martes, 21 de julio de 2020

Yo he asaltado «FONTANA ROSA»



Fumo. Fumo otra vez nervioso, quizá con rabia. Son unas chupadas breves, intensas. El taxista –«pardon, monsieur»– ha ido ­a preguntar una cosa. Ha aparcado aquí, en Menton, en esta plaza, donde hace un sol que no hay quien lo aguante –«pardon, monsieur»– , junto a este coche donde una señora joven y bonita se aburre también, en bikini, con un niño en brazos. Vuelvo a fumar. Me mira esta señora. Me doy cuenta: la he sorprendido. Me he vuelto a ver si regresa el taxista y se han cruzado nuestras miradas. Ha sonreído. Vaya, hombre. Lo que faltaba. Y el taxista sin venir.
Me gusta y me irrita Menton. Yo no he venido propiamente a ver Menton. Luego vendré a ver Menton. Tomaré unas cuantas notas. Urdiré una crónica. Intentaré una colección de octavas reales más larga y menos soporífera que «La Araucana» a ser posible. Pero ahora no. Ahora no… Ahora, no.
Ha vuelto el taxista. Tiene una pinta de Jean Gabin, de Jean Gabin viejo, que no se la salta un gitano. Pero debe de ser joven. Ha vuelto sudoroso, nervioso.  «Pardon, monsieur». Rápidamente se sienta, se pone al volante. Otro cigarrillo. Maniobra vamos a salir pitando. La señora se ha dormido dentro del coche – por lo menos cabecea –, con el niño dormido en sus brazos. Cruzamos Menton. Ahora vamos a Garavan, y que está a la otra parte de Menton. Cruzamos por delante del Casino, torcemos luego. Sobre la marcha, el taxista se vuelve apenas y repite, pero preguntándome:
– ¿Vicent Blascó Ibáñez?
Mastico, trituro, o acaricio minuciosamente, las palabras:
– ¿Vi-cen-te Blas-co I-bá-ñez.
– «Oui. Perdon, monsieur»
Se agacha como Ocaña. Le da al acelerador. Se embala. Es un golpe rápido y efímero. Para en seco. No hay nadie. No iba a matar a nadie. ¿Por qué se ha detenido? Se abandona en el asiento. Estira las piernas. Miro. Casi me quemo los dedos con la colilla del cigarrillo. Me inclino más y miro todavía. Lo veo en una esquina. Es una pequeña lápida de mármol. La inscripción es en versales henchidas en la piedra. El color de las letras debió ser rojo en tiempo. Leo «Avenue de Vicente Blasco Ibáñez». La hora de la verdad. No hay que detenerse en pamplinas ni en emociones. Hay que hacer «el ánimo» y echarse al ruedo como un espontáneo. O como un policía que sabe que en esta, a lo mejor, se juega la vida. Bajo del coche. Miro a un lado y a otro. Me subo los pantalones. Quizás me aseguro el cinturón.
Meto la cabeza por la ventanilla y le digo al taxista que me voy a pie. Que es un camino que he de hacer a pie, que aunque él no lo comprenda debe ser una especie de promesa que sin duda hice en algún momento lejano y es imprescindible que vaya a pie y casi descalzo. Que me siga, despacio, y que a la puerta de Fontana Rosa nos veremos.
Evidentemente, el taxista no lo comprende, no lo entiende, pero hay algo –en mi acento, en mi decisión–, que le embarca misteriosamente en la aventura. Yo podría hacer en estos momentos lo que quisiera del taxista. Podría mandarle a comprar un paquete de Winston o podría mandarle a Cannes a que se me subiera cualquier cosa que se me hubiera olvidado. El me mira con asombro, quizás con piedad, contagiado, los ojos. Me he vuelto seco al hablar.
– «Oui, monsieur.»
Lo confieso: estoy emocionado. Pero todavía no quiero que se me note. Prácticamente he venido a Francia para esto: para ver, en esta esquina, esta inscripción, esta pequeña y vieja lapida, esta calle dedicada a Blasco Ibáñez en Menton que no hay en Valencia. Y luego, lo que venga, lo que el destino –ay el destino– me depare.
Vuelvo a asegurarme, no sé por qué, quizás sea cosa de los nervios, el cinturón. Y avanzo; avanzo solo. Voy a iniciar, en solitario, un largo y emocionante «traveling», calle –avenida – arriba. Solo ante el peligro.
Camino, al principio, con cierta dificultad. Han sido muchas horas, han sido muchos kilómetros dentro del coche, con este calor tan insoportable. Pero, poco a poco, advierto como si se me independizaran los pies, las piernas, y camino incluso con ligereza. Porque tengo prisa; quiero acabar pronto.
Desciende un coche. Me aparto. El coche tuerce, antes de llegar a mí, por una esquina. Ese idiota podía haber avisado. Sigo. Me vuelvo. El taxista, al comienzo de la calle, espera. Inicia la maniobra para seguirme, despacio.
No veo Fontana Rosa. Enciendo otro cigarrillo. Una mujer vuelve a casa con la compra. Sobresale, como siempre, el pan, los panes. Nos cruzamos
– «Bonjour»
– «Bonjour»
Voy cuesta arriba. Desde Mónaco no hemos dejado prácticamente de ir cuesta arriba. La cuesta arriba, en realidad, comenzó apenas abandonamos Niza. Hemos bajado y hemos subido. Pero hemos subido siempre. Y sigo subiendo. Miro a derecha e izquierda. No encuentro a nadie en toda la calle. Y de golpe…
Fontana Rosa. Aquí, a mi derecha, está Fontana Rosa.
Hago de tripas corazón. Me detengo. Se me agolpan los recuerdos, las ilusiones, los deseos. Recuerdo a mi abuelo, a quien apenas conocí y de quien heredé las obras de Blasco. Recuerdo a aquel dulce vecino de Burjasot, republicano y ateo, que, finalmente, recibió la comunión, poco antes de morir, en calzoncillos, aquellos calzoncillos largos que se amarraban al tobillo, con rayitas grises, arrodillado y tiritando sobre la cama. Temblaba con los sudores de la muerte y tenía cruzadas las manos y abría la boca con una avidez enorme. Recuerdo la nota que cerraba las novelas de Blasco Ibáñez en su última etapa: «Fontana Rosa. Alpes Maritimos». Recuerdo… No hago literatura. Que se vaya al cuerno toda la literatura. Pero se me escapan unas lágrimas. Por fin… Me veo leyendo, tan niño todavía, «Cuentos valencianos», «La barraca», «Cañas y barro». Veo en una pared, en mi habitación, clavado con chinchetas, aquel grabado de Blasco Ibáñez, entre amarillo y sepia, que divulgaron tanto a raíz de la muerte del novelista. Y toco la aspereza de la pared con la punta de los dedos como si tocara un nicho, como he acariciado un nicho – como si tocara una mejilla. Fontana Rosa.
El taxista, emocionado, me observa. No me lo dice. Pero le noto, le sé a mis órdenes. Si le digo que se cargue la tapia, se la carga. Si le digo que secuestre en Valencia los restos de Blasco Ibáñez, los secuestra. Si le digo…
Pero no le digo nada. Sobresalen por encima de la tapia, polvorientos, unos árboles. No hay ninguna pizca de briza. El taxista suda por todas partes. Tiene la cara colorada, congestionada, como si hubiera liquidado él solo una botella de coñac.
Son más de las doce de la mañana del viernes, 24 de agosto de 1973; cae un sol implacable. He querido subir a pie, como en otro tiempo subía a San Miguel de Liria, esta breve y apenas sinuosa cuesta. Estoy, por fin, ante Fontana Rosa. Me alejo unos pasos. Miro la fachada. En el hierro de la puerta, en sus dos hojas, en el centro un anagrama a base de la B y la I enlazadas: Blasco Ibáñez. La puerta está pintada de verde, un verde viejo; detrás de la verja hay otra lámina, del mismo color, que impide ver lo que hay dentro.  En lo alto, campean, a la izquierda, el busto de Balzac; en el centro, considerablemente más grande, el Cervantes; a la derecha, el de Dickens, los tres a base de azulejos de Manises en los que predomina el azul. Y el nombre de la villa: Fontana Rosa. Y el deseo de Blasco Ibáñez: El jardín de los novelistas.  Esto mismo se repite, debajo de Balzac, en francés; debajo de Dickens, en inglés. A la izquierda, en la pared, hay una larga lápida: sobre ella, el perfil de Blasco Ibáñez, en bronce; luego, una larga prosa oficial hace memoria de que allí vivió y murió don Vicente Blasco Ibáñez y de que, en octubre de 1933, el Gobierno francés decretó solemnes honras fúnebres por el novelista. Asomas, por encima de las tapias, unos cipreses. Hay mucho silencio y mucha soledad. De vez en cuando chirría una cigarra.
Me alejo unos pasos. Aquí fue donde el regimiento alpino rindió honores militares cuando salía para siempre en cuerpo de Blasco Ibáñez metido en el ataúd; descendió, cuesta abajo, por ahí. A la puerta de Fontana Rosa –me doy cuenta ahora– hay, derribado, un enorme cubo de basura; revolotean, zumban, unas moscas. Por todas partes hay el encendimiento de las flores. Precisamente enfrente de Fontana Rosa hay otra villa, sencilla, pulcra, deliciosa, que se llama «Ville des Fleurs».
Me acerco a la puerta y llamo, a golpe de puño: no hay timbre, no hay campanilla. Aguardo. Aguardo en vano. Y vuelvo a golpear. Miro, por una rendija; veo el pabellón que fuera de la servidumbre; veo más allá, la residencia de Blasco. Y veo una molla, no una alfombra, de hojas secas, cobrizas. Tres gatos rojos mantienen una silenciosa tertulia estúpida. Un coche –un «Peugeot» gris– está abandonado allí. Golpeo con los puños, con los pies; nadie contesta. El taxista me observa. No puedo contener la excitación. Cojo una piedra y doy con ella contra el metal, furiosamente, muchas veces. En vano. Todo en vano. Me irrita la luz. Me irrita esta paz. Me irrita este silencio. Me lo cargaría todo. Impotente, me agarro a los hierros. Esta es mi última tentativa de entrar en la Fontana Rosa. Y no me abre nadie. Y no hay nadie. Y casi lloro y digo más de un taco.
Se me acerca el taxista. Comprueba por las rendijas, lo que yo había visto. A rebato, con la piedra, con los pies, golpeo la puerta. Salen probablemente escandalizados, de Ville des Fleurs. Le preguntan al taxista qué pasa. Entré en la conversación. Me creen familia de Blasco. No. No soy de su familia. Insinúan delicadamente la posibilidad de que sea familia ilegitima. Ni hablar. Soy valenciano. He admirado y he llegado a querer,  como algo propio, a Blasco Ibáñez. Y hay más silencio alrededor. Lo han comprendido todo. El taxista me pone una mano en el hombro, me atrae hacia sí. La señora de Ville des Fleurs ha salido con un platito y un vaso de agua. Pero yo he de seguir. Yo he de entrar en Fontana Rosa.
El taxista, rápido, se sitúa junto a la tapia, se inclina y pone las manos como un estribo para que yo suba y trepe tapia o puerta de arriba. Un niño de Ville des Fleurs indica un sitio; el taxista corre hacia él. Espero. Lentamente, la puerta de Fontana Rosa se abre para mí solo. El taxista ha entrado por la parte trasera, donde la tapia ha caído o ha sido derribada, ha quitado la burda estaca que mantenía cerrada la puerta y ha abierto. Creo que se ha cuadrado, por lo menos ha estado en posición de firmes, mientras yo, muy indigno, muy despacio, con mucha emoción, con mucho temor, con mucha vergüenza, entro en Fontana Rosa, avanzando en el mar de hojas secas que casi me alcanza las rodillas.
¡Dios!... Quisiera callar, por pudor, por estricto pudor, el descuido, el desaseo, la mierda que hay en Fontana Rosa. Nadie lo puede imaginar. Y esto es lo que Blasco Ibáñez quería que, a su muerte, fuera el jardín de los novelistas… Esto era el sueño que acariciaba con más íntima fruición Blasco Ibáñez, mientras sentía sobre él, sobre su vida, sobre su obra, la tibieza final del sol de la gloria, del sol de los muertos… Esto… Esto.
Aquí está la glorieta donde Blasco Ibáñez se sentaba con su mujer y sus visitas de más postín. Dos gastados peldaños suben hasta ella. Aquí está el busto de Cervantes, en bronce, sobre una columnita; aquí, como respaldo del asiento, está, en chillones azulejos rojos, un compendio del «Quijote»… ¡Qué inútil, qué desesperado amor a España el de Blasco Ibáñez!...
No he querido sentarme. He sentido, legitimo, el deseo de robar. He sacudido la columna que sostiene el busto de Dostoyevski, pero la mala zorra de la piedra no ha cedido. Y he roto a llorar. No podría ya más; compréndanlo.  He roto a llorar mirando alrededor los bustos de Zola, de Víctor Hugo, de Dostoyevski … He roto a llorar mirando tanto abandono, tanto porquería, tan poco amor por la memoria de Blasco Ibáñez. Y otra vez me ha puesto la mano en el hombro el taxista, maravillado y asqueado de cuanto hay allí y de cómo se encuentra.
He entrado en una especie de garaje o de hangar, donde, sin duda, estuvo el cine particular del novelista. He salido otra vez. De un puñetazo ha cedido una madera. He mirado, allá arriba, la prodigiosa terracita desde la cual Blasco Ibáñez dominaba, en una extensa panorámica, Menton, Mónaco, Montecarlo… Y persianas desvencijadas y rotas, y montones de basura  domésticas y ventanas abiertas y cayéndose.
De pronto he advertido, bajo mis pies, un estremecimiento; bajo mis pies y en las maderas, en los cristales. He esperado en silencio. He roto en un grito:
– ¡El tren!
Era el tren, sí; se ha escuchado el silbido. Era el tren del primer capítulo de «Los enemigos de la mujer», solo que sin soldados, sin gritos, sin voces. Era el tren que cruzaba los más humanos relatos de la guerra hechos por Blasco Ibáñez –algunos de «El préstamo de la difunta», algunas páginas de algunas novelas. A estas horas Blasco Ibáñez, con don Jaime de Borbón y Josep Plá, bajaban a Menton, al Casino, y se iban a comer.
Se pierde, subterráneo, en la lejanía, hacia Italia, el silbido insensato del tren. Y me quedo más solo. O me siento más solo.
Me vuelvo. El taxista, de espaldas, pero al acecho, está meando. Sorprendido, suplica:
– «Pardon monsieur»
La emoción, el nerviosismo, se ha ido por ahí. Bueno.
Recorremos la teoría de bustos, Víctor Hugo, Zola. El Dostoyevski admirable; observa todo, con unos ojillos sutiles como cuchillos. Son los ojos, quizá, de haber «visto» «Los hermanos Karamazov», «Crimen y castigo», «Los endemoniados»… Por aquí paseaba y se sentía seguro… aquí sí que se sentía seguro don Vicente Blasco Ibáñez.
«– He ganado muchísimo dinero con mis novelas…» ¡Y el que se gana todavía, don Vicent!
Aquel Blasco Ibáñez, que tenía peseta a peseta, tan temprano y tan arraigado, el sentido de la «propiedad inmobiliaria» –la Malvarrosa, Fontana Rosa… ¡Qué desastrado final de sus casas (Fontana Rosa, la Malvarrosa)! Y en un vulgar nicho de Valencia, sus restos, y eso gracias a la rápida gestión de un gobernador, Solsona, harto de ver ¡cinco años! Aquel ataúd dando vueltas por el «depósito» y sin recibir sepultura.
¡Dios! Son demasiadas cosas juntas. Esto no se hace. La cabeza me va a estallar. Me agarro la cabeza. Pero he de seguir. He de apurar toda la amargura, toda la tristeza, toda la vergüenza, toda la desolación. Todo este cáliz. A zancadas, a zancadas de borracho o de moribundo, recorro, en una y otra dirección, todo el jardín. ¿Jardín?
En sus últimos años, Blasco –lo escribió– se pasaba a veces semanas sin salir de su casa, prácticamente paseando por «su» jardín, porque se dedicaba afanosamente a escribir. Sabía que la muerte podía, iba a subir, inesperadamente, por esta cuesta; sabía que entraría como Pedro por su casa. Le irritaban los ladridos de los perros de doña Elena. «Estos perros», lo ha recordado J.L. León Roca. Miro el pabellón donde vivía, donde escribía, donde se lo llevó la muerte, arrancándolo de los brazos súbitamente maternales, de su criada, mientras él, con la mano, torpemente, buscaba todavía las gafas en la mesita de noche, como si con ponérselas, no se fuera a morir. ¿Qué habrá sido de sus gafas, de su pluma? Todo eso son, ya, virguerías.
Ahora sí. Ahora –no podía ya más– me he sentado en uno de los peldaños. El taxista, de pie, me ofrece un pitillo. Rechazo, obstinado, con la cabeza. Procuro ser amable; levanto la cabeza y le sonrío. Pero él no me ve; él mira estupefacto, aquella ordenada belleza de bustos, de posibles rosales, de problemáticos jazmines, de sólidos cipreses, con una perplejidad indescriptible. Tampoco él lo entiende. Esto no hay quien lo entienda.
La puerta de Fontana Rosa sigue abierta. En el suelo, la estanca vulgar que la aseguraba. En seguida, el armatoste del coche. Me hice la ilusión, al principio, de que quizás fuera el que utilizó Blasco. Entiéndanme: pensé que se rendía «un» culto familiar a Blasco… Los tres gatos me observan sentados en el mismo sitio.
Brilla, enfrente, en la basura, debajo de las hojas secas. Me abalanzo. Me sigue el taxista. Escarbamos afanosamente como si fuéramos a desenterrar a alguien.
Es otro coche, enterrado en aquel estercolero. Sonrío. Da pena, da asco.
«Nada me falta. Todo lo que deseé ha llegado para mí; en mayor o en menor cantidad, pero ha llegado. Ni uno sólo de los ensueños de mi ambición y mi envidia, cuando era joven, dejó de realizarse…» Y cae el sol. No es el sol de los muertos, tibio y leve…es un sol crispado de agosto; es un sol colérico y reivindicativo que quizás convoca a los muertos a ponerse en pie. Pero este muerto mío, este Blasco Ibáñez, no puede ponerse en pie y echar a andar, lleno de agujeros.
Toda la ilusión, toda la larga tensión, toda la emoción, se ha roto en mí, me ha roto los nervios y lloro y sudo mientras sigo mirando. Me sorbo los mocos, luego me paseo estúpidamente el pañuelo, en un puñado, por la boca seca, por las mejillas, por las narices. Noto como si aquella mañana no me hubiera afeitado. Es lo que ocurre.
Estoy en la puerta de la casa, propiamente, en la que Blasco Ibáñez vivió y murió. Un empujón y entro. Pero me detiene un último y muy casto temor. No; esto no. Hubiera sido como destapar un ataúd con un muerto muy querido dentro. No; esto no.
Las manazas del taxista parecen dispuestas; hubiera bastado una indicación y se hubiera cargado la puerta. No; esto no…No.
A espaldas de la casa, está desmochada, una tapia. Hay señales de trabajo como de excavaciones. Un poco más allá hay una grúa amarilla. En el suelo, empaquetadas, hay unas muestras de tierra. Luego me dirán los vecinos que quizás van a venderse unas parcelas. Yo no lo sé. Luego me dirán que el Gobierno francés quiso salvar todo esto – ¡el Gobierno francés! –  y no se llegó a un acuerdo. Yo no lo sé. Luego me dirán que alguien, probablemente inglés, robo, hace unos meses, los bustos de Shakespeare y de Dickens, Y sonreiré. Yo también pude robar cuanto hubiera querido en Fontana Rosa. Pero no lo hice. No lo podía hacer. Eso, que lo hagan otros. Que lo haga otro que no piense nada más que en la belleza de los bustos o en el peso de la chatarra. Eso yo no lo puedo hacer. Pero cualquier día lo hará cualquiera.
Me encamino a la puerta como si saliera de un cementerio, como si regresara de un doloroso entierro. Crujen las hojas secas bajo mis zapatos. Levanto los ojos y delante de mí veo a unas señoras, a unos niños. Son los vecinos de antes. Intento sonreír. Pero no les engaño. No nos decimos nada. Dejo mi mano en la cabeza de un niño. El taxista, con la rapidez expeditiva de un sepulturero, cierra la puerta –¡cómo me irrita este chirrido!– Me llevo las manos a los oídos. Atranca otra vez la puerta. Esto se ha acabado. Como en un cementerio, como en un entierro, doy la mano a estas buenas gentes. Una vieja señora, que probablemente, niña aún, conoció a Blasco Ibáñez, retiene mi mano en las suyas unos segundos, unos minutos, unas horas. La miro en los ojos. En sus ojos hay fortaleza, la fortaleza que el silencio me pide. Intento sonreír. Probablemente me sale una mueca desvencijada. Me meto en el taxi.
Arranca el coche, como el coche de los muertos, muy despacio. Miro por última vez, a mi izquierda, Fontana Rosa. Esto se ha acabado… Me despiden saludándome sin palabras, con la mano. Bajo la cabeza. Pero no es el dolor. O no es el dolor sólo; es la vergüenza, es el asco. Estoy dispuesto a pedir perdón de lo que yo no hice. Las palabras están demás. Calla el taxista. Aplicado al volante, mirando enfrente –pero a mí no me engaña– me alarga, sacándolo de no sé dónde, su cajetilla de «Gitanos». Cojo un cigarrillo y fumo. Esto se ha acabado.

por VICENT ANDRES ESTELLES,
(publicado en septiembre de 1973)

En 1973, cuando el autor de este artículo visitó Fontana Rosa, habían pasado 43 años de la muerte de Blasco. Es un artículo emocionante, triste, desolador... sobre una realidad que pocos conocieron o conocen. 
Ahora, casi medio siglo después de su dolorosa experiencia, somos otros los que, igual a él, admiramos y hemos llegado a querer, como algo propio, a Blasco Ibáñez. Y precisamente, en estos calurosos días de verano del 2020, nos embarcaremos en una nueva aventura: ir a conocer la actual Fontana Rosa, con la ilusión de lograr captar sensaciones, imagenes e impresiones singulares, y luego, compartir vía Internet: en el blog, las redes sociales, etc. para todos los interesados.

domingo, 28 de junio de 2020

Aquella Araña Negra - parte I

La ilustración:
La araña negra apoderándose poco a poco de España - Publicada en El Motin, 25 de diciembre de 1887


Una mañana, a finales de enero de 1892, algo insólito ocurría en las calles de Barcelona... 
El día siguiente, la prensa comentaba: 
En las fachadas de multitud de casas de Barcelona aparecieron en la madrugada de ayer letreros que decían: «La araña negra», y encima de ellos veíase una descomunal araña, todo ello pintado con tinta por medio de una plancha de zinc. La policía borró los letreros y detuvo á varios individuos, que se supone sean autores de la broma1.

Barcelona, calle de Bilbao, principios del siglo XX. Foto: L. Roisin
Algunas personas pusilánimes creen que esto puede ser una amenaza de los anarquistas: pero otros suponen que más de un asunto relacionado con el orden público, se trata del anuncio de un periódico satírico2

En Madrid se publicaban bajo el mismo rotulo de «Anarquistas en Barcelona», dos noticias telegrafiadas el 25 de enero desde la ciudad catalana: una, comunicaba que habían sido detenidos los que en la noche última se entretuvieron en pintar dichos letreros de las arañas. Se cree que son obra de una asociación secreta3; y la otra, mencionaba el meeting anarquista celebrado aquella tarde en el teatro Gayarre.
Aunque los dos eventos no tenían relación entre si, generaron tal confusión que días más tarde, otro periódico escribía:
Durante el último meeting anarquista celebrado en Barcelona fueron detenidos varios individuos por haber pintado en las paredes y en el pavimento grandes arañas con el siguiente letrero «La araña negra»4.

Valencia en  1888, calle Ruzafa. Foto: A. Esplugas
Aquellas extrañas figuras publicitarias aparecían también en las calles de Valencia, pero muy pronto la prensa desvelaba el misterio.
Comenzaba por comunicar que la araña que tanto preocupó a algunos timoratos es el anuncio de una obra que va a publicarse combatiendo a los jesuitas 5; y luego informaba que la insólita publicidad no tiene nada que ver con el anarquismo. Trátase del reclamo editorial de una novela del Sr. Blasco Ibáñez, titulada «La araña negra»6.
Parece que el mismo Gobierno se alarmó cuando supo que había aparecido la araña negra, que el creyó que era, cuando menos, una hermana de la mano ídem7... pero todo se aclaró cuando se supo que la misteriosa aparición no era más que
...un reclamo para anunciar la aparición de la novela La Araña Negra, que pronto se publicará en Barcelona, y finalmente el mismo Peris Mancheta concluía: Aunque la broma tiene ribetes de pesada, tiene gracia8.

Al parecer, el asunto no terminó aquí para todos. En los primeros días de febrero, la publicidad aparecía también en las aceras de Cartagena, pero de esta vez, según la prensa, algunos concejales, alarmados por el anuncio, pusiéronse en movimiento é hicieron prender á los libreros Sres. S. J. García, corresponsales de la casa que edita la obra.
Los serenos é inspectores han prestado un gran servicio al orden social, pero hay que convenir en que su celo y el de los concejales ha sido un poco ridículo9.

A pesar de que la prensa no precisaba exactamente a que hacía alusión la ingeniosa campaña publicitaria que tanto había sucintado la curiosidad de la gente, en realidad, muchos lo sabían. Probablemente, la confusión fue mayor para los valencianos; ellos podrían haber relacionado La araña negra con las fallas, las tradicionales fiestas valencianas de primavera, ya que en los últimos tres años (1889-1891) el llibret faller de la calle Maldonado, ubicada en el bario donde vivía Blasco, llevaba este titular. Es muy probable que estas publicaciones captasen la atención del joven escritor y, aunque él no lo menciona, existe la posibilidad de que le inspirase el nombre de su nueva novela. En julio del 1890 tuvo que huir a París por un año y, al parecer, durante su estancia allá comenzó la extensa obra que siguió escribiendo luego, en Valencia.


Sin embargo, tanto para Blasco revolucionario y republicano, como para los de ideologías distintas pero que, igual a él, cultivaban el anticlericalismo, La araña negra tenía un significado bastante concreto, resaltado por la prensa de la época. Así, en las paginas del popular periódico El Motín, se mencionaba frecuentemente la "araña negra" como la personificación del clero; por ejemplo, un articulo de 1884:
La araña negra aprisiona completamente la España del 20, del 35, del 54 y del 68, y allí donde posa cualquiera de sus innumerables y asquerosas patas, brota un convento, se mata una actividad y se profana una gloria10.
Luego, en 1887, o sea cinco años antes del lanzamiento de la novela de Blasco, publicando la ilustración con la caricatura de la araña negra apoderándose poco a poco de España, en la  revista se comentaba:
Mientras la vida se va haciendo más difícil para los españoles, la araña negra va apoderándose lentamente de todo. Hoy es un palacio, mañana una fábrica; ahora unos millones, luego una empresa marítima. El labrador trabaja para ella; el moribundo se ve por ella despojado; los padres se quedan sin hijas porque ella las envuelve en sus redes. Y domina en el Gobierno, y acapara la enseñanza, y organiza jubileos como el que actualmente se celebra, y siembra semilla de calumnia contra los honrados, y prepara en las sombras la guerra civil11
Es evidente que esta simbólica ilustración, inspiró a V. Blasco Ibáñez para su novela La araña negra publicada por primera vez en 1892, y así lo sugiere también la imagen que aparece en las portadas de los cuadernos del folletín.


Aunque La araña negra podría considerarse la primera novela ilustrada de Blasco, se desconoce si el escritor intervino de algún modo en la edición o en la campaña publicitaria de la obra. Tenía 25 años de edad y todavía no se había involucrado en el mundo editorial, pero probablemente, el éxito de esta novela estimuló su interés por la interacción entre la literatura y la imagen. Años más tarde, comentaba: "La araña negra que fue un gran éxito….editorial son los pecados de mi adolescencia literaria, cuyo recuerdo me avergüenza" 12 , y nunca más aceptó publicarla. En cambio, siguió inspirándose en las arte gráficas para algunos títulos de sus novelas y, cautivado por el poder de la imagen, supo establecer un dialogo interactivo con la cultura visual y enlazarlo a su larga trayectoria de escritor, político y editor.

(Continuara...)

domingo, 23 de febrero de 2020

Blasco Ibáñez - Doctor Honoris Causa


Hace un siglo, el día 23 de febrero del 1920, la Universidad George Washington de los Estados Unidos confería el grado de Doctor «Honoris Causa» en Letras al novelista valenciano VICENTE BLASCO IBÁÑEZ.
A continuación se reproducen los discursos pronunciados en la ceremonia de investidura. 


DISCURSO PRONUNCIADO POR EL DOCTOR WILLIAM MILLER COLLIER

William Miller Collier  (1867-1956)
Esta Universidad se honra hoy con la presencia en ella de don Vicente Blasco Ibáñez. Sus libros han sido traducidos a muchas lenguas; pero, al escribirlos, él se ha circunscrito a su idioma nativo, el sonoro y expresivo castellano, lengua en la que también prefiere dirigirse a vosotros esta tarde. Así, pues, expresaré, primero en inglés, nuestra bienvenida al huésped y la admiración que nos merece, para luego, al dirigirme directamente a él, repetir estas palabras en castellano. Señor:
En nombre de la Universidad George Washington os doy la bienvenida a este recinto; y, valiéndome de una hermosa expresión de la hospitalidad española, os digo:
«Señor, estáis en vuestra casa.»
Abrigo la seguridad de que en todo lo que voy a decir acerca de vos interpretaré fielmente los sentimientos no solo de los administradores, consejeros y profesores de la Universidad y de sus estudiantes, los cuales pasan de cuatro mil, sino de los habitantes de esta ciudad, capital de la nación. Por lo demás, sus saludos y alabanzas no son sino débil eco del creciente coro con que, del uno al otro océano, todo el pueblo americano ha expresado, en el curso de vuestro viaje al través del Continente, la admiración que siente por vos. Sinceramente lamentamos vuestra reciente y grave enfermedad, regocijándonos de que hayáis recuperado completa-mente la salud. Vuestra presencia entre nosotros nos llena de placer.
Los americanos del Norte y del Sur alimentamos de consuno un sentimiento de gratitud por la gran reina española que se llamó Isabel la Católica y que poseyó la fe, el valor y el desprendimiento necesarios para equipar de su propio peculio las carabelas que, guiadas por Colón, realizaron aquel viaje que dio por resultado el descubrimiento de América y el presente de un Nuevo Mundo, ofrecido no solo a Castilla y a León, sino a toda la humanidad. También llevamos en la mente el recuerdo de los numerosos, grandes, espléndidos e imperecederos servicios que, en su pasado de más de dos mil años, le ha prestado España a la humanidad. Os damos, de consiguiente, la bienvenida como español.

Washington, D.C.‎ en los años veinte
Blasco Ibáñez, en la prensa americana del 1912

Comoquiera que nacisteis en Valencia, la ciudad del Cid, gran caudillo que luchó por emanciparse de un opresor extranjero; puesto que descendéis de ese viejo Aragón, indomable y amante de la justicia; y puesto que en vuestra vida habéis dado muestras de ese individualismo, de esa confianza en sí mismo y de esa energía y virilidad que caracterizan el individualismo español y que la raza heredó de los guerreros que, casi incesantemente y por espacio de siete centurias, batallaron por reconquistar a España del poder musulmán, nosotros os damos la bienvenida como español de la Península, como español españolisimo. 
También nos son conocidos vuestros largos viajes, vuestra permanencia un tiempo y el constante interés que os inspiran los dilatados países que se extienden al sur del nuestro, y a los cuales fue llevada la civilización europea por los intrépidos descubridores y exploradores que durante el reinado del gran emperador Carlos V, e inspirados por el «Plus Ultra» de su divisa, se aventuraron más allá de las columnas de Hércules y fundaron las colonias que, con el transcurso del tiempo, debían ser las naciones independientes a quienes, según opinión de un gran secretario de Estado norteamericano, Elihu Root, les corresponde el siglo veinte y en cuyas manos se encuentran en gran parte los destinos de la humanidad.
En presencia de los embajadores y ministros que tan dignamente representan a España y a las diversas naciones de habla española, así como en la de muchos laureados de las Universidades de esos países, os saludamos como representante de la por extremo difundida y diseminada raza española, de gloriosas tradiciones, de soberbias conquistas, de inextinguible vitalidad y de constante y creciente influjo.
Siempre habéis demostrado un universal sentimiento de simpatía; habéis comprendido el espíritu irresistible de la época; habéis conmovido los corazones y hecho vibrar el alma de los hombres de todas las razas y climas; y, para valerme de una expresión española muy usada pero harto expresiva, en vuestras relaciones con las gentes de otras naciones habéis sido siempre muy simpático. Amante de la libertad universal y de la igualdad de oportunidades para todos, sentís, como el poeta romano, que nada de lo que pertenece a la humanidad os es indiferente. 
Os saludamos, pues, como ciudadano del mundo.

Simpatizasteis con nosotros y con nuestros aliados durante la última guerra. Tuvisteis la comprensión e interpretasteis para el mundo en «Los cuatro jinetes del Apocalipsis» el espíritu triunfante de Francia en la hora de prueba. Apreciasteis los móviles del pueblo de los Estados Unidos y en vuestra última novela, «Los enemigos de la mujer», le habéis acordado generosa alabanza por su intervención. Os consternó la espantosa destrucción de vidas y propiedades y fuisteis inspirado por una mente y un espíritu brillantemente desarrollados. Habéis descrito con la mayor intensidad el bestial horror de la lucha, y revelado con la mayor sencillez la gloria sublime del sacrificio. Habéis sido no solo camarada leal, sino también camarada muy útil, pues habéis esgrimido una pluma mucho más poderosa que diez mil espadas. Os aclamamos, pues, como defensor de nuestra causa.
En el campo de las letras, España es y siempre ha sido soberana. Así, en proverbios y en dichos agudos como en obras descriptivas y de imaginación, su literatura es extraordinaria. La gran mayoría de los proverbios de uso común tuvieron su origen en el pueblo de Don Quijote y Sancho. El cristalizado sentido común del campesino español halla delicada expresión en metáforas de aplicación universal. El drama siempre ha florecido en ella, desarrollándose en ocasiones con exuberancia, como en el caso de Lope de Vega, de quien se dice que escribió dos mil piezas teatrales. La poesía es en esa tierra forma espontánea de expresión; pero es en la novela en la que la preeminencia de los españoles es por todos reconocida. 


Nunca se escribió novela más grande ni de más constante frescura e interés que «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha». Así como los hombres de todos los tiempos han aclamado a Shakespeare como el más grande de los dramaturgos, los hombres de todas las naciones le conceden a Cervantes la primacía como novelista.
Desde sus días hasta los nuestros España ha contado con numerosos escritores. Su firmamento literario se halla tan densamente poblado de estrellas como la Vía Láctea, en tanto que muchos nombres resplandecen con fulgor inextinguible, cual grandes planetas o soles incendiados.
William Dean Howells (1837-1920)
escritor estadounidense, hispanista.
En vuestra persona, señor, vemos esplender la gloria moderna de la literatura española. Habéis escrito mucho y vuestros lectores se cuentan por millones y viven en todas las tierras. Vuestros «Cuatro jinetes» han galopado ya alrededor del globo y más de doscientas ediciones de esa novela han sido impresas. Vuestras obras ponen de manifiesto el más elevado genio literario. Poseéis no solo la facultad de describir vívidamente las cosas, sino la de interpretar su recóndito significado. Profundamente realista, hay en todo lo que habéis descrito una abundante corriente de sentimiento y emoción humanos. En los caracteres que habéis creado se advierten una fuerza y un vigor que hacen recordar las estatuas de Rodin. En las páginas del libro, vos, escritor español, habéis trazado cuadros que poseen toda la vital energía y todo el apasionado realismo que distinguen los lienzos de vuestros grandes compatriotas Sorolla y Zuloaga. Los críticos no han emitido vanos cumplidos al decir de vos que «Zola no fue más realista ni Víctor Hugo más brillante».
Nosotros los norteamericanos no recusamos el dictamen formulado acerca de una de vuestras novelas por uno de nuestros más grandes novelistas, Willlam Dean Howells, dictamen según el cual aquella «es una de las obras de ficción más robustas y ricas, digna de ser colocada al lado de las más excelsas producciones rusas y muy por encima de cuanto se ha escrito en inglés, siendo en su desenlace tan lógica y cruelmente trágica como todo lo que el espíritu español ha imaginado hasta ahora».
Aceptamos el veredicto de cuantos os han consagrado como el primero de los novelistas vivos, y declarado que vuestras obras ocupan un sitio permanente en la literatura universal.

En reconocimiento de vuestro talento y de vuestros servicios, de vuestras prendas y merecimientos, y en vista del nombramiento efectuado por la comisión de Grados Honorarios y de la recomendación emanada del Consejo del Rector, los administradores de la Universidad George Washington han resuelto por voto unánime conferiros el grado de Doctor en Letras «honoris causa».
Por tanto, en virtud de las facultades que las leyes de los Estados Unidos le conceden a la Universidad George Washington y que sus administradores me han delegado, vengo en conferir a vos, don Vicente Blasco Ibáñez, el grado de Doctor en Letras. En prueba de lo cual os hago entrega de este diploma, ordenando que se os invista con la muceta académica, insignia del grado, muceta orlada de terciopelo blanco, color que en las Universidades de los Estados Unidos sirve para designar a los que poseen grados en artes y letras, y forrada en seda anteada y azul, colores distintivos de la Universidad George Washington, y que fueron adoptados en razón de haber sido los del uniforme llevado por George Washington cuando fue comandante en jefe de los Ejércitos de los Estados Unidos en la guerra de Independencia.
Después de haber sido investido el señor Blasco Ibáñez con la muceta, el rector de la Universidad, extendiendo la mano, dijo:
Doctor Blasco Ibáñez: Os recibo en el seno de los miembros de la Universidad George Washington.

23 de febrero de 1920, el Auditorio de Central High School, Washington, D.C. 
El presidente Collier confiriendo el grado de Doctor en Letras a Vicente Blasco Ibáñez. A la izquierda de Blasco Ibáñez, sentados (de derecha a izquierda) están el senador Calder, Herbert Hoover y el exsecretario MacVeagh


DISCURSO DE DON VICENTE BLASCO IBAÑEZ SOBRE
«LA PRIMERA DE LAS NOVELAS»

Desde hace cuatro meses, o sea desde que pisé el suelo de los Estados Unidos, he sido objeto de grandes muestras de simpatía.
He hablado en los más diversos locales y ante los públicos más distintos; en templos de diferentes confesiones religiosas ; en grandes establecimientos de enseñanza; en colegios de señoritas, ante una masa de más de mil alumnas; en la Escuela Militar de West Point, ante futuros oficiales de vuestro ejército.
He hablado también en los más diversos climas y latitudes de vuestra República, que es grande como un mundo. Unas veces, por las ventanas del local donde daba mi conferencia, he visto inmensas montañas cubiertas de nieve, con bosques de negros abetos; otras veces he visto el epitalámico naranjo, con sus frutos que parecen cápsulas de miel envueltos en esferas de oro, y sus flores, nieve perfumada, que son el símbolo de la virginidad y del amor.
Pero de todos los honores inmerecidos de que he sido objeto, de todas las muestras de simpatía, producto de la bondad con que el pueblo americano acoge al extranjero, ninguna más digna de agradecimiento que la que recibo en este instante al serme conferido este grado de Doctor y por una Universidad que lleva el nombre de George Washington, el héroe más admirado por mí, el personaje más sublime y más bueno entre los hombres que ciñeron espada.

V. Blasco Ibáñez, Doctor Honoris Causa, febrero, 1920
Este honor que me concedéis yo lo agradeceré en la forma que puede agradecerlo un novelista. Yo escribiré varias novelas con el propósito de pintar la grandeza monstruosa de Nueva York, la noble distinción de Washington, la actividad industrial de los Estados del Este y el Centro, la hermosura poética y romántica de los Estados del Pacífico. Yo procuraré reproducir exactamente las grandezas de mi original, pero tengo la seguridad de no conseguirlo. ¡Juzgad cuan exagerada es mi ambición! 
Los Estados Unidos son hoy, después de haber salvado al mundo en la guerra reciente, el primer país de la tierra. Para que mis novelas resultasen dignas de la grandeza de este pueblo, tendrían que ser las mejores novelas que se hubiesen escrito jamás, y esta empresa, desgraciadamente, está muy por encima de mis fuerzas.
Como debía escoger un tema literario para este breve discurso, he preferido hablaros de la novela y especialmente de la primera y más eterna de las novelas.
Hay cierta predisposición a considerar la novela como una lectura frívola, buena únicamente para jóvenes y para señoras faltas de un quehacer más serio. Hablar de novela en una ceremonia universitaria parecerá tal vez a muchos algo que supone ligereza de carácter y falta de estudio científico. Sin embargo, esta idea es completamente errónea. La novela, como diré más adelante, es el más completo y definitivo de todos los géneros literarios.
La novela es tan respetable científicamente como la historia es simplemente «una historia que fue» y la novela es simplemente «una historia que pudo ser». Digámoslo de otra forma: «la historia es la novela vivida de los pueblos» y la novela es «la historia particular de un individuo o de una familia».
Los historiadores, por graves y solemnes que parezcan, no son más que novelistas que se han quedado a mitad del camino, evocadores del pasado, que no saben inventar personajes nuevos y emplean los procedimientos de inducción y resurrección con personajes que existieron. Los historiadores más célebres y populares fueron aquellos que tuvieron mejores condiciones de novelista. Michelet será inmortal; el pintoresco y artista Michelet, que definió de este modo su ciencia: «La historia es una resurrección.»
La novela representa para todos los humanos una necesidad intelectual, tan inevitable e imperiosa como las más vulgares necesidades materiales.
Recordad todo vuestro pasado; remontaos a través de los años hasta llegar a los primeros de vuestra infancia. Cuando erais niños y, sintiendo satisfechas vuestras necesidades materiales, sentíais el deseo de un deleite intelectual, ¿qué es lo que pedíais a vuestra madre o a la vieja criada encargada de vuestro cuidado? «Cuéntame un cuento—decíais—, un cuento que sea muy largo, que dure toda la noche.»
Y luego, al ser mayores, todos sentimos la misma necesidad de que nos cuenten cuentos para hermosear nuestra vida y ahuyentar el tedio que acompaña las más de las horas. Pero nuestra madre ha muerto ya o, aunque viviera, somos tan maliciosos, que su pobre cuento nos parecería aburrido e inocente. Y por esto nos dirigimos a nuestra biblioteca y, sacando un libro, le decimos al novelista: «Cuéntame un cuento que me haga olvidar la realidad; un cuento que me permita vivir por unas horas en un mundo extraordinario o que embellezca el mundo presente».
Nadie escapa al poder mágico de la novela. Los personajes más graves que parecen despreciarla son los que más intensamente sufren la esclavitud de la literatura novelesca, cuando se ponen en contacto con ella.

V. Blasco Ibáñez en Norteamérica 1919-1920
Bien conocida es la anécdota de Gladstone que, pocas horas antes de ir al Parlamento, donde había de pronunciar un gran discurso como jefe del gobierno, se entretuvo en hojear una novela de Stevenson que alguien de su familia había dejado sobre una mesa y, cautivado por el relato, se olvidó de asistir a la sesión hasta que sus amigos vinieron en su busca.
Es más: la novela se venga de los personajes graves, haciéndoles admirar las peores y más grotescas de sus invenciones. 
El férreo Bismarck hizo la guerra de 1870 llevando en las pistoleras de su silla de montar las interminables novelas folletinescas de Ponson du Terrail. Uno de los mayores disgustos de su vida fue cuando terminó el último volumen de las aventuras de Rocambole. El Canciller de Hierro deseaba nuevos volúmenes como cualquier portera de París.
La novela es el género literario más importante de nuestra época. La música y la novela son los dos grandes descubrimientos intelectuales de los tiempos modernos. 
Anatole France llama a la novela «el opio de los occidentales». De sus páginas se escapa el humo embriagador de la ilusión que nos eleva a otros mundos mejores, o nos inspira el deseo de ser más generosos y más buenos en el mundo presente.
En la historia de todas las literaturas el último género que aparece, como un producto superior y completo, es la novela. Todos vosotros conocéis cómo evoluciona la literatura en la vida de los pueblos.

Primeramente surge la poesía lírica. El hombre solitario siente la necesidad de cantar los espectáculos sublimes de la Naturaleza, la emoción religiosa ante las fuerzas desconocidas. 
Las guerras entre las tribus y las audaces navegaciones sirven de inspiración a la poesía épica. Las aglomeraciones populares en el momento de las siegas y las vendimias crean lentamente el teatro; luego a la comedia satírica sucede la tragedia. Y únicamente cuando ya han llegado a su mayor desarrollo la poesía lírica, la poesía épica y el teatro, como suprema y última floración, conjunto y compendio de todos los anteriores géneros, surge la novela, que lo es todo al mismo tiempo, pues es drama, tragedia, comedia, epopeya y canto lírico.
El único país de la tierra donde la novela no esperó para surgir a que se hubieran consolidado los demás géneros literarios fue España. En España surgió por primera vez la novela, tal como hoy la aceptamos y la admiramos.
Los pueblos de la antigüedad tuvieron grandes literaturas, pero no conocieron la novela. Grecia y Roma, maestras en tantas cosas, apenas si figuran en la historia de la novela. Solo produjeron unos cuantos relatos licenciosos, que sirven cuando más para conocer las malas costumbres de la época.
En el mundo antiguo era imposible la literatura novelesca. La novela es la epopeya del hogar, y en las sociedades antiguas la vida pública lo absorbía todo, sin dejar espacio al relato de las existencias privadas. Además, la novela es imposible sin la mujer, y la mujer desempeñaba un papel muy secundario en el mundo antiguo. Fueron precisos el cristianismo y la vida particularista y fragmentaria de la Edad Media para que el hogar y la mujer adquiriesen la importancia que hace de ellos los principales elementos de la novela moderna.
El noveno libro de Amadis de Gaula, 1542
Repito que esta novela surgió por primera vez en España dos siglos antes que en el resto de la tierra, como una de esas floraciones primaverales que un capricho de la Naturaleza hace surgir en pleno invierno.
En realidad, la novela no podía surgir en otro lugar de Europa. España, por su situación geográfica, ha sido en la historia a modo de un camino por el que han pasado todas las emigraciones y todas las invasiones; un campo de combate en el que han venido a chocar todas las razas.
El sentimiento caballeresco de la Edad Media produjo dos literaturas paralelas, igualmente abundantes en prodigios, heroísmos y hazañas inauditos. El cristianismo septentrional produjo los romances heroicos, las leyendas bretonas de los héroes de la Tabla Redonda y otros paladines. El mahometismo de los guerreros semitas, poetas y combatientes a un tiempo, produjo los inimitables relatos que conocemos con el título de Las mil y una noches.
Fue en España, lugar de combate de cristianos y moros, abierto durante siete siglos, donde vinieron a encontrarse y a chocar estas dos corrientes literarias, y como producto de tal choque surgieron las novelas de caballerías, el Amadís de Gaula y todas sus innumerables imitaciones, libros del esfuerzo heroico de la ilusión quimérica, que más adelante pasaron a ser la Biblia de todos los conquistadores y navegantes, que en menos de un siglo descubrieron y colonizaron casi todo el continente de las dos Américas.
El abuso de esta literatura sobrehumana, llegando a las mayores extravagancias imaginativas, hizo necesaria una reacción. Y esta reacción produjo la primera, la más grande y la más inmortal de las novelas modernas: Don Quijote.
Se abusa mucho, señores, en literatura, de la palabra inmortal. Existen muchas obras respetadas por todos, pero que muy pocos se atreven a leer: la mayor parte de las obras clásicas son reputadas como inmortales porque nadie pone en peligro la dormida tranquilidad de sus páginas, abriéndolas para leerlas. Solamente los filólogos o los profesores de crítica registran estas obras, universalmente admiradas e ignoradas, como se pueden examinar los organismos petrificados procedentes de las épocas prehistóricas.
Don Quijote en su estudio – composición fotográfica de Lake Price, 1857
Esta aversión del público a sumirse en la pesadez de tales obras que ostentan títulos famosos está completamente justificada. Obras que fueron y que ya no son, carecen de vida y no pueden interesar a las gentes de nuestra época. Son momias gloriosas, noblemente empaquetadas, y su perfume es de ungüentos sepulcrales. Don Quijote, forma aparte: Don Quijote vive y vivirá eternamente mientras haya lectores en el mundo; Don Quijote no necesita la recomendación de los siglos para ser gustado y admirado. Dádselo a un ignorante, sin decirle quién fue el autor, sin relatarle la historia del libro, y reirá o se emocionará desde sus primeros capítulos. Don Quijote es hasta ahora la primera de las novelas, y puede afirmarse que transcurrirán siglos y siglos sin que pase a ser la segunda. Todas las literaturas del mundo están impregnadas de él. Todos los personajes novelescos más famosos, aunque nacidos en diversos países, son hijos, nietos o, cuando menos, sobrinos del esforzado hidalgo que imaginó Cervantes. El Pickwick de Dickens, el Tartarín de Daudet, y tantos otros personajes inmortales, no existirían si Cervantes hubiera dejado de crear hace tres siglos su caballero manchego.
Se comprende tanta grandeza. Don Quijote no es un libro: es algo más que un libro célebre, está más allá de lo que llamamos literatura. Es la vida, simplemente, eternizada en palabras; de la misma manera que el cuadro de Las meninas de Velázquez no es pintura, es algo más que pintura, es la vida hecha color y línea; del mismo modo también que la Novena Sinfonía de Beethoven no es música, es la más suprema concepción de humanidad encerrada en sonidos y armonías.
El gran secreto del genio estriba en la condensación, en producir una obra que sea el símbolo de una fase de la vida o de la vida entera. En esto Cervantes descuella por encima de todos los genios literarios. Su libro es simplemente la síntesis de la vida completa. Ha creado a Don Quijote, ha creado a Sancho Panza, y después de esto puede decir: «Ya no hay más.»
Seamos como seamos, no encontraremos lugar más allá de estas dos clasificaciones. O somos Don Quijote o somos Sancho; y si no somos absolutamente ni el uno ni el otro es porque seremos los dos a la vez, procediendo en nuestra vida, siempre irregular e ilógica, unas veces con desinterés e idealismo, otras con egoísmo y miras vulgares.
Además, yo no conozco libro que simbolice mejor que este la superioridad del idealista y del soñador sobre el vulgo burlón y positivo, y esto a pesar de que Cervantes parece reírse algunas veces de las desdichas y desilusiones de su personaje.
Sancho, que es el espíritu práctico, la representación de la inmensa mayoría de la humanidad, figura como criado y servidor del loco, del idealista, que es el que marcha siempre delante y señala el camino. Sancho, representante de la humanidad cuerda y enemiga de fantasías, cabalga cómodamente sobre mullidas mantas y con alforjas bien llenas de provisiones, pero su cabalgadura es un burro.
Don Quijote y Sancho, según Penagos (1915)
Don Quijote va a caballo. Este caballo no es gran cosa. La escasez del pienso hace que el esqueleto marque bajo la piel sus agudas aristas; pero al destacarse sobre el cielo, en la hora de la puesta del sol, tiene la noble silueta de un Pegaso hambriento, y a pesar de su anemia, encuentra fuerzas para trotar contra los maléficos encantadores que se convierten en molinos de viento.
Yo no conozco en ninguna de las grandes obras literarias nada tan profundamente humano como el final de este libro.
Don Quijote está enfermo: Don Quijote está en la cama; Don Quijote va a morir. Y en este momento supremo le ocurre lo que a todos los soñadores, a todos los poetas de la acción, que antes de morir ven derrumbarse las ilusiones que guiaron su existencia, sufren el tormento de la vulgar realidad que estrangula el mundo imaginario en que han vivido hasta entonces.
Don Quijote, antes de morir, sabe que no es Don Quijote, sino el hidalgo Alonso Quijano, apodado el Bueno. Y precisamente en el momento que él se vuelve tristemente cuerdo, es cuando empiezan a volverse locos todos los seres razonables y vulgarísimos que se reían antes de él. Sancho, que tantas veces le ha hecho objeto de sus burlas disimuladas y sus malicias, llega ahora y le dice con convicción:
«No se muera, señor, y salgamos otra vez en busca de aventuras.»
Cuando el amo empieza a sentirse cuerdo para morir, el criado, antes burlón, hereda su locura.
Así ocurre en la vida. El vulgo, la inmensa muchedumbre positiva, práctica, sirve de criado sin saberlo a la minoría de los soñadores y los locos que caminan por los espacios ideales en busca de nuevos inventos, de nuevas concepciones que hagan nuestro mundo mejor de lo que es. La inmensa masa de Sanchos se ríe de su señor, encontrando graciosamente disparatadas sus aventuras, y cuando el soñador duda en el momento de la muerte de toda su vida de ilusiones, es la humanidad burlona la que hereda estas ilusiones, la que las toma como si fuesen suyas, y no ceja hasta conseguir su compleja realización.
Don Quijote está en todas partes. Representa las mayores virtudes humanas, el desinterés, la defensa del débil, la supresión de los sentimientos egoístas, la abnegación por los semejantes.
Si la humanidad no hubiese producido el tipo de Don Quijote, no valdría la pena que existiese, ni merecería continuar su vida sobre el planeta.

El espíritu de Don Quijote surge donde menos se le espera. No es patrimonio especial de ningún pueblo; lo creó España, pero es ya del mundo entero. Allí donde exista una noción exacta de la justicia y del derecho, allí donde se odie la opresión y la violencia, allí está su patria.
Vosotros, hasta hace poco tiempo, erais para el resto del mundo el país del materialismo, el país del dólar. Esta idea falsa nada tiene de extraordinaria. 
Todos los pueblos de la tierra parecen tener la obligación de desconocerse y calumniarse mutuamente.
Este país materialista y sin otra ilusión que la del dólar es, sin embargo, en su historia, el más romántico e idealista de todos los países.
Dos guerras tenéis en vuestra historia: la una, guerra civil del Norte contra el Sur que puso en peligro vuestra existencia, fue por una simple cuestión de derecho, por suprimir la esclavitud y declarar la igualdad de todos los hombres, sin distinción de razas ni colores. 
La otra, guerra reciente, ha sido también por puros ideales. Los aliados de Europa, por una herencia histórica, al mismo tiempo que defendían la libertad y el derecho, defendían también ciertos intereses materiales. Francia pedía, con razón, Alsacia y Lorena; Italia, los territorios italianos dominados por los austriacos; Inglaterra, el imperio de los mares. La República de los Estados Unidos es el único país que ha hecho la guerra gratuita y desinteresadamente, sin pedir indemnizaciones ni pedazos de territorio.

¡Cuán mal la conocía el mundo!
«Materialista y amigo del dólar», el error universal se imaginaba a vuestro país como un Sancho Panza incapaz de moverse sin preguntar antes: «¿Cuánto voy ganando?»
Y, sin embargo, bastó que atravesase el océano el lamento de las pequeñas naciones oprimidas, bastó la simple convicción de que la libertad y el progreso moral del mundo estaban en peligro por la resurrección de un imperialismo incompatible con el espíritu moderno, para que os lanzaseis generosamente en socorro de Europa, improvisando ejércitos con una rapidez que nadie podía imaginarse, realizando esfuerzos nunca vistos en la historia.
Fuisteis el refuerzo decisivo que llega a su hora, el peso que inclina la balanza, y el mundo os debe su salvación.
Todo esto lo habéis realizado generosa y gratuitamente. No hubiese hecho más el noble héroe imaginado por Cervantes.
Don Quijote se cansó de vivir en Europa y está ahora en América.
Pero lo que nadie sabe es cuánto tiempo se quedará aquí.