miércoles, 31 de mayo de 2017

sobre la América Española


En 1920, cuando V. Blasco Ibáñez realizó su gira de conferencias por los Estados Unido, la Casa The Athenaeum Presse - Ginn & Company de Boston publicó un inédito libro titulado «Visitas Sudamericanas». La edición a cargo de Carolina Marcial Dorado —  catedrática de lenguas romances y literatura en la Universidad de Columbia —  es un libro de caracter principalmente didáctico para optimizar el aprendizaje del español, e incluye varias ilustraciones con dibujos de Leon D´Emo y fotografías de la época, cedidas por la Unión Pan-Americana.
Una vez más, Blasco, convertido en la voz de la hispanidad artística y defensor de la cultura española, demuestra su permanente interés por difundir la literatura clásica y moderna de su país y promover la universalidad de la lengua española. 
La obra es una aportación más del novelista a la literatura de viajes, generó que Blasco siempre cultivó, y además frecuentemente lo entrelazo en muchas de sus novelas, donde el viaje testimonial es reflejo de una época y forma parte del esquema narrativo.
El autor presenta una interesante recopilación de impresiones y conclusiones, según su experiencia personal, sus amplios conocimientos y como resultado de lo visto y lo vivido durante su estancia anterior y sus incursiones en el continente sudamericano.
En un fascinante recorrido resume la historia y la geografía de los países visitados, sitúa con rigor los hechos, describe sus gentes y su cultura, y con sus grandes dotes de observador, pero según su punto de vista, establece comparaciones con otros lugares. 
En el presente post se reproducen el prologo dedicado Al lector y el tercer capitulo, titulado «Trozos inéditos sobre la América Española» con las correspondientes imagenes publicadas en el libro.
Además, se adicionan imagenes complementarias para mejor la ilustración.

Blasco Ibáñez en Estados Unidos, en 1920.
En el célebre colegio de Bryn Mawr, Universidad de mujeres, cerca de Filadelfia, 
después del desfile a caballo con que le recibieron las estudiantes.

AL LECTOR

Una de las mayores satisfacciones que llevo experimentadas al visitar los Estados Unidos es el ver con qué interés la juventud norteamericana se dedica al estudio de la lengua española.
Al hacer esto, no sólo aumenta valiosamente el caudal de sus conocimientos, sino que contribuye también al aumento de la grandeza moral y comercial de su patria.
Antes de 1914, fué motivo de asombro la rapidez con que Alemania extendió su comercio y su influencia por todas las repúblicas hispanoamericanas. En menos de diez años los alemanes se apoderaron de los principales mercados de la América del Sur, batiendo en muchos de ellos a sus competidores los ingleses.

El principal motivo de este éxito fué que conocían el español, y procuraron amoldarse a las costumbres y preocupaciones tradicionales de cada país, en vez de querer imponerles las suyas y su propio idioma.
Es indudable que así como vaya aumentando en los Estados Unidos el estudio del español, se irán acrecentando su comercio y sus relaciones morales con el resto del hemisferio americano. Dejando aparte una sola excepción, el Brasil, que habla el portugués, todo el enorme continente americano, o sea la mitad de la tierra, está representado por dos idiomas únicos; el inglés al Norte y el español al Sur.
Diez y ocho naciones, diez y ocho repúblicas que suman muchos millones de habitantes y aumentan anualmente su población de un modo rápido, hablan el noble y sonoro idioma de los antiguos descubridores y conquistadores salidos de las costas de España.
La importancia comercial del español es indiscutible. Tal vez no existe idioma alguno con un porvenir tan inmenso, Pero esta importancia es causa de un grave error para muchos, que cortos de vista o con voluntaria mala intención suponen que el español sólo tiene una importancia puramente comercial, y únicamente debe ser estudiado como un buen medio para realizar negocios.
Significa una ignorancia vergonzosa el sostener este absurdo. La lengua en que Cervantes escribió «Don Quijote», Lope de Vega y Calderón su famoso teatro y tantos y tantos grandes escritores sus obras famosas, las cuales influyeron durante siglos en casi todas las literaturas de Europa, ha servido, sirve, y servirá para algo más que para redactar cartas comerciales.
Hoy mismo la literatura contemporánea española, sí no es la primera del mundo, tampoco figura entre las segundas. No podrá creerse única y superior a todas como en otros siglos, pero sigue dignamente en primer término sin perder terreno, al lado de las literaturas más brillantes y progresivas.
El presente libro está compuesto de fragmentos de mis dos novelas «Los Argonautas» y «Los cuatro jinetes del Apocalipsis», que tratan de la América de origen español, de su pasado, su presente, y su porvenir. También figuran en sus páginas muchas impresiones literarias, escritas directamente para que sirvan de complemento al volumen y que son a modo de ecos de mis viajes y mis lecturas.
He procurado que el estilo de este libro sea fácil y claro, por tratarse de una obra de enseñanza y estar sus lectores poco familiarizados todavía con el uso del español. Me he preocupado de la sencillez del lenguaje antes que de la pompa literaria.
Solo aspiro, como premio de mi trabajo, a que este libro sirva para que las dos Américas se conozcan mejor; la América de los ingleses no nacidos en Inglaterra, y la América de los españoles no nacidos en España.
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
Nueva York

Trozos inéditos sobre la América Española

LA ARGENTINA

La llegada de V. Blasco Ibáñez a Buenos Aires, el 6 de junio de 1909.
Había salido el 20 de mayo de Lisboa a bordo del vapor alemán Cap Vilano,
haciendo escalas en Canarias y Montevideo.

De todas las naciones sudamericanas la más parecida a los Estados Unidos es la República Argentina.
Tienen iguales productos como base principal de riqueza (trigo, ganadería, lanas); su desarrollo económico ofrece también mucha semejanza. Algunos escritores han comparado la Argentina a los Estados Unidos de a mediados del siglo XIX, cuando la inmigración europea no había aumentado aún gigantescamente la masa de su población, y sólo empezaban a ser explotadas ligeramente sus riquezas naturales.
En una palabra, la República Argentina es para muchos como unos Estados Unidos del Sur de América que marchan detrás de los Estados Unidos de la América del Norte, con un retraso de cincuenta años.

Buenos Aires. Una sección de la Avenida de Mayo. 
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Buenos Aires. Teatro de Colón. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Palacio del Gobierno. Foto: Unión Pan-Americana
Esto se debe principalmente a su situación geográfica, lejos de Europa en el extremo más remoto del hemisferio opuesto; ha recibido por lo tanto con gran retraso la corriente civilizadora del viejo mundo.
Aun en el presente, a pesar de los progresos de nuestra época, resulta sensible este alejamiento. El europeo, que sólo necesita seis días de viaje para trasladarse a los Estados Unidos, tiene que contar con diez y ocho días o más para ir a Buenos Aires.
A pesar de este obstáculo que opone la distancia, la inmigración afluye a la Argentina con preferencia a otras naciones de la América del Sur.

Vista de Buenos Aires desde el río.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Vista general del Hotel de emigrantes.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Como explica el gran geógrafo Eliseo Reclús, la República Argentina, que materialmente es uno de los países sudamericanos más alejados de Europa, resulta por su constitución física el más cercano a ella. «A despecho — dice — de las apariencias y hasta del testimonio del mapa, las riberas del Plata son en toda la costa sudamericana las que ejercen una influencia más poderosa sobre Europa, atrayendo sus buques y sus emigrantes.»

Una familia de inmigrantes españoles a los pocos años de residir en Argentina. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
En un «conventillo» de Buenos Aire. El abuelo inmigrante y el nieto argentino.
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Calle antigua en Buenos Aires - dibujos de Leon D´Emo
Hay otras naciones mucho más próximas al viejo mundo, a mitad del camino y a menos de la mitad; pero los europeos se dirigen naturalmente hacia la región del continente sudamericano que corresponde a su país de origen por los grados de latitud, las condiciones medias del clima, la vegetación y el género de vida.
La producción de otros países sudamericanos es más esplendorosamente rica que la de la Argentina, pero no tan útil y necesaria. El tabaco, el café, la goma y otros artículos preciosos no son necesarios para la existencia. En cambio Argentina es la segunda nación productora de trigo en todo el mundo (la primera es los Estados Unidos) y la primera productora de carne.
Y el pan y la carne son artículos que nunca pasarán de moda.

Graneros en el muelle de Buenos Aires.  Foto: Unión Pan-Americana
Buenos Aires: elevadores de trigo en Puerto Madero.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Buenos Aires: desembarcadero en el puerto.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Puerto de Colastiné. Sacos de trigo en el muelle. 
Foto: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910

Argentina, aunque menos extensa que los Estados Unidos, es también de una enorme grandeza geográfica.
España o Francia son menos extensas que algunas provincias argentinas. Dentro del territorio de esta república caben desahogadamente la mayor parte de las naciones de Europa.
Tres millones de kilómetros cuadrados suma aproximadamente la extensión de este país; y sin embargo su población apenas llega a siete millones de habitantes. De éstos hay que descontar cerca de millón y medio que constituyen el vecindario de Buenos Aires. ¿Que queda para el campo y las poblaciones de las provincias? Puede calcularse que Argentina, descontando el gran amontonamiento humano de su capital, sólo tiene en el campo un habitante y medio por kilómetro cuadrado.
Y con tan reducida población, proporciona al mundo una suma de productos (trigo y carne) superior a la de otros estados que cuentan con muchos millones de habitantes.

Una trilladora trabajando.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
Un prado argentino.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910

Su extenso territorio es utilizable casi por completo. Son muy contados los pedazos de su suelo que resultan inútiles para la labor. Todo él ofrece cómoda vivienda a una parte enorme de la humanidad.
Cuando tenga la misma población por kilómetro cuadrado que cualquier estado importante de Europa, será uno de los pueblos más grandes de la tierra.
Si llega a poseer como Francia 73 habitantes por kilómetro (lo que no es mucho, teniendo en cuenta la riqueza del suelo argentino) su población será de 219 millones. Cuando en un día no lejano alcance a tener 9 habitantes por kilómetro como Suecia y Noruega, su población constará de 27 millones. Y si con menos de siete millones de habitantes produce tanto su suelo ¡cuán grande no será su riqueza con una población de 27 millones!
El crecimiento de la República Argentina ha sido rapidísimo en los últimos años. La guerra europea de 1914 lo paralizó cuando estaba tomando unas proporciones vertiginosas.
Mientras Australia desarrollaba su población anualmente en un 18 por 1000, y los Estados Unidos en un 20 por 1000, la República Argentina iba creciendo todos los años a razón de 30 por 1000 y en algunos hasta 50 por 1000.

Preparándose para «El Pericón». Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Una tertulia en la pampa. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.

La Argentina es dueña de una gran parte de los Andes, pero los habitantes de Buenos Aires y de muchas provincias viven y mueren sin haber visto una montaña. La vida más intensa de la nación se desarrolla en las infinitas llanuras, limpias de ondulaciones.
Por esto muchos viajeros que al visitar la Argentina sólo ven las regiones del litoral y del centro, donde están las mayores ciudades, se llevan al regresar a su país la imagen de una tierra lisa, y sin alturas.
En todas partes al hablar de la República Argentina, la gente ve con su imaginación la pampa, una llanura igual y sin límites como el mar, en la que pacen miles de animales y en la que corren los gauchos a todo galope de sus caballos.

Junto al pozo, en la pampa.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Paisaje argentino.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.

Un rebaño de la Argentina Austral.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.

Error. Este país es de llanuras en su parte central, pero al norte y al oeste posee las montañas más altas de toda América, y las mayores del mundo después de los picos del Himalaya. Las cumbres del Tupungato y el Aconcagua miden más de 7000 metros de altura y están en su territorio.
La enorme muralla de los Andes forma también en la vertiente argentina una serie de lagos, de gran belleza, entre ellos el Nahuel-Huapi vecino a Chile.

El Aconcagua visto desde la Argentina.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
Panorama del lago Nahuel-Huapi, visto desde la Península de San Tadeo
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
Nahuel-Huapi - El lago argentino y sus ventisqueros.  
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
Navegando por el Nahuel-Huapi 
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910

En el tesoro geográfico de la Argentina la principal riqueza son los ríos. Las costas de tierra adentro tienen una extensión mayor que las costas marítimas; sus puertos más importantes, Buenos Aires y Rosario, no dan al mar, pues están en el río de la Plata y el río Paraná.
Otros cursos fluviales de importancia ayudan poderosamente al desarrollo del país, poniendo en comunicación directa con el mar sus ciudades del interior.
Una de las curiosidades hidrográficas es el famoso salto del Iguazú, en el alto Paraná.

Vista del Alto Paraná.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
Esta catarata es mucho mayor que la del Niágara, y de aspecto más imponente.
La gran catarata del Niágara mide cerca de 49 metros de caída en su punto más alto; y su anchura máxima, incluyendo la isla de las Cabras que queda entre las dos secciones de la gran sábana de agua, es de 1600 metros.
El Iguazú tiene 60 metros de altura en los dos saltos seguidos que dan sus aguas (cada uno de 30 metros), y el desarrollo total de su anchura es de 4000 metros. Resulta de esto que el Iguazú aventaja al Niágara en 11 metros de altura y 2400 metros de anchura; o lo que es lo mismo, que la gran cascada argentina tiene media legua más de ancho que la de los Estados Unidos.
Pero el Niágara puede visitarse con gran facilidad y en cualquier época del año, mientras que para ir al Iguazú hay que hacer un viaje de doce o quince días desde Buenos Aires, con escasas comodidades. Además, cuando llega el verano resulta imposible ir hasta allí, a causa de los insectos y de los peligros que ofrece en tal época la selva tropical.
Sin embargo la gran catarata argentina ofrece el atractivo de mantenerse en su estado natural, rodeada de bosques, casi lo mismo que era cuando lo vieron por primera vez los descubridores españoles.

Cataratas del Iguazú. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910

Yo he explicado en otro libro cómo la grandeza de la República Argentina se realizó rápidamente casi en nuestros días, gracias a cuatro factores; el riel de ferrocarril, el buque de vapor, el fusil Remington y el alambre.
Las diversas provincias argentinas llevaron una existencia aislada entregándose cada una a una serie de revoluciones interiores hasta el punto de que la república como estado homogéneo fuese una mentira geográfica.
Vista desde fuera presentaba el aspecto de una nación; interiormente sólo era un conglomerado de estados inquietos, un hervidero de ambiciones y odios provinciales. El Gobierno central se veía desobedecido y vejado continuamente.
El día en que los ferrocarriles se extendieron por la Argentina, la unidad nacional empezó a ser algo positivo. Escasearon las guerras civiles y ya no fueron posibles las insurrecciones de provincias. Ciudades que estaban situadas a dos meses de marcha de la costa quedaron a una distancia de veinticuatro horas.

Ferrocarriles argentinos. Un tren expreso. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Buenos Aires. Un tren sobre los techos. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
Puente sobre el río Cosquín (Provincia de Córdoba). Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Al terminar las guerras civiles acabó la tiranía de los caudillos provinciales auxiliados por la barbarie de los gauchos y la rapacidad de los indios.
La vida comercial experimentó también una gran transformación. La Argentina, a pesar de sus riquezas naturales, vivía en la mayor pobreza hasta que la locomotora, viniendo de las llanuras del interior, se detuvo en la orilla de los ríos, junto al buque trasatlántico que lo esperaba echando humo.
Antes que la Argentina conociese el ferrocarril y el buque de vapor, sus llanuras resultaban un pudridero de carne inservible. Los cuervos y demás aves de presa eran los únicos que prosperaban con este despilfarro. Se sacrificaban centenares de miles de toros para aprovechar únicamente sus cueros. Se mataba una vaca para guisar su lengua, dejando abandonado el resto.

Descanso en la pampa.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
El abuelo «gringo»  y el nieto argentino. «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910

El comercio sólo podía traficar con las pieles y el sebo de los anímales, artículos que por su volumen podían ser transportados en carretas, y aun esto sólo lograba hacerse a corta distancia de los lugares de embarque para obtener un buen resultado.
Además, la dificultad en las comunicaciones mantenía a las provincias sin otros brazos que los que se proporcionaban con el crecimiento vegetativo de su población.
Los emigrantes escasos y desconfiados se quedaban en los puertos por miedo a las aventuras de un viaje al interior. La agricultura era imposible por la escasez de trabajadores.
El ferrocarril cambió mágicamente esta situación. La pampa salvaje, con sus matorrales espinosos y sus blancas osamentas de animales, se convirtió en un campo inmenso de trigo. Hubo agricultura desde el momento en que fué posible la exportación de las cosechas. El arado despertó el suelo dormido desde el principio de la vida del planeta. El estanciero pudo ser un productor de carne en vez de un simple vendedor de pellejos.

Un ferrocarril argentino (Provincia de Córdoba). Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Campo argentino.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
Rebaño con establo en una estancia. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
V. Blasco Ibáñez en Argentina  con vicuñas de las antiplanicies andinas (Provincia de Jujuy)
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.

Los propietarios de leguas y leguas de desierto que habían vivido hasta entonces en miserable rusticidad, pasaron de golpe a la opulencia del multimillonario. Los hombres pudieron ir de un lado a otro de la república, trabajando y realizando sus negocios sin necesitar más del caballo. Dulcificándose las costumbres y ya no fueron precisos para la vida el puñal llamado facón, las rudas botas, el poncho burdo y el alimento de carne sanguinolenta.
Así quedó vencido y muerto por el ferrocarril el demonio de la distancia.
Otra influencia nefasta fué durante siglos la de la falta de población.
Los buques de vela, en sus tardos y pesados viajes, sólo aportaban algunas docenas de nuevos pobladores a las riberas del Plata.
Pero cuando el riel del ferrocarril hubo pacificado y unificado la tierra argentina, se presentó inmediatamente el buque de vapor, poniendo las riberas del Plata a veinte días de Europa,
La población de la República ha avanzado desde entonces a saltos.   La carne se convirtió en un artículo tan precioso como el oro; ya no se derrochó ni se perdió. El frigorífico y la nave de vapor consolidaron la riqueza nacional.

Puerto Madero: dique número 2.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.

Puerto Ingeniero White. Elevadores flotantes de granos, atracados a los vapores de carga.
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Interior de un frigorífico. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
Los trasatlánticos, al remontar los ríos con más facilidad que los veleros, prolongaron el mar muchas leguas tierra adentro, hasta el corazón de la República, convirtiendo en puertos oceánicos a muchas ciudades del interior.

Un vapor fluvial de Mihanovich.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.

Vendedora indígena - dibujos de Leon D´Emo

El fusil Remington, primera arma de repetición, fué un instrumento de progreso en las llanuras platenses. Gracias a él se amansó el indio y pudo avanzar el blanco, convirtiendo el desierto en campos de cereales y frescas praderas.
Hasta que no fué adoptado el Remington en 1873, la lucha con el enemigo cobrizo resultó insegura y las más de las veces inútil.

Antes de esto los soldados de Buenos Aires, usando el fusil que se cargaba por la boca, sólo podían hacer uno o dos disparos. Los jinetes indios caían sobre ellos y el combate se proseguía cuerpo a cuerpo, usando la lanza como arma principal y fiándolo todo a la fuerza del brazo.
El gobierno tenía que transigir y pactar muchas veces con los jefes de las tribus.
Pero un día las masas de indígenas a caballo vieron avanzar a pie a los cristianos armados de un fusil que disparaba y disparaba incesantemente.
¡ No más combates de jinetes ¡ ¡No más choques de lanzas y encuentros singulares como en las guerras de la edad media! Una lluvia de proyectiles detuvo en su carrera veloz a la horda cobriza y galopante, apagando sus aullidos.

Se acabaron desde entonces las terribles correrías de los indios llamadas «malones»; las tolderías o campamentos indígenas fueron pasto de las llamas, y las tribus, deshechas para siempre, las repartió y disgregó el gobierno en los territorios más lejanos.

Trabajadores indios de un ingenio del norte. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
V. Blasco Ibáñez en Argentina, en una toldería de indios matacos. 
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
V. Blasco Ibáñez con indios chunapis. 
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
La vida en la pampa. Una moza ofreciendo el «mate» a un gaucho «guitarrero» 
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.

La mujer blanca pudo vivir tranquila en su casa del campo, sin miedo a verse esclava de un indio ebrio y feroz. No se repitió más la vergüenza de que algunas damas de excelente educación y honrosa cuna fueran a acabar su triste vida en un campamento de salvajes, embrutecidas por el dolor y la afrenta.
Los fortines que servían para contener los avances del indio se transformaron en ricas ciudades. Detrás del soldado avanzó el colono tomando posesión de 20,000 leguas cuadradas de terreno que hasta entonces habían existido en poder del salvaje, inútiles para la civilización. El arado rasgó el suelo y los cereales extendieron su oleaje de oro sobre la antigua tierra maldita.
En otros tiempos todo era camino en la República Argentina. El gaucho tomaba su rumbo en la pampa lo mismo que el piloto en alta mar. Las caravanas abrían en sus viajes nuevos senderos; el jinete hacía correr a su cabalgadura por esta inmensidad sin cuidado alguno; los rebaños casi salvajes galopaban con la cabeza baja y la ceguera del vértigo, seguros de que ningún obstáculo cortaría su paso en la llanura igual e infinita, sin una depresión, sin una cumbre.
Hoy no ha cambiado el aspecto de este mar de tierra. Es la misma llanura sin término: el mismo horizonte sin fondo. Pero el viajero marcha siempre teniendo a su vista hileras de postes de los que pende algo sutil, brillante bajo el sol; algo semejante a los hilos de plata que babea la araña.
Es el alambre que limita las propiedades, que marca los caminos y ha modificado profundamente el campo argentino.

Un coral en el campo.  Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
Un coral en una exposición agrícola. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
La agricultura se desarrolla más esplendida al otro lado de estos hilos casi invisibles, que dejan pasar el aire y la luz, pero detienen el paso a los hombres y las bestias.
El alambre ha contribuido casi tanto como el riel a suprimir las guerras civiles, modificando la vida en las campiñas y acabando para siempre con el gaucho errante y bandolero. Al cerrar los campos ha creado el camino, y donde hay camino y el jinete no puede marchar a su antojo, es imposible la vida de bandolerismo con sus escapadas y sorpresas, así como las interminables guerras civiles.
Las naciones europeas, especialmente Inglaterra, han invertido enormes capitales en las industrias agrícolas y ganaderas de la Argentina. Los Estados Unidos figuran en un lugar muy secundario si se les compara con los países europeos que explotan los ferrocarriles de la Argentina, la exportación de sus cereales y de sus carnes. Solamente algunas casas de Chicago intervienen en la elaboración de carnes en conserva.

Buenos Aires. Una fábrica de cerveza. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910
Talleres del ferrocarril del sur. Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910

La cantidad de toneladas de cereales y de carnes que proporciona la Argentina al consumo del mundo es enorme y cada vez va en aumento.
La nación argentina como casi todas las del continente americano sólo tiene un siglo de existencia.
Este siglo, aprovechado únicamente en su último tercio, ha sido el de la ganadería y la agricultura por extensión; viviendo confiado el hombre a la magnanimidad del suelo y a la oportunidad de la lluvia.
El segundo siglo, que ahora empieza, va a ser el del cultivo intensivo y el del riego generosamente propagado.

V. Blasco Ibáñez durante su proyecto agrícola en Argentina (1910-1912)
V. Blasco Ibáñez en Argentina, durante los trabajos de bombeo en su colonia Cervantes (1910-1912)
Corrientes. Vista de la ciudad (En primer término, el Palacio de Gobierno.
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910.
En la provincia de Corrientes, Blasco fundó el pueblo Nueva Valencia

Hasta el presente la escasez de población ha permitido vivir a la buena de Dios, pues por poco que se trabajase, la riqueza natural daba con creces para el progreso del país. Pero su población aumentará cada vez más y lógicamente la actividad humana acudida de todos los extremos de la tierra se verá forzada a repetir los mismos milagros que se realizaron en los Estados Unidos hace medio siglo.


CHILE

Blasco Ibáñez con Pedro Montt, el presidente de Chile, en diciembre de 1909

En la historia política de las repúblicas hispanoamericanas, Chile figura como una excepción.
Todos estos pueblos antes de llegar a constituirse pasaron por largas y dolorosas crisis, que han retardado su desarrollo. Algunos todavía a estas horas no han salido del período de revoluciones y guerras civiles.
Chile en todo un siglo no ha tenido más que una revolución, la que arrojó del poder al presidente Balmaceda; y este suceso más que revolución fué una guerra civil.
Lo que ha distinguido pues a Chile de los otros países del mismo origen es su vida ordenada, su horror a la política de antagonismos personales; una tendencia especialísima a mantener la disciplina nacional y cierta separación entre las diversas clases sociales.
Algunos tienen a Chile por una oligarquía, que durante un siglo desde los tiempos de la independencia ha sido gobernada por unas cuantas familias.

Aristocracia chilena en 1915

En realidad es una república aristocrática. Apenas si existe en ella la clase media. Los individuos de esta clase de origen reciente son designados con el apodo de siúticos. La gran masa del pueblo ostenta con orgullo en las ciudades el apodo que se ha dado a sí misma.
A semejanza de los antiguos holandeses que adoptaron por altivez el título de mendigos que les daban sus enemigos, los hombres del pueblo en Chile se llaman los rotos.
 La aristocracia, o sea los caballeros, está formada por las familias procedentes de la época colonial.
Hay que reconocer que estas familias conservadoras y tradicionalislas se han mostrado dignas del poder que vienen ejerciendo durante un siglo. De su seno han salido los gobernantes que engrandecieron el país, los agricultores y los industriales que han creado su riqueza, los generales que aumentaron sus territorios.
Además, estos gobernantes que pudiéramos llamar de casta resultan respetables por su estrecha moralidad. No existe en la historia de Chile un solo presidente de la república, un solo ministro que haya sido tachado de ladrón ni aún por sus mayores enemigos.

Grupo de diplomáticos y autoridades chilenas en 1914

Los ha habido de carácter tiránico, de procedimientos arbitrarios, de espíritu exageradamente estrecho y tradicionalista; pero en punto a moralidad y a sentir interés por la grandeza de su patria todos han sido iguales. A ello se debe indudablemente el que esta aristocracia se haya mantenido siempre en el poder, aunque sea con diversos títulos políticos, y conservando su popularidad.
Un individuo de familia antigua y conocida ejerce allí una verdadera influencia social aunque se haya empobrecido. En cambio los «nuevos ricos», los millonarios improvisados, tardan mucho en abrirse paso a través de los prejuicios nacionales. Sólo sus hijos o sus nietos llegan a conseguir una categoría social.
El roto y el caballero marchan juntos con una simpatía que data de los tiempos coloniales. El habitante del campo, llamado huaso, tiene los mismos sentimientos  que el roto; los dos son la base del ejército chileno que los inteligentes en la materia consideran el mejor de la América del Sur y uno de los más interesantes del mundo.
No hay en toda la esfera terrestre un pueblo cuya configuración geográfica se asemeje ni remotamente a la de Chile.
Estrecho y larguísimo, su territorio evoca la imagen de una acera que se extendiese frente al Océano Pacífico, a lo largo de la cordillera de los Andes que equivale a una hilera de edificios.

V. Blasco Ibáñez en la frontera andina entre Argentina y Chile, en 1909
Los Andes. Peones limpiando el camino entre Argentina y Chile. 
Imagen: «Argentina y sus grandezas» de Vicente Blasco Ibáñez, 1910

En algunos lugares la estrechez de Chile es tal que un viajero puede abarcar con su vista el espacio entre la cordillera y el mar. En cambio su longitud resulta enorme. Si se colocase Chile sobre el viejo mundo se extendería desde las regiones más septentrionales de Europa hasta el centro de África.
Chile es simplemente una costa; todas sus ciudades importantes, a excepción de la capital Santiago, están sobre el mar.

Vista parcial de Santiago de Chile desde Santa Lucia, la antigua fortaleza. Foto: hacia 1900
El puerto de Valparaíso, Chile en 1914

Es por lo tanto la primera nación marítima de la América del Sur, y sus navegantes están reputados como los más audaces y duros para el trabajo. Muchos de ellos se dedican a la caza de la foca y de la ballena en los mares australes y los restantes hacen la navegación de cabotaje a lo largo de toda la costa del Pacífico.
Esta nación tan extensa que posee la tierra del Fuego, límite del mundo habitado, se prolonga hasta el trópico y conoce todos los climas y todos los cultivos.
La gran cordillera de los Andes, que es como su madre, le proporciona las inmensas riquezas de sus entrañas. Las minas de cobre de Chile, famosas desde los tiempos de la colonización española, están hoy en plena explotación y figuran entre las más ricas del mundo.
Además otra de sus fuentes de riqueza es la explotación del salitre en la parte norte de la república, que ha adquirido las proporciones de un comercio de importancia universal.

La industria del salitre en Antofagasta, Chile
Mineros de la pampa salitrera de Chile, 1906 

Un error corriente en los Estados Unidos y en gran parte de Europa es imaginarse a los países de la América del Sur poblados por gentes de diversos colores, en su mayor parte negros.
En cualquiera calle de Nueva York se pueden ver mayor cantidad de negros que en toda la Argentina, y más especialmente que en todo Chile.
Se cuenta en Buenos Aires que cuando llegó cierto personaje de los listados Unidos y salió al balcón del palacio del presidente de la república, para saludar al público que le aplaudía, exclamó asombrado al fijarse en los rostros de la inmensa masa popular
— ¡Pero todos son blancos!
Efectivamente a la Argentina se importaron negros en otros siglos, pero hoy no queda rastro de ellos, pues desaparecieron hace años. Sólo por una tradición los más humildes empleados de la Cámara de Diputados y del Senado Argentino pertenecen a la raza africana. Estos son los únicos negros que existen en Buenos Aires. Todas las gentes del país son de pura raza blanca en su gran mayoría, con una minoría de mestizos indios productos de antiguos cruzamientos de los españoles con las indígenas.
En Chile ni siquiera hay negros para el servicio de los diputados. Cuando por casualidad aparece un negro en las calles de Santiago llama más la atención y excita más la curiosidad de los chiquillos que en una capital europea.
El chileno del campo es a veces mestizo y ostenta históricos y sonoros apellidos de la época de la colonización española.

Habitantes típicos de Chile en 1914
Campesinos chilenos
Muchos de ellos son descendientes ilegítimos de los héroes de la conquista que llegaron solos de España. Pero los blancos forman la gran mayoría del país y muchos son rubios y con ojos azules por proceder sus abuelos de las vascongadas y otras provincias del norte de España.
Chile debe su grandeza y su prosperidad al propio esfuerzo. No ha necesitado de la inmigración europea,  como la Argentina, para su desarrollo y su progreso. Por esto las colonias extranjeras residentes en Chile son poco numerosas. El comercio pertenece a los extranjeros, en gran parte; pero la agricultura, la ganadería, la industria están en manos de los hijos del país, que muestran una gran afición al trabajo y un espíritu progresivo. La agricultura chilena rivaliza con la de los Estados Unidos. Sus sistemas de irrigación son notables y los ha construido el hijo del país desde hace muchos años.
El chileno es un trabajador incansable y con grandes iniciativas. Su audacia no reconoce obstáculos. Estas mismas virtudes de su enérgica personalidad le hacen resultar sobradamente atrevido y algo peligroso para los que están en contacto con él.
Todos los pueblos de la América del Sur son belicosos; pero el único pueblo verdaderamente militar es Chile.
En las otras repúblicas el campesino muestra con frecuencia cierta predilección por las revoluciones y las luchas civiles, haciendo la guerra en bandas que cambian de jefe y no reconocen una disciplina seria.
El chileno sólo comprende la guerra a estilo de soldado, vistiendo un uniforme, aleccionándose en un cuartel, obedeciendo ciegamente a sus superiores.
Tal vez este espíritu militar y disciplinado es una herencia de sus abuelos españoles.
España sólo tuvo guerras en América durante los primeros cincuenta años posteriores al descubrimiento. Luego envió a los países conquistados mercaderes, agricultores, mineros y religiosos, limitándose a mantener la seguridad de sus colonias al otro lado del mar con milicias locales y escasos contingentes de tropas de la península.
El único país americano donde no cesó nunca la guerra fué Chile. Los indomables indios araucanos mantuvieron su resistencia durante tres siglos y únicamente en el segundo tercio del siglo XIX la república chilena consiguió dominarlos para siempre.

Indios chilenos
Indios Selknam del sur de Chile

A causa de esto, durante todo el período de la colonización España estuvo enviando soldados a Chile para que guarneciesen y defendiesen la frontera con el valle del Arauco. Producto del cruzamiento de estos soldados de los tercios españoles nobles y aventureros con las indígenas del país son en gran parte los mestizos actuales, que muestran una predisposición especial a la vida militar y su disciplina.
La mujer chilena ha merecido siempre grandes elogios de todos los que visitaron el país.
Las chilenas son por lo general de un tipo de belleza criolla, con la tez pálida, los ojos y la cabellera negros, y una gran distinción en sus maneras suaves y graciosas.

Mujer chilena joven: Elena Ortúzar 
Fue la segunda esposa de V. Blasco Ibáñez
Pero también se ven entre ellas muchas rubias de ojos azules por ser de origen vasco-español o hijas de matrimonios de ingleses con damas del país.
De todas las mujeres de la América del Sur, la chilena es la que se asemeja más por su modo de vivir a las americanas del norte.
Guarda de las costumbres tradicionales todo lo que puede embellecerla, proporcionándole el atractivo del misterio. Por las mañanas va a la iglesia envuelta en el famoso «manto» negro, especie de mantilla que le cubre la cabeza y el busto, arreglado en artísticos pliegues, y que realza los encantos de su belleza criolla.
Pero aquí termina su adhesión a las antiguas costumbres coloniales. Las jóvenes se educan en liceos que han sido organizados desde hace muchos años por profesoras norteamericanas. Rompiendo con una preocupación que es casi general en la América del Sur, las señoritas van solas por las calles.
Muchos empleos en las oficinas públicas, el servicio de los tranvías y otras funciones están confiados a las mujeres, que pueden de tal modo ganar su vida con cierta independencia. Esta relativa emancipación femenil es desconocida en las otras repúblicas hispanoamericanas.
La mujer se interesa con más asiduidad que el hombre por la literatura y las artes lo mismo que ocurre en los Estados Unidos.
El chileno robusto, vigoroso, parco en palabras y generalmente serio, sólo  piensa en su trabajo, con centrando en él todas sus energías.
La mujer lee por él en la mayor parte de los casos y embellece la vida del hogar con sus conocimientos y sus gustos artísticos.


LA AMÉRICA ESPAÑOLA

Calle de 25 de Mayo, Montevideo. Foto: Unión Pan-Americana

Serían necesarios muchos volúmenes para describir las diversas fisonomías de tantas repúblicas americanas de origen español.
Hay que darse cuenta de la variedad y la importancia de tan numerosos y diversos pueblos: el Uruguay de dilatadas llanuras cubiertas de rebaños, con su capital Montevideo de refinada civilización; el Paraguay de bosques paradisíacos; Bolivia, llamada en otro tiempo el alto Perú, que posee minas de casi todos los metales conocidos y tiene sus ciudades en alturas donde parece imposible que pueda vivir el hombre normalmente; el Perú que fué en los tiempos de la colonización española el centro de toda la vida de la América del Sur, que poseyó riquezas incalculables y llama la atención de todos los que le visitan por la aristocracia de sus costumbres, la elegancia de sus mujeres y la distinción de sus familias, restos históricos de un pasado glorioso; Ecuador con su gran puerto de Guayaquil en plena zona tórrida y su capital Quito en una altura fría, más arriba de las nubes; Colombia, la docta, patria de universitarios; Venezuela, la cuna de la libertad hispanoamericana; las seis repúblicas que forman la América Central; Cuba y Puerto Rico emergiendo sobre el mar de las Antillas como dos jardines de riqueza eternamente renovada; y Méjico, que a pesar de los conflictos e incidentes de su desarrollo político, tiene una vida industrial semejante a la de las naciones más civilizadas y un porvenir económico halagüeño y seguro.

Plaza Cagaucha, Montevideo. Foto: Unión Pan-Americana

Palacio del presidente. Foto: Unión Pan-Americana
Palacio del gobierno, Bogotá, Colombia. Foto: Unión Pan-Americana
Todos estos pueblos son comparables a los hijos de una misma familia que no pueden tener nunca una edad igual ni encontrarse en un estado idéntico de desarrollo.
Los mayores han llegado ya a la madurez de una existencia próspera y tranquila; los menores están aún en las crisis de la pubertad, en el desequilibrio del crecimiento.
Llegará un día en que igualándose todos alcanzarán una existencia armónica y regular, y la llamada América española obtendrá el mismo grado de progreso que ha obtenido desde hace muchos años la América del Norte.
Los países hispanoamericanos necesitan gente. «No será el humo de las batallas — dijo el argentino Alberdi — sino el humo de las locomotoras el que liberte a Sud América de su principal enemigo, que es el desierto.»
La población excedente y ansiosa de fortuna de las naciones de Europa ha emprendido la marcha hacia la América del Sur, «país de esperanza» en el que todos radican sus ilusiones y ensueños.
El ansia de mejorar de posición, la fiebre de aventuras, arrastran por igual lo bueno y lo malo, lo útil y lo inservible; de aquí que no toda la corriente inmigratoria quede en América del Sur, y que un sobrante vuelva a Europa. Arraigan en los países sudamericanos las gentes sobrias, trabajadoras y fuertes; son repelidos como elementos incapaces de asimilarse los viciosos, los indolentes y los débiles.
En la América del Sur hay que trabajar mucho más que en Europa. Los que se imaginan que allá van a llevar una vida de regalada holganza, están destinados a sufrir las más crueles desilusiones. En cambio, a los animosos y fuertes les aguardan gratas sorpresas, pues en ninguna parte del mundo consigue el trabajo mayores ganancias ni se ofrecen ocasiones más favorables para ejercer la actividad.
Los tres factores de la riqueza sudamericana son: la agricultura, la ganadería y el comercio. A ellos hay que añadir la industria, que en estos momentos empieza a desarrollarse.
El agricultor, el hombre de pastoreo, el dependiente de comercio, el obrero hábil en las artes manuales, puede embarcarse sin temor con rumbo a la tierra sudamericana. Hay en ella espacio, trabajo abundante y bienestar para todos, Estos son los hombres que necesitan las jóvenes repúblicas.
Los que jamás tuvieron una profesión determinada y carecen de energía para improvisarla en el Nuevo Mundo, ésos, fatalmente, están destinados a engrosar la muchedumbre inútil amontonada en Buenos Aires y otras grandes ciudades, sin pan y sin tranquilidad, como un sedimento de la corriente inmigratoria.
Vayan allá labradores, comerciantes y obreros manuales. Quédense en sus países abogados, médicos y empleados, si es que no se sienten con valor para cambiar de profesión.
Las comarcas poco pobladas de la América del Sur necesitan brazos e iniciativas. En sus ciudades hay de sobra doctores y aspirantes a empleos.
Los pequeños capitalistas del viejo mundo que viven estrechamente del producto de una renta módica, conocerán la abundancia y la verdadera fortuna trasladándose a estos países, donde tantas cosas hay todavía por hacer.
Un pequeño capital, por exiguo que sea, en manos de un hombre activo, es en el Nuevo Mundo algo semejante a la vara legendaria de Moisés, que hacía surgir agua de las peñas. Allí donde toque le contestará la riqueza natural de estas tierras privilegiadas, surgiendo a borbotones.