jueves, 23 de junio de 2016

LA VUELTA AL MUNDO: La ciudad que venció á la noche - segunda parte



Por VICENTE BLASCO IBAÑEZ
"La vuelta al mundo de un novelista" - Vol. I, 1924/1925

I. LA CIUDAD QUE VENCIÓ Á LA NOCHE
(Segunda parte)

Cuando vi Nueva York por primera vez me imaginé caído en otro mundo, en un planeta de gentes que habían logrado vencer las leyes de la gravitación y jugueteaban con ellas. Contemplando los grupos de «rascacielos», edificios tan altos que muchas veces hunden su cumbre en los vapores de la atmósfera, los creí por un momento obras de gigantes, algo extraordinario y quimérico, más allá de las limitadas fuerzas de nuestra especie. Luego, al considerar que eran creación de pobres hombres como nosotros, con iguales debilidades e ilusiones, sentí orgullo de pertenecer al género humano, que, no obstante su debilidad física, puede realizar, gracias a su inteligencia, tales maravillas.

Nueva York en los años 20
Para mí, Nueva York es una de las ciudades más hermosas de la tierra; hermosa a su modo, con una belleza colosal, soberbia, audazmente despreciadora de muchos cánones estéticos venerados en el viejo mundo con la inmutabilidad de los dogmas religiosos.
No digo que este arte, especialmente americano, deba servir de modelo al resto de la tierra, ni deseo que todas las ciudades sean como Nueva York. La vida es la variedad. Igualmente resulta desesperante encontrar en todas las latitudes falsas catedrales góticas o imitaciones del Partenón. Pero me enorgullece como hombre la existencia de un Nueva York con sus audaces edificios, atropelladores de los obstáculos que esclavizaron durante siglos al constructor; con sus torres gigantescas que después de hincar las raíces en profundidades no alcanzadas por los árboles archicentenarios se lanzan en busca del cielo.

Nueva York en los años 20
Hay en el viejo mundo construcciones tan altas como las de Nueva York, pero aisladas y excepcionales. Lo que en Europa representa una altura extraordinaria, que atrae la peregrinación de los admiradores, es aquí el nivel corriente de los edificios principales de un barrio. La Torre Eiffel todavía resulta actualmente más alta que los «rascacielos» norteamericanos. Pero esta torre es un andamiaje metálico, algo que parece provisional, sin la majestad imponente y sólida de los edificios neoyorquinos.

Fotografía aérea de la Exposición Universal de París de 1889, 
por la cual  fue construida la torre Eiffel de 330 metros de altura,  por Gustave  Eiffel
La gran metrópoli del mundo moderno ha creado un arte, leal reflejo de su concepción de la vida. Es algo grandioso, atrevido, rectilíneo, que hace pensar en el empuje sobrehumano de los inventores, los cuales solamente realizan sus descubrimientos atropellando los respetos, disciplinas y convenciones que encadenan a sus contemporáneos.
Los artistas que abominan del ferrocarril por su fealdad, pero llorarían de pena si los obligasen a viajar a pie, como en otros tiempos; los que ensalzan las sobriedades poéticas de la vida primitiva en habitaciones con prosaica luz eléctrica, calefacción central y vulgares aparatos higiénicos, cuando quieren sintetizar lo horrible de la vida moderna, nombran a Nueva York, que los más de ellos sólo conocen por referencias. Y el rebaño panurguesco de los esnobs, para simular delicadezas estéticas, maldice igualmente un arte vigoroso y franco, reflejo característico del pueblo que más estupendos milagros lleva realizados en la época presente por su deseo de mejorar nuestra existencia material.

Times Square, Nueva York, años 20

Esta ciudad que parece construida para otra raza más grande que la humana hace pensar en Babilonia, en Tebas, en todas las aglomeraciones enormes de la historia antigua, tales como nos imaginamos que debieron ser y como indudablemente no fueron nunca.
Hay calles en Nueva York que apreciarían en Europa como de aceptable anchura y parecen aquí modestos callejones, profundas grietas, a cuyo fondo no podrá llegar nunca el sol. Tan enorme es la altura de sus edificaciones laterales, que obliga a elevar los ojos, echando atrás la cabeza con una violencia precursora del vértigo.

La imaginación se resiste en el primer instante a concebir tales construcciones como obra de los humanos. Más bien las cree algo anterior a la presencia de nuestra especie sobre el planeta. Recuerda también a ciertas montañas que horadaron y ahuecaron los trogloditas en los siglos más oscuros de la Historia, convirtiéndolas en templos subterráneos o en ciudades-cuevas.


Cuando llega la noche no hay aglomeración humana, no la ha habido nunca, que ofrezca el aspecto mágico de esta urbe, en cuyo seno fue sujetado y Domado el cuerpo impalpable de la electricidad, encadenándolo para siempre a las necesidades del hombre.
Nueva York de noche, años ´20 -´30

Madison Square de noche, Nueva York, 1920


Los grandes edificios, con sus millares de ventanas iluminadas, son inmensos tableros de ajedrez, rojos y negros, que se estiran hacia las nubes. Las quimeras soñadas por los cuentistas orientales se realizan en esta metrópoli que muchos creen inaccesible a toda sensación de belleza.

Sobre los tejados, el anuncio industrial crea un mundo fantástico que parece lanzar un reto a las exigencias de la realidad y a la tranquila sucesión de las horas. Las hadas nocturnas de Nueva York, volando en alturas sólo frecuentadas en otras partes por las águilas, van colgando del negro terciopelo del espacio figuras y adornos de fuego, pavos reales de plumaje multicolor, tropas de duendes que gesticulan mirando a las estrellas o les guiñan un ojo maliciosamente, mujeres de luz que, sentadas en un columpio, se balancean con la cabellera suelta por encima de los astros; toda una fauna y una flora de Las mil y una noches, nacida regularmente con los primeros latidos de la luz sideral y que se borra con la aurora, haciendo levantar sus cabezas a la muchedumbre circulante por las profundas grietas de las avenidas, orladas de puntos de luz.
Times Square de noche, Nueva York, 1925
Fotografía aérea de Londres en los años 20

Hasta hace poco, Londres era la ciudad más grande del mundo. Ahora la ha sobrepasado Nueva York. El eje de la historia humana, que durante siglos fue trasladándose de una a otra nación, siempre dentro de Europa, ha cruzado el mar, y está actualmente en la ribera occidental atlántica.
Asombra el movimiento de este centro humano, su riqueza, su actividad. La Aduana de Nueva York percibe mayores tributos que muchos gobiernos europeos de importancia. El director de su puerto, "imple funcionario municipal, tiene una actuación más amplia y poderosa que la de muchos ministros de Marina.

Subterráneo en el Río Hudson












Hablando con un individuo del Municipio de Nueva York, noté la sonrisa de conmiseración con que comentaba los trabajos enormes realizados por el gobierno americano en el canal de Panamá. El Ayuntamiento de Nueva York acomete empresas más difíciles y más costosas que el famoso canal, sin darse importancia, sin ruido de publicidad, como si emprendiese una vulgar operación de policía urbana.

El lecho del Hudson, en cuyas profundas aguas anclan los buques más grandes del mundo, lo ha perforado repetidas veces para líneas férreas y tubos de «metropolitano» que ponen en comunicación a Nueva York, por debajo de este obstáculo que parecía invencible, con la orilla fronteriza, perteneciente al inmediato estado de Nueva Jersey.

Como Nueva York ocupa una isla, tiene al otro lado un brazo de mar que la separa de Brooklyn, simple barrio, más grande que muchas capitales célebres de Europa. Para unir ambas orillas se construyó hace años el famoso puente de Brooklyn, maravilla de la industria humana, que hizo hablar al mundo entero en el momento de su inauguración.

Nueva York - La construcción del Puente de Brooklyn entre 1870 y 1883


La primera vez que estuve en Nueva York me apresuré a visitar el puente del que tanto oí hablar en mi niñez. Noté que todos lo mencionaban con indiferencia, como algo que ha sido célebre y ve luego arrebatada su fama por otras novedades.
Al pasar por él me expliqué tal frialdad. El puente de Brooklyn ya no es una maravilla única. Casi resulta una vejez en este país donde todo cambia en el curso de diez años. Vi desde su larguísima y múltiple plataforma otros puentes más audaces y más hermosos, tendiéndose como brazos férreos de una orilla a otra y dejando entrever por los filamentos de sus redes colgantes un deslizamiento continuo de trenes, tranvías, automóviles y filas de peatones, iguales por la distancia a una leve hilera de puntos.
Los puentes de Brooklyn y Manhattan  de Nueva York, 1916 - Foto: Irving Underhill.
Los llamados «rascacielos» ofrecen desde su meseta superior un espectáculo inolvidable. Los dos cursos acuáticos que se deslizan, por ambos lados de la ciudad, estrechándola como un triángulo para confundirse pasado su vértice en la bahía enorme, están arado~ sin descanso por las quillas de innúmeras embarcaciones que se entrecruzan y se alejan. Tienen la densidad pululante de los insectos primaverales que se mueven tejiendo una tela invisible sobre la superficie de las charcas olvidadas. Los dos brazos líquidos, a causa del incesante movimiento de sus buques, ofrecen el aspecto de esas grandes avenidas en las que van y vienen sin reposo centenares de automóviles.

Vista aerea de Manhattan, Nueva York, agosto, 1924


Varios puentes de más de un kilómetro de longitud se lanzan sobre el agua de azul grisáceo, como barras de tinta china pendientes de filamentos sutiles, para que resbale sobre su cara superior, de ribera a ribera, todo un mundo microscópico.

En la bahía, limitada por costas gibosas como lomos de cachalote, la isla que sirve de zócalo a la Estatua de la Libertad parece un juguete, un pisapapeles, flotando sobre las aguas.

Vista desde Nueva York, años 20


Son docenas, son a veces más de cien, los buques de diversos calados y arboladuras que llegan de todos los puntos cardinales de la tierra o abren el abanico de sus rumbos hacia horizontes misteriosos, detrás de cuyo telón de brumas se ocultan nuevas costas y nuevos puertos. Parece que no quede en el planeta otra tierra que ésta y el resto de la humanidad viva sobre buques, necesitando venir a descansar sus pies sobre el único fragmento de corteza sólida
.
RMS Lusitania llegando a Nueva York 
en su viaje inaugural, 13 de septiembre 1907


















Desde Building World, Nueva York, años  1920

Desde tal altura los ojos abarcan kilómetros y kilómetros de superficie terrestre sin encontrar un campo, algo que recuerde la vida rústica, que es la de la mayoría de los humanos. Se ven arboledas enormes, pero son de parques, de barrios-jardines, y estas islas de verdura se hallan encerradas por el oleaje de tejados que se pierde en el horizonte y del que emergen como picos submarinos las masas cuadrangulares de los «rascacielos».


Cada uno de dichos edificios es un mundo, más grande y complicado que los mayores paquebotes. Para completar su semejanza con uno de estos cosmos flotantes, todos ellos tienen una enorme máquina de vapor destinada a las necesidades comunes de calefacción, alumbrado, etcétera, añadiendo su chimenea torrentes de humo blanco a las inmediatas nubes. Aun en días serenos, cuando el cielo es límpido y la bahía toma un color azul de Mediterráneo, existe sobre la ciudad una ligera neblina dorada por el sol: el vapor que lanzan los «rascacielos» por sus tubos de trasatlántico.
Nueva York en los años  1920
Manhattan de noche, Nueva York, 1913



Cuando cierra la noche, los propietarios de estos edificios inmensos iluminan su terraza final o los templetes que les sirven de remate con focos invisibles de potente luz, azulados, verdes o rojos.

La masa del edificio sube y sube en la sombra, pues transcurridas las primeras horas de la noche quedan cerradas sus filas de ventanas. Pero allá en lo alto, cual islas quiméricas que flotasen sobre las tinieblas del sueño, ve el transeúnte los remates luminosos de las torres. Como guardan ocultos sus focos eléctricos, parecen bailados por una manga luminosa, de trayectoria invisible, que viene de un sol oculto en la noche, más allá de nuestras pobres miradas.



***
Muge por última vez el Franconia, anunciando que va a partir. La orquesta es cada vez más incoherente y estrepitosa en sus ritmos danzantes. Cantan a gritos los músicos, pareciéndoles poco los instrumentos para su ruidosa función. La muchedumbre saluda con aclamaciones los movimientos preliminares de la partida del buque.



Ya han sido retiradas las pasarelas que lo unían a los tres pisos del embarcadero de la Cunard.
Sus primeros movimientos estiran y rompen la telaraña de cintas que ha ido tejiéndose en el espacio libre. Empiezan a flotar en el agua muerta grandes bolas de papeles de colores. Se agitan brazos, pañuelos y banderas. Cada vez es más ancha la faja líquida entre la pared inmóvil del edificio y la pared metálica del vapor, que al moverse despierta al agua, haciéndola huir por sus costados.

El Franconia inicia su marcha retrocediendo. Resbala lentamente por la popa, fuera del corral acuático. Quiere salir al Hudson, donde virará, poniendo su proa hacia mares más azules, hacia cielos limpios de la neblina que esfuma en estos momentos las altas torres de Nueva York, dándoles un aspecto de recortes de papel gris sobre un fondo de otro gris más pálido.
Corre la muchedumbre hacia los balconajes terminales del embarcadero que avanzan sobre las aguas libres. Allí son los últimos saludos, los mayores alaridos de despedida, las agitaciones más epilépticas de brazos, sombreros y lienzos de colores.

Despedida del  Normandie en los años 30


Saludan la popa del navío que se desliza junto a ellos; después la estructura central de este pueblo flotante; últimamente, la proa que se aleja, se detiene poco después, como si reflexionase, y acaba por ladearse, recobrando su verdadero funcionamiento, que es el de avanzar partiendo las aguas.
«¡Adiós los que vais a dar la vuelta a la tierra!», parece gritar con su confuso vocerío la muchedumbre que llena los balconajes inmóviles. Dentro del buque todas las barandas de las cubiertas están orladas de gente. Hasta los tripulantes y la numerosa servidumbre se asoma a las barandillas para presenciar esta despedida.

La ciudad de los sueños por Karl Struss, 1925



La música continúa sonando, con una cadencia que incita a mover los pies. Las parejas, por momentos más numerosas, bailan y bailan. Una idea fúnebre me obsesiona en medio del sonoro regocijo. ¿A quién le tocará morir de todos los que vamos en este buque, amos y servidores?..

Porque es indudable que alguno de nosotros va a quedar en el camino. No se da la vuelta al planeta, desafiando tantos mares, tantos países de fiebre y la inadaptación a tan diversas temperaturas, sin que alguien caiga. La Aventura, diosa seductora y cruel, acepta la aproximación de sus devotos, pero exigiéndoles el tributo de alguna víctima.


***
La parte más interesante de Nueva York se desarrolla de pronto ante mis ojos, el vértice del triángulo, la llamada ciudad baja, donde están los Bancos, las oficinas célebres.
Edificios de numerosos pisos, que en otra parte serían admirados como gigantescas construcciones, se encogen aquí, con la humildad de una casita rústica, al pie de los palacios-montañas.
Puerto de Nueva York en el año 1923

¡Adiós, ciudad en la que todo es desmesurado, más allá de las ordinarias dimensiones humanas, virtudes y defectos, generosidades y miserias; donde todo se renueva incesantemente y el desinterés heroico sucede al egoísmo brutal, así como-l-a triunfante verdad reemplaza al testarudo error!


El insigne novelista D. Vicente Blasco Ibañez, a bordo del vapor Franconia, á su partida de Nueva York para continuar su viaje alrededor del mundo. Le acompañan en el grupo el Dr. Irving Livingston, los esposos Meadow y Mr. Kennedy, distinguidas personalidades del mundo.
Foto. Atlantic
¡Adiós, urbe de los milagros, patria de magos, creadores de los más asombrosos inventos de nuestro siglo; poetas de la acción, que despreciasteis la palabra «imposible», trabajando con la fe de los antiguos alquimistas para transmutar el ensueño quimérico en realidad luminosa!

¡Adiós, Nueva York, que venciste a la noche!

sábado, 4 de junio de 2016

Centenario de Los cuatro jinetes... Parte II



Los cuatro jinetes del Apocalipsis, novela escrita por V. Blasco Ibáñez en París y publicada por la Sociedad Editorial Prometeo de Valencia, fue puesta a la venta en España en los primeros días del mes de abril de 1916, y unos 200 ejemplares se enviaron a Argentina.
El libro, además de la presentación en rústica, probablemente fue publicado con el nuevo encuadernado que Blasco había solicitado a la Editorial, «en  tela blanca, empleando el oro en los adornos y una tinta azul para los títulos» y «a la inglesa o sea encuadernados en tela, con forro igual a la cubierta de rústica» 1  según lo había especificado el novelista.
La ilustración de la cubierta, la impactante imagen que en su momento dio la vuelta al mundo apareciendo en las paginas de la prensa que publicitaba o comentaba el libro, se puede considerar un ejemplo más del ingenio de Blasco y de su gran pasión por transmitir a través de las imagenes.



Los cuatro jinetes del Apocalipsis 
Alberto Durero, 1498
En los primeros días de enero de 1916, mientras estaba escribiendo Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Blasco decide  buscar en la Biblioteca Nacional de París el grabado de Alberto Durero que representaba a los cuatro jinetes y envía su fotografía a la editorial «para que sirva de guía a Povo y Llorca» 1.
Francisco Povo, el artista valenciano que había sido elegido para ilustrar la cubierta de la nueva novela, enviaba sus bocetos al escritor a través de la correspondencia que este mantenía con la Editorial Prometeo. A finales de febrero, cuando estaba terminando su novela, Blasco acepta los últimos bocetos de Povo pero no antes de enviar nuevas sugerencias e indicaciones. La pasión de Blasco Ibáñez por la ilustración es evidente a lo largo de su intensa actividad como director artístico y socio de las empresas editoriales.  Consideraba que un artista debe ser pluripersonal«un escritor, aunque no sea dibujante puede aconsejar algo en materia de ilustraciones de libros»2.
Los cuatro jinetes del Apocalipsis, el nuevo libro de la guerrafue traducido al italiano, francés y holandés, y la publicación de las respectivas versiones fue bien recibida por la critica y el publico lector pero sin exceder las expectativas del novelista, según lo comentaría más tarde su autor: «En todas partes declararon algunos críticos que era la mejor novela sobre la guerra. En España, como en Francia, Italia, Holanda, al publicarse las traducciones, esto se dijo. Pero como venta, poco más  menos, como otras novelas mías. Nada que se saliese de los límites ordinarios»3.
  
Los cuatro Jinetes del Apocalipsis, Cubierta de los dos tomos de la edición en italiano de 1918

Los cuatro Jinetes del Apocalipsis, la edición en italiano de 1918

Los cuatro Jinetes del Apocalipsis. Una de las ediciones en holandés de los años 20.

Probablemente con su novela sobre la guerra, obra escrita a favor de los aliados - especialmente a favor de Francia-, Blasco esperaba obtener un gran éxito en este país, pero no fue así. La editorial parisina Calmann-Lévy, con el copyright desde 1917, publicaba la versión francesa en una modesta presentación y sin mucha publicidad. Parece que todos los esfuerzos de Blasco para lograr el deseado éxito en Francia fueron poco reconocidos en el país galo de aquella época, como lo comentaría más tarde el novelista:

Los cuatro Jinetes del Apocalipsis 
La edición en francés de Calmann-Levy
«En francés se han publicado Los cuatro jinetes muy amputados por exigencias editoriales…
…En los Estados Unidos, en Italia, en todos los países de lengua española han hablado con entusiasmo de mi esfuerzo como propagandista….menos en Francia. Mi esfuerzo lo conocen en los centros oficiales; lo conoce Poincaré y todos los que gobernaron bajo su presidencia. Pero el pueblo francés apenas lo sabe, porque lo he hecho en silencio y para el exterior, sin buscar quien se encargase en París de decirlo, una vez terminada la guerra.
Durante esa guerra, he llegado yo a escribir hasta 18 horas diarias. Escribía para muchos periódicos de España y América y no me pagaban, porque mis escritos eran de propaganda y suponían que me los pagaba Francia. 
Escribía la Historia de la guerra, un cuaderno todas las semanas de 32 páginas a dos columnas. Tres cuadernos representaban un volumen como cualquiera de mis novelas. ¡Y esto ha durado cuatro años! …   Como obra histórica, no vale nada; pero como obra de propaganda, la creo única. …Y todavía tuve ánimos para escribir Los cuatro jinetes, Mare Nostrum, Los enemigos de la mujer. No creo que escritor alguno haya hecho más por Francia; a lo menos que yo sepa»4.


Los cuatro Jinetes del Apocalipsis 
La edición clandestina de 1916, en Chile.

Mientras tanto, lejos de la guerra europea, en varios países sudamericanos se comercializaban ediciones clandestinas de Los cuatro Jinetes del Apocalipsis. Unos años más tarde, al viajar a Estados Unidos, Blasco comprobaría esta realidad que comentaría luego:
«Estas ediciones clandestinas circulan por todas las naciones de América mejor que las nuestras, y llegan hasta los Estados Unidos…   
“Los cuatro jinetes” se han vendido de las ediciones clandestinas americanas unos 150.000 ejemplares, mucho más que de la edición española »5.
«La razón porque se hicieron en América tantas ediciones clandestinas de “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, fue porque con motivo de la guerra y sus dificultades en las comunicaciones pasaron muchos meses entre la primera remesa de dicha novela y los pedidos que fueron llegando muchos meses después. Solamente en Chile se hicieron tres ediciones diferentes por tres editores  distintos, y uno de ellos confesó haber vendido doce mil ejemplares»6.

El gran éxito de Los cuatro jinetes del Apocalipsis llegaría casi tres años más tarde, cuando menos se lo esperaba su autor; fue lo que Blasco llamó «mi enorme y hasta absurdo triunfo en los Estados Unidos» y confesaba que «...casi estoy avergonzado de este éxito demasiado grande y fructífero. Yo nunca llegué a soñar esto, ni aun en los momentos de mayor ilusión»7.
En 1918, antes del final de la Gran Guerra, se publicaba la versión inglesa de la novela, traducida por Charlotte Brewster y editada por E.P. Dutton en Estados UnidosCharlotte Brewster Jordan (1862 - 1945), una modesta escritora y traductora estadounidense, se había radicado definitivamente en Argentina a fines de 1915. Con el propósito de perfeccionar su español, viajó en octubre de 1916 a España donde permaneció hasta fines de julio de 1918. Fue durante este tiempo cuando contactó con Blasco y le compró los derechos para editar Los cuatro jinetes del Apocalipsis en Estados Unidos.

En una carta, el novelista comentaba:
«Una traductora, Charlotte Brewster, me compró en mil dólares el derecho a traducir Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Yo creí hacer un negocio bueno. Ya no me ocupé más del libro»8.
En aquella época, Blasco estaba pasando por una situación económica crítica pero además «veía en tal acto, ante todo, lo que significaba para la propaganda á favor de los aliados en una América vacilante y tanto tiempo retenida en la pendiente de la intervención por las intrigas alemanas. La idea de ejercer en el espíritu del pueblo americano una influencia, cualquiera que fuese, que beneficiara á Francia, regocijaba de tal modo á Blasco, que al punto dio su asentimiento y firmó un papel donde cedía á la traductora, á cambio de sus trescientos dólares, todos los derechos de autor sobre la novela para todos los países de lengua inglesa, sin poder jamás alegar el menor pretexto para percibir otra cantidad, fuera cual fuera el éxito del libro en ultramar »9. 
E.P. Dutton de Nueva York que publicaría Los cuatro jinetes del Apocalipsis, era la misma casa editorial que unos veinte años antes, había publicado el primer libro de Charlotte Brewster.
La versión inglesa de La barraca de 1917  
El 30 de junio de 1918, el periódico The sun de Nueva York anunciaba la próxima publicación de la editorial E.P. Dutton & Company: Los cuatro jinetes del Apocalipsis, una nueva novela de Blasco Ibáñez. Presentando el libro como el drama de la guerra, lo recomendaba tanto a los lectores familiarizados con las obras de Blasco publicadas anteriormente - La Catedral y Sangre y Arena - como a todos los demás, interesados en conocer la reacción española frente a la guerra.
En aquella época,  Blasco Ibáñez no era un desconocido para el público norteamericano. «Mi situación allá era la de otros novelistas extranjeros. Me habían traducido varios libros; los diarios me habían tratado bien; se habían vendido de mis novelas unos cuantos miles; las personas cultas conocían mi nombre»8.
Un mes más tarde, el 27 de julio, el New-York Tribune  también anunciaba la publicación de la traducción del powerful war romance de Blasco Ibáñez.
En julio,  E.P. Dutton & Company  de Nueva York imprimía la primera edición de The four horsemen of the apocalypse  y desde agosto, la editorial iniciaba una intensa campaña publicitaria de la nueva novela en la prensa estadounidense, principalmente en el periódico The sun.

Publicidad en The Sun  Nueva York, 25 de agosto de 1918











El 1 de septiembre The Sun dedicaba una pagina completa a la presentación de la novela donde publicaba un amplio articulo acompañado por la imagen de la ilustración de Povo y un retrato representando al novelista. Más tarde, Blasco comentaba«Los periódicos quisieron publicar mi retrato, y, como no los había, sacaron fotografías del retrato al óleo que hace trece años pintó mi fraternal amigo Sorolla, y que figura en la Sociedad Hispanoamericana de Nueva York, fundada por el multimillonario y célebre hispanófilo Mr. Huntington»3.

Artículo de The Sun Nueva York, 1 de septiembre de 1918
En España, parece que el evento pasaba desapercibido. La única publicación que comentaba el caluroso y unánime elogio de la crítica norteamericana  sobre la versión inglesa de la novela era la revista La Lectura, que en su número de septiembre resumía así los comentarios de la prensa norteamericana:
 «"Ahora, por vez primera —declara el crítico de The New York Times, septiembre, 1918—, un autorizado maestro de la novela, que pertenece a una nación que hasta la fecha ha mantenido su neutralidad, ha elegido la guerra como tema, y nos ha dado en varios respectos una novela que, en interés descriptivo, en conocimiento del carácter nacional, en el conflicto de las pasiones y motivos nacionales, merece un lugar de honor junto a las mejores novelas contemporáneas."
Otro crítico, en The World, concede también a esta novela del escritor valenciano la preeminencia entre cuantas novelas han aparecido últimamente con la guerra por tema. Celebra, en particular, el magistral estudio de los caracteres, considerando la pintura de uno de los personajes, Madariaga, como clásica.
En otra importante publicación neoyorquina, The Sun  (I° septiembre 1918), leemos la más entusiasta de cuantas críticas se han dedicado a esta novela en la Prensa norteamericana. A juicio de este crítico, Blasco Ibáñez "ha escrito una novela histórica que, por su puro genio, aventaja a cuantas han aparecido en nuestros días"; una obra "poderosa y magistral, que, por su sobriedad, coloca al autor entre los primeros novelistas". La creación de Madariaga parécele un estudio de carácter que debe servir de modelo a los jóvenes novelistas, "un maravilloso estudio de carácter", y la obra, en conjunto, una producción estupenda y una triunfal tentativa de traducir con la pluma los horrores de la guerra.»10

Publicidad en The Sun Nueva York
13 de octubre de 1918
En Estados Unidos las ventas del libro aumentaban rápidamente y los periódicos publicitaban los numerosos elogios de la crítica a la novela, anunciando constantemente la publicación de nuevas ediciones. En septiembre se habían publicado las dos siguientes ediciones y al final de año, la editora contaba ya con cincuenta ediciones lanzadas. El éxito era arrolladorMientras que en Europa la guerra finalizaba, en el país norteamericano aumentaba el interés de la prensa y del público por el fascinante relato del conflicto bélico, escrito por un autor neutral cuyo prestigio se extendía de forma sorprendente. 
Publicidad en The Sun  Nueva York,
6 de octubre de 1918


Publicidad en  New-York Tribune,
19 de octubre de 1918











En aquel octubre de 1918, Blasco Ibáñez ajeno al gran triunfo de su novela, se encontraba temporalmente en París, convaleciente de una congestión pulmonar y preparando su regreso a Monte Carlo donde vivía desde hace unos meses; continuaba con su actividad editorial y según se lo comentaba en una carta a Llorca, estaba ideando nuevos proyectos para la Casa Prometeo de Valencia que recientemente había lanzado La novela literaria, una nueva colección de publicaciones:
«Yo llevo en la cabeza muchas cosas editoriales buenas y prácticas como la novela literaria, pero las guardo para después de la guerra, cuando baje el precio del papel y todo sea más fácil. El resto de mi vida pienso dedicarlo a la cuestión editorial y ya sabe que yo invento cosas.»11

Publicidad en  El Fígaro, 22 de octubre de 1918

El año 1918, que finalizaría con el inesperado éxito de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, había comenzado para Blasco en Paris, donde poco antes terminaba Mare Nostrum, su segunda novela sobre la guerra, y seguía con la firme decisión de continuar escribiendo, así como lo había expresado anteriormente...voy a escribir dos novelas por año. Hasta mi muerte sólo pienso hacer novelas.»12
En enero, agotado y con problemas de salud, decide retirarse por una temporada a descansar  en Niza, en el sur de Francia.
«En 1918, casi al final de la guerra europea, caí repentinamente enfermo por exceso de trabajo.
Durante cuatro años trabajé doce horas diarias, sin ningún día de descanso. Hubo semanas extraordinarias en las que aún fué más larga mi jornada. Á esta tarea excesiva y abrumadora, que lentamente iba agotando mis fuerzas, había que añadir las privaciones é inquietudes de la vida anormal que llevábamos los habitantes de París…El frío de dos inviernos crudos, pasados casi sin calefacción, y el exceso de trabajo, acabaron con mi salud, y por consejo de los médicos me trasladé á la Costa Azul. No por tal cambio de ambiente dejé de trabajar. Como en París escaseaba el combustible, fuí en busca del calor del sol que nunca falta á orillas del Mediterráneo. Me instalé en Niza, por unas semanas nada más. Como necesitaba seguir trabajando, me sentí atraído por la soledad bravía del Cap-Ferrat, península que avanza en el mar su lomo cubierto de pinos. Durante unos meses viví en el Gran Hotel del Cap Ferrat como en un convento abandonadoAl fin me trasladé al Principado monegasco, que veía diariamente desde mis ventanas, avanzando su doble ciudad de Mónaco y Monte-Carlo sobre la llanura azul del mar.»13
V. Blasco Ibáñez en Niza. Marzo de 1918
En febrero se publicaba Mare Nostrum, una de las obras favoritas del autor:«Es mi novela, la obra de la madurez, de mi vida...»14  «Yo tengo algo del capitán Ulises Ferragut. Desde mis primeros años de escritor, sentí el deseo de dedicar un libro al Mediterráneo. Cuando terminé Mare Nostrum sentí la satisfacción del que acaba de cumplir un gran deber filial.»15
En marzo, en una entrevista realizada en Niza, Blasco exponia sus nuevos proyectos de novelista:
      «-Vine aquí...con dos novelas en la cabeza: Venus Dolorosa y Los enemigos de la mujer. La primera en surgir iba a ser Venus Dolorosa. La tengo completa en mi imaginación; sólo me falta escribirla. La otra vino en estado todavía informe; era un feto de novela. Pero al llegar aquí ha crecido de pronto, se ha completado de golpe, es más vigorosa que la otra, ha pasado por encima de su hermana para ganar la puerta de salida, me domina y necesito dejarle el paso libre. Esto me ocurre muchas veces. Mi próxima novela será Los enemigos de la mujer.»15
El articulo de la entrevista, publicado por la revista La Esfera, se acompañaba por una fotografía reciente del escritor en su residencia de Niza.

El ilustre escritor D. Vicente Blasco Ibáñez en su mesa de trabajo de su actual residencia en Niza. Marzo de 1918 
Esta fotografía, junto con el retrato del novelista tomado por Novella, fueron las imagenes que un año más tarde presentarían a Blasco Ibáñez al público norteamericano; ilustraban numerosos artículos publicitarios, aparecerían en los comentarios de la prensa, eran dibujadas por los mejores ilustradores y además, el original look del escritor valenciano, la blanca camisa de anchas alas, a lo marinesco, será el nuevo estilo de moda en los Estados Unidos: "la camisa Ibanez".


New-York tribune. 16 de noviembre 1919
Hacia el otoño de 1918, cuando se publicaron las primeras ediciones de The four horsemen of the apocalypse, Blasco Ibáñez estaba viviendo en Monte Carlo y probablemente fue allá donde el novelista recibió el libro a poco tiempo del lanzamiento, según lo comentaría más tarde, en una entrevista:
«Recibí dos ejemplares de la traducción, con el título The four horsemen of the Apocalypse, hermosa edición, elegantemente impresa y encuadernada, a dos dólares ejemplar»3.
El autor continuaba con sus actividades cotidianas desconociendo por completo el éxito de la versión inglesa de su novela y sin poder imaginar el apoteósico triunfo que pronto llegaría.

1918 La primera edición de The four horsemen of the Apocalypse
«Pasaron meses y un día recibí un fajo enorme de cartas de los Estados Unidos, de misses, que pedían mi retrato y me preguntaban si yo era yo...Creí que aquello sería broma, pero el correo aumentaba semanalmente. En la correspondencia llegan cartas de españoles establecidos allá, de Sociedades españolas, que son muchas en los Estados Unidos, de hispanoamericanos residentes en la América del Norte, todos muy contentos de que un compatriota hiciese hablar tanto de él en un país que se acuerda poco de España. Recibí centenares de periódicos y de anuncios a la americana, enormes, ruidosos, en los que aparecía mi nombre en grandes caracteres y con el elogio de “la novela de la guerra”, como la llaman allá por antonomasia. En octubre habían salido veinte ediciones, y desde entonces la venta es de 20 ó 30 mil ejemplares por mes.... Mi éxito es fulminante, si se quiere brutal, que, como ves, me tiene aturdido…»3.

Las primeras ediciones de The four horsemen of the Apocalypse probablemente todas tenían la sobrecubierta ilustrada con la clásica imagen ideada por Blasco y dibujada por Francisco Povo, la ilustración de la cubierta del libro original.
The four horsemen of the Apocalypse. La sobrecubierta de una edición del año 1921 
Posteriormente, el tema de la novela Los cuatro jinetes del apocalipsis inspiro a los artistas gráficos de la época para la ilustración de próximas ediciones o de anuncios publicitarios y además, la novela llegó varias veces al cine (detalles en un próximo post).

Washington Times de 29 de diciembre de 1918
Los cuatro jinetes - Ernst Ludwig Kirchner - 1917
Cubierta de Los cuatro jinetes del ApocalipsisIlustrador: Arturo Ballester
Cubierta de Los cuatro jinetes del Apocalipsis – Editorial: Constable&Co. 1923
Cubierta de The Four Horsemen of the Apocalypse. Ilustrador: Paul Quinn. 1930
Los cuatro jinetes del Apocalipsis traducida en alemán y publicada en 1922

El libro de Blasco Ibáñez, el best seller del año 1919, fue traducido en varios idiomas y publicado por las editoriales de todo el mundo. A través de las numerosas ediciones lanzadas a lo largo del último siglo, la obra del escritor valenciano fue ampliamente difundida y su autor conocido por varias generaciones de lectores.  

Fuentes:
1    «Epistolario de Vicente Blásco Ibañez  - Francisco Sempere (1901-1917)», Generalitat valenciana, 1999
2     Carta dirigida a Sagrelles. 22 de febrero de 1923
3   José Jerique: Una visita a Blasco Ibáñez, El Fígaro, 6 de marzo de 1919
4   Carta dirigida a Camilo Pitollet. París, 26 de enero de 1921
5  Carta dirigida a Llorca.  Menton, 14 abril 1922 
6    Carta dirigida a Llorca 27 mayo 1922 
7  Carta dirigida a Camilo Pitollet. París, 16 de enero de 1921
8  Carta dirigida a Gómez Carrillo. París, 7 de octubre de 1919 
9  Camilo Pitollet, «V. Blasco Ibáñez. Sus novelas y la novela de su vida», Editorial Prometeo, Valencia, 1921
10  M. Romera-Navarro: "Los cuatro caballos del Apocalipsis, por V. Blasco Ibáñez". La Lectura Septiembre de  1918  numero 213 – pag 175-176
11  Carta dirigida a F. Llorca, 23 de octubre de 1918
12  Carta  a Carlos Silva Vildósola.  Paris, 20 de noviembre de 1917
13  V. Blasco Ibáñez «Los enemigos de la mujer»- Al lector, Editorial Prometeo, Valencia, 1923
14 Carta dirigida a Carlos Silva Vildósola,  11 de febrero de 1918
15Juan R. Larrosa: “En la Costa Azul. El autor de “Mare Nostrum”, La Esfera, 13 abril 1918