domingo, 29 de enero de 2017

A los 50 años

Vicente Blasco Ibáñez en 1917, a los 50 años de edad.

El 29 de enero de 1917 Vicente Blasco Ibañez cumplía 50 años.
Vivía en París continuando con sus proyectos cinematográficos; dos meses antes se había estrenado en la capital francesa la película Sangre y Arena y a la espera de firmar los primeros contratos de distribución, el autor valenciano seguía escribiendo Mare Nostrum, su segunda novela sobre la Gran Guerra. Aunque había pasado casi un año de la publicación de Los cuatro jinetes del Apocalipsis - el primer tomo de la trilogía dedicada al conflicto bélico -, su éxito no había sido tan notorio como para permitirle a Blasco solucionar su precaria situación económica de aquella época.

Mientras tanto, la prensa española anunciaba que los admiradores del novelista valenciano, de su ciudad natal han querido testimoniarle su permanente afecto con motivo de haber cumplido cincuenta años.
Para ello han acordado remitirle un álbum con las firmas de cuantos le siguieron en sus etapas de luchador y de los que le admiran como cantor insigne de las costumbres levantinas.
Con el álbum irá también un pergamino en el que los pinceles de Jenaro Palau trazarán la alegoría de aquella tierra, que tanto ama Blasco Ibánez.1

También en Burjasot, un pueblo cercano a Valencia, el Ayuntamiento en su sesión plenaria del 26 de enero de 1917, acordaba dar el nombre del ilustre literato Blasco Ibáñez a la calle Mayor ; el alcalde Vicente Llopis le enviaba a Blasco un telegrama notificándole el evento:
Ayuntamiento de mi presidencia, en sesión 26 del actual acordó por unanimidad rotular con su nombre la calle Mayor de este pueblo”. El partido republicano local felicitarle por su cumpleaños 2.

Días más tarde, Blasco Ibáñez contestaba:
   Señor D. Vicente Llopis, - Alcalde de Burjasot.
   Distinguido amigo y correligionario:
Inútil es decirle con cuanta alegría he recibido su telegrama del 27 haciéndome saber que el Ayuntamiento de Burjasot ha acordado dar mi nombre a la calle mayor del pueblo.
Gracias, muchas gracias. Es este un honor que me colma de satisfacción por la muestra de afecto que representa y por el amor que siempre tuve a este pueblo.
Usted y todos sus compañeros del Ayuntamiento, así como la gran mayoría de sus convecinos, saben que yo me considero como de Burjasot. En él pasé una gran parte de mi infancia, y a él van unidos los recuerdos de la mejor época de mi vida. De pequeño he jugado con los que hoy son sus principales vecinos y ocupan los primeros cargos públicos.
Recuerdo cuando me padre edificó su casa fuera del pueblo, en un lugar donde sólo había cuevas. Hoy la casa está en el centro casi de Burjasot. ¡Tanto ha crecido el pueblo! ¡Tanto han trabajado los vecinos para su ensanche y embellecimiento!
Sírvase manifestar a todos mi profunda gratitud por este honor que Burjasot concedió al chiquillo de otros tiempos que jugaba en la explanada de Los Silos, frente a un paisaje espléndido que sigue vivo en mi memoria, y que le ha acompañado por los dos hemisferios de la tierra. ¡Ojalá pudiera yo servir al pueblo alguna vez para demostrarle mi agradecimiento con algo más que palabras!
Mis saludos a todos los individuos del Ayuntamiento, a todos los correligionarios y amigos, y usted reciba un abrazo de su afectísimo y agradecido.- Vicente Blasco Ibáñez 3

Aunque el autor del articulo que publicaba la carta consideraba a Vicente Llopis monárquico, en realidad este era republicano, y según la prensa4, había sido elegido como alcalde de Burjasot en enero de 1916. Luego la confusión fue aclarada por el periódico valenciano Las Provincias5.

Casi dos años después, en la respectiva calle de Burjasot se inauguraba una nueva lápida rotulatoria,  de esta vez una placa artística. Fue en diciembre de 1919, cuando Blasco se encontraba en los Estados Unidos.  A finales de octubre el escritor valenciano había viajado al otro lado del Atlántico donde la versión inglesa de su novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis  tenía un inesperado y enorme éxito, y que pronto se convertiría en el best seller del año proporcionándole a Blasco la fama internacional y consagrándolo como el mejor novelista de España en aquel momento.
La ceremonia del homenaje de 1919, fue presidida por Juan Bort Olmos el alcalde de Valencia y José Albert Andrés, el alcalde de Burjasot, ambos republicanos, acompañados por varios representantes de los dos ayuntamientos. 
Aquel domingo 21 de diciembre, a las diez de la mañana,  salían en un tranvía desde Valencia el alcalde Juan Bort, algunos concejales y el cronista de la ciudad, Cebrián Mazquita. 
En Burjasot se les unían otras personalidades del Partido Republicano y Félix Azzati, el director de El Pueblo,  periódico republicano fundado por Blasco Ibañez en 1894. A la comitiva, precedida por los maceros y seguida por la Banda Municipal de Valencia y numeroso público, se trasladó al Ayuntamiento de Burjasot, donde esperaban el alcalde señor Albert y la mayoría republicana. Seguidamente se dirigieron a la entrada de la Calle Mayor y desde una tribuna pronunciaron sus discursos Eustasio Juan Vidal, periodista de El Pueblo, Juan Bort, el alcalde de Valencia y por último, Félix Azzati.


El alcalde de Burjasot, a los acordes de La Marsellesa, interpretada por nuestra Banda Municipal, descubrió la lápida entre los vítores de la muchedumbre.
La lapida, que es un artístico trabajo en mayólica debido al seños Jimeno, ha sido costeada por el tío de Blasco Ibáñez D. José Blasco Teruel y el alcalde de Burjasot, D. José Albert.6



Hoy, después de cien años, en Valencia y en Burjassot se recuerda a Blasco Ibáñez con numerosos actos conmemorativos, oficiales o privados, y el año 2017 ha sido declarado como Año Blasco Ibáñez

 Fuentes:

1 «Homenaje a Blasco Ibañez» , El Día , 30 de enero de  1917
2  «Burjasot a Blasco Ibañez», El Pueblo, 29 de enero de  1917  
3 «La calle de Blasco Ibáñez», El Día,  20 de febrero de 1917
4  El Pueblo, 3 de enero de  1916
5 Las Provincias, 25 de febrero de 1917
6 «Homenaje de Blasco Ibáñez, en Burjasot»,  El Pueblo, 22 de diciembre de 1919

sábado, 28 de enero de 2017

su vida...continúa


Blasco Ibáñez es uno de los pocos escritores que no pueden ser juzgados serenamente, con frialdad crítica. La generación que vivió con él tiene el espíritu y la carne encendidos en las luchas que su nombre levantaba. Blasco, todo pasión, nos ha dejado la herencia de esta pasión. Se le quiere o se le odia. Pero su obra no permite esa admiración amable, bañada de indiferencia, que escolta a ciertos autores prudentes.
En Blasco no es posible separar al hombre del escritor. La obra y la acción son en él la misma cosa, se funden en una misma página. Y quizás se equivoquen quienes crean que los años fatigarán las tempestades que él ha puesto en movimiento. Creo que su nombre las seguirá formando, como las forman todavía hoy los nombres de Víctor Hugo y de Zola. Ante el hecho humano de Blasco Ibáñez nadie puede permanecer indiferente.
Miomandre lo compara a una fuerza torrencial que nos arrastra. La imagen es exacta. Los hombres de hoy y de mañana están ya cogidos en su torbellino y no se escaparán. He ahí el homenaje que la posteridad reserva a Blasco Ibáñez.
Era como una fuerza de la naturaleza. Y, muerto, lo sigue siendo. Quienes se acerquen a él con sentido crítico realizarán una proeza tan inútil como quien quiera analizar un rayo en el momento de la descarga.
Recuerdo, especialmente, con qué magnífica indiferencia recibía cuanto se decía sobre él. A veces leía artículos dedicados a sus obras, pero no porque esperase con ansiedad el juicio ajeno, sino porque el autor de aquel trabajo le interesaba como escritor. Igual lo hubiese leído de estar dedicado a otro novelista, si la firma era la misma. Lo evidente era el desinterés por el halago o la mordedura.
Blasco, que tenía una cultura asombrosa, que era un gran investigador de historia, que conservaba en su memoria increíble la lectura, como reciente, de millares de volúmenes; que había visto y vivido lo que otros sólo habían leído, que tenía un gran respeto por todos los trabajadores intelectuales, cualquiera que fuera su escuela o su tendencia, no era hombre que podía encerrarse en un determinado círculo cultural. Escribía, como respiraba, por necesidad, como si con ello cumpliese una función ineludible de la existencia. Vivía para la acción y escribía para el pueblo, para todos.
He ahí la diferencia con ciertos autores que sólo escriben para literatos y que están condenados a la degeneración de las uniones consanguíneas.
Lo que se ha dicho sobre la ambición de gloria, el orgullo de las riquezas y la vanidad personal de Blasco Ibáñez ha sido una pura majadería.
Blasco fué uno de los hombres de sentimientos más naturales e inocentes. Era un mediterráneo exaltado. Ignoraba el valor exacto del dinero. Despreciaba absolutamente a los aduladores. No hablaba de sus novelas una vez que las había escrito. Las olvidaba. La fama, la fortuna que éstas le proporcionaban eran el pasado. Y Blasco jamás volvió la vista atrás.
Conviene insistir sobre este punto para desvanecer una creencia injusta. Todos los escritores tienen un sentido escenográfico de la vida. Se saben contemplados por millares de espectadores. Tratan de satisfacer la curiosidad de la clientela contándole las cosas, sus cosas más íntimas y personales. En la obra de todo escritor hay una profunda estela autobiográfica, que descubre la idea importante que tuvo el autor de su propia existencia.
Pues bien: Blasco Ibáñez es el escritor que menos huella autobiográfica deja en sus novelas. He ahí una prueba decisiva de su desinterés, de su humildad profunda.
Si alguien hubiese dicho un día a Blasco:
—Don Vicente, es usted el centro del mundo.
Blasco hubiera contestado sencillamente:
— Créame que no le concedo importancia.
Lo que ocurre es que Blasco era la acción hecha hombre; era la vida misma. Y la vida y la acción son intransferibles y se resisten al secreto.
Blasco había recorrido el mundo con ímpetu, dejando en todas partes las huellas y el ruido de sus pisadas. Quienes, sin comprenderlo, contemplaban el espectáculo grandioso de su marcha, podían pensar:
—Estas huellas y este ruido los deja para nosotros.
No; ni para ellos ni para él. Era, simplemente, que Blasco no podía caminar con más sigilo. Llevaba consigo el impulso de sus ideales, de su pasión, dé su entusiasmo, de su salud alegre, de su fuerza, de su valor.

Por eso Blasco continúa su vida después de muerto.
CARLOS ESPLA
París, febrero - 1928.

El articulo fue publicado por el periódico El Heraldo de Madrid, en su numero del 28 de febrero de 1928, cuando se cumplía un mes de la muerte de V. Blasco Ibáñez.

Hoy, aunque han pasado 89 años, siguen sonando las huellas y el ruido de sus pisadas. El tiempo no ha fatigado las tempestades que él ha puesto en movimiento. Su pasión por la vida, su entusiasmo, su fuerza, su valor, sus ideales… el auténtico torbellino desatado hace más de un siglo atrae, atrapa y arrastra.
La figura de Blasco continúa viva y su obra permanece vigente e inmune al paso del tiempo.