sábado, 20 de febrero de 2016

Confesiones, 1911- Parte I


El siguiente artículo presenta una extensa entrevista con V. Blasco Ibáñez, realizada por el reportero Enrique González Fiol (El Bachiller Corchuelo) a principios del año 1911, cuando el novelista recién regresado de Argentina por una corta temporada, se encontraba en Madrid. Durante su estancia en Europa, Blasco visitó Valencia, del 17 al 20 de febrero, y luego, a finales de marzo, vuelve a Argentina para continuar con su proyecto de colonizador.
El artículo fue publicado en marzo del mismo año, en el número 194 de Por esos mundos,  el suplemento de la revista semanal Nuevo mundo.

VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
CONFESIONES DE SU VIDA Y DE SU OBRA

En que con un cuento baturro se retrata al insigne autor de la “Barraca”; se trata de un político á quien no interesa la política, se define cómo debe ser la bohemia de un artista, y se habla de las duras penalidades que cuesta el crear dos pueblos en América, terrible y curioso episodio que verá el lector con sumo interés y emoción.
Estaba un campesino baturro arrodillado ante el Pilar de Zaragoza, cumpliendo una promesa que había hecho. Tenía al hombro, el buen labriego, las alforjas que le servían de despensa ambulante y si no de colchón, por lo menos de cabezal...
Por una boca de las alforjas asomabas unas longanizas bien olientes, su rugoso y grasiento pellejo.
Tentado por la gula, un monaguillo, creyendo extasiado al matraco, tiró de navajeta y con tanta habilidad como disimulo, se dispuso á corlar unos trozos del suculento embutido.
Pero no había hecho más que acercar sus manos pecadoras al cuerpo del delito, cuando el baturro se volvió hacia él, y con toda su socarronería, hubo de decirle:
— T' alvierlo que  estoy con un ojo en la Virgen del Pilar, y el otro en las alforjas.
Este es Blasco Ibáñez: está con un ojo puesto en el Ideal, y el otro en las alforjas. No se descuida.
Y hace bien, y lo hace á sabiendas.
Vicente Blasco Ibáñez
El artista—me dijo á las pocas palabras que cruzamos—debe aspirar á enriquecerse. Cuanto más dinero posea, con más comodidad puede laborar, mayor cultura podrá adquirir, mayores facilidades hallará para buscar impresiones. No hay nada que atrofie tanto la imaginación y aun la retina, como la vida sedentaria, cual es morar siempre en una misma localidad. El artista y particularmente el escritor, debe cambiar frecuentemente de horizontes físicos y sociales. De este modo, impresiones y sensaciones que cuando se permanece en un sitio, no llegan á percibirse, durante la ausencia parece como que se revelan y adquieren relieve y colorido, y al regresar, lo que dejamos tiene algo de novedad é impresiona mejor. Y el viajar cuesta mucho dinero... Eso de la bohemia que predican y celebran algunos, está bien, y casi diré que es necesario en los primeros años de la juventud, porque enseña á vivir. Mi época de bohemio me ha servido para hacer con más facilidad y acierto algunas de mis obras. Pero, luego, la otra bohemia del artista ha de ser muy cara si ha de ser beneficiosa para el artista y para el arte.
Es verdad. Benavente piensa lo mismo; en uno de sus libros, en El teatro del pueblo dice:
«Aunque suele decirse que la necesidad es madre del genio, y la miseria su mayor acicate, voces son que hacen correr cuatro poetas que se embozan en invierno con la lira...
La vida moderna es muy cara, y el adquirir sensaciones de vida, carísimo...
Si ha de leer uno todo lo que hace falta para no dejar enmohecer el espíritu, si ha de vivir uno todo lo que necesita para estudiar costumbres y caracteres de todas clases sociales, es seguro que el coste de producción superará con mucho á los productos.»
Si el dinero tiene la virtud de hacer parecer artistas á escritores extranjeros sin verdadero temperamento artístico, gracias solamente a la cultura y á la afinación de espíritu que dan las lecturas y los viajes, dígaseme qué influencia no podrá ejercer sobre un artista de nacimiento, terminó el famoso novelista, echando la gorra sobre un diván, en un movimiento brusco que fué más bien un manotazo.
—Y ¿cómo le ha ido á usted en estos últimos tiempos por América?
Bien, es decir...
—¿Va usted á fundar dos ciudades?
¡Hombre!—replicó, con ojos asombrados— ¡ciudades!... Eso es cosa de los periódicos. Yo voy á hacer dos pueblos. Los hombres crean los pueblos. Luego, las circunstancias geográficas y políticas los transforman en ciudades... No sé si estos pueblos que tengo en fundación, llegarán á ser ciudades... ¡Puede ser!
—Y ¿cómo se le ocurrió á usted semejante idea?
—Pues, mire usted que, como el personaje del cuento que hablaba en prosa sin darse cuenta de ello, yo me he enterado ahora de que era un gran agricultor. El haber vivido tantos años en Valencia, lugar de mi origen, y país eminentemente agricultor, me ha dado una instrucción agronómica de que yo no me había percatado. Añádase á esto mis aficiones y mis estudios geográficos,—por los cuales traduje á Reclús — y se comprenderá perfectamente que al llegar á América cayera en la cuenta  de que había allí un negocio agrícola de muchísima importancia sabiéndolo llevar.
—¿Lo pasa usted bien en América?
¡Cá, hombre! Todos los comienzos son duros.

Blasco rodeado de indígenas en su colonia Cervantes
Argentina
Y estos míos de ahora, son durísimas... Allí he vivido meses enteros acampados, bajo una tienda de campaña, de lona... Y he pasado mil vicisitudes... Hambre, algunas veces... Porque á lo mejor, se olvidaban de renovar los víveres, y mientras se iba á buscarlos, se tardaba un día, y en ocasiones dos... Hace tres meses caí enfermo. Me llevaron á una choza de unos indios... Allí, en un colchón, me tuvieron no sé cuántos días, con muchos grados de fiebre... Delirando yo, me caían del techo de paja unos bichos, unos escarabajos que allí le llaman benchucas... Estuve sin más cuidados que los de una india fea, que me daba unas medicinas salvajes...

—¿Y, no tiene usted allí, ningún español que le custodie y le cuide?
Sí. Tengo un recomendado de un amigo mío político, que figura mucho: es un excelente hombre del que estoy muy satisfecho.
—Ahora que habla usted de política, ¿qué le parece á usted la del momento?
Volvió su artística cabeza en un movimiento desdeñoso, y contestó despectivamente.
Mire usted, la política no me interesa... Si no me interesaba ni cuando milité activamente en ella!... Nó, nó, créame usted... No me interesó nunca. Yo no he sido político jamás; aborrezco la política... Yo he sido agitador. Yo he nacido para levantar á las masas, para conspirar... ¿Ve usted? ¡Si me llamaran, ahora mismo, para conspirar, lo dejaría todo y volvería á intervenir activamente en la política... Pero así, ¡bah!... Yo no comprendo ni he comprendido nunca que nadie crea que son compatibles las actas de concejal ó de diputado con el espíritu revolucionario... Además, yo soy enemigo del parlamentarismo... Está completamente desacreditado... Bueno, yo en esto tengo unas ideas muy raras... Si las dijera se me reirían... Yo soy partidario de una tiranía, en sentido progresivo...
—Algo de eso lo expuso usted, ya, en una de sus novelas. Creo que es en El Intruso. En boca de uno de sus personajes, me parece que pone usted estas ó semejantes palabras: «No se debe permitir que al amparo de la libertad se predique contra ella. Así como no se tolera que se vendan sustancias tóxicas, sino mediante ciertas condiciones, tampoco debiera permitirse ciertas sollamas contrarias á la verdadera libertad y al progreso.»
Sí, es posible que lo haya dicho, ya, en algún libro…
Y como para visita de cortesía era demasiado el tiempo que había molestado al ilustre novelista, me levanté para despedirme:
—De modo que, ¿cuándo quiere usted que empecemos la encuesta acerca de su vida y de su obra?
Mañana mismo. ¡Contra! Venga usted un poco más temprano, con objeto de que aprovechemos todo el tiempo que podamos, pues dispongo de muy poco... El sábado, por la noche, salgo para París.

Argentina y sus grandezas
1ª edición,  editorial Española Americano,
 Madrid, 1910
— ¿En dirección á América?
Nó. En París, estaré unos días. Voy por asuntos particulares... Dentro de ocho días, estaré aquí devuelta... Me llevaré la familia á Valencia.
—¿Trasladan ustedes la residencia?
Sí. Dejaré el hotel. Traslado la casa editorial á Valencia. Mi hija se casa y se quedará con su madre y con su marido en Valencia... Yo me vuelvo á América á proseguir mi obra de colonizador.
— Habla usted con mucho entusiasmo de América...
¡Sí! Es un magnifico país... Y Buenos Aires es tanto ó más que Paris, con la ventaja para los españoles de que se habla castellano. ¡Oh, es un gran país!
Y de pie me tuvo, más de media hora ponderándome las grandezas y las bellezas de la República Argentina; hablándome de sus proyectos, de sus dos pueblos en fundación.
¡Oh! Es un placer este de construir los pueblos, que no puede comprenderse más que gozándolo. Así como se goza, y yo he gozado mucho, creando hombres en las novelas, es un placer mucho mayor este de crear pueblos, de moldear humanidades á gusto de uno...
Y con ojos de iluminado se quedó unos segundos, mirando hacia su interior, contemplando un mundo que Blasco, el hombre práctico sabría construir, luego, de las ilusiones del hombre soñador...



II
En que se habla de los dulces coloquios que con santos y vírgenes sostenía Blasco Ibáñez en su infancia, y de las pavorosas batallas que libró a pedrada limpia contra los liliputienses defensores del carlismo; se saca á la vergüenza un curioso robo de bujías cometido por un fanático lector, y la dureza de meollo de un gran ingenio, para los estudios matemático, y después de describir las primeras y turbulentas andanzas de un agitador que leía á Homero en las tabernas de la huerta valenciana, se refiere la interesante aparición del Conde Garci-Fernández, curioso personaje del siglo X, que robó á nuestro héroe del seno del hogar paternal, y se lo llevó á Madrid en un día de nieve, entre unos sargentos de la guardia civil… 
Al verme entrar en su despacho, se levantó. Debía hacer un rato que me esperaba, porque se restregó los ojos con los puños apretados, se desperezó con toda su alma, y soltó un descomunal bostezo, como hombre que se aburre esperando sin hacer nada.
— ¿Qué, empezamos?—le pregunté yo.
Cuando usted quiera. Siéntese usted ahí —me dijo, señalándome su amplia mesa de trabajo.
Sentéme en el sillón, entregóme él un paquete de cuartillas, y comenzó enseguida, sin darme tiempo á contestar.
El primer recuerdo que conservo de mi infancia es de cuando tenía dos años; recuerdo vago y confuso como de un mal sueño. Era el año  69, el de la Revolución... Me veo en un subterráneo, en el foco de la insurrección, donde estaba escondido con mi familia... Recuerdo que veíamos pasar por el cielo, unos pájaros de fuego; eran las granadas con que bombardeaban á Valencia... Otra época de agitación y de sobresalto que recuerdo, fué el del periodo del 73.

Valencia, 1869, grabado: El levantamiento de la primera república

Temiendo el vuelo de su memoria, tan lozana y exuberante como su imaginación, le interrumpí para fijar los términos de la encuesta, para llevarle adonde yo le necesitaba, é impedir que el relato de su vida fuese desordenado...
Gaspar Blasco Teruel y Ramona Ibáñez, los padres de V. Blasco Ibáñez
— ¿En qué año nació usted?
El 67.
— ¿Cómo se llamaban sus padres?
El, D. Gaspar Blasco Teruel; mi madre, Doña Ramona Ibáñez. Mi padre era nacido en Teruel; mi madre, en Calatayud.
— ¿Ideas de ellos?
Católicos, muy católicos... Mi educación fué completamente católica. Estudié en el Colegio Valentino, dirigido por sacerdotes. Estaba en la Plaza de la Pelota, hoy de Mariano Benlliure, donde actualmente se halla el café de España...

Plaza de San Gil, 1908,
Falla representado la Fama coronando a las Artes



—¿En qué calle nació usted?
En la Jabonería Nueva. Pero yo apenas conservo memoria de esta calle, en aquella época, porque mi familia se  trasladó muy pronto á la de San Gil. En aquella época de mi infancia, era yo muy delgadito, enfermizo, y místico... Recuerdo que se me aparecían santos y vírgenes, y que me hablaban, rodeados, de aureolas de gloria...

—¿Cuáles eran sus juegos predilectos?
Sobre todo la lectura. Así como había una milicia nacional, á la que pertenecían más de 20.000 hombres, había otra, compuesta de niños. A los siete años, yo salía con los de Valencia, á la Pechina, á la orilla del rio, á hacerles la guerra á los del poblado vecino de Campanar, que eran carlistas... Y nos pegábamos de veras... Una vez volví á casa echando sangre de la cabeza... Aquello empezaba en pedrea de chicos, y muchas veces, lo concluían los hombres a tiros... Mí diversión predilecta era la lectura. En el colegio, robaba las bujías de la cocina, y me servía de ellas para leer por la noche gratas lecturas de libros de viajes. Era en el dormitorio, debajo de la cama, exponiéndome á pegarle fuego al edificio.
Vicente Blasco Ibáñez a los nueve años


En el colegio empecé á sentir, con cierta fuerza, la vocación de escritor. Escribí entonces, mis primeros cuentecitos, leyendas históricas. No estaban mal...
— ¿Conserva usted algún manuscrito de aquella época?
No. ¿Para qué?
Aquellos escritos míos, hicieron que en el colegio empezaran á mirarme con prevención. Entonces, yo escribí algunas sátiras contra mis maestros. Sátiras terribles porque tenían todo el atrevimiento de la inconsciencia, de la ignorancia del verdadero significado de los conceptos que en ellas se vertían... Acabaron por echarme, de muy buena manera. Pero ello fué que me echaron... Ya antes de entrar en el colegio, había yo sentido la vocación de escribir; me la sugirieron las lecturas de los libros de viajes, sobre todo, Los descubridores españoles de Washington Irwing y Los viajes de Colón, de Solis... De entonces data mi tendencia al Nuevo Continente... ¡Ah! Y á la Marina... Porque yo me preparé para marino.
— ¿Y cómo no siguió usted esa carrera?
A pesar mío, pues, le tenía verdadera vocación... Y se la sigo teniendo. Ahora mismo, si puedo trasladarme de un sitio á otro por mar, no lo hago por tierra. . Y aún hoy, envidio á los oficiales de Marina... Pero á pesar, repito, de tan suerte vocación, tuve que dejar esa carrera por el odio que dígalo usted así, tenía á las matemáticas...En geografía, cosmografía, en los estudios de pilotaje y maniobras iba divinamente, pero en llegando á las matemáticas, no me cabía un logaritmo en la cabeza... Y no hablemos del Álgebra ni de la trigonometría... Fueron mi pesadilla de estudiante...
—¿Dónde nos habíamos quedado?
—En que le echaron del colegio.
—Del colegio pasé al Instituto, donde acabé el bachillérato, y de allí á la Universidad, pues, por ser algo, me hice abogado...
El instituto Luis Vives de Valencia donde estudió Blasco Ibáñez
Universidad de Valencia, postal del 1907
Bueno. Allí empezó mi vida de agitador... Yo no entraba en clase más que para armar bronca... Recordando aquella época y relacionándola con otras posteriores de mi vida, acabo por convencerme de que yo he nacido para acaudillar hombres ...Rafael Altamira, hoy Inspector general de Instrucción pública, que fué condiscípulo mío, y yo, acaudillábamos á la juventud liberal universitaria... Yo era revoltoso, de carácter turbulento;  Altamira, era el jovencito grave, el niño viejo: muy joven aún, tenía ya canas.

Rafael Altamira, en 1886, joven estudiante de derecho
en la Universidad de Valencia 
Recuerdo que el bedel cuando veía que yo entraba en clase, decía, con burlesca solemnidad: Los pájaros de mal agüero, cuando aparecen, presagian la tempestad... Y efectivamente, aparecer yo por el claustro universitario, y estallar un nublado, era todo uno... Cuando la tranquilidad se restablecía, ya no volvía á aparecer por la Universidad...
Constantí Llombart (Valencia 1848-1893)
Invertía las mañanas en paseos por nuestra hermosa huerta, ó en excursiones al mar... En estos novillos que yo hacía, me acompañaban José María de Latorre, Trilles, Constantino Llombart, fundador de la literatura lemosina, y otros poetas y artistas que luego conquistaron una reputación.
Llombart era el maestro de todos. Era más viejo que nosotros, pero nos acompañaba porque su espíritu siempre joven, se avenía muy bien con el nuestro. 
Era pobre, y algunas veces su alimentación consistía únicamente en los almuerzos a que nosotros le invitábamos... Nos deteníamos en todas las tabernas de la vuelta, y en ellas, leíamos los grandes poemas de la Humanidad: La Ilíada, La Odisea, La Divina Comedia, todos, todos los grandes poemas. Quince días antes de los exámenes, apretaba y me empollaba las asignaturas..., y algunas veces, inútilmente porque me suspendían... Pero yo no perdí ningún curso, porque últimamente, en Septiembre aprobaba las asignaturas.

Y aquí he de hacer una advertencia:
Como apenas disponíamos de tiempo—él por tener que irse á París, y yo por haber de pergeñar el presente artículo para este número de POR  ESOS MUNDOS, no pudo darme todos los detalles de su vida que yo necesitaba. Tuve que buscarlos rápidamente, y aquí van confundidos los que de él recibí y los que yo obtuve de sus amigos. Empezó á escribir para el público muy pronto, estudiando el segundo curso de derecho.

Manuel Fernández y González, 1855

Su ídolo había sido Fernández y González. También sentía gran admiración por Walter Scott y por Dumas, padre. Esta pasión por dichos maestros, le tentó á escribir una novela histórica: El Conde Garci-Fenández, Crónica del siglo X. En su casa le tenían muy oprimido.
Todo esto le tentaba á emprender el vuelo y á huir de ella. Por otra parte, él tenía el romanticismo de Madrid, creía que esto era un mundo ideal para poetas, escritores y artistas. Su ciudad natal, con su vida provinciana, le aburría. La vida cortesana llamaba á su exaltada imaginación de modo irresistible... Se decidió. Y un día con 20 duros salió de su casa.
Vivió en la calle del Mesón de Paños, una calle cuya existencia conoce poca gente. Pagaba dos reales por dormir. Es decir, los pagó los primeros días. Luego se le acabó el dinero... No se arredró por esto nuestro héroe. Se sostenía de sus ilusiones. ¡Ah! Aquella novela El Conde Garci-Fenández, crónica del siglo X, aquella maravilla que iba á darle la independencia económica tan deseada, y un éxito que haría pensar á sus padres en lo mal que hacían en tiranizar al genio que habían lanzado al mundo, ni más ni menos que como si fuese un mortal cualquiera... Aquel Conde Garci-Fernández iba a abrirle las puertas de la celebridad y antes las de todas las casas editoriales. Y efectivamente se las abrió. Lo malo fué que se volvieron á cerrar, sin que la novela se quedara en manos de ninguno de los grandes editores que entonces había en la corte y que eran más numerosos  importantes que hoy... Se le acabó el dinero... y vino una época que, sin ilusiones, hubiese sido mortal de necesidad...

1860, Madrid visto desde el oeste (BNE)
Cuando se le acabó el dinero no pensó nunca en volver á la casa paterna... Habría sido este pensamiento indigno de hombre que se creía llamado á altas empresas literarias y políticas... Jamás. A casa había que volver triunfador... El recordaba que Lamartine había dado también sablazos de infortunio... Bien es verdad que el poeta pedía que le compraran ejemplares de las obras que tenía publicadas. Peris Mencheta, el gran periodista, le sacó de algunos apuros... Aquellos días fueron eternos para Blasco. Pasó hambre. Tanta, que una tarde al volver del Campo del Moro, que entonces era público, no pudo subir una cuesta, que había, sin detenerse a descansar varias veces, porque se sentía morir de inanición. Por aquellos días se había hecho gran amigo de D. Manuel Fernández y González, el famoso novelista, ídolo suyo...
— ¿Cómo fué ello?—pregunté a Blasco.
—Los editores me habían dicho que don Manuel iba al café de Zaragoza que estaba en la plaza de Antón Martin.

Estaba ya en los últimos tiempos de su ceguera... Recuerdo aquellos ojos grandes, muy abiertos, como inmovilizados por la gota serena; su tipo de moro, su rostro atezado, su frontal tremendo, su capa y su sombrero de copa. Era el hombre de mayor facundia de cuantos he conocido. Se le ocurrían cosas estupendas, maravillosas. Sentado y oyéndolo renegar de toda la generación nueva, de entonces, parecía un león. Yo me presenté á él, diciéndole que mi admiración y mi cariño me habían tentado á conocerle y hablarle. Y aquel león, de quien nadie se acordaba, agradecía mis palabras muy conmovido. Fui su contertulio. El me recomendó á los editores... Cuando se cansaba do morder á todo el mundo, se retiraba al café. Por las noches, yo me iba con él á su casa. Era un hombre teatral, aparatoso, fantástico, mucho más fantástico que Dumas, padre. ¡Ya lo creo!... Algunas veces camino de su casa me convidaba. En su casa pasábamos la noche, escribiendo. El me dictaba, hasta que le rendía el sueño, y entonces, dando cabezadas y bostezos y balbuciendo, me decía: Bueno, Blasquito, continúa tú el capítulo.: Ya sabes, la condesa se desmaya, el otro la roba, y el... Y se quedaba dormido como un santo. Yo seguía escribiendo.
— ¿Recuerda usted alguna de esas novelas en que usted puso mano?
Sí. Una se titulaba La chula sensible; la otra, que era muy linda, El mocito de la Fuentecilla. Esta era una novela preciosa, una joyita.

Madrid, 1915. Calle de Segovia
Mi madre que sabía ya noticias mías por Peris Mencheta, me escribía diciéndome que me volviese á Valencia, y me enviaba dinero para que siguiese su indicación y sus suplicas. Pero yo me gastaba el dinero... Me fui á una casa de la calle de Segovía, una casa de un solo piso, del siglo XV, de techos muy bajos, las puertas con cuarterones. A cada portazo, se caía un pedazo del enlucido de las paredes. Pagaba seis reales diarios, por cama y manutención.

Vino el 11 de Febrero... Aquel año los republicanos hicieron el alarde de organizar banquetes para conmemorar el aniversario de la República. Cánovas, que apretaba entonces, solo permitía doce comensales en cada banquete... Blasco, como gloria del barrio, asistió á uno... Y en el hizo su debut revolucionario. Pronunció un discurso terrible, demoledor... El delegado le hizo callar. ¡Oh! Entonces no se hubiese él cambiado por Castelar... Era un víctima de la tiranía. ¡Qué orgullo!... Pero la suerte le tenía deparada otra sorpresa que había de proporcionarle mayor enojo y mayor orgullo. Porque la verdad, él no salio satisfecho del banquete. Le había hecho callar la autoridad, pero no le había llevado á la cárcel. Todavía no había gozado el martirio por su ideal.

V. Blasco Ibáñez adolescente
A la noche siguiente, cuando muerto de hambre iba á entrar en la boca de lobo de su casa, ve que surgen de la sombra dos tipejos mal encarados y provistos de sendos garrotes, y que se encaran con él, le echan las manazas á los hombros y le preguntan: ¿Es usted D. Vicente Blasco Ibáñez? Sí, señor, les respondió. Pues venga usted con nosotros; somos policías... Estuvo á punto de desmayarse de susto y de alegría, porque se acordó del banquete de la noche anterior y pensó que aquella detención era á consecuencia de su discurso. Salió en esto un zapatero remendón que vivía en el portal de al lado y que también profesaba sus ideas con el mismo entusiasmo que él, y se quedó suspenso y admirado. Con él salieron otros dos amigos suyos y hermanos en el Ideal.
Y adoptando aires de Dantón, Blasco se despidió con toda la solemnidad épica que el caso requería. «¡Adiós amigos míos! No os apuréis por mi suerte. El martirio... la tiranía... ¡Adiós!».  Y en voz muy queda se dijeron al darse la mano: salud y fraternidad, igualdad y libertad.
Los policías le metieron en un coche... Al pronto no se fijó en la dirección que llevaba; pero, luego, vio que se encaminaban al gobierno civil. Preguntó por qué no le llevaban á la cárcel, y lo contestaron que el gobernador había mostrado mucho y cariñoso interés en que le buscasen, pues quería hablarle. Se tragó la partida. El gobierno, asustado de sus prédicas revolucionarias, trataba sin duda de sobornarle... « ¡Jamás!, entró él pensando. Yo no aceptaré nada de los monárquicos. Al formase este pensamiento, el diablo debió sugerirle este otro: «¿Y si me ofrecieran editarme El Conde Garci Fernández, Crónica del siglo X?» 
F. Peris Mencheta en 1914
Tampoco, se contestó, pero ya después de una breve vacilación. Pensando habérselas muy tiesas con el propio gobernador; dispuesto á no claudicar aunque le ofrecieran el oro y el moro, y aunque le amenazaran con terribles castigos, llegó al despacho gubernativo. Lo primero que vio fué á Peris Mencheta con el gobernador. Aquello le extrañó mucho. ¿Cómo podía ser que el gran periodista le hubiese delatado? El y el gobernador le largaron una filípica, hablándole de que era preciso acabar aquella bohemia y aquellas insensateces..., y acabaron diciéndole que creyera á su madre y que se fuera con ella.... que le estaba esperando en un salón contiguo... Abrieron las puertas, y en vez de caer en el camastro de la cárcel, como él creyó al ser detenido, cayó en el amoroso seno de su madre la cual le entrujó á fuerza de abrazos. Su madre le llevó á un hotel, donde le puso ropa nueva y comió admirablemente y mucho... Cosa muy natural dada el hambre que él llevaba atrasada. Y durmió como en el paraíso... Aquel bienestar enervador, contrastando con las penalidades sufridas, le hizo claudicar y volverse á su tierra con El Conde Garcí Fernández... ¡Ah! No se fué sin despedirse del maestro D. Manuel Fernández… Fue una despedida más triste por parte del mozo que por la del viejo, porque este esperaba volver á verle en Madrid y Blasco tenía el presentimiento de que aquel apretón de manos era el último…
Y así fue…
III
Que trata de la primera y terrible aventura revolucionaria de nuestro héroe, y del brillante éxito que tuvo, y se omite la cuenta de los escobazos que recibió por causa del capitán general Salamanca
Poco tiempo vamos á tener para este trabajo—me dijo al siguiente día, cuando fuí á visitarle—y lo siento de veras, créame usted, porque estaba dispuesto á darle más datos que á nadie:  los que yo me reservaba, para cuando se me ocurriese escribir el libro de Memorias de mi vida.
Le dí las gracias por aquella galantería, y le invite á aprovechar el poco tiempo de que disponíamos. Hé aquí mis indiscreciones y mis averiguaciones reporteriles:

Blasco Ibáñez a los 15 años
Al regresar á Valencia, el recuerdo de su fuga hizo que la familia le diese un poco más de libertad, no mucha. Se le permitía salir por las noches, si bien con la condición de recogerse antes de las once. Reanudó sus estudios. Y volvió á sus entusiasmos de agitador. En aquella época, los que eran republicanos lo eran por convicción y defendían el ideal por el ideal, y sufrían persecuciones de la justicia, é ir á la cárcel por sus ideas, era para ellos mejor galardón que un acta de concejal  ó de diputado que tan locos vuelvo á los republicanos de hoy. Tenía Blasco entonces unos 17 años. A esa edad empezó á actuar de Robespierre. En los comités, se hacía pasar como estudiante libre de sus acciones, que tenía la familia fuera. Fué vicesecretario de una de aquellas juntas revolucionarias que se formaban en aquella revuelta época. ¡Lo que le hacía sufrir aquella obligación de retirarse á su casa á las once! Como las juntas se reunían por la noche y no siempre con puntualidad, había que verle apenas oía tocar las diez y media! ¡Qué de sudores! ¡Qué de pretextos inventaba, y qué de excusas tenía que imaginar para ausentarse sin que notaran que aquel joven demoledor, si se descuidaba en volver á casa á la hora ordenada, le iban á dar una paliza...
Y cosa rara, él que temía las iras de sus padres, no vacilaba en jugarse la libertad y aun la piel, por sus ideas. Como le veían tan decidido, sus jefes no desconfiaban de él, y á pesar de sus pocos años, no vacilaban en encargarle comisiones peligrosas. ¡A cuantos militares llevó, á veces cartas y acuerdos de sus jefes, escritos muchas veces en un papelillo que se le entregaba abierto! Y ahora viene su debut de revolucionario de acción... Ruiz Zorrilla tenía en Valencia un general adicto: era el famoso brigadier D. Pablo Mariné.
Aquella noche iba á sacar un regimiento del cuartel para dar el grito... La noticia, aunque confusa, corrió por la ciudad, y sembró la alarma en el vecindario... y la alegría en el alma del joven agitador. ¡Al fin, iba á batirse!.. De pronto una idea turbó su gozo. El alzamiento estaba designado para las doce y media de la noche. Es decir, cuando debía llevar hora y media de reclusión en su casa... ¿Qué hacer?... Lo resolvió enseguida. Como al día siguiente habría triunfado la revolución, ¿qué le importaba ya de los de su casa?... Hecho. A las once se metió en su cuarto, y finjió que estudiaba... Vivía en la plaza de San Gil, en un entresuelo bajo. A las doce de la noche, con toda cautela, se preparó para la rebelión, al modo que había leído en los Girondinos de Lamartine y en la Revolución francesa de Michelet. Todos sus preparativos consistieron en una pistolita de dos cañones que tenía, y en un gorro frigio que le había cosido su criada. Porque él no concebía que se pudiera ser revolucionario sin llevar el gorro frigio... Equipado y armado de esta guisa, salió al balcón y llamó al sereno, el tío Pepe, que era también republicano, y le dijo: «Ayúdame usted á descolgarme de aquí.» «Pá qué?» le preguntó él. «¡Chist! Es que esta noche se arma la gorda. Dentro de media hora, Valencia será nuestras.»
Con ayuda del tío Pepe, saltó á la calle convencido del éxito de su proyecto. Había burlado la autoridad paterna. El sereno era un símbolo; no le cabía duda. Se despidió del tío Pepe como un Dantón, y aquel, enardecido por la arenga que en voz baja le largó, le dio un apretón de manos, y le dijo: «Yo aguardo aquí con el chuzo, para secundar el alzamiento.»

Convento de San Francisco, Valencia
convertido en cuartel en 1835 y derribado en 1891.
Se fué á la plaza de San Francisco, donde estaba el cuartel del que iba á salir el regimiento sublevado. Por las bocacalles próximas había más de 400 hombres embozados como Blasco, y dispuestos á unirse á los sediciosos. Se decía que iban á salir los sargentos ya... cuando llegó el capitán general, Salamanca, entró en el cuartel, apaciguó los ánimos y lo desbarató todo... Muchos se cansaron de esperar...
El nó. El esperó hasta que á las siete de la mañana se pudo convencer de que no ocurriría nada y... Se estremeció al pensar en su vuelta al hogar paterno. Ya no estaba el sereno; tenía, pues, que llamar y despertar á los de su casa... Aguardó á que se abrieran los portales, y después de esconderse la pistola y el gorro frigio, subió. 


Ramona Blasco, la madre de V. Blasco Ibáñez





A la puerta del piso, se detuvo á escuchar. Oyó que barrían, y se le ensanchó el corazón. La criada estaba en pié, y le abriría sin que sus padres, que estaban durmiendo, advirtiesen su trasnochar. Llamó con mucho sigilo y no poca timidez... Se abrió la puerta... y estuvo á punto de desmayarse.  Al lado de la criada, como la estatua de la Justicia, estaba su madre. La cual, creyendo que se había pasado la noche de aventuras donjuanescas, agarró la escoba y le corrió por toda la casa, llenándole de improperios y de escobazos... Y ahí está explicado, cómo un mozo que venía de salvar á la Patria, recibió por todo premio una tanda de palos.

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