 1922. 
Al autor recupera algunos recuerdos autobiográficos guardados con orgullo en su memoria, y en un lenguaje sencillo, sin pretensiones literarias, los evoca con cierta nostalgia y la emoción de tiempos pasados.
...recuerdos de la infancia de Blasco Ibáñez al que estuvo unido en muy leal amistad el señor Verge1.

EL HORÓSCOPO DE BLASCO IBÁÑEZ

por  FRANCISCO VERGE

Próximamente tendría yo catorce años cuando, con mis padres, habitaba un principal de la plaza de San Gil, cuyo propietario, don Gaspar Blasco, vivía en el entresuelo de la misma finca. Tanto este señor como su esposa doña Ramona, demostraban en el hablar ser naturales de algún pueblo de Aragón; no así sus hijos Pilar y Vicente, que hablaban con la misma corrección el castellano que el dialecto de Valencia.

La casa de los padres de Blasco Ibáñez, 
Plaza de San Gil, número 5, Valencia
Me alegré en gran manera conocer á su hijo Vicente, pues a los pocos días de tratarnos, hicimos íntima amistad, contribuyendo á ello ser los dos estudiantes, tener los mismos años y coincidir tanto en las ideas políticas como en la afición á la literatura.
La primera vez que bajé á su habitación me leyó una comedia que estaba escribiendo, en la cual satirizaba con mucha gracia las doctrinas sobre antropología inventadas por el doctor Gall; yo le oía con la mayor atención y complacencia. Le dije que me gustaba mucho la obra, y él me invitó a que bajase cuando quisiese a su casa, como así lo hice en días sucesivos.
Nuestros padres nos habían acostumbrado a retirarnos  pronto por las  noches; así, pues, para pasar las veladas escribíamos de nueve a once, hora en que nos despedíamos.
Escribíamos cuartillas en su salita de estudio, sirviendo para adorno de las paredes varios grabados de hombres célebres que por aquella época publicaba el diario «El Globo de Madrid», que  dirigía  don  Emilio Castelar.  A la vista de aquellos retratos de eminencias, parecía que nuestra imaginación tomaba raudo vuelo.  La mesa donde escribíamos estaba frente á una reja  bastante baja,   que daba a la calle de San Gil y que dejaba entrar de día una luz natural muy cansada.
Teníamos para alumbrarnos  un  quinqué de  petróleo, de sobremesa, y el tintero del que nos servíamos era de barro cocido, representando la figura de un joven sentado sobre una peña, sirviendo su sombrero de anchas alas de tapadera.

Retrato de Víctor Hugo,  
publicado por la revista El Globo, en 1879



Para escribir teníamos abundante papel de barba, cuya blancura desaparecía pronto al correr de las plumas, además con las tachaduras y correcciones que seguían luego. Un silencio reinaba en aquella estancia, donde sólo se oía el rasguear de  las plumas   sobre el áspero papel, produciendo un sordo rumor semejante al roer de los gusanos. Interrumpíamos nuestra tarea para encender alguno que otro pitillo, en cuyos breves momentos de dar las primeras chupadas, cambiábamos impresión sobre el tema que estábamos escribiendo.
Blasco tenía como noventas favoritos á Dumas (padre,) Hermán  Chatrian, Carlos Dickens, Edgard Poe y Víctor Hugo, pero como escritor español tenía veneración por Fernández y González, cuyas novelas publicadas por entregas estaban en boga.
Escribía Blasco novelas  de la época de los caballeros de capa y espada, demostrando entonces poseer ya una vigorosa imaginación, describiendo los asuntos que detallaba con realidad y colorido, en hermosas escenas animadas, cuyas imágenes creaba haciéndolas interesantes.
Yo tenía afición a los versos; componía epigramas, cantares y algún pequeño cuento. Mi  trabajo era de más calma, consumiendo poco papel. Mi amigo Blasco se dedicaba de lleno á la prosa, sintiendo gran vocación por la novela. Escribía muy de prisa, casi febrilmente, como si un ser invisible fuese dictando cuartillas y más cuartillas.

Vicente Blasco Ibáñez a la edad de 15 años
¡Cuántas veces suspendía con gusto mí trabajo para contemplar á mi amigo con cierra admiración! La blancura de su cara de perfectas facciones, realzada por su negro y ensortijado cabello de raza moruna, frente despejada, nariz cervántica y labios pronunciados; la expresión de su mirada y la viveza de sus negros ojos, demostraban la imaginación fecunda y laboriosa del preclaro talento de aquel novel escritor, y al contemplarle, comprobábase ya como cierto el horóscopo de su infancia, que varias veces me había referido su buena madre.
En cierta ocasión que vino á Valencia una anciana pariente suya, cual mujer, allá en su pueblecico tenía fama de adivinar el porvenir de las personas, en cuanto vio al recién nacido exclamó con alegría:
«Este niño será un hombre de mucho talento y de fama universal.»
La primera novela que escribió Blasco, cuando estudiaba los últimos años del bachillerato, la tituló «El poder de una voz» , cuyo único ejemplar escrito de su puño y letra, avalorado con su firma al pie me lo regaló diciéndome que no tenía otra copia. Esta obra había sido leída la tarde de un domingo en la habitación particular del director del Instituto don Jaime Banús, ante este señor y su familia, á quienes gustó mucho, aplaudiendo al fin de la lectura. Lamentó muy de veras que aquella novela, leída tantas veces por mí, se le haya extraviado a un amigo á quien la dejé. Recuerdo el asunto.
Era un pintor que, desde su estudio, oía muchas tardes la voz argentina y melodiosa de una mujer, vecina suya, que cantaba. Subyugado el artista al oírla, se queda extasiado sin que pueda continuar el cuadro que pintaba, porque su pensamiento vuela en busca de aquel ser. Después de algunos días en que está averiguando quién pueda ser aquella joven, logra hablarla, se fija en sus facciones y observa en ella el ideal que él había sonado y cuyo modelo hasta entonces inútilmente había buscado para trasladarlo á un cuadro que tenía comenzado. Era soltera, de un belleza extraordinaria, vivía sola y la requirió de amores para hacerla su Mimí; pero ella, mujer voluble, pensó atraerle al peligro como las sirenas del mar, proponiendo al artista, antes de aceptar su cariño, que hiciera, no un sacrificio, sino un crimen. Precisaba que el pintor matara antes á un hombre que a ella la hacía desgraciada y del que no hallaba otro modo de separación por temor a sus iras. El pintor sostiene consigo mismo una lucha, y comprendiendo que de ningún otro medio puede alcanzar el modelo que puede llevarle á su celebridad, que es la gloria á que él aspira, después de mil dudas y cavilaciones que dejan intranquilo su espíritu, mata una noche al hombre que cree perverso. La infame mujer, una vez cometido el crimen, del cual era la inductora, rechaza al pintor, delatándolo á la justicia, como único autor del asesinato, y el artista expía su delito en la cárcel, donde cae enfermo, envejeciendo  prematuramente, mientas la sirena libre ya del hombre que la atormentaba, según ella, se marcha con un nuevo amante a quien cree amar.

Algún domingo por la mañana salíamos Blasco y yo á dar un paseo por la huerta, ó bien nos encaminábamos por el cauce del río para ir a la ermita del Ave-María, pequeña iglesia de estilo gótico, situada entre el camino del Grao y junto a la vía férrea de Barcelona, un poco más alta del puente de hierro.
Era un paisaje pintoresco, gala de la poesía. Resguardada en medio de un bosque de tupido ramaje, como los antiguos templos paganos, aparecía la ermita. Sus primores artísticos nos recordaban el florido carácter de la Edad Media.  Verdes ramas de trébol bordaban sus agujas, coronando su alta cima una pequeña campana.
Había delante una plazoleta, con bancos de piedra, donde, protegidos de los rayos del sol por la fresca sombra de árboles frondosos, nos sentábamos para descansar, respirando un ambiente embalsamado de claveles, rosas y lirios, y deleitándonos con la lectura de poesías de autores extranjeros, traducidas por ingenios españoles.

Ermita del Ave María en Camino del Grao 1870
Dentro de la ermita aparecía una pulida capilla con blancas toallas, guarnecidas de randa. Sus joyas eran guirnaldas de flores escogidas, ofrendas que llevaban del Grao y Ruzafa, con las que envolvían la imagen bella y luminosa. Colgaban de gran altura dos lamparitas de bronce, que por devoción encendían los fieles, cuya luz temblaba al reflejar sobre la Virgen como temiendo ofender su modestia. Esparcidas por el suelo tiernas ramas de murta y flor de naranjos, servían de alfombra mullida y olorosa. El silencio que reinaba en aquel hermoso rincón de la huerta, sólo era interrumpido por la trepidación del tren y el silbato de la locomotora.
Mi buen amigo Blasco no podía acostumbrarse al ambiente de misticismo que se respiraba en su casa, pero no se atrevía á rebelarse. Don Gaspar formaba parte de varias cofradías y asociaciones religiosas, y Vicente me contaba que las tardes de los domingos y fiestas de guardar le obligaban sus padres á que les acompañase á visitar los conventos, donde pasaban largas horas rezando y luego de dar un corto paseo volvían a casita para no salir de ella hasta el día siguiente. Lamentaba yo que a mi buen amigo se le deparasen aquellas tardes, privándote de la expansión propia de la juventud, y al pensar que el se aburría soberanamente, decidí acompañarle para que pasase aquellos ratos más distraído.
Al enterarse su madre de mis deseos, demostró gran júbilo, aumentando la estimación que me tenía, diciéndome que yo era un buen amigo de su hijo. Resultaba, pues, que un domingo por la tarde visitábamos el convento de Corpus Christi, de religiosas carmelitas de Santa Teresa de Jesús; otro el convenio de las monjas de la Encarnación; otro el Colegio del Patriarca, y así sucesivamente.


Blasco Ibáñez y yo permanecíamos arrodillados frente al presbiterio, delante y á buen trecho de su familia, que rezaba. Nosotros no éramos allí nosotros, ó por lo menos prescindíamos de llamarnos por nuestros nombres respectivos, habiéndonos transformado en dos poetas de la antigua Grecia, que habían resucitado sobre las baldosas de aquel templo para recitar las Rimas de Bécquer ó las Doloras de Campoamor, porque «inter nos», usábamos los pseudónimos de dos nombres de poetas griegos.

Por entonces se le ocurrió a mi amigo fundar un periódico semanal literario, titulado «El Miguelete», siendo él el director efectivo; pero como ninguno de los dos teníamos la edad suficiente para llenar los requisitos que exige la ley de Imprenta, buscamos un amigo que tuviera los años necesarios y se prestara á ello. Si no recuerdo mal, encontramos ó un pobre zapatero de viejo, que vivía en un tercer piso de la calle del Torno del Hospital, quien aceptó gustoso y firmó la solicitud como director.
Salió por fin el semanario, publicándose pocos números, y en el primero de esto  aparecía el retrato de nuestro querido amigo don Félix Pizcueta, con grabado sobre madera y una discreta biografía escrita por Blasco Ibáñez.

Pasadas algunas semanas de cesar en su publicación, salió de nuevo con el título de «El Turia», cuya vida no fue más larga que la del anterior. Aunque la publicación era modesta, obteníamos la colaboración de notables firmas que la honraban. Entre otras, recuerdo una bellísima poesía inédita, que nos envió desde Madrid, donde residía, el novelista Enrique Pérez Escrich, dedicada como recuerdo a su querida patria chica y que empezaba así:

«A VALENCIA
Entre naranjos y limoneros,
crecen fecundos tus arrozales, y son alfombra de tus senderos
las madreselvas y los rosales,  etc
terminando con esta estrofa:
Patria adorada yo no te olvido,
y hoy que el invierno mi frente inclina,
recuerdo  siempre donde he nacido,
como recuerda la golondrina
su amado nido


Con frecuencia íbamos al estudio de nuestro buen amigo el joven y laureada pintor Constantino Gómez, premiado con medallas de oro y plata por las obras maestras que produce su pincel y su tecnicismo en el colorido, tanto pintando al óleo como á la acuarela.
Admirando las obras que anualmente presentaba Gómez en las exposiciones de Madrid, le honraban con su amistad Pi y Margall, Pérez Galdós, Echegaray, Salvador Rueda y otras notabilidades que le remitían con frecuencia ejemplares de sus libres con sentidas dedicatorias, que él tenía en su estudio.
Retrato de Constantino Gómez Salvador
(Valencia, 1864 - 1937 )
Autor: Vicente March y Marco
Blasco y yo íbamos allá muchas tardes, pasándolas agradablemente con la lectura de los dramas de Echegaray y otros libros. Uno de esos días se le ocurrió al artista pintar en un gran lienzo una escena del drama «En el seno de la muerte», cuando el conde encierra en el subterráneo á su mujer y a su hermano infiel. Una tarde en que estábamos reunidos en el estudio de Gómez, sirviéndole Blasco Ibáñez de modelo, nos propuso el joven novelista hacer un viaje a Madrid; una escapatoria para ver a las Cibeles, la Puerta del Sol, la Castellana y demás, con lo que teníamos ocasión de conocer a los más celebrados artistas y literatos. Para ello haríamos la vida de bohemios, dejándonos crecer la barba y las melenas, llevar raída la capa, sombrero de anchas alas y los zapatos rotos. Yendo á Madrid—decía él—al centro donde concurren los poetas y novelistas, llegaríamos á ser algo, pues aquí en la «terreta» nuestras aspiraciones nunca tomarían vuelo por estar gozando de una vida regalada, y que los grandes artistas llegan muchas veces a la cumbre debido a las privaciones de la vida de bohemio.
Como al mismo tiempo que hablaba Vicente daba expresión á su semblante moviendo la cabeza y los brazos, el artista tenía que interrumpir su trabajo para prestar atención a tan largo discurso. Blasco añadió después que en Madrid se nos abrirían las puertas para llegar un día al templo del saber y que trabajando sin cesar, aprendiendo de los buenos maestros, cultivando nuestras aficiones no había duda de que lograríamos ser tres notabilidades en la pintura, en la novela y en la poesía. Viviríamos en una buhardilla como inseparables amigos y buenos camaradas.
Las razones que exponía nos entusiasmaban en gran manera y nos alegraba la idea; mas yo, no dejaba de reconocer mi inferioridad con respecto á mis amigos para lanzarme en alas de aquella aventura. No era cobardía dejarles marchar solos; era comprender mis pocos medios de lucha.
Tenía Vicente gran facilidad, imaginación fecunda y memoria portentosa, por lo que le seria fácil colocarse en alguna redacción, escribiendo artículos literarios y proporcionándose medios de vida. Constantino, vendería sin dificultad las tablitas o cuadros de costumbres valencianas y fiestas como «La Degolla», «Els Milacres», «Las Roca», etc.; pero yo ¡cómo iba a encontrar  protección á mis modestos versos! Así lo manifesté á mis buenos amigos, diciéndoles:
—Marchad vosotros, que los dos estáis en buenas condiciones; que yo, sintiéndolo mucho, no puedo acompañaros. Deseo que no sea muy escabrosa la senda que haya de conduciros a la gloria del arte del colorido y de la literatura, y con ella la celebridad. Ellos quedaron de acuerdo para hacer el viaje, y para procurarse fondos, principió el uno a vender pequeños cuadros, y el otro algunos libros.
Aunque Gómez tenía buenas costumbres y una esmerada educación recibida de su familia, bastaba que sus padres le concedieran un rato de expansión por las noches para ir al café y reunirse á  una peña formada por varios amigos artistas y literatos para que la madre de Blasco Ibáñez creyese que se le daba demasiada libertad á un joven hijo de familia y que debía ella precaver a su hijo Vicentico para que no se contaminase con aquella costumbre de salir para retirarse a las once ó á las doce de la noche. Y para que no cultivase aquella amistad, no se cansaba de repetirle, hablando como tenía costumbre, en lenguaje bilingüe:
Doña Ramona, la madre de Vicente Blasco Ibáñez 
 —Mira, Visantico, no quiero que te ajuntes con ese pintoret, porque tiene el filet demasiado llarguet, y en su casa no le estiran del cordelet.
Un día bajó mi madre al entresuelo y encontrando a doña Ramona le entrego, según costumbre, el aporte de un trimestre de alquiler de la habitación. La madre de Blasco no tenía otra preocupa que la amistad de su hijo con Gómez, creyendo siempre que fuese el instigador de algún mal que pudiese hacer su hijo y sin duda para que la mía formase distinto concepto del que se merecía aquel buen chico, le informó de nuevo respecto al pintoret, capaz de hacernos unos trasnochadores.
Aquella misma tarde subió a mi casa doña Ramona muy afligida en busca de mi madre para contarle lo que había sucedido, pues habiendo dejado el dinero del alquiler encima de la mesa del comedor, mientras las dos habían salido á la escalera para despedirse y después de entrar á la cocina á dar un vistazo a la comida, había ido á buscar el dinero, observando que no solo faltaba éste, sino que también había desaparecido su hijo de casa sin despedirse ni haber vuelto para comer, con lo cual demostraba que había hecho alguna calaverada, instigado sin duda por Gómez, «ese pintoret, que tiene el filet demasiado llarguet», cuando el pobre «pintoret» no tenía la menor culpa ni había salido, tampoco de Valencia.
La buena señora pasaba los días llorando amargamente de pena por la ausencia de su hijo y de no haber cortado la amistad de éste con el  «pintoret», a quien achacaba toda la culpa de la escapatoria. Buscando noticias me preguntó á mí si sabía á donde se había marchado Vicente y yo le contesté negativamente.
Pasaban los días sin tener yo noticias de Blasco, esperando con impaciencia la carta que me había prometido del resultado de su viaje y la dirección de Madrid; pero la carta no llegó a mi poder, pues aunque me escribió en cuanto llegó a la corte, dirigiendo á la sociedad literaria Lo Rat-Penat, de donde éramos socios, sucedió (según supe luego) que como mi padre llevaba también el mismo nombre que yo, dio la casualidad de encontrar por la calle á un amigo suyo cartero, advirtiéndole que llevaba una carta para él, dirigida a la sociedad Lo Rat-Penat, y se la entregó seguidamente.

La estación de Alfafar- Benetúser, hacia 1900
Enterado del contenido de ella, se fue sin tardanza en busca de los padres de Blasco para tranquilizarles con las noticias de la carta. En ésta me decía Vicente que salió de Valencia en una tartana que lo llevó hasta la estación de Alfafar, y allí tomó billete para Madrid, donde llegó después de un feliz viaje, y se hospedaba en una mísera buhardilla de la calle de Mesón de los Palos. También me daba cuenta de la vida que hacía en los madriles.
De acuerdo los padres, buscaron á un hábil periodista para que escribiera una carta imitando mi letra. ¡Ya lo creo que conseguiría imitarla sin gran trabajo, cuando precisamente era mi profesor de Caligrafía! Ignoro lo que le escribirían á Vicente; pero el era lo suficiente perspicaz para comprender que en la respuesta andaban mezclados los padre, suponiendo que yo me hacía puesto en combinación con ellos para decirle que regresase inmediatamente; pero el no pensaba complacerles, tan pronto.

Mediaron varias cartas después entre el padre y el hijo. Esto pedía dinero para regresar, y aunque se lo mandaban no volvía, porque se le había concluido. Nueva carta de los padres llamándole con insistencia y remitiéndole otra cantidad, y otra respuesta del hijo manifestando imposibilidad de regresar por haberse gastado el dinero.
En vista de que pasaban semanas sin venir su hijo, se decidió su madre á emprender el viaje para traerlo, como lo hizo, repitiéndole muchas veces por el camino que no se «ajuntase» más con el «pintoret».

Retrato de Manuel Fernández y González,  
publicado por la revista El Globo, en 1880
El héroe, si bien regresaba escuálido y con el traje deteriorado, no se presentaba derrotado, sino con aire de vencedor, pues al subir á mi habitación había olvidado sus vicisitudes de Madrid, para acordarse solamente de la satisfacción de haber realizado sus deseos de tratar con la amistad al maestro Fernández y González, el novelista más famoso de aquellos tiempos, pasando en su casa las veladas escribiendo los dos á la luz de una bujía, sostenida por el cuello de una botella.
Con las lecciones que recibiera de tan buen maestro, más los bríos para luchar, hizo su alma fuerte para sostener los embates del escritor novel contra la ignorancia de unos, la envidia de otros, y, sobre todo, contra esa crítica infame y despiadada de muchos Zoilos, que se creen endiosados por el sitio que escalaron valiéndose de humillaciones rastreras y bombos que dieron a estultos politicastros; por esto el mayor éxito ha coronado sus esfuerzos.

Empezó Blasco Ibáñez por publicar cuentos y leyendas de costumbres levantinas, en valenciano; después ha ido escribiendo en castellano verdaderas obras muestras: novelas regionales como «La, Barraca», «Flor de Mayo», «Entre Naranjos»; nacionales como «La Catedral», «La Maja Desnuda», y otras universales, como «En el país del arte», «Oriente», «Los Argonautas», «Mare Nostrum», «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», con su formidable labor representada en «Historia de la Guerra Europea».

11 de diciembre de 1906 - V. Blasco Ibáñez 
Comendador de la Legión de Honor de Francia
Con toda seguridad, se encuentran sus libros en cualquier biblioteca oficial, en la de todos los que se deleitan con la buena literatura clásica, porque sus obras llegan a las más apartadas ciudades del mundo, traducidas a diversos idiomas, pues Blasco Ibáñez está considerado como escritor universal.
No solo se ha distinguido en la literatura, sino en el periodismo, en la oratoria y en la política. Fue fundador de los semanarios republicanos  «La Bandera Federal» y «La Revolución», y del importante diario EL PUEBLO, que se publica en Valencia. Cuantas veces se ha presentado candidato por la circunscripción de esta ciudad, ha sido investido con el acta de diputado a Cortes en representación del Partido de Unión Republicana, del que fue fundador y jefe, y por medio de su conocimiento de las leyes adquirido en sus estudios universitarios, ha defendido con gran entusiasmo los ideales de la libertad, en los mítines, en el periódico y en el Congreso.
Blasco Ibáñez ha sido Mantenedor de los Juegos Florales de Valencia y entre las varias condecoraciones que posee, recuerdo la de Caballero de la Legión de Honor francesa, y finalmente, en los Estados de América se le ha otorgado el título de Doctor en Letras en la famosa Universidad de Washington, celebrándose en su honor grandes  festejos y solemnidades, a las que han acudido representantes diplomáticos de las otras repúblicas americanas y países europeos.
Los hechos han demostrado la certeza de su horóscopo que hizo aquella venerable anciana, pues hoy Blasco Ibáñez está reconocido por todos como hombre de esclarecido talento y de fama universal.



* * 

Francisco Verge Plá
«El horóscopo de Blasco Ibáñez» se publicó como folletón en el periódico valenciano El Pueblo, que dedicaba la primera página de su número del 19 de septiembre a Francisco Verge Plá, recientemente asesinado.
Aquel amigo de Blasco era recordado por su modesta actividad literaria; había colaborado con de la revista valenciana Bellas artes, algunas de sus poesías y trabajos en prosa, cuentos, y estudios habían sido incluidos en el libro «Cuentos y tradiciones valencianas», publicado en 1920; su última publicación, la comedia bilingüe «El niño perdido»,  aparecía en julio de 1922, en la revista Nostre Teatro.
Para Verge, la pasión por la literatura, iniciada en la adolescencia, a lado de Blasco Ibáñez, había quedado como una afición. En sus últimos 22 años de vida desempeñaba el cargo de contable en la casa Izquierdo Hermanos de Valencia. Desafortunadamente, el 16 de septiembre fue víctima de un atraco en la calle, falleciendo con 55 años de edad.
El artículo probablemente fue escrito un año antes, como colaboración al gran homenaje que Valencia le rendía a Blasco Ibáñez, en mayo de 1921, pero no había sido publicado.
Los recuerdos de Francisco Verge, fiel testimonio de aquella importante etapa en la vida Blasco Ibáñez, representan un aporte adicional a la biografía del gran novelista; confirman una vez más la precoz afición de Blasco a la lectura, revela su avidez de conocimientos, su gran pasión por la literatura, la historia y el arte.
En aquella época, el joven Blasco iniciaba sus aventuras editoriales, actividad de la que nunca se apartará; con el tiempo funda y dirige periódicos y casas editoriales, y desde una posición vanguardista, logra difundir la cultura escrita de orientación laica, científicas o filosófica, muchas veces ilustrada.
Confiado en su talento y su gran capacidad de trabajo, el joven Blasco comenzaba a soñar con la gloria; ambienta su entorno con los retratos de hombres celebres y llena su imaginación de personajes de épocas antigua. Escribe una novela que trata de amor, pasiones y desafortunados desenlaces; parece un boceto del canon que seguirá en varias de sus futuras obras, donde la lucha por alcanzar el amor ideal y la gloria conducen a la fatalidad.
Su carácter inquieto y rebelde le impulsaba a alejarse de cualquier entorno monótono y limitado, desafiar lo impuesto por las leyes de lo tradicional y corriente, para aventurarse en busca de la libertad incondicional, de lo nuevo, lo desconocido o lo soñado.  Aunque a veces fracasaba, siempre seguía sus metas guiado por la ilusión y por el amor a la vida.


sábado, 25 de febrero de 2017

EL ESTABLO DE EVA - lectura dominical



EL ESTABLO DE EVA
CUENTO VALENCIANO
por VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
Dibujos: Méndez Briga

Siguiendo con mirada famélica al hervor del arroz en la paella, los segadores de la masía escuchaban al tío Correchola, un vejete huesudo que enseñaba por la entreabierta camisa un matorral de pelos grises.
Las caras rojas, barnizadas por el sol, brillaban con el reflejo de las llamas del hogar; los cuerpos rezumaban el sudor de la penosa jornada, saturando de grosera vitalidad la atmósfera ardiente de la cocina, y á través de la puerta de la masía, bajo un cielo de color violeta en el que comenzaban á brillar las estrellas, veíanse los campos pálidos e indecisos en la penumbra del crepúsculo, unos segados ya, exhalando por las resquebrajaduras de su corteza el calor del día, otros con ondulantes mantos de espigas, estremeciéndose bajo los primeros soplos de la brisa nocturna.
El viejo se quejaba del dolor de sus huesos. ¡Cuánto costaba ganarse el pan!... Y este mal no tenía remedio: siempre existirán pobres y ricos, y el que naco para víctima tiene que resignarse. Ya lo decía su abuela: la culpa era de Eva, de la primera mujer… ¡De qué no tendrán culpa ellas!
Y al ver que sus compañeros de trabajo—muchos de los cuales le conocían poco tiempo—mostraban curiosidad por enterarse de la culpa de Eva, el tío Correchola comenzó á contar en pintoresco valenciano la mala partida jugada á los pobres por la primera mujer.
El suceso se remontaba nada menos que á algunos años después de haber sido arrojado del Paraíso el rebelde matrimonio con la sentencia de ganarse el pan trabajando. Adán se pasaba los días destripando terrones y temblando por sus cosechas; Eva arreglaba en la puerta de su masía sus zagalejos de hojas… y cada año un chiquillo más, formándose en torno de ellos un enjambre de bocas que sólo sabían pedir pan, poniendo en un apuro al pobre padre.

De vez en cuando revoloteaba por allí algún serafín, que venía á dar un vistazo al mundo para contar al Señor cómo andaban las cosas de aquí abajo después del primer pecado.
— i Niño!... ¡Pequeñín I — gritaba Eva con la mejor de sus sonrisas. — ¿Vienes de arriba? ¿Cómo está el Señor? Cuando lo hables dile que estoy arrepentida de mi desobediencia… ¡Tan ricamente que lo pasábamos en el Paraíso!... Dile que trabajamos mucho, y sólo deseamos volver á verle para convencernos de que no nos guarda rencor.
—Se hará como se pide—contestaba el serafín. Y con dos golpes de ala, visto y no visto, se perdía entre las nubes.
Menudeaban los recados de este género, sin que Eva fuese atendida. El Señor permanecía invisible, y según noticias, andaba muy ocupado en el arreglo de sus infinitos dominios, que no lo dejaban un momento de repeso. 
Una mañana, un correveidile celeste se detuvo ante la masía.
— Oye, Eva; si esta tarde hace buen tiempo, es posible que el Señor baje á dar una vueltecita. Anoche, hablando con el arcángel Miguel, preguntaba:—«¿Qué será de aquellos perdidos?»
Eva quedó como anonadada por tanto honor. Llamó a gritos á Adán, que estaba en un bancal vecino doblando, como siempre, el espinazo. ¡La que se armó en la casa! Lo mismo que en víspera de la fiesta del pueblo cuando las mujeres vuelven de Valencia con sus compras. Eva barrió y regó la entrada de la masía, la cocina y los estudios; puso a la cama la colcha nueva, fregoteó las sillas con jabón y tierra, y entrando en el aseo de las personas, se plantó su mejor saya, endosando á Adán una casaquilla de hojas de higuera que le había arreglado para los domingos.
Ya creía tenerlo todo corriente, cuando la llamó la atención el griterío de su numerosa prole. Eran veinte ó treinta… ó Dios sabe cuántos. ¡Y cuan feos y repugnantes para recibir al Todopoderoso! El pelo enmarañado, la nariz con costras, los ojos pitarrosos, el cuerpo con escamas de suciedad.
—¡Como presento esta pillería!—gritaba Eva. — El Señor dirá que soy una descuidada, una mala madre ¡Claro! los hombres no saben lo que es bregar con tanto chiquillo.

Después de muchas dudas encogió los preferidos (¡qué madre no los tiene!),  lavó los tres más guapitos, y á cachetes llevó hasta el establo a todo aquel rebano triste y sarnoso, encerrándolo á pesar de sus protestas.
Ya era hora. Una nube blanquísima y luminosa descendía por el horizonte, y el espacio vibraba con rumor de alas y la melodía de un coro que se perdía en el infinito, repitiendo con mística monotonía: ¡Hossana! ¡hossana!... Ya echaban pie á tierra, ya venían por el camino con tal resplandor, que parecía que todas las estrellas del cielo habían bajado á pasear por entre los bancales de trigo.
Primero llegó un grupo de arcángeles: el piquete de honor. Envainaron las espadas de fuego, dirigieron unos cuantos chicoleos á Eva, asegurando que por ella no pasaban años y aún estaba de buen ver, y con marcial franqueza se esparcieron después por los campos, subiéndose á las higueras, mientras Adán maldecía por lo bajo dando por perdida su cosecha.
Después llegó el Señor: las barbas de resplandeciente plata y en la cabeza un triángulo que deslumbraba como el sol. Tras él San Miguel y todos los ministros y altos empleados de la corte celestial.  

Acogió el Señor á Adán con una sonrisa bondadosa, y á Eva le dio un golpecito en la barba diciéndola:
— ¡Hola, buena pieza! ¿Ya no eres tan ligera de cascos?
Emocionados por tanta amabilidad los esposos, ofrecieron al Señor una silla de brazos. ¡Qué silla, hijos míos! Ancha, cómoda, de algarrobo fuerte y con un asiento de trencilla de esparto del más fino, como la pueda tener el cura del pueblo.
El Señor, arrellanado muy á su gusto, se enteraba de los negocios de Adán, de lo mucho que le costaba ganar el sustento de los suyos.
—Bien, muy bien, — decía. — Esto te enseñará á no aceptar los consejos de tu mujer. ¿Creías que todo iba á ser la sopa boba del Paraíso? Rabia, hijo mío, trabaja y suda; así aprenderás á no atreverte con tus mayores.
Pero el Señor, arrepentido de su dureza, añadió con tono bondadoso:
—Lo hecho, hecho está, y mi maldición debe cumplirse. Yo sólo tengo una palabra. Pero ya que he entrado en vuestra casa, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi bondad. A ver, Eva, acércame esos chicos.
Los tres arrapiezos formaron en fila frente al Todopoderoso, que los examinó atentamente un buen rato.
—Tú—dijo al primero, un gordiflón muy serio, que le escuchaba con tas cejas fruncidas y un dedo en la nariz, —tú serás el encargado de juzgar á tus semejantes. Fabricarás la ley, dirás lo que es delito, cambiando cada siglo de opinión, y someterás todos los delincuentes á una misma regla, que es como si á todos los enfermos los curasen con el mismo medicamento. 
Después señaló al otro, un morenito vivaracho, siempre con un palo en la mano para sacudir á sus hermanos.
—Tú serás un guerrero, un caudillo. Llevarás tras de ti á los hombres como el rebaño que marcha al matadero, y sin embargo te aclamarán: la gente al verte cubierto de sangre te admirará como un semidiós. Si los otros matan, serán criminales; si tú matas, serás héroe. Inunda de sangre los campos, pasa los pueblos á hierro y fuego, destruye, mata, y te cantarán los poetas y escribirán tus hazañas los historiadores. Los que sin ser tú hagan lo mismo, arrastrarán cadenas.


Reflexionó el Señor un momento, y se dirigió al tercero.
—Tú acapararás las riquezas del mundo, serás comerciante, prestarás dinero á los reyes tratándolos como iguales, y si arruinas todo un pueblo, el mundo admirará tu habilidad.
El pobre Adán lloraba de agradecimiento, mientras Eva, inquieta y temblorosa, intentaba decir algo, sin decidirse á ello. En su corazón de madre se agitaba el remordimiento; pensaba en los pobrecitos encerrados en establo, que iban á quedar excluidos del reparto de mercedes.
—Voy á enseñárselos, —decía por lo bajo á su marido.
Y éste, tímido siempre, se oponía murmurando:
— Sería demasiado atrevimiento. Se enfadará el Señor.
Justamente, el arcángel Miguel, que había venido de mala gana á la casa de aquellos réprobos, daba prisas á su amo.
—Señor, que es tarde.
El Señor se levantó, y la escolta de arcángeles, bajando de los árboles, acudió corriendo para presentar armas á la salida.
Eva, impulsada por su remordimiento, corrió al establo, abriendo la puerta.
—Señor, que aún quedan más. Algo para estos pobrecitos.
El Todopoderoso miró con extrañeza aquella caterva sucia y asquerosa que se agitaba en el estiércol como un montón de gusanos.
—Nada me queda que dar—dijo. —Sus hermanos se lo han llevado todo. Ya pensaré, mujer, ya veremos más adelante.
San Miguel empujaba á Eva para que no importunase más al amo, pero ella seguía suplicando:
—Algo, Señor; dadles cualquier cosa. ¿Qué van á hacer estos pobres en el mundo?
El Señor deseaba irse, y salió de la masía.
—Ya tienen destino—dijo á la madre. —Esos se encargarán de servir y mantener á los otros.
—Y de aquellos infelices—terminó el viejo segador—que nuestra primera madre ocultó en el establo, descendemos nosotros los que vivimos encorvados sobre la tierra.

El artículo fue publicado el 11 de agosto de 1900, en la revista Blanco y Negro

jueves, 16 de febrero de 2017

EL TÚNEL





«El túnel», es un articulo escrito por V. Blasco Ibáñez y publicado en 1923, que hoy puede ser recordado como una simple reflexión en torno al homenaje que le se rinde actualmente al escritor.

En Valencia, el 2017 ha sido declarado Año Blasco Ibáñez, en conmemoración del 150 aniversario del nacimiento del escritor. Aunque se podría suponer que el actual intento de homenajear a Blasco es un novedoso movimiento de admiración resucitada por el personaje valenciano y su gloria, en ciertos aspectos recuerda a las conmemoraciones anteriores y su carácter efímero. Restringida a nivel regional e improvisada en corto tiempo, la celebración vuelve a poner a prueba, una vez más, la inventiva y la creatividad de los fieles a la memoria de Blasco, los que siempre han colaborado y han aportado su contribución con la esperanza de lograr rescatar del olvido al valenciano universal.
Después de casi un siglo, aquel personaje impetuoso que en su época había alcanzado la fama internacional y llevaba el nombre de España y su cultura alrededor del mundo, hoy es poco recordado en su país; sigue en la penumbra, sin poder volver al sol de la celebridad histórica.
Blasco Ibáñez fue uno de los afortunados escritores que pudo disfrutar de la celebridad durante la última etapa de su vida, pero también conoció — en vida y tras su muerte — la injusticia, las criticas rabiosas, fue víctima de la envidia, de absurdos rencores y de calumnias e inclusive, le acosaron de plagiario.
Por su rebeldía, por su actividad política o por sus ideales — equivocados o no, pero nunca acordes con las conveniencias políticas nacionales o regionales del momento — la figura de Blasco fue desvirtuada, según interesaba en cada época, y siguio siendo un constante objeto de ataques o disputas, tanto, que hoy su fantasma inofensiva todavía puede incomodar.
Aunque durante su juventud se implicó intensamente en la política valenciana para defender las causas perdidas — que con el tiempo, gran parte de ellas se ganaron — Blasco nunca se consideró un político en el sentido propio de la palabra; el mismo lo afirmó en varias ocasiones: Yo no he sido político jamás; aborrezco la política... Yo he sido agitador (1911). En realidad, su actividad política genero un fuerte republicanismo local que influyó por mucho tiempo a la sociedad valenciana, y que tuvo también un notable eco en el republicanismo español.
Sin pertenecer a un determinado movimiento literario ni a una clase social concreta, permaneció siempre fiel a sus principios, confió en al poder del arte y obedeció a su impulso creativo. Blasco pretendia que la cultura, podía ser la vía correcta para ampliar los horizontes, profundizar la conciencia social y mejorar el futuro. Para el, la literatura necesitaba ganarse el respeto y la gratitud de todos, aportando su influencia al desarrollo de libertad, de la dignidad y el bienestar de los hombre para hacerlos mejores (diciembre de 1927). 
Desde siempre el novelista ha sido etiquetado como “el autor de la Barraca” y por el éxito de 1919 se le asoció la denominación de "el autor del primer best-seller español". Su monumental creación literaria ha sido fragmentada, simplificada y poco estudiada; el autor ha sido rebajado a la condición de escritor menor, según el canon literario español, y actualmente su obra no es considerada meritoria para ser incluida en los planes de estudios de literatura.
Blasco es el español más traducido después de Cervantes, pero nunca ha sido aceptado por los círculos intelectuales, ni por los de la derecha ni por los de la izquierda regionalista, y con el tiempo, el famoso y popular escritor resultó incomprendido, fue sometido a evaluaciones, cuestionado, censurado y silenciado.
Aunque fue uno de los pioneros de la cinematografía, su aporte al séptimo arte es casi desconocido, sus primeras películas se han perdido; su nombre apenas se menciona al recordar las exitosas adaptaciones de Hollywood, pero siempre relacionado a la fama de los actores protagonistas.
En cambio, se han conservado los tópicos y han proliferado las anécdotas — muchas de ellas inventadas — que aprovechadas por los interesados en desprestigiar y difamar al novelista y juzgar al hombre, han permitido a los oportunistas difundir una imagen falsa o incompleta de Blasco. 
En 1924, Francisco de Cossio, uno de los periodistas de la época, que conocía y apreciaba a Blasco, comentaba:
En multitud de libros, folletos y artículos se ha tratado  de  descomponer la vida de Blasco Ibáñez en anécdotas... La vida de Blasco Ibáñez es eminentemente cinemática. Del mismo modo que una cinta cinematográfica, las distintas fotografías  por separado se parecen todas entre sí  y carecen de expresión viva [...], la vida de Blasco Ibáñez carece de interés en los fragmentos; su máxima expresión la hallamos en la película completa.
Actualmente, cuando el acceso a la cultura es libre y al alcance de casi todos, se pueden superar las barreras que impedían conocer la verdadera figura de Blasco Ibáñez, se debe redefinir el valor de su obra literaria, desde los artículos periodísticos y las crónicas de viajes hasta sus últimas novelas históricas, y reivindicar el sitio real del escritor en la cultura española. 

En 1923, cuando se publicaba el artículo «El túnel», Blasco Ibáñez era una celebridad: había alcanzado la gloria literaria y había entrado por la puerta grande en el competitivo mundo del cine norteamericano. 
En su artículo, Blasco expone sus reflexiones sobre la suerte general de los escritores después de morir y tomando como ejemplo a Víctor Hugo — al que profesaba una admiración casi mística — expresa su indignación frente a la escandalosa injusticia aplicada a este célebre francés que con el paso del tiempo fue olvidado, menospreciado, llegando, como mucho otros al túnel que parece tragarse a las celebridades poco después de muertas.
Cinco años más tarde, era el mismo Blasco Ibáñez aquel “escritor glorioso” que acababa de morir y al igual que los demás, sería ignorado, olvidado y finalmente desaparecería en  el túnel del olvido.


EL TUNEL
Un escritor glorioso acaba de morir. 
La muchedumbre se agolpa para contemplar las ceremonias de su entierro. Utilizan los oradores sus clisés más elocuentes lamentando esta "pérdida nacional". Los colaboradores de los periódicos ven en el suceso un tema de artículo y estudian al difunto y sus obras con la rapidez que exige una actualidad, todavía aprovechable, que puede perder su frescura a las pocas semanas.
Muchos leen por primera vez sus libros, considerando necesario tal sacrificio, ya que todos hablan del autor difunto. Otros vuelven a releerlos, lo que les proporciona la alegría del rejuvenecimiento, imaginándose haber retrocedido de un salto a la edad de sus mayores ilusiones. Algunos no leen nada, pero añaden el nombre del muerto a otros nombres que llevan en su memoria como un catálogo de útil repetición en las conversaciones, para que no les crean ignorantes. Poco a poco, este nombre glorioso suena menos. La vida no va a detenerse por la desaparición de un individuo célebre; otros y otros le reemplazarán.
Los libreros empiezan a notar que las obras del ilustre personaje se venden ahora con una inquietante lentitud. Si fué hombre de teatro, sus dramas o comedias pasan meses y meses sin reaparecer en los carteles. Los contemporáneos del maestro se mantienen fieles a su memoria, y cada vez que citan su nombre lo hacen con fervor; pero como conocen todas sus obras, no pueden sentir el atractivo de la curiosidad. En cambio, la juventud que viene detrás de esta generación, los que tenían veinte años al fallecer el insigne autor, son iconoclastas por instinto y necesitan desconsagrar a todo el que estaba en lo alto cuando ellos empezaron a darse cuenta, de que existían. Creen cándidamente que no es posible la vida sin derribar a alguien, o a lo menos, sin mostrar el deseo de echarle abajo. Este deseo lo aprecian como un certificado de superioridad.
Solo cuando entran en años y se aproximan a la muerte, llegan a enterarse de que en la vida sobra espacio para todos, y los estorbos tradicionales son fantasmas inofensivos, fáciles de vencer para el que avanza a impulsos de una energía propia, sin necesitar la cooperación rebañesca, el apoyo mutuo de un grupo de compañeros asociados para el elogio.
Al morir un autor famoso, su gloria se agiganta en una llamarada postrera; luego se extingue repentinamente, y el grande hombre desaparece, perdiéndose en la sombra. La negra boca de un túnel parece tragarse a las celebridades poco después de muertas. Las gentes, cansadas de haber hablado tanto de un mismo personaje, lo olvidan con facilidad.
Este túnel guarda un misterio. Nadie sabe qué leyes caprichosas, o inspiradas por una justicia que va más allá de nuestra inteligencia, rigen la vida de su lobreguez, reteniendo a los más para siempre en el olvido y empujando a unos cuantos para qué vuelvan a la luz. Hay autores que atraviesan el túnel en poco tiempo, saliendo por la boca opuesta al sol de la celebridad histórica; otros necesitan medio siglo o más para volver a la luz; la mayoría queda en el negro pasadizo para siempre.
Muchos escritores que admiramos en nuestra juventud como glorias todavía vivientes, están ahora en el túnel. Algunos son recordados y leídos por el público leal y sincero; pero es de moda que la crítica y los definidores literarios finjan haberlos olvidado. La juventud literaria, que presume en todos los países de liberal e independiente, y, sin embargo, vive esclava de la última moda, siguiendo a ciegas al maestro del momento, se enorgullece muchas veces de no haber leído a los autores recién muertos, juzgándoles despreciables porque conocieron en vida la celebridad. Casi siempre los que llegan a la vida después de la desaparición de un autor célebre lo ignoran o lo menosprecian. Es la generación que puede llamarse "del túnel". La siguiente tal vez llegue a presenciar la reaparición del olvidado por la boca opuesta de dicho túnel, y cree a su vez en lo mismo que admiraron sus abuelos.
Hoy empieza en Francia un movimiento de admiración resucitada por Victor Hugo, algo que puede titularse "la segunda y definitiva época" de su gloria. Los jóvenes verdaderamente jóvenes, los que estudian el siglo XIX como un período lejanísimo, son más justos y serenos en sus juicios que la generación anterior.
Bien sabido es que Víctor Hugo, después de haber recibido en los últimos años de su existencia y en las ceremonias de su entierro honores casi divinos, fué olvidado o menospreciado. El gran poeta no iba a librarse de la suerte general de los escritores. También él entró en el túnel.
Yo he sido siempre un admirador fervoroso de Víctor Hugo, sin desconocer por eso sus defectos, que son verdaderamente enormes. (Todo en él es enorme.) Necesitamos en nuestra existencia, para poseer la fe y el entusiasmo, estas adoraciones que tienen algo de místico. Cuando pienso en Víctor Hugo, recuerdo la frase del violinista Kreutzer: "Creo en Dios y en Beethoven." Yo soy un creyente de la misma especie.
Además, empecé mi vida de lector pocos años antes de la muerte del gran poeta, cuando el mundo entero estaba saturado de su espíritu. Si bien que este mago de las palabras, este cíclope forjador de imágenes no ha creado una docena de ideas que le correspondan por indiscutible derecho de paternidad; pero fué un maravilloso sembrador de ideas de los otros, lanzándolas con su brazo hercúleo, y gracias a él volaron por los cuatro lados del horizonte, cayendo en surcos que nunca hubiesen alcanzado de no ser enviadas por su mano potente. Como dice uno de los críticos, verdaderamente modernos, que empiezan a ocuparse de Hugo resucitado, fué "el padre Nilo que inundó y fecundó con sus aguas los campos llanos y monótonos de la vida moderna".
No hay en la historia de ninguna literatura personalidad tan múltiple, desbordante y avasalladora como la de este célebre francés, que tenía alma de español. Imposible caminar por el parque de las letras sin tropezarse con él; inútil querer volverle la espalda. Al final de todas las avenidas majestuosas surge Víctor Hugo y lo mismo se le encuentra en las revueltas de los más humildes senderos. Todo lo ocupó como suelo propio; sus pies se posaron al mismo tiempo en todas partes, con maravillosa ubicuidad.
La generación inmediata a su muerte, que consideró de buen tono ignorarle, o le llamó con despectiva llaneza "Papá Hugo", como no le había leído, no supo que muchos de los poetas admirados por ella eran simples ecos del maestro difunto, y al extasiarse ante sus obras secundarias rendían inconscientemente un homenaje al gran precursor.
Este nombre, soberano de toda una época, hasta el punto de que muchos pretendieron titular el siglo XIX "siglo de Víctor Hugo", conoció, sin embargo, la injusticia y la calumnia como ningún escritor. Se han podido formar volúmenes enormes con los relatos de las fiestas y glorificaciones dedicadas a su vejez; pero más grandes son todavía los libros en que se hallan compiladas las injurias y difamaciones de que fué víctima.
Nadie como él excitó la bilis de la envidia; nadie quitó tantas veces el sueño a los que sufren la melancolía de la gloria ajena. Vistas ahora serenamente y a distancia las criticas rabiosas contra Víctor Hugo, hacen reir. Resultan cómicas en fuerza de ser incomprensibles y absurdas.
Una de mis "medicinas espirituales" en horas de indecisión y desaliento es leer los artículos y folletos insultantes para Víctor Hugo. Aconsejo este remedio a los escritores que se indignan contra cierta crítica, predispuesta a destruir los libros sin leerlos, o que los hojea ligeramente, con voluntad hostil desde la primera página. Los absurdos rencores, las ciegas envidias que inspiró este hombre-montaña, pueden servir de consuelo y enseñanza a los que vivimos en los valles abrigados por su mole, infundiéndonos una serenidad parecida a su calma majestuosa.
Teniendo Hugo treinta y cinco años, el célebre universitario Nissard demostró con su ciencia de profesor que el poeta estaba completamente agotado y debía retirarse de la literatura, no sin reconocer antes, a guisa de penitencia, que le faltaban dotes para ser un verdadero escritor. Esto no ha impedido que la Sorbona de París se ocupe actualmente en crear una cátedra permanente para la explicación de la obra completa de Víctor Hugo, igual a la que existe en Florencia para comentar al Dante.
Leconte de Lisle dijo de él que era "estúpido como el Himalaya", y Taine le llamó, por sus ideas democráticas, "un guardia nacional en delirio". Para Guizot, la fecundidad de Víctor Hugo fué "la fecundidad del abortamiento", y el paradójico Laurent Tailhade lo trató da "portero sonoro". En 1851, un conde francés que escribía libros, dijo de él que tenía "el orgullo de Satán y el corazón de un trapero", añadiendo que "vivía en una alcantarilla pues sólo gustaba del trato con mujeres de teatro y poetas andrajosos, que le ensalzaban como un dios".
La aparición de cada una de sus obras fué saludada con bramidos feroces de la envidia, como nunca se oyeron. Algunas veces quedó patente que los que atacaban el libro no se habían tomado el trabajo de leerlo. En otras ocasiones le acosaron de plagiario, desfigurando su obra o simplificándola de un modo ridículo para hacer ver de este modo su semejanza con otra obra anterior.
Cuando publico Nuestra Señora de París, el diario francés más importante de la época dijo así "Esta novela no es más que una copia servil de la Mérope de Voltaire. Toda su fabula consiste en que una madre ha perdido su hija y vuelve a encontrarla. Como se ve, no hay nada nuevo en el libro como inventiva”
El arcediano Claudio Frollo, símbolo del hombre atormentado por el deseo de saber; la creación originalísima de Quasimodo, antítesis de la belleza espiritual y la deformidad física, la dulce Esmeralda, las maravillosas evocaciones del antiguo París y las costumbres de la Edad Media; la resurrección de la Catedral, que parece convertir su piedra en carne viva.. ., nada de existe. La novela no es más que la historia de una madre que encuentra a su hija, y eso ya se le había ocurrido antes a muchos otros.
Ningún principiante fué tratado jamás con tan escandalosa injusticia.
VICENTE BLASCO IBAÑEZ 

Articulo publicado en la revista ABC del 30 de marzo de 1923.

Fotografía: Nueva York, diciembre de 1919
- coloreada por Rafael Navarrete 2017