La entrevista acordada por V. Blasco Ibáñez en noviembre del 1919, en Nueva York, y publicada por Francisco José Ariza, en la revista Cine Mundial de enero 1920:
El Cinematógrafo es
la Novela de las Imágenes
Peregrino del arte, Vicente Blasco Ibáñez, cuyo talento fue
coronado de laureles en los Estados Unidos mucho antes de su reciente arribo a
estas playas, no podía eximirse de la tortura, un poco vulgar y un poco artificial,
de las entrevistas. Los enjambres reporteriles cayeron sobre él apenas puso los
pies en el territorio de la Unión y, a fuerza de aguijoneo, le dejaron la
epidermis excesivamente sensible a la intrusión periodística.
En este país, los hombres públicos son propiedad de todo el
mundo y cada uno se cree con derecho para inquirir, hurgar, escarbar y abrumar
a preguntas a cuanto novelista, político, poeta, escritor o publicista se pone
a tiro. Y es natural que los jue llegan, un tanto deslumbrados por la novedad
de lo exótico, a la nación norteamericana, padezcan con menos paciencia que los
radicados aquí, esas indiscreciones de los cronistas que no por bien
intencionadas, dejan de ser, a veces, robrado penosas para el sacrificado.
Cine Mundial tenía
la obligación de pedir al autor de La
bodega media hora de charla porque el cine es una expresión de arte y si
los artistas y los hombres de letras de la talla de Blasco Ibáñez no hablan de
eso, entonces es hora de que nos aliemos todos. Pero, sin embargo, nos
sentíamos cohibidos al presentarnos ante el novelista porque han sido tantas
las revistas y publicaciones que lo han obligado a hablar, que era de rigor
presumir en él justificado cansancio.
Y no nos equivocamos; pero la cortesía del entrevistado nos
prestó audacia, y al cabo de cinco minutos de conversación, ya estábamos, como
si dijéramos, al cabo de la calle.
Estas líneas preliminares son indispensables porque queremos
hacer hincapié en el interés que una entrevista con el incansable escritor
tiene. Un hombre que duerme cinco horas nada más, porque lo abruman las
visitas, las excursiones, los banquetes,
los periodistas, los maniáticos, los promotores y toda la
gente de pluma, de teatro, de ley y de negocios; un hombre que, acostumbrado a
escribir centenares le cuartillas, no ha trazado una línea desde que llegó a
Nueva York y se comunica con su familia por cable porque no le queda tiempo
para otra cosa, casi realiza una heroicidad cuando despilfarra un poco del oro
de ese tiempo precioso que tanta falta le hace, charlando de cine, para regalo
de nuestros lectores.
Pearl White hablaba por teléfono con Blasco Ibáñez cuando
llegamos a su habitación. Y como nos sorprendiera que tan pronto estuviese en contacto
con uno le los astros de la pantalla que más lucen, nos dijo, sonriendo...
—Pero si el domingo comí con Mary Pickford...
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Mary Pickford en1919 |
Con lo cual ya nos sentimos como en terreno propio, e
iniciamos la entrevista sin más averiguaciones.
—Por lo visto, usted ya ha entrado en relaciones con la
gente de cine...
—Ya lo ha oído usted. De Nueva York no conozco absolutamente
nada, porque cuando salgo del Hotel es siempre encerrado en un automóvil que me
lleva aquí y allá, de visita, a alguna conferencia o a algún negocio, pero, en
cambio, ya he estado en Famous Players,
con William Fox, con Farnum y con los Barrymore... El que el cine es para mí
tan importante como la literatura, y tengo interés personal en la pantalla
porque me propongo llevar a ella mis obras...
— ¿Ya han tomado forma esos propósitos?
—Sí, pero aún no puedo decir a usted nada a este respecto,
porque los arreglos definitivos están todavía pendientes. Sin embargo, uno de
los objetos de mi viaje transcontinental es el visitar Los Angeles, centro de
producción cinematográfica, para atender a los detalles de ese arreglo de que
hablo.
—De modo que el cine...
—El Cine es la novela hecha con imágenes, y como yo soy
novelista, considero el arte mudo en el mismo plano que a aquella modalidad de
la literatura. El Teatro y el Cine no son solamente cosas distintas sino
perfectamente opuestas. El teatro es la encarnación de lo artificial; el Cine,
la realidad en toda su asombrosa belleza. En el teatro, los actores tienen que
amoldarse a las exigencias de escenario, a su escualidez y a sus limitaciones.
En el Cine, el campo de actuación es ilimitado, la interpretación carece de
restricciones y la escena tiene la inmensidad de la naturaleza...
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31 octubre, Nueva Yersi. V. Blasco Ibáñez durante su visita
a Fox, con William Farnum
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V. Blasco Ibáñez, en los estudios cinematográficos Fox,
octubre 1919
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—Y la novela...
—El cine es una novela, ya lo he dicho. Tiene idéntico
desarrollo, idénticas modalidades. Está dividido en capítulos, como los de un
libro. La acción se traslada de un lugar a otro, sin que haya necesidad, como
en las tablas, de bajar el telón. Dos o tres distintos temas independientes
unos de los otros, pueden ser desarrollados al mismo tiempo sin que haya
forzamiento ninguno ni sufra para nada la unidad estética. Las series
cinematográficas en que hay palos, tiros, porrazos y hazañas increíbles es la
novela folletinesca. Los dramas del lienzo representan la novela en su forma
más estimada, en tanto que las comedias son el estilo picaresco...
—De modo que usted es un entusiasta del Cine...
— ¡Ya lo creo que lo soy! Como que una de las razones de mi
viaje ha sido el deseo de hacer la novela de la cinematografía americana. Y
además, voy a filmar varias de mis obras... Ya tengo ofertas que estoy
estudiando. Yo mismo supervisaré la producción.
— ¿Usted cree que sus obras se prestan a la adaptación?
—Es indudable. Tenga usted en cuenta que, precisamente por
lo que le decía yo antes acerca de la relación o parentesco entre la novela y
el Cine, siempre fueron un fracaso las adaptaciones de las obras teatrales al
lienzo; y, en cambio, hay cintas clásicas cuyo argumento apareció primero en
forma de novela, de Los miserables
para acá. La semejanza en el procedimiento de desarrollo y presentación
facilita la adaptación de novelas, en tanto que la artificialidad del drama
hace casi siempre imposible que su filmación tenga éxito. La variedad de las
decoraciones, la facilidad para transportar a los personajes y los mil detalles
que solamente en el Cine puede un autor encontrar para dar forma apropiada a
sus ideas, son un motivo más de belleza y añaden atractivo y arte a un
argumento bien presentado.
— ¿Podemos preguntar cuáles de sus obras se presentarán primero
en el Cine?
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John Barrymore como Hamlet, en 1922.
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—John Barrymore va a presentar Sangre y arena en las
tablas dentro de poco, y después se adaptará a la pantalla. Barrymore es uno de
los mejores actores que haya yo conocido. No me sorprendió su vasta cultura, de
la que ya tenía noticias, pero sí me llamó la atención la excelencia de su
interpretación escénica. Ha leído todas mis obras y me dijo que le
entusiasmaban y que quería interpretarlas, ya en las tablas o ya para el Cine...
El señor Sheldon será quien haga la adaptación. Además, tengo ya a punto de
firmar el contrato de adaptación de Los cuatro jinetes del Apocalipsis y
de Mare
Nostrum.
— ¿Quién va a hacer la película...?
El novelista sonrió y no dijo una palabra. Comprendimos que
era una indiscreción insistir en un asunto que no estaba aún terminado y
pasamos a otra cosa. Quizá antes de cerrar esta edición sepamos ya cuál será la
casa productora encargada de llevar al lienzo la genial novela.
— ¿Qué opinión tiene usted de la cinematografía americana?
—Todo lo que diga es poco. A mi juicio está por encima de
todas las demás, no solamente desde el punto de vista de la presentación y la
dirección, sino desde el punto de vista artístico. Es cierto que su lado flaco
son los argumentos, pero es esa enfermedad de la que está tratando de curarse a
gran prisa, y ya comienzan a verse los efectos... Yo, que vengo de Europa,
puedo darme cuenta mejor que ustedes del influjo y poderío de la Cinematografía
de los Estados Unidos tanto en el viejo continente como en el resto del mundo.
París ha sido verdaderamente tomado por asalto por los productores norteamericanos, que pueden
envanecerse, en estos momentos, de dominar el bulevar. Por todas partes ve
usted no solo anuncios de películas yanquis, sino teatros, letreros, carteles y
fantásticas manifestaciones de réclame,
al estilo de por aquí, cuyas luces incandescentes deslumbran a los parisienses
sorprendidos...
— ¿De modo que es una victoria norteamericana...?
—Indudablemente. Han ido al terreno enemigo a plantar sus tiendas, es decir, a comprar sus teatros, a imponer sus producciones y a inundar las capitales europeas con sus cintas, sus anuncios y... sus dólares. Y únicamente mirándolo puede uno formarse idea cabal de la influencia que eso tiene, no solo desde el punto de vista comercial sino desde el punto de vista psíquico...
—Indudablemente. Han ido al terreno enemigo a plantar sus tiendas, es decir, a comprar sus teatros, a imponer sus producciones y a inundar las capitales europeas con sus cintas, sus anuncios y... sus dólares. Y únicamente mirándolo puede uno formarse idea cabal de la influencia que eso tiene, no solo desde el punto de vista comercial sino desde el punto de vista psíquico...
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Los Ángeles de noche, en 1920
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— ¿Por qué dice usted eso?
—El Cine es uno de los medios más formidables de cultura que
existen. Mirando en Europa las cosas que en el mundo ocurren a través de la
mentalidad yanqui, es decir, por medio del cine de este país, por fuerza tiene
la gente que formarse una opinión de ellas idéntica a la norteamericana. Y esto
es de una trascendencia inaudita. Además, significa un acercamiento de
mentalidad que tiene que resultar provechoso. La excelencia de la producción
norteamericana, por otra parte, servirá para estimular a los manufactureros de
otros países y para mejorar la producción general de películas. En Europa, hay
que tener en cuenta, asimismo, que nadie hace películas, porque no hay dinero;
de manera que ahí, como en el resto del mundo, se están acostumbrando a la
producción yanqui, y la piden, la aplauden y la hacen subir incesantemente.
Esto es una maravilla de audacia que a mí me sorprendió. El espectáculo de un
productor norteamericano apoderándose de París y lanzando sobre las aceras del
bulevar el reflejo de oro de su marca, reproducida en innumerables foquillos
eléctricos, es una de las conquistas más evidentes del genio mercantil y
artístico de esta gente.
—Usted nos dijo que iba a hacer una película suya... ¿Se
trata acaso de la adaptación de alguna de sus obras, aparte de las que ya ha
mencionado?
—No. Es una ilusión que he tenido desde hace mucho tiempo y
que espero ver realizada pronto. Ocho años llevo de preparar, en mi propia
mente, esa película que deseo llevar al lienzo con el mismo afecto que una
novela. Quiero que sea el mejor capítulo de mi vida de hombre de letras. Y la
haré por puro entusiasmo patriótico y artístico... Una obra española, clásica,
que encarne toda la psicología de nuestra raza...
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Quijote - composición fotografía de Luis de Ocharan, 1906
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—Un nombre, señor Blasco... Díganos...
— ¿Un nombre?... Don
Quijote...
— ¡Don Quijote!
—No se precipite usted. No será el Quijote escrito por don
Miguel de Cervantes y llevado al lienzo, como cualquiera adaptación de la
excelsa obra. Eso no. Quiero hacer una película de lo que soñó el Quijote..., de lo que no está en el libro de
Cervantes, pero que todos adivinamos en el reblandecido cerebro del Caballero
de la Triste Figura... Quiero llevar al lienzo, no la venta desastrada, sino el
palacio de plata que esa venta fingía a ojos de Don Quijote... Quiero...
Pero no nos dijo más. Al contrario, pareció arrepentido de
haber hecho vislumbrar, en su entusiasmo, un poco de esa obra que con tanto
cariño está preparando. No obstante, la revelación era bastante.
El entusiasmo que se traslucía a través de la forzada
reserva del entrevistado —luchando entre el deseo de callar y la fuerza de las
imágenes que la idea despertaba en él— nos hizo recordar la frase clásica, que
resumió el primer encuentro de Lamartine con Napoleón: «Y el genio se halló
frente a frente»...
Cervantes y su imperecedero monumento de gloria, más alto
que todos los mármoles y que todas las torres, frente al crisol de un
temperamento que lo comprende y que quiere interpretarlo en una forma nueva y a
través del moderno criterio estético.
El genio estaba frente al genio.
Y, satisfechos y agradecidos, dimos por terminada la
entrevista.
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