viernes, 29 de enero de 2016

La familia Blasco Ibañez - 1867

VALENCIA año 1867,
Fuente de las Cuatro Estaciones, Alameda


Yo nací en Valencia y soy hijo de comerciantes.... contaba Blasco Ibáñez

Vicente Blasco Ibáñez niño, disfrazado de San Juan Bautista

Oficialmente, Vicente Blasco Ibáñez nació el 29 de enero del 1867 pero sobre la fecha exacta del acontecimiento, existen algunas discrepancias. 

Según la última biografía publicada por Javier Varela1 en 2015, y de acuerdo con la partida de bautismo, el recién nacido registrado con el nombre Vicente Antonio Juan, fue  bautizado el 30 de enero de 1867, en la iglesia parroquial de los Santos Juanes de Valencia, de la cual los padres eran feligreses. El documento registraba que el niño  “...nació el día anterior a la una de la tarde, hijo legítimo de Gaspar Blasco, natural de Aguilar y de Ramona Ibáñez, natural de Calatayud”. Los padrinos fueron Antonio Pinilla, natural de Sestrica, un pueblo de la provincia de Zaragoza y  Vicenta Martínez, tía de doña Ramona, natural de Calatayud.
De acuerdo a estos datos, el niño habría nacido el 29 de enero pero según el padre, el acontecimiento ocurrió un día antes: «El día 28 de enero 1867 tuvimos un hijo que se llama Vicente»; como se indica en la biografía escrita por Libertad Blasco, la hija de Blasco Ibáñez.  

Iglesia parroquial de los Santos Juanes, Valencia, año 1870,  Fotografía: J. Laurent, 1870
Otra versión es la que aparece en la biografía publicada en 1977 por Pilar Tortosa, una familiar cercana a Blasco Ibáñez,  donde se sugiere que la fecha correcta sería el 27 de enero, citando a José María Meliá Bernabeu -  Pigmalión (1885–1974), periodista y escritor valenciano,  amigo y secretario del novelista: 
«Íbamos en un tranvía hacia la playa; Blasco Ibáñez había leído un trabajo mío sobre hombres célebres y signos del Zodiaco, y al recordarle yo que había nacido en martes, me interrumpió: —No, me dijo, yo nací en domingo. En las partidas de Bautismo figuran las fechas que se declaran, pero mis padres me dijeron que yo había nacido un domingo 27 de enero.»  
También, la autora menciona otras equivocaciones encontradas en la partida de nacimiento de Blasco Ibáñez: en donde debe decir «comerciante», refiriéndose a la ocupación del padre, se lee «cocinero», y se sitúa la villa de Calatayud, lugar de nacimiento de la madre, en la provincia de Teruel en lugar de Zaragoza. 

Vicente era el primogénito de la joven pareja aragonesa que como la mayoría de aragoneses, tuvieron que dejar sus áridas y frías tierras de origen y emigrar a la capital levantina, atraídas por el paraíso fácil, luminoso, de tierra feraz y clima suave, de Valencia y por el estado floreciente de su comercio.
Los padres, como el propio Blasco los describiera, pertenecen á esa raza brava y rebelde oriunda del Bajo Aragón, cuyas generaciones, invariablemente, como obedeciendo á una tradición, dejan la aridez de sus montañas para marchar á la conquista de las hospitalarias ciudades levantinas, donde la existencia es fácil porque la abundancia de agua y el ardimiento prolífico del sol mantienen perenne en la tierra el espasmo sagrado de la fecundidad.

Gaspar Blasco Teruel, 
el padre de V.Blasco Ibáñez
El padre, Gaspar Blasco Teruel, había nacido en 1842, en Aguilar de Alfambra,  un pequeño pueblo situado a 50 kilómetros de la capital provincial de Teruel, a mil trescientos metros de altitud. Es un sitio de clima duro, con inviernos larguísimos y heladores y veranos cortos y tórridos. Apenas daba su tierra para el cultivo del trigo y avena, patatas y nabos; el agua era abundante pero escaso el regadío, pues la naturaleza fría del terreno hacía inadecuado este aprovechamiento1. La casa familiar todavía se conserva.
Sus padres — Ramón Blasco Grao y Emerenciana Teruel y Martín— gente pobre, habían sido labradores. Gaspar Blasco era el primogénito de seis hermanos. 
A la edad de 12 años, el padre de Gaspar lo llevó a Castellón para que aprendiera el oficio de comerciante en una tienda de tejidos. Después de tres años, se marchó hacia Segorbe, donde permaneció por otros tres años con un pariente, comerciante de coloniales. Luego, en otro comercio de Carcagente duró tres meses y finalmente, en 1861, llegaba a Valencia, colocándose de segundo dependiente en la casa de coloniales Santa Rita, en pleno centro de la plaza del MercadoPasado el periodo de tres años, con los ahorros obtenidos de su trabajo, abrió una tienda en la calle de San Vicente, junto con un socio llamado Dionisio.
En 1866, logra comprar su propia tienda de la calle Jabonería Nueva, cerca al Mercado Nuevo.

Ramona Ibáñez Martínez, 
la madre de Blasco Ibáñez
La madre, Ramona Ibáñez Martínez, sin ser de gran hermosura, poseía una agradable presencia. Alta, delgada, bien proporcionada, su cintura era breve y su andar resuelto. El rostro ovalado y pálido y su alta frente despejada, acentuaban una clara impresión de suficiencia y autoridad. Tenía los ojos negros, rasgados e inteligentes, bajo unas pobladas cejas oscuras; la nariz recta y larga y la boca fina y voluntariosa. Era la primogénita de cuatro hermanos y había nacido en Calatayud en 1842.
Los padres de Ramona gozaban de bienestar económico. El padre estaba empleado en el Ayuntamiento de la villa y la abuela poseía «bastantes casas y muy buenas» en las cercanías de La Seo en Zaragoza.
Ramona fue educada, en un colegio de monjas al igual que solían serlo las hijas de las familias medianamente acomodadas y con cierta tradición social, en una ciudad de provincia recoleta y tranquila.2
Al cumplir los veintitrés añosla joven llegaba a Valencia, llamada por su tía Vicenta Martínez, ama de gobierno del famoso editor don Mariano de Cabrerizo. Ramona y su tía acudían frecuentemente al mercado de la ciudad y también a las tiendas de coloniales cercanas a la Lonja, donde los que atendían eran aragoneses, como ellas. A poco tiempo, la joven conoce a Gaspar Blasco que trabajaba de dependiente mayor en una de estas tiendas.


Interior de una tienda, Valencia, 1905
Luego, el 19 de abril de 1866, Gaspar Blasco y Ramona Ibáñez, venciendo la resistencia de la familia de la joven, a quien no agrada demasiado cierta desigualdad en la afianza, []contrajeron matrimonio en la Iglesia de los Santos Juanes y pasaron a ocupar el altillo o pequeña entreplanta de la tienda de coloniales que Gaspar había adquirido poco antes de su enlace en la calle de la Jabonería Nueva, esquina a la de los Ángeles.2

Casa natalicia de Vicente Blasco Ibáñez

La nueva tienda o comercio que pasó a ocupar la familia Blasco Ibáñez era un local pequeño con dos puertas. La trastienda tenía un sobrado que la familia acomodó para transformarlo en vivienda. En este sobrado nació Vicente Blasco Ibáñez3, en la calle Jabonería Nueva número 8.

 Drogas Abascal , en la plaza del Mercado,
Valencia,
1909


















Luego, la calle fue llamada Flor de Mayo y hoy, es la calle Editor Manuel Aguilar. En 1940, la casa natalicia del escritor valenciano fue derribada y la lápida que lo conmemoraba, se destrozó.

A finales del siglo XIX, la Jabonería Nueva era una estrecha calle , aledaña al llamado Mercado Nuevo, en una barriada popular, ruidosa, con pequeños comercios, tabernas, chocolaterías, droguerías, platerías, tiendas populares con una gran variedad de productos.

Tienda de la Viuda de Salvador Mustieles (1894) en la plaza de Conde Casal, entre las calle Conejos y la calle Magdalenas (ver Plano)
La Competidora, establecimiento de la calle Molino Robella (1907),
 frente a la calle de las Magdalenas (ver Plano)
Plano - Ubicación de la calle Jabonería Nueva


Pilar Blasco Ibáñez, la hermana
El joven matrimonio, tenía una situación económica medianamente acomodada, Gaspar, ansioso de mejorar todavía su situación, permanecía en la tienda hasta bien entrada la noche. Ramona se ocupa, diligente, en las labores del hogar, sin dejar por ello de echar una mirada vigilante al cajón del mostrador.
Los caracteres de los esposos pronto se delimitan claramente. Bondad, tenacidad y conocimiento comercial en Gaspar, que día a día ve aumentar la importancia de su empeño. Inteligencia viva y sana ambición en Ramona, que si bien dotada de un fondo humano compasivo y sensible, en ocasiones sabe mostrarse firme y dura.2

Después del nacimiento de Vicente en 1867, tuvieron otros dos hijos, Ramón y Francisco de Asís, que murieron antes de cumplir la edad de dos años, en 1870 y 1873 respectivamente, y una hija, Pilar, la única hermana del futuro escritor, nacida en 1875.
Años más tarde, en relación con la calle la Jabonería Nueva, Blasco comentaba:...  yo apenas conservo memoria de esta calle, en aquella época, porque mi familia se  trasladó muy pronto á la de San Gil.


El hogar de los Blasco Ibáñez siempre ha sido mencionado como un ambiente amable y acogedor, caracterizado por trabajo, sensatez y ahorro. Vivían  en estrecha comunidad con los vecinos, quienes, atraídos por la simpatía de Gaspar y la energía y disposición de Ramona, comienzan a frecuentar la trastienda, en donde a poco se formará una agradable tertulia que perdurará al correr de los años, y a la que con el tiempo se irán uniendo personas de mayor relieve y condición social.
«Al poco tiempo de fundar su establecimiento, se formó insensiblemente una tertulia junto a su mostrador, sobre el cual, como antorcha simbólica de la rutina comercial, lucía un enorme velón de cuatro mecheros fabricado con más de arroba y media de bronce...» —escribirá más tarde Blasco Ibáñez, rememorando recuerdos en Arroz y Tartana.
Sobre su novela, publicada en 1894, el escritor decía: 
«un día me decidí á construir con todos los recuerdos de mi infancia la novela Arroz y tartana que no es otra cosa que una pintura de la Valencia que yo había visto de niño.»
En esta novela, Blasco Ibáñez recoge la vida y costumbres de la ciudad de Valencia de finales del siglo XIX, ubicando a sus personajes en las calles aledañas al Mercado Central, en las inmediaciones de su casa y la tienda de sus padres.
(en un próximo post)

Valencia, 1888
El Mercado de Valencia, 1900,  Foto: J. Levy

La Lonja y el Mercado de Valencia en 1885,( J. Levy)

Fuentes
El último conquistador: BLASCO IBÁÑEZ (1967-1928), Javier Varela, 2015
La mejor novela de V. Blasco Ibáñez, Pilar Tortosa, 1977
Vicente Blasco Ibáñez, J. L. Roca, 1997
  Genio y figura de Blasco Ibáñez, Emilio Gascó Contell, 1957
  Mis contemporáneos, I. - Vicente Blasco Ibañez, Eduardo Zamacois, 1910


jueves, 28 de enero de 2016

Aniversario en Mentón - 1932


Desde Marsella, cuando amanece el día sobre la tierra de Provenza, el cielo tiene una suave tristeza de aurora lluviosa, gris. La Costa Azul había perdido la alegría del sol. Los yates blancos anclados en los puertecitos de la Riviera, envueltos en la niebla de la mañana, tenían un aspecto fantasmal. Había temporal en toda España y en parte de Francia. Nevaba en muchos sitios y llovía en el Mediterráneo. El mes de enero de 1928 estaba a punto de terminar.
Mentón está hundido en un profundo silencio, en un gran recogimiento.

Blasco Ibáñez había muerto.
Fue el 28 de enero, a las tres y media de la mañana, cuando se apagaba la vida del escritor valenciano en su casa de Mentón, población francesa de los Alpes Marítimos, a la orilla del Mediterráneo.

El post de hoy, recordando aquella fecha, reproduce un articulo publicado el 10 de febrero 1932, por la revista Mundo gráfico:

EN MENTÓN, LA VILLA LUMINOSA
Cuarto aniversario de la muerte de Blasco Ibáñez

La comitiva subiendo al cementerio de Mentón, enero 1932

El cementerio de Mentón tiene una sala en donde entra el luminoso sol de la Costa Azul.
En ella está el féretro que guarda los restos del gran novelista español Vicente Blasco Ibáñez. Allí espera ese día en que ha de volver a España.
Mientras tanto, los fervientes admiradores del artista van a la linda población francesa para rendir todos los años, en el aniversario de su muerte, un delicado y sentido homenaje a su memoria.
Y he aquí que esta vez, al cumplirse el cuarto año, la Corporación municipal valenciana acordó que una representación de ella fuera a Mentón para depositar sobre el féretro una corona de laurel. La Diputación Provincial hizo lo mismo. Y luego, las Cortes Constituyentes determinaron que seis diputados las representaran en ese acto.

Ante el túmulo de Blasco Ibáñez. Las comisiones le cubren de flores
Era de esperar que este año se le diera al aniversario toda la fuerza expresiva del sentimiento liberal de un pueblo por cuya libertad tanto hizo aquel luchador. Fué Blasco Ibáñez un hombre representativo de nuestra raza. Su ardor meridional hizo de su vida una interesante novela que no llegó a escribir.
Salió de España sin olvidarla nunca, y eligió para vivir la Costa Azul, porque tiene el mismo sol y el mismo mar de su Valencia y de aquella su Malvarrosa, donde se formó. Y entre las joyas de la «Riviera», señaló a Mentón, tan mediterránea, tan pintoresca, tan luminosa, tan adecuada al temperamento del novelista.
 Allí, en su jardín de «Fontana Rosa», lleno de olivos y de naranjos y de azulejos valencianos, escribió sus últimas novelas.
Y allí, un día enfermó, y allí murió, recordando a Cervantes y a Víctor Hugo, cuyos bustos en bronce se elevan en el jardín aquel que mira siempre al mar. A este Mediterráneo suave, guardado en sus orillas por las floridas casas de los millonarios del mundo.
Allí quedó el cuerpo inanimado, y allí espera que un día, luminoso también, como este del cuarto aniversario de su muerte, lleguen sus compatriotas y se lo lleven con la solemnidad fervorosa de la admiración.
En Mentón ha sido día grande este del cuarto aniversario. Toda la villa se ha asociado al acto, con sus huéspedes rubios de otros países brumosos que buscan las caricias de un sol que no ven en su país.
Se organizó la comitiva, que subía por las floridas sendas al cementerio, que es también un jardín. Grave lugar que sonríe a la muerte y nos hace pensar en ella sin horror.
Y en la salita por cuyas ventanas entran el sol y la brisa perfumada de los Alpes marítimos, la comitiva dejó sobre el féretro las flores de los jardines valencianos.
El señor Loraine, presidente del Comité Blasco Ibáñez en Mentón, habla, en francés, de las excelsitudes del escritor admirado del mundo, y al que la villa estimaba como hijo adoptivo y predilecto.
El alcalde de Valencia, Vicente Alfaro, pone en su discurso el brío de su juventud; cálida palabra levantina que expresa el sentimiento de un pueblo formado en la doctrina blasquista.
Y el señor Tenreiro, diputado de las Constituyentes españolas, hace sentir la emoción de cómo la España republicana viene ya oficialmente representada a la republicana Francia para enaltecer y perpetuar la memoria de un hombre que tanto lo deseó.
Dentro del sentir homogéneo de todos, y ante la luz potente de un sol muy nuestro y el colorido de nuestras costas, vibró en el acto esa cordialidad que hermana a los pueblos.
Y no sabíamos determinar los que asistimos si España estaba en Francia o Francia en España.
La memoria de Blasco Ibáñez nos suma a todos en un sentimiento de paz y amor universales
ENRIQUE BOHORQUES
Sigfrido Blasco, acompañado por varios periodistas valencianos,
 M. Fontana, ex alcalde de Mentón, y M. Loraíne, presidente del Comité Blasco Ibáñez en dicha población     
 (Fots. Ruggeri)


Fuentes:
Mundo gráfico, 10 de febrero 1932,
El Heraldo de Madrid, 30 de enero, 1928
En último conquistador: BLASCO IBÁÑEZ (1867-1928), Javier Varela, 2015

miércoles, 20 de enero de 2016

Comenzando el año 1916


Si entre los eventos de este año se incluyese la conmemoración del primer centenario de la publicación de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, la novela que trajo a Blasco Ibáñez el gran éxito de cual no gozaba ningún otro español de su época, o si se celebrase el centenario del estreno de Sangre y arena, su primer  proyecto cinematográfico que le abrió las puertas de la fama, primero en París y luego en Hollywood, entonces se debería recordar también el comienzo de aquel año 1916.

En los primeros días de enero, Blasco, con casi 49 años de edad, vivía en París, en un modesto piso recién alquilado de la Rue Rennequin número 4, en las cercanías del Arco de Triunfo. 

La Gran Guerra continuaba y las tropas estaban muy cerca de la ciudad. En aquel invierno, el frío y la carestía se apoderaban de París, pero parece que sus habitantes se habían acostumbrado a la desgracia.

La guerra era otro objeto de conversación durante las tardes... Una calma resignada y serena había sucedido a la excitación del primer momento, cuando las gentes esperaban intervenciones extraordinarias y maravillosas. Los que no estaban en la guerra habían vuelto poco a poco a sus trabajos habituales. La existencia recobraba su ritmo ordinario. «Hay que vivir», decían las gentes. Y la necesidad de continuar la vida llenaba el pensamiento con sus exigencias inmediatas. Los que tenían individuos armados en el ejército se acordaban de ellos, pero sus ocupaciones amortiguaban la violencia del recuerdo, acabando por aceptar la ausencia como algo que de extraordinario pasaba a ser normal. Ahora se abrían lentamente los teatros, circulaba el dinero, reían las gentes, hablaban de la gran calamidad, pero sólo a determinadas horas, como algo que iba a ser largo, muy largo, y exigía con su fatalismo inevitable una gran resignación. 
(Los cuatro jinetes del Apocalipsis)

Blasco pasaba por una complicada situación económica que a pesar de todos sus intentos y sacrificios, no mejoraba. Decepcionado con la política española después de su última visita en verano, decide quedarse en París y dedicar gran parte de su actividad a la Casa editorial Prometeo. Blasco, como muchos otros artistas, escritores y  periodistas de su época, se había propuesto ver la guerra de cerca y sabía que el conflicto bélico podía ser aprovechado para encontrar nuevas oportunidades.
Historia de la guerra europea de 1914  de V. Blasco Ibañez

Al comenzar el año 1916, el escritor continuaba con la Historia de la guerra europea  iniciada a finales del 1914. La obra, redactada inicialmente solo por Blasco Ibáñez, editada en fascículos ilustrados en la Editorial Prometeo, se entregaba los sábados. Luego, recopilada en grandes tomos, era publicaba por la misma Casa. 
Así, a finales de 1915, se editaba el segundo tomo encuadernado. Su autor trabajaba intensamente sin cobrar nada y gastando en el material gráfico para la obra (fotografías,  ilustraciones, revistas, periódicos y libros) con la esperanza de lograr un gran éxito y obtener considerables beneficios económicos; pero no fue así.
En enero de 1916, entiende que la demanda había bajado y decide ajustar la tirada. 

Histoire Illustrée de la guerre,
de Gabriel Hanotaux







Habían aparecido  otros proyectos similares como La Histoire Illustrée de la guerre de Gabriel Hanotaux,  cuyo primer volumen de seis se publicó en 1915, traducido y editado por la Sociedad General Española de Librería. 

Más tarde, después del tercer volumen, Blasco Ibáñez renunciaría a este gran sueño, dejando la redacción de los siguientes seis volúmenes de su Historia a cargo de Emilio Gascó Contell, un joven escritor valenciano y a su principal colaborador.





En 1915, la Editorial Prometeo había iniciado la publicación de la revista semanal 30 años de espionaje y también publica los primeros volúmenes de El libro de las mil noches y una noche - Versión española de Vicente Blasco Ibáñez; la obra fue continuada el año siguiente, y cada volumen tenia su original cubierta ilustrada por Francisco Povo, bajo las indicaciones de Blasco.




La sede de la Editorial Prometeo, Germanías 33 - Valencia
Como editor y director literario de Prometeo, Blasco se consideraba el principal responsable de la reputación y la imagen de su editorial valenciana.
Además, continuando con la idea de poner al alcance de las clases populares la mejor literatura del mundo, siempre buscaba la forma de publicar mucho, barato y de calidad.
Desde París, el escritor intentaba coordinar el buen funcionamiento de la empresa manteniendo un permanente contacto con sus socios, Francisco Sempere y Fernando Llorca- su yerno, a través de las cartas. En ellas, además de comentarios relacionados con los negocios, Blasco Ibáñez expresaba libremente sus emociones y preocupaciones, sus proyectos e ilusiones, pero parece que no siempre encontraba comprensión ni lograba obtener el apoyo necesario por parte de sus socios.
Aunque la Editorial había empezado a funcionar desde junio del 1914 y a pesar de las insistencias de Blasco,  a principios de 1916 no existía ningún documento, ni público ni privado, que acreditase la existencia de la sociedad, lo que generaba cierta tensión y algunos conflictos relacionados con la administración.

El comienzo del 1916 encuentra a Blasco Ibáñez solo, cansado, con problemas de salud y anímicamente alterado por su precaria situación financiera, difícil de solucionar en un país en plena guerra.  Lo que a primera vista parecían grandes negocios, se esfumaban rápidamente o no daban el resultado esperado. Con sus ingresos debía mantenerse él mismo y a su familia de Valencia. Las deudas adquiridas anteriormente, le generaban angustia y preocupación. En enero de 1914, su esposa María y Sempere, habían contratado un préstamo hipotecario sobre la casa de la Malvarrosa. Luego, en verano, la Editorial Prometeo, al iniciar su actividad, había recibido un préstamo considerable por parte de Elena Ortúzar, la mujer que una década más tarde, será la segunda esposa del escritor. Blasco tenía la confianza de que si sus socios de la Editorial no pagasen este último préstamo, el asunto podría solucionarse con dinero de los negocios editoriales de Argentina, pero estos tampoco cumplieron.
En las cartas que enviaba a sus socios en octubre del 1915, comentaba constantemente su angustiosa situación, solicitando dinero para vivir, pero sin resultado:

Nota manuscrita de V. Blasco Ibáñez
Lo que me aterra es verme sin un céntimo porque tendré que volverme a Valencia y ahí me moriré antes de un par de años. Estoy seguro.
¡Si la casa me pudiera enviar algo al mes para vivir aquí! ¡Pido tan poco!
Estoy muy cansado de luchar. No puedo seguir así.
Uds. viven seguramente mejor que yo, pues yo hasta economizo en la comida, y algunas noches al acostarme siento hambre ¡Y siempre trabajando! 

Su mala situación económica le impulsaba a buscar soluciones, y con el ingenio que siempre lo caracterizo, piensa intentar nuevos proyectos. A pocos días, comunicaba a sus socios que preferia renunciar a escribir más para los periódicos y dedicar la semana entera a la Casa editorial; continuaría con la Historia y además les propone dos nuevos proyectos:

- escribir una gran novela popular, una especie de novela histórica, interminable, todo lo larga que se quiera, sobre la guerra actual en un folletín semanal que gustaría mucho a la muchedumbre y en el que amparado en el anónimo soltaría toda mi fantasía.
- Hacer novelas serias, novelas artísticas firmadas por mí, como Los cuatro jinetes del Apocalipsis y otras.

Los cuatro jinetes del Apocalipsis, publicada en 1916
Luego, en las siguientes cartas, escribía:
Tengo la fiebre del que cree haber descubierto una gran cosa.
Podré escribir las tres novelas que tengo pensadas y preparadas sobre la guerra, novelas serias y artísticas: 
Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Venus María y Mare Nostrum
Estoy con más ganas de trabajar y con más fuerza que nunca. 
La guerra va a ser, según parece, más larga de lo que yo mismo me imaginaba. Además después de que termine la guerra, ésta será objeto de conversación durante muchos años, y no pasará la oportunidad de publicar novelas sobre ella.
A finales de noviembre, Blasco Ibáñez les comunicaba:
Voy a ponerme a escribir una novela, Los cuatro jinetes del Apocalipsis para sacar algo con qué vivir.
Así,  presionando por una angustiosa situación de precariedad, y estimulado por su impulso creativo, Blasco se impone un intenso ritmo de trabajo, y entre finales de noviembre del 1915 y febrero del 1916, escribe Los cuatro jinetes del Apocalipsis, la novela que luego se convertiría en el éxito nunca sospechado por su autor que le abriría el camino hacia la gloria y a la fama internacional. 

La actuación del escritor en aquellos dificiles momentos de su vida parece obedecer a las leyes enunciadas por Maltrana en Los Argonautas, las que impulsan a los personajes de novela:
El arte literario sólo había dispuesto, según Maltrana, de cuatro resortes para mover sus criaturas: el amor, el odio, el hambre y el miedo”.
Apenas iniciado el año 1916, el 3 de enero, Blasco volvía a escribirles a sus socios de Prometeo una carta llena de indignación y angustia, reclamando nuevamente los ingresos que le correspondían por sus novelas:
Las novelas…son hoy mi único medio de vida.¿Escribir?....Conforme. Es mi destino. Pero quiero cobrar mis libros como el último pelado. Ya hace años que no veo nada. Jamás he visto una cuenta de mis novelas.
Les advierto que si yo me he puesto a escribir otra vez novelas es porque necesito dinero, porque estoy muerto de hambre.Y estoy algo viejo y me va pesando el trabajar más que antes.Como me importa tres puñetas la gloria, de aquí que, si las novelas no me han de dar dinero, no escribiré más.Aún estoy en la mitad de Los 4 jinetes. Crean que me daría gusto parar. Viviré como pueda, pero me pasearé y tendré mejor salud.
Parece que ni esta carta ni las que siguieron luego, encontraron una rápida solución a los desacuerdos administrativos que generaban la tensión entre el escritor y sus socios. Aún así, en condiciones precarias, bastante fatigado y con problemas de salud por su diabetes, Blasco continuaba trabajando intensamente en su novela. 
Más tarde, en el prólogo a la reedición de Los cuatro jinetes del Apocalipsis del año 1923, recordaba aquellos meses en París:

Esta novela la escribí en París cuando los alemanes estaban a unas docenas de kilómetros de la capital, y bastaba tomar un automóvil de alquiler en la plaza de la Ópera para hallarse en menos de una hora a pocos metros de sus trincheras, oyendo sus conversaciones a través del suelo siempre que cesaba el traquetear de fusiles y ametralladoras, restableciéndose el silencio sobre los desolados campos de muerte. 
La falta de medios de comunicación dentro de París y la escasez de dinero que trajo para muchos la guerra, me obligaron a abandonar la elegante casita con jardín que ocupaba en las inmediaciones del Bosque de Bolonia, instalándome en un barrio vulgarísimo del centro, en una casa de numerosos habitantes, cuyas paredes y tabiques dejaban pasar los sonidos como si fuesen de cartón. 
La guerra parecía atraernos y aglomerarnos a los habitantes de la ciudad. Nuestra vida tenía algo de campamento. Los niños jugaban en la calle lo mismo que en un villorrio: toda clase de ruidos e incomodidades eran tolerados. ¡Quién iba a quejarse, como en los tiempos normales, cuando la única preocupación era saber si el enemigo había avanzado o retrocedido, y al cerrar la noche todos mirábamos inquietos la negrura del cielo cortada por las mangas luminosas de los reflectores, preguntándonos si dormiríamos en paz o si las escuadrillas  aéreas, con sus proyectiles, vendrían a interrumpir nuestro sueño!... 


París, 1916, La Avenida de la Ópera.
29 de enero 1916 - Un Zeppelin alemán había bombardeado París
Niños jugando a la guerra en Montmartre, Paris, 1916

En los diversos pisos de mi casa existían cuatro pianos, y todos ellos sonaban desde las primeras horas de la mañana hasta después de medianoche. Las vecinas distraían su aburrimiento o su inquietud con un pianoteo torpe y monótono, pensando en el marido, en el padre o en el novio que estaban en el frente. Además, había que preocuparse del carbón, que era puro barro y no calentaba; del pan de guerra, nocivo para el estómago; de la mala calidad de los víveres, de todas las penalidades de una vida triste, mezquina y sin gloria a espaldas de un ejército que se bate.
Distribución de carbón en un distrito de París (1916)
La carestía y el racionamiento en París, 1916
Nunca trabajé en peores condiciones. Tuve las manos y el rostro grietados por el frío; usé zapatos y calcetines de combatiente, para sufrir menos los rigores del invierno. 
Así escribí Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Reconozco que hoy no podría terminar una novela en aquella menguada habitación, con tres pianos sobre la cabeza, otro piano bajo los pies, y una ventana al lado dando sobre una calle maloliente, por la carencia de limpieza pública, donde jugaban a gritos docenas de chiquillos faltos de padres, pues éstos sólo de tarde en tarde podían alcanzar un permiso para volver del frente. Además, transitaban por ella sin descanso cantores populares y toda clase de estrépitos, excepcionalmente tolerados. 
Pero el ambiente heroico de la guerra influía en nosotros, y durante cuatro años vivimos todos en París de un modo que nos asombra ahora al recordarlo. 
La novela imaginada y escrita en un piso de la rue Rennequin ha dado después la vuelta a la Tierra, siendo traducida a los idiomas de todos los pueblos civilizados y obteniendo en algunos de éstos -los más importantes y poderosos- un éxito que nunca llegué a sospechar
Los cuatro jinetes del Apocalipsis 
Alberto Durero, 1498


El 24 de enero, Blasco enviaba para la Editorial Prometeo el final de la primera parte de Los cuatro jinetes del Apocalipsis y cuatro días más tarde, los dos primeros capítulos de la segunda.
Al mismo tiempo daba instrucciones a sus socios sobre la forma de editar el libro, el tipo y la cantidad de papel,  el tiraje de la publicación; recomendaba para esta primera edición doce mil ejemplares.
Además, elige un grabado de Alberto Durero que representa los cuatro jinetes, y en enero, envía la fotografía para que le sirva de guía a Llorca en la confección de la cubierta ; como ilustrador prefiere al valenciano Francisco Povo. 

Durante este primer mes del año, Blasco Ibáñez planea y coordina la publicación del futuro libro. Según le escribe a Sempere, la novela estaría terminada a finales de febrero para que el libro pueda salir el 1 de abril. Además, comunica a sus socios que en marzo, la novela empezaría a publicarse en el folletín de El Heraldo de Madrid, y les indica que el volumen deberá estar preparado para ser lanzado cuando esté a mitad de aparición en el periódico.

V. Blasco Ibáñez
Heraldo de Madrid, 23 de enero 1916 

El 23 de enero de 1916, el periódico Heraldo de Madrid, en un artículo acompañado por el retrato del escritor, anunciaba la próxima publicación en su folletín de la nueva novela:

El Heraldo de Madrid, ha acudido al insigne Blasco Ibáñez, que vive en París y asiste a la guerra entre soldados ingleses y franceses, saturando su sensibilidad y su espíritu de las terribles realidades de la tragedia europea, para rogarle que nos conceda el honor de que anticipemos en nuestro folletín el libro que prepara el novelista ilustre sobre la catástrofe de que está siendo testigo presencial.
Blasco Ibáñez ha deferido al ruego del Heraldo, y sus lectores serán los primeros que conozcan la última producción del escritor insigne, que empezaremos a publicar en el marzo próximo.
La nueva obra de Blasco Ibáñez se titulará “Los cuatro jinetes del Apocalipsis.
La acción se desarrolla en París y en el frente y tiene por fondo la guerra. 
El simbolismo del título es transparente. En el Apocalipsis, antes de que aparezca la Bestia, se van rompiendo los sellos del libro del Misterio, y de cada uno de los cuatro primeros salta un jinete. Uno monta un caballo blanco: es la Peste. Otro, un caballo rojo: es la Guerra. Otro, un caballo negro: es el Hambre. Otro, un caballo pálido: es la Muerte. Y los cuatro jinetes señores el mundo, emprenden una carrera loca, atropellando a la pobre Humanidad.

Luego, el 15 de marzo de 1916, se publicaba la primera entrega.


Sangre y arena, 1911, 
Zarzuela de G. Jover y E.G.del Castillo
Cuando comenzaba el 1916, Blasco no incluía entre sus planes inmediatos ningún proyecto concreto relacionado con en el mundo del cine, pero por circunstancias inesperadas, en aquel año logró llevar a la pantalla su novela Sangre y arena.
Probablemente la idea de implicarse en esta nueva aventura venia de algunos meses antes; en diciembre de 1915, pedía a sus socios que se le envíe de Valencia un ejemplar del libro y la zarzuela hecha por Castillo.

Sangre y arena, 1916, 
Cubierta del folleto de mano para la película



Cabe suponer que el interés de Blasco Ibáñez por el séptimo arte se debía a su entusiasmo instintivo hacia los adelantos modernos y su gran curiosidad por las ideas avanzadas. Además, la personalidad soñadora del escritor y su inmensa imaginación le inducen a considerar que la cinematografía le abrirá un amplio e inédito campo, donde pueda realizar sus ilusiones, y no se equivocaba.

También se debe tener en cuenta su difícil situación económica que probablemente le impulsó a explorar la nueva industria del cine buscando oportunidades de ingresos rápidos y seguros.

Tal fue la fascinación del escritor por la nueva industria, que en el verano del 1916 decidió fundar su propia productora, Prometeo Films y junto al cineasta Max André, da el paso de convertirse en productor, guionista y director. Con pocos recursos económicos, lograron rodar en España la adaptación cinematográfica de la novela Sangre y arena, que Blasco había publicado en 1908. 
La presentación oficial del nuevo film se hizo en París, el 11 de noviembre de 1916.

(más detalles, en un próximo post)