jueves, 16 de febrero de 2017

EL TÚNEL





«El túnel», es un articulo escrito por V. Blasco Ibáñez y publicado en 1923, que hoy puede ser recordado como una simple reflexión en torno al homenaje que le se rinde actualmente al escritor.

En Valencia, el 2017 ha sido declarado Año Blasco Ibáñez, en conmemoración del 150 aniversario del nacimiento del escritor. Aunque se podría suponer que el actual intento de homenajear a Blasco es un novedoso movimiento de admiración resucitada por el personaje valenciano y su gloria, en ciertos aspectos recuerda a las conmemoraciones anteriores y su carácter efímero. Restringida a nivel regional e improvisada en corto tiempo, la celebración vuelve a poner a prueba, una vez más, la inventiva y la creatividad de los fieles a la memoria de Blasco, los que siempre han colaborado y han aportado su contribución con la esperanza de lograr rescatar del olvido al valenciano universal.
Después de casi un siglo, aquel personaje impetuoso que en su época había alcanzado la fama internacional y llevaba el nombre de España y su cultura alrededor del mundo, hoy es poco recordado en su país; sigue en la penumbra, sin poder volver al sol de la celebridad histórica.
Blasco Ibáñez fue uno de los afortunados escritores que pudo disfrutar de la celebridad durante la última etapa de su vida, pero también conoció — en vida y tras su muerte — la injusticia, las criticas rabiosas, fue víctima de la envidia, de absurdos rencores y de calumnias e inclusive, le acosaron de plagiario.
Por su rebeldía, por su actividad política o por sus ideales — equivocados o no, pero nunca acordes con las conveniencias políticas nacionales o regionales del momento — la figura de Blasco fue desvirtuada, según interesaba en cada época, y siguio siendo un constante objeto de ataques o disputas, tanto, que hoy su fantasma inofensiva todavía puede incomodar.
Aunque durante su juventud se implicó intensamente en la política valenciana para defender las causas perdidas — que con el tiempo, gran parte de ellas se ganaron — Blasco nunca se consideró un político en el sentido propio de la palabra; el mismo lo afirmó en varias ocasiones: Yo no he sido político jamás; aborrezco la política... Yo he sido agitador (1911). En realidad, su actividad política genero un fuerte republicanismo local que influyó por mucho tiempo a la sociedad valenciana, y que tuvo también un notable eco en el republicanismo español.
Sin pertenecer a un determinado movimiento literario ni a una clase social concreta, permaneció siempre fiel a sus principios, confió en al poder del arte y obedeció a su impulso creativo. Blasco pretendia que la cultura, podía ser la vía correcta para ampliar los horizontes, profundizar la conciencia social y mejorar el futuro. Para el, la literatura necesitaba ganarse el respeto y la gratitud de todos, aportando su influencia al desarrollo de libertad, de la dignidad y el bienestar de los hombre para hacerlos mejores (diciembre de 1927). 
Desde siempre el novelista ha sido etiquetado como “el autor de la Barraca” y por el éxito de 1919 se le asoció la denominación de "el autor del primer best-seller español". Su monumental creación literaria ha sido fragmentada, simplificada y poco estudiada; el autor ha sido rebajado a la condición de escritor menor, según el canon literario español, y actualmente su obra no es considerada meritoria para ser incluida en los planes de estudios de literatura.
Blasco es el español más traducido después de Cervantes, pero nunca ha sido aceptado por los círculos intelectuales, ni por los de la derecha ni por los de la izquierda regionalista, y con el tiempo, el famoso y popular escritor resultó incomprendido, fue sometido a evaluaciones, cuestionado, censurado y silenciado.
Aunque fue uno de los pioneros de la cinematografía, su aporte al séptimo arte es casi desconocido, sus primeras películas se han perdido; su nombre apenas se menciona al recordar las exitosas adaptaciones de Hollywood, pero siempre relacionado a la fama de los actores protagonistas.
En cambio, se han conservado los tópicos y han proliferado las anécdotas — muchas de ellas inventadas — que aprovechadas por los interesados en desprestigiar y difamar al novelista y juzgar al hombre, han permitido a los oportunistas difundir una imagen falsa o incompleta de Blasco. 
En 1924, Francisco de Cossio, uno de los periodistas de la época, que conocía y apreciaba a Blasco, comentaba:
En multitud de libros, folletos y artículos se ha tratado  de  descomponer la vida de Blasco Ibáñez en anécdotas... La vida de Blasco Ibáñez es eminentemente cinemática. Del mismo modo que una cinta cinematográfica, las distintas fotografías  por separado se parecen todas entre sí  y carecen de expresión viva [...], la vida de Blasco Ibáñez carece de interés en los fragmentos; su máxima expresión la hallamos en la película completa.
Actualmente, cuando el acceso a la cultura es libre y al alcance de casi todos, se pueden superar las barreras que impedían conocer la verdadera figura de Blasco Ibáñez, redefinir el valor de su obra literaria, desde los artículos periodísticos y las crónicas de viajes hasta sus últimas novelas históricas, y reivindicar el sitio real del escritor en la cultura española. 

En 1923, cuando se publicaba el artículo «El túnel», Blasco Ibáñez era una celebridad: había alcanzado la gloria literaria y había entrado por la puerta grande en el competitivo mundo del cine norteamericano. 
En su artículo, Blasco expone sus reflexiones sobre la suerte general de los escritores después de morir y tomando como ejemplo a Víctor Hugo — al que profesaba una admiración casi mística — expresa su indignación frente a la escandalosa injusticia aplicada a este célebre francés que con el paso del tiempo fue olvidado, menospreciado, llegando, como mucho otros al túnel que parece tragarse a las celebridades poco después de muertas.
Cinco años más tarde, era el mismo Blasco Ibáñez aquel “escritor glorioso” que acababa de morir y al igual que los demás, sería ignorado, olvidado y finalmente desaparecería en  el túnel del olvido.


EL TUNEL
Un escritor glorioso acaba de morir. 
La muchedumbre se agolpa para contemplar las ceremonias de su entierro. Utilizan los oradores sus clisés más elocuentes lamentando esta "pérdida nacional". Los colaboradores de los periódicos ven en el suceso un tema de artículo y estudian al difunto y sus obras con la rapidez que exige una actualidad, todavía aprovechable, que puede perder su frescura a las pocas semanas.
Muchos leen por primera vez sus libros, considerando necesario tal sacrificio, ya que todos hablan del autor difunto. Otros vuelven a releerlos, lo que les proporciona la alegría del rejuvenecimiento, imaginándose haber retrocedido de un salto a la edad de sus mayores ilusiones. Algunos no leen nada, pero añaden el nombre del muerto a otros nombres que llevan en su memoria como un catálogo de útil repetición en las conversaciones, para que no les crean ignorantes. Poco a poco, este nombre glorioso suena menos. La vida no va a detenerse por la desaparición de un individuo célebre; otros y otros le reemplazarán.
Los libreros empiezan a notar que las obras del ilustre personaje se venden ahora con una inquietante lentitud. Si fué hombre de teatro, sus dramas o comedias pasan meses y meses sin reaparecer en los carteles. Los contemporáneos del maestro se mantienen fieles a su memoria, y cada vez que citan su nombre lo hacen con fervor; pero como conocen todas sus obras, no pueden sentir el atractivo de la curiosidad. En cambio, la juventud que viene detrás de esta generación, los que tenían veinte años al fallecer el insigne autor, son iconoclastas por instinto y necesitan desconsagrar a todo el que estaba en lo alto cuando ellos empezaron a darse cuenta, de que existían. Creen cándidamente que no es posible la vida sin derribar a alguien, o a lo menos, sin mostrar el deseo de echarle abajo. Este deseo lo aprecian como un certificado de superioridad.
Solo cuando entran en años y se aproximan a la muerte, llegan a enterarse de que en la vida sobra espacio para todos, y los estorbos tradicionales son fantasmas inofensivos, fáciles de vencer para el que avanza a impulsos de una energía propia, sin necesitar la cooperación rebañesca, el apoyo mutuo de un grupo de compañeros asociados para el elogio.
Al morir un autor famoso, su gloria se agiganta en una llamarada postrera; luego se extingue repentinamente, y el grande hombre desaparece, perdiéndose en la sombra. La negra boca de un túnel parece tragarse a las celebridades poco después de muertas. Las gentes, cansadas de haber hablado tanto de un mismo personaje, lo olvidan con facilidad.
Este túnel guarda un misterio. Nadie sabe qué leyes caprichosas, o inspiradas por una justicia que va más allá de nuestra inteligencia, rigen la vida de su lobreguez, reteniendo a los más para siempre en el olvido y empujando a unos cuantos para qué vuelvan a la luz. Hay autores que atraviesan el túnel en poco tiempo, saliendo por la boca opuesta al sol de la celebridad histórica; otros necesitan medio siglo o más para volver a la luz; la mayoría queda en el negro pasadizo para siempre.
Muchos escritores que admiramos en nuestra juventud como glorias todavía vivientes, están ahora en el túnel. Algunos son recordados y leídos por el público leal y sincero; pero es de moda que la crítica y los definidores literarios finjan haberlos olvidado. La juventud literaria, que presume en todos los países de liberal e independiente, y, sin embargo, vive esclava de la última moda, siguiendo a ciegas al maestro del momento, se enorgullece muchas veces de no haber leído a los autores recién muertos, juzgándoles despreciables porque conocieron en vida la celebridad. Casi siempre los que llegan a la vida después de la desaparición de un autor célebre lo ignoran o lo menosprecian. Es la generación que puede llamarse "del túnel". La siguiente tal vez llegue a presenciar la reaparición del olvidado por la boca opuesta de dicho túnel, y cree a su vez en lo mismo que admiraron sus abuelos.
Hoy empieza en Francia un movimiento de admiración resucitada por Victor Hugo, algo que puede titularse "la segunda y definitiva época" de su gloria. Los jóvenes verdaderamente jóvenes, los que estudian el siglo XIX como un período lejanísimo, son más justos y serenos en sus juicios que la generación anterior.
Bien sabido es que Víctor Hugo, después de haber recibido en los últimos años de su existencia y en las ceremonias de su entierro honores casi divinos, fué olvidado o menospreciado. El gran poeta no iba a librarse de la suerte general de los escritores. También él entró en el túnel.
Yo he sido siempre un admirador fervoroso de Víctor Hugo, sin desconocer por eso sus defectos, que son verdaderamente enormes. (Todo en él es enorme.) Necesitamos en nuestra existencia, para poseer la fe y el entusiasmo, estas adoraciones que tienen algo de místico. Cuando pienso en Víctor Hugo, recuerdo la frase del violinista Kreutzer: "Creo en Dios y en Beethoven." Yo soy un creyente de la misma especie.
Además, empecé mi vida de lector pocos años antes de la muerte del gran poeta, cuando el mundo entero estaba saturado de su espíritu. Si bien que este mago de las palabras, este cíclope forjador de imágenes no ha creado una docena de ideas que le correspondan por indiscutible derecho de paternidad; pero fué un maravilloso sembrador de ideas de los otros, lanzándolas con su brazo hercúleo, y gracias a él volaron por los cuatro lados del horizonte, cayendo en surcos que nunca hubiesen alcanzado de no ser enviadas por su mano potente. Como dice uno de los críticos, verdaderamente modernos, que empiezan a ocuparse de Hugo resucitado, fué "el padre Nilo que inundó y fecundó con sus aguas los campos llanos y monótonos de la vida moderna".
No hay en la historia de ninguna literatura personalidad tan múltiple, desbordante y avasalladora como la de este célebre francés, que tenía alma de español. Imposible caminar por el parque de las letras sin tropezarse con él; inútil querer volverle la espalda. Al final de todas las avenidas majestuosas surge Víctor Hugo y lo mismo se le encuentra en las revueltas de los más humildes senderos. Todo lo ocupó como suelo propio; sus pies se posaron al mismo tiempo en todas partes, con maravillosa ubicuidad.
La generación inmediata a su muerte, que consideró de buen tono ignorarle, o le llamó con despectiva llaneza "Papá Hugo", como no le había leído, no supo que muchos de los poetas admirados por ella eran simples ecos del maestro difunto, y al extasiarse ante sus obras secundarias rendían inconscientemente un homenaje al gran precursor.
Este nombre, soberano de toda una época, hasta el punto de que muchos pretendieron titular el siglo XIX "siglo de Víctor Hugo", conoció, sin embargo, la injusticia y la calumnia como ningún escritor. Se han podido formar volúmenes enormes con los relatos de las fiestas y glorificaciones dedicadas a su vejez; pero más grandes son todavía los libros en que se hallan compiladas las injurias y difamaciones de que fué víctima.
Nadie como él excitó la bilis de la envidia; nadie quitó tantas veces el sueño a los que sufren la melancolía de la gloria ajena. Vistas ahora serenamente y a distancia las criticas rabiosas contra Víctor Hugo, hacen reir. Resultan cómicas en fuerza de ser incomprensibles y absurdas.
Una de mis "medicinas espirituales" en horas de indecisión y desaliento es leer los artículos y folletos insultantes para Víctor Hugo. Aconsejo este remedio a los escritores que se indignan contra cierta crítica, predispuesta a destruir los libros sin leerlos, o que los hojea ligeramente, con voluntad hostil desde la primera página. Los absurdos rencores, las ciegas envidias que inspiró este hombre-montaña, pueden servir de consuelo y enseñanza a los que vivimos en los valles abrigados por su mole, infundiéndonos una serenidad parecida a su calma majestuosa.
Teniendo Hugo treinta y cinco años, el célebre universitario Nissard demostró con su ciencia de profesor que el poeta estaba completamente agotado y debía retirarse de la literatura, no sin reconocer antes, a guisa de penitencia, que le faltaban dotes para ser un verdadero escritor. Esto no ha impedido que la Sorbona de París se ocupe actualmente en crear una cátedra permanente para la explicación de la obra completa de Víctor Hugo, igual a la que existe en Florencia para comentar al Dante.
Leconte de Lisle dijo de él que era "estúpido como el Himalaya", y Taine le llamó, por sus ideas democráticas, "un guardia nacional en delirio". Para Guizot, la fecundidad de Víctor Hugo fué "la fecundidad del abortamiento", y el paradójico Laurent Tailhade lo trató da "portero sonoro". En 1851, un conde francés que escribía libros, dijo de él que tenía "el orgullo de Satán y el corazón de un trapero", añadiendo que "vivía en una alcantarilla pues sólo gustaba del trato con mujeres de teatro y poetas andrajosos, que le ensalzaban como un dios".
La aparición de cada una de sus obras fué saludada con bramidos feroces de la envidia, como nunca se oyeron. Algunas veces quedó patente que los que atacaban el libro no se habían tomado el trabajo de leerlo. En otras ocasiones le acosaron de plagiario, desfigurando su obra o simplificándola de un modo ridículo para hacer ver de este modo su semejanza con otra obra anterior.
Cuando publico Nuestra Señora de París, el diario francés más importante de la época dijo así "Esta novela no es más que una copia servil de la Mérope de Voltaire. Toda su fabula consiste en que una madre ha perdido su hija y vuelve a encontrarla. Como se ve, no hay nada nuevo en el libro como inventiva”
El arcediano Claudio Frollo, símbolo del hombre atormentado por el deseo de saber; la creación originalísima de Quasimodo, antítesis de la belleza espiritual y la deformidad física, la dulce Esmeralda, las maravillosas evocaciones del antiguo París y las costumbres de la Edad Media; la resurrección de la Catedral, que parece convertir su piedra en carne viva.. ., nada de existe. La novela no es más que la historia de una madre que encuentra a su hija, y eso ya se le había ocurrido antes a muchos otros.
Ningún principiante fué tratado jamás con tan escandalosa injusticia.
VICENTE BLASCO IBAÑEZ 

Articulo publicado en la revista ABC del 30 de marzo de 1923.

Fotografía: Nueva York, diciembre de 1919
- coloreada por Rafael Navarrete 2017

domingo, 5 de febrero de 2017

LOBOS DE MAR - lectura dominical



por VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
Dibujos:  ESTEVAN

Retirado de los negocios después de cuarenta años de navegación con toda clase de riesgos y aventuras, el capitán Llovet era el vecino más importante del Cabañal, una población de casas blancas de un solo piso, de calles anchas, rectas y ardientes de sol, semejante á una pequeña ciudad americana.
La gente de Valencia que veraneaba allí, miraba con curiosidad al viejo lobo de mar, sentado en un gran sillón bajo el toldo de listada lona que sombreaba la puerta de su casa. Cuarenta años pasados á la intemperie, en la cubierta de su buque, sufriendo la lluvia y los rociones del oleaje, le habían infiltrado la humedad hasta los mismos huesos, y esclavo del reuma, permanecía los más de los días inmóvil en su sillón, prorrumpiendo en quejidos y juramentos cada vez que se ponía en pie. Alto, musculoso, con el vientre hinchado y caído sobro las piernas, la cara bronceada por el sol y cuidadosamente afeitada, el capitán parecía un cura en vacaciones, tranquilo y bonachón en la puerta de su casa. Sus ojos grises, de mirada fija e imperativa, ojos de hombre habituado al mando, eran lo único que justificaba la fama del capitán Llovet, la leyenda sombría que flotaba en torno de su nombre.
Había pasado su vida en continua lucha con la marina real inglesa, burlando la persecución de los cruceros en su famoso bergantín repleto de carne negra que transportaba desde la costa de Guinea á las Antillas. Audaz y de una frialdad inalterable, jamás le vieron vacilar sus marineros. 
Contábanse de él cosas horripilantes. Cargamentos enteros de negros arrojados al agua para librarse del crucero que le daba caza; los tiburones del Atlántico acudiendo á bandadas, haciendo hervir las olas con su fúnebre coleteo, cubriendo el mar de manchas de sangre, repartiéndose á dentelladas los esclavos, que agitaban con desesperación sus brazos fuera del agua; sublevaciones de tripulación contenidas por él sólo á tiros y hachazos; raptos de ciega cólera en los que corría por cubierta como una fiera; hasta se hablaba de cierta mujer que le acompañaba en sus viajes, y que desde el puente fué arrojada al mar por el iracundo capitán, después de una disputa por celos. Y junto con esto, inesperados arranques de generosidad: socorros á manos llenas á las familias de sus marineros. En un arranque de cólera era capaz de matar á uno de los suyos; pero si alguien caía al agua, se arrojaba para salvarle, sin miedo al mar ni á sus voraces bestias. Enloquecía de furor si los compradores de negros le engañaban en unas cuantas pesetas, y en la misma noche gastaba tres ó cuatro mil duros celebrando una de aquellas orgías que le habían hecho famoso en la Habana. «Pega antes que habla», decían de él los marineros, y recordaban que en alta mar, sospechando que su segundo conspiraba contra él, le había deshecho el cráneo de un pistoletazo. 

Aparte de esto, un hombre divertidísimo, á pesar de su cara fosca y su mirada dura. En la playa del Cabañal la gente reunida á la sombra de las barcas reía recordando sus bromas. Una vez dio un convite á bordo al reyezuelo africano quo le vendía los esclavos, y viendo borrachos á la negra majestad y sus cortesanos, hizo como el negrero de Merimee: desplegó velas y los vendió como esclavos. Otra voz, viéndose perseguido por un crucero británico, desfiguró su buque en una sola noche, pintándolo de otro color y cambiando la arboladura. Los capitanes ingleses tenían datos en abundancia para conocer el buque del audaz negrero: pero como si no tuvieran nada. El capitán Llovet, como decían en la playa, era un gitano del mar y trataba su barco como á un burro de feria, haciéndole sufrir transformaciones maravillosas.
Cruel y generoso, pródigo de su sangre y de la ajena, duro para el negocio y manirroto para el placer, los negociantes de Cuba le habían apodado el Capit in Magnífico, y así seguían llamándole los pocos marineros de su antigua tripulación que aún arrastraban por la playa las piernas reumáticas, tosiendo y encorvando el pecho.

Casi arruinado por empresas comerciales, al retirarse de la trata se había metido en su casa del Cabañal viendo pasar la vida ante su puerta, sin otra distracción que jurar como un condenado cuando el reuma lo hacía permanecer inmóvil en su asiento. Por una respetuosa admiración venían á sentarse en la acera algunos de aquellos vejestorios que habían recibido de él en otro tiempo órdenes y palos, y juntos hablaban con cierta melancolía de la gran calle, como el capitán llamaba al Atlántico, contando las veces que habían pasado de una acera á otra, de África á América, corriendo temporales y chasqueando á los polizontes del mar. 
En verano, los días que no apretaba el dolor y las piernas estaban fuertes, bajaban á la playa, y el capitán, enardecido á la vista del mar, desahogaba sus dos odios. Odiaba á Inglaterra por haber oído silbar más de una vez las balas de sus cañones. Odiaba la navegación á vapor como un sacrilegio marítimo. Aquellos penachos de humo que pasaban por el horizonte eran los funerales de la marina. Ya no quedaban sobro el agua hombres del oficio: ahora el mar era de los fogoneros.


En los días tempestuosos del invierno, siempre le veían en la playa con la nariz palpitante olfateando la tormenta, como si aún estuviera sobre cubierta preparándose á resistir el tiempo.
Una mañana lluviosa vio correr la gente hacia el mar, y allá fué él, contestando con gruñidos á la familia, que le hablaba de su reuma. Entre las negras barcas encalladas en la orilla destacábanse sobre el mar, lívido y cubierto de espumarajos, los grupos de blusas azules, las faldas ondeantes por el  vendaval, con las que se resguardaban de la lluvia las mujeres. Lejos, en la bruma que cerraba el horizonte, corrían como ovejas asustadas las barcas pescadoras, con la vela casi recogida y negruzca por el agua, sosteniendo una lucha de terribles saltos, enseñando la quilla en cada cabriola, antes de doblar la punta del puerto, amontonamiento de peñascos rojos barnizados por las olas, y entre los cuales hervía una espuma amarillenta, bilis del irritado mar.
Una barca desarbolada iba como pelota de ola en ola hacia la siniestra punta. La gente gritaba en la playa viendo á los tripulantes tendidos en la cubierta, anonadados por la proximidad de la muerte. Se hablaba de ir hasta la barca, de echarla un cabo, de atraerla á la playa; pero los más audaces, mirando las olas que se desplomaban llenando el espacio de polvo de agua, callábanse atemorizados. La barca que saliera daría la voltereta antes de mover un remo.
—A ver: ¡gente que me siga! Hay que salvar á esos pobres.
Era la voz ruda é imperiosa del capitán Llovet. Se erguía sobre sus torpes piernas, la mirada brillante y fiera, las manos temblorosas por la cólera que le infundía el peligro. Las mujeres le miraban asombradas; los hombres retrocedían, formando ancho corro en torno de él, que prorrumpió en juramentos, agitando sus manos como si fuera á cerrar á golpes con toda la chusma. Le enfurecía el silencio de aquella gente como si estuviera ante una tripulación insubordinada.
— ¿Desde cuándo el capitán Llovet no encuentra en su pueblo hombres que le sigan al mar?
Lo dijo rugiendo como un tirano que se ve desobedecido; como un Dios que contempla la huida de sus fieles. Hablaba en castellano, lo que era en él señal de ciega cólera.


Presente, capitá,—gritaron á un tiempo unas cuantas voces temblonas. Y abriéndose paso, aparecieron en el centro del corro cinco viejos, cinco esqueletos roídos por el mar y las tempestades, antiguos marineros del capitán Llovet, arrastrados por la subordinación y el afecto que crea el peligro afrontado en común. Avanzaron, unos arrastrando los pies, otros con saltitos de pájaro, alguno con los ojos muy abiertos mostrando en las pupilas la vaguedad de la ceguera senil, todos temblorosos de frío, con el cuerpo forrado de bayeta amarilla y la gorra calada sobre dobles pañuelos arrollados á las sienes. Era la vieja guardia corriendo á morir junto á su ídolo. De los grupos salían mujeres y niños, que se arrojaban sobre ellos queriendo detenerles.
—¡Agüelo!— gritaban los nietos.—¡Pare!—gemían las mocetonas. Y los animosos vejetes, irguiéndose como los rocines moribundos al oír el clarín de las batallas, repelían los brazos que se anudaban á sus cuellos y piernas, y gritaban, contestando á la voz de su jefe:—Presente, capitá.
Los lobos de mar, con su ídolo al frente, abriéronse paso para echar al mar una de las barcas. Rojos, congestionados por el esfuerzo, con el cuello hinchado por la rabia, sólo consiguieron mover la barca y que se deslizara algunos pasos. Irritados contra su vejez, intentaren un nuevo esfuerzo; pero la muchedumbre protestaba contra tal locura, y cayó sobre ellos, desapareciendo los viejos arrebatados por sus familias.
—¡Dejadme, cobardes! ¡Al que me toque lo mato!—rugía el capitán Llovet.
Pero por primera vez aquel pueblo, que le adoraba, puso la mano en él. Le sujetaron como á un loco, sordos á sus súplicas, indiferentes á sus maldiciones.
La barca, abandonada de todo auxilio, corría á la muerte dando tumbos sobre las olas. Ya estaba próxima á los peñascos, ya iba á estrellarse entre torbellinos de espuma; y aquel hombre que tanto había despreciado la vida del semejante, que había nutrido á los tiburones con tribus enteras y que llevaba un nombre aterrador como una leyenda lúgubre, revolvíase furioso, sujeto por cien manos, blasfemando porque no le dejaban arriesgar la existencia socorriendo á unos desconocidos, hasta que, agotadas sus fuerzas, acabó llorando como un niño.

El relato fue publicado el 7 de octubre de 1899, en la revista Blanco y Negro

domingo, 29 de enero de 2017

A los 50 años

Vicente Blasco Ibáñez en 1917, a los 50 años de edad.

El 29 de enero de 1917 Vicente Blasco Ibañez cumplía 50 años.
Vivía en París continuando con sus proyectos cinematográficos; dos meses antes se había estrenado en la capital francesa la película Sangre y Arena y a la espera de firmar los primeros contratos de distribución, el autor valenciano seguía escribiendo Mare Nostrum, su segunda novela sobre la Gran Guerra. Aunque había pasado casi un año de la publicación de Los cuatro jinetes del Apocalipsis - el primer tomo de la trilogía dedicada al conflicto bélico -, su éxito no había sido tan notorio como para permitirle a Blasco solucionar su precaria situación económica de aquella época.

Mientras tanto, la prensa española anunciaba que los admiradores del novelista valenciano, de su ciudad natal han querido testimoniarle su permanente afecto con motivo de haber cumplido cincuenta años.
Para ello han acordado remitirle un álbum con las firmas de cuantos le siguieron en sus etapas de luchador y de los que le admiran como cantor insigne de las costumbres levantinas.
Con el álbum irá también un pergamino en el que los pinceles de Jenaro Palau trazarán la alegoría de aquella tierra, que tanto ama Blasco Ibánez.1

También en Burjasot, un pueblo cercano a Valencia, el Ayuntamiento en su sesión plenaria del 26 de enero de 1917, acordaba dar el nombre del ilustre literato Blasco Ibáñez a la calle Mayor. La propuesta la hacia un republicano, el señor Oliver. El alcalde monárquico Vicente Llopis le enviaba a Blasco un telegrama notificándole el evento:
Ayuntamiento de mi presidencia, en sesión 26 del actual acordó por unanimidad rotular con su nombre la calle Mayor de este pueblo”. El partido republicano local felicitarle por su cumpleaños.
Días más tarde, Blasco Ibáñez contestaba:

   Señor D. Vicente Llopis, - Alcalde de Burjasot.
   Distinguido amigo y correligionario:
Inútil es decirle con cuanta alegría he recibido su telegrama del 27 haciéndome saber que el Ayuntamiento de Burjasot ha acordado dar mi nombre a la calle mayor del pueblo.
Gracias, muchas gracias. Es este un honor que me colma de satisfacción por la muestra de afecto que representa y por el amor que siempre tuve a este pueblo.
Usted y todos sus compañeros del Ayuntamiento, así como la gran mayoría de sus convecinos, saben que yo me considero como de Burjasot. En él pasé una gran parte de mi infancia, y a él van unidos los recuerdos de la mejor época de mi vida. De pequeño he jugado con los que hoy son sus principales vecinos y ocupan los primeros cargos públicos.
Recuerdo cuando me padre edificó su casa fuera del pueblo, en un lugar donde sólo había cuevas. Hoy la casa está en el centro casi de Burjasot. ¡Tanto ha crecido el pueblo! ¡Tanto han trabajado los vecinos para su ensanche y embellecimiento!
Sírvase manifestar a todos mi profunda gratitud por este honor que Burjasot concedió al chiquillo de otros tiempos que jugaba en la explanada de Los Silos, frente a un paisaje espléndido que sigue vivo en mi memoria, y que le ha acompañado por los dos hemisferios de la tierra. ¡Ojalá pudiera yo servir al pueblo alguna vez para demostrarle mi agradecimiento con algo más que palabras!
Mis saludos a todos los individuos del Ayuntamiento, a todos los correligionarios y amigos, y usted reciba un abrazo de su afectísimo y agradecido.- Vicente Blasco Ibáñez 2

Casi dos años después, en la respectiva calle de Burjasot se inauguraba una nueva lápida rotulatoria,  de esta vez una placa artística. Fue en diciembre de 1919, cuando Blasco se encontraba en los Estados Unidos.  A finales de octubre el escritor valenciano había viajado al otro lado del Atlántico donde la versión inglesa de su novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis  tenía un inesperado y enorme éxito, y que pronto se convertiría en el best seller del año proporcionándole a Blasco la fama internacional y consagrándolo como el mejor novelista de España en aquel momento.
La ceremonia del homenaje de 1919, fue presidida por Juan Bort Olmos el alcalde de Valencia y José Albert Andrés, el alcalde de Burjasot, ambos republicanos, acompañados por varios representantes de los dos ayuntamientos. 
Aquel domingo 21 de diciembre, a las diez de la mañana,  salían en un tranvía desde Valencia el alcalde Juan Bort, algunos concejales y el cronista de la ciudad, Cebrián Mazquita. 
En Burjasot se les unían otras personalidades del Partido Republicano y Félix Azzati, el director de El Pueblo,  periódico republicano fundado por Blasco Ibañez en 1894. A la comitiva, precedida por los maceros y seguida por la Banda Municipal de Valencia y numeroso público, se trasladó al Ayuntamiento de Burjasot, donde esperaban el alcalde señor Albert y la mayoría republicana. Seguidamente se dirigieron a la entrada de la Calle Mayor y desde una tribuna pronunciaron sus discursos Eustasio Juan Vidal, periodista de El Pueblo, Juan Bort, el alcalde de Valencia y por último, Félix Azzati.


El alcalde de Burjasot, a los acordes de La Marsellesa, interpretada por nuestra Banda Municipal, descubrió la lápida entre los vítores de la muchedumbre.
La lapida, que es un artístico trabajo en mayólica debido al seños Jimeno, ha sido costeada por el tío de Blasco Ibáñez D. José Blasco Teruel y el alcalde de Burjasot, D. José Albert.3



Hoy, después de cien años, en Valencia y en Burjassot se recuerda a Blasco Ibáñez con numerosos actos conmemorativos, oficiales o privados, y el año 2017 ha sido declarado como Año Blasco Ibáñez

 Fuentes:
1 «Homenaje a Blasco Ibañez» , El Día , 30 de enero de  1917
2 «La calle de Blasco Ibáñez», El Día,  20 de febrero de 1917
3 «Homenaje de Blasco Ibáñez, en Burjasot»,  El Pueblo, 22 de diciembre de 1919