miércoles, 28 de septiembre de 2016

Hablando de toros - en 1917

Tarde de toros en Valencia, Vicente Blasco Ibáñez en 1906

El 12 de mayo de 1917, se estrenaba en el Teatro de la Zarzuela de Madrid la película «Sangre y Arena», dirigida por Vicente Blasco Ibáñez y Max André. La película, considerada la primera adaptación cinematográfica de la novela homónima de Blasco, tuvo mucho éxito en España de aquella época.

Ese mismo año, el periodista y narrador español Antonio de Hoyos y Vinent (1884 - 1940) escribía la novela «Los toreros de invierno»; el prólogo pertenece a V. Blasco Ibáñez. Es un magnifico texto donde el escritor valenciano expresa su visión personal sobre el peculiar mundo taurino resaltando la gran trascendencia social que tenía la tauromaquia de su época.
A continuación se reproduce un fragmento del respectivo prólogo escrito en París, en septiembre de 1917.


Porque hice «Sangre y Arena», el amigo Hoyos me pide un prólogo para «Los toreros de invierno». Ignora mi compañero de letras que yo, que escribí la novela del toreo, gusto muy poco de las corridas de toros y de las gentes que en ellas intervienen. No soy enemigo de la llamada fiesta nacional por considerarla sanguinaria. Otros pueblos buscan su recreo en diversiones más bárbaras y mortales. El animal humano necesita de vez en cuando despojarse de las vestiduras que le ha puesto encima la civilización. Quiere volver a sus orígenes dándose un baño de sangre y bestialidad, y es inútil oponerse a esta regresión atávica.
Si me gustan poco las corridas de toros es porque las encuentro aburridísimas, de una monotonía aplastante. Cuando, de tarde en tarde, voy a la plaza para acompañar a un extranjero, celebro el espectáculo policromo y agitado del graderío, la teatral salida de la cuadrilla y los lances del primer toro. El segundo me divierte menos, el tercero me hace bostezar, y cuando sale el cuarto, saco un periódico o un libro que a prevención he traído en un bolsillo. Tengo la sospecha de que a la mitad del público le ocurre lo mismo. No hay más que ver la cara estúpida, el paso desalentado, la risa forzada de muchos espectadores cuando salen de la plaza.
La alegría de las corridas de toros es un prejuicio nacional. Nos enseñaron de pequeños que son muy divertidas, y lo repetimos como una verdad indiscutible, para que lo repitan luego nuestros hijos. Ningún español ha podido formarse un concepto propio y racional de esta fiesta. Muy pocos recuerdan cuándo vieron la primera corrida. Nos llevan a los toros muchas veces antes de saber hablar. Luego, la parodia de esta diversión constituye uno de nuestros juegos infantiles. Total: que cuando empezamos a darnos cuenta de lo que nos rodea y a querer explicarnos sus causas y virtudes, el respeto al circo taurino y la fe en sus delicias, están ya anclados en nosotros, como algo anterior que escapa a todo razonamiento y toda crítica.
He pasado una parte considerable de mi vida asistiendo a corridas de toros y aburriéndome. Alguna vez (muy de tarde en tarde) la monótona fiesta se ha hecho trágica, y mi aburrimiento se ha trocado en cólera al ver la hipocresía del público. «¡Pobre muchacho!», gemían los espectadores a la salida, lamentando la mala suerte del esbelto gañán, vestido de seda y oro, que había rodado por la arena, llevándose al vientre las manos ensangrentadas para contener el escape de su bandullo.
Y los mismos que emitían estos lamentos de plañidera, gritaban horas antes contra la víctima, porque el instinto de la conservación le impulsaba a defenderse, dudando con lenguaje grosero de su integridad masculina, haciendo suposiciones injuriosas sobre la honradez de su desconocida madre.
En España— donde varias docenas de escandalosas mentiras forman la base del credo nacional —, algunos fabricantes de frases han llamado a la fiesta de los toros «la fiesta del valor» y «la escuela del valor».
¿El valor de quién...?
Yo no he visto nunca en el redondel más que un valiente: el toro.
Siento por este animal una gran admiración artística. Es la imagen elegante y majestuosa de la fuerza. Su aplomo y altivez recuerdan al patricio romano, conquistador del mundo. Otros animales son más esbeltos y vistosos, pero él tiene la gracia recogida y vigorosa de las bestias que casi ha suprimido el cuello, la parte más frágil de todo organismo. Su cabeza forma una masa con el cuerpo, como en el elefante, como en los peces veloces, como en todos los animales-arietes. Una injusticia de la opinión vulgar, repetida durante siglos, le proporciona la aureola simpática de los grandes calumniados. Las gentes, no viendo más que sus cuernos, le convierten en símbolo de los hombres pacientes y engañados. Y mientras tanto, él, en el silencio de las dehesas, se bate por amor, a cornada limpia, horas y horas, con fiera tenacidad, terminando su pelea únicamente cuando intervienen pastores y cabestros, o cuando muere.
Este es el único valiente que existe en el  redondel. Ataca derecho, como los héroes, y de engaño en engaño, la malicia humana le va arrancando las fuerzas, la sangre, los pedazos de cuero, hasta que, hecho un guiñapo, sudando escarlata, con el hocico en la arena y las piernas vacilantes, se atreve el hombre a acercarse por primera vez a su testuz, contoneando las caderas y echándolas de majo.
Después de este pobre héroe, impulsivo y engañado, existen varios semivalientes: los toreros.
Yo sólo creo a medias en el valor de los actores del redondel. Es un valor convencional, incompleto, frágil, producto de la afición, del hambre, del deseo de disfrutar las comodidades de la riqueza, del ansia de gloria que sienten los iletrados con más vehemencia que los cultos. La prueba de lo quebradizo e inconstante de este valor, es lo poco que dura. Cincuenta mil duros en el Banco, o simplemente el sabor de la primera cornada, convierten al antiguo suicida en un conejo pronto a la fuga. Además, por regla general, el héroe que desafía a los cuernos se siente menos inclinado a desafiar a los hombres. Su coraje necesita el redondel, el aplauso, las trampas y engaños del oficio. En este país de guerras y corridas de toros, no conozco un torero que haya sido célebre por sus hazañas bélicas. Convertido en soldado, estoy seguro de que no irá más allá del albañil, del mozo de campo o del oficinista, y aun tal vez se quede detrás de ellos, por la costumbre profesional «de hurtar el cuerpo...»
Detrás de estos medio valientes está el inmenso y cobarde público, el canalla de catorce mil cabezas que, en las horas de la tarde dedicadas a la digestión, celebra la agonía de la más noble de las bestias, pide a gritos nuevos caballos para contemplar sus chorizos colgantes, que expelen sangre obscura y boñigas sueltas, e insulta a los hombres que instintivamente huyen de la muerte, mientras paladea la villana y cruel voluptuosidad de contemplar el peligro desde un lugar seguro.
¡La escuela del valor...! «Ver los toros desde la barrera» es una frase corriente que significa astucia, inercia, egoísmo, explotación del esfuerzo ajeno, y que muchos admiran como un resumen de la sabiduría.
Tal vez nuestros mayores males y defectos provienen de esta fiesta de cobardía colectiva
que se titula «escuela del valor», de que nos acostumbran de niños a ver los peligros ajenos desde un lugar seguro, dándonos además el derecho de criticar, con aire de héroes, lo que no osaríamos hacer nunca por puro miedo.
En la vida española todos quieren estar en las gradas, por ser lo más cómodo, lo menos peligroso, lo que permite el libre ejercicio de la maledicencia y de la crítica. Sólo los ilusos y los desesperados bajan al redondel. Cuando surge un conflicto internacional, la muchedumbre grita con entusiasmo: « ¡Viva la guerra...!» Pero que vayan los otros. Cuando se cansa de un régimen, se pregunta: « ¿Cuándo vendrá la revolución...?» Pero que la hagan los otros. Todos contemplan, esperan y juzgan desde la barrera; pocos bajan y se mueven.
En los juicios y simpatías nacionales vibra el mismo capricho inestable, la misma falta de fijeza y de lógica, que conmueven con ráfagas de locura al público del circo. El aplaudido de ayer es silbado hoy y será glorificado mañana, sin que sus actos sean diferentes; los entusiasmos se distribuyen con una equidad de mujer histérica; los peones de mala suerte dan todos sus esfuerzos sin llamar la atención; los embusteros graciosos arrancan con un falso gesto granizadas de aplausos y hacen contraerse a las masas con epiléptico entusiasmo: los hombres inspiran más fanatismo que los hechos; media plaza cambia insultos con la otra media, mirando cada cual a su héroe que está en el redondel y creyéndolo superior al de los otros, cuando todos ellos se entienden y profesan a sus adoradores un desprecio común; el más humilde mirón se cree capaz de hacer las cosas mejor que el que está abajo, pero no desciende al terreno, y sigue en su asiento seguro, para poder continuar dando consejos.
¡Oh, diversión taurina, imagen de un pueblo falto de tenacidad, amigo del quietismo, de las comodidades y de la crítica, que gusta de las emociones que proporciona la lidia de los toros..., pero toreándolos otros, y no quiere abandonar por un momento el seguro de la barrera...!
Recuerdo la súbita revelación que tuve hace años de la pequeñez heroica de esta fiesta. Vino a visitarme en Madrid un profesor de una Universidad célebre de los Estados Unidos, y lo llevé, como es de rigor, a presenciar una corrida.
Este hombre de ciencia es a la vez un hombre de acción, un Roosevelt de la Cátedra, jinete, boxeador, aficionado a las cacerías peligrosas y a las exploraciones de países misteriosos. Presenció atento todos los incidentes de la corrida, frunciendo las cejas rubias sobre sus lentes de miope. De vez en cuando dejaba caer una palabra de aprobación: «;Muy bien...!» «¡Verdaderamente interesante...!» Pero se adivinaba que una idea nueva le roía el interior de la frente.
A la salida habló:
— Muy interesante la fiesta, pero algo monótona... ¿No sería mejor soltar los seis toros de una vez, para torearlos al mismo tiempo...? El espectáculo resultaría más corto, pero ¡qué emocionante! ¡Cómo podrían esos mozos lucir su valor...!
Admiró al «yanke» como un gran sabio. Había dado forma concreta a la vaga causa que me ha hecho aburrirme en las corridas desde que era niño. ¡Los seis toros de una vez...!
Cuando las corridas sean así, volveré a la plaza. Y asistiré todavía con más puntualidad si me garantizan que los seis toros saltarán la barrera, metiendo sus cuernos tendido arriba. Yo soy un mal alumno de la «escuela del valor», llevo años faltando a sus clases, y puedo huir sin vergüenza alguna. Pero me gustaría ver cómo los millares de estudiantes que asisten fervorosamente a cátedra todos los domingos han aprovechado las enseñanzas heroicas aprendidas en el duro asiento del graderío, rumiando cacahuets y llamando «hijos de pulga» a los catedráticos.


Vicente Blasco Ibáñez.  París, Septiembre 1917.

1 comentario:

  1. Hola, soy Mª Amparo López, colaboradora de la Fundación Centro de Estudios Vicente Blasco Ibáñez, me gustaría que me facilitaras una dirección de correo electrónico para poder estar en contacto contigo, ya que veo lo interesante que es tu trabajo.

    El mail de la fundación es fundacionblascoibanez@gmail.com, y precisamente hoy estrenamos página web en la siguiente dirección: www.fundacionblascoibanez.com

    Estaría bien enlazar tu blog a la web.

    Me pongo en contacto por aquí ya que no he encontrado otra forma de hacerlo.

    Muchas gracias por adelantado.

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