lunes, 29 de febrero de 2016

Confesiones, 1911- Parte II


...continuando la reproducción del artículo publicado en marzo de 1911, en el número 194 de la revista Por esos mundos, con la entrevista de Enrique González Fiol a V. Blasco Ibáñez.
El novelista había regresado de Argentina por una corta temporada y a finales de marzo, volvía al país sudamericano para continuar con su proyecto de colonizador. Durante su estancia en Europa, realizaba también una visita oficial a Valencia, entre 17 y 20 de febrero de 1911.


IV
Historia de tres fusiles y aventura de un bohemio

Luego fundó una juventud revolucionaria... Como no podía conquistar hombres para sus ideas, se dedicó á reclutar muchachos... Aquellos muchachos de entonces, constituyen la generación actual, y muchos son ó han sido concejales y diputados. Creó una organización revolucionaria al estilo de los carbonarios, pero sin ceremonias, organización militar secreta.

Los afiliados solo le conocían á él y á sus dos ayudantes, que formaban el tribunal, pero entre sí no se conocían. Llegó á reclutar cinco mil hombres armados, mejor dicho que se creían armados, porque... En la calle de Malaenes, en las afueras de Valencia, en el último piso, domicilio de un pintor de paredes, se reunía el tribunal para la admisión de neófitos. Todos llegaban diciendo lo mismo: Bueno. Yo en esta societat no entre,  si no hiá serietat... Y sobre tot, armes. («Yo no entro en esta sociedad si no hay seriedad. Y sobre todo, armas.»  Traducción del autor.). ¿Seriedad? Allí estaba el tribunal más serio que se ha visto jamás. ¿Armas? «Ché, fulano—decía Blasco á uno de sus ayudantes—, baixa un fusil.» Y se le enseñaba un fusil traído de una bohardilla. Bueno, sí, un fusil es ben poc, decía el entusiasta neófito. ¡Che, baixa un atre!, replicaba Blasco. Y se le bajaba otro.

El neófito empezaba a creer en el armamento, pero Blasco, para acabar de convencerle, repetía: Che, baixa un atre. Y se le bajaba otro. Y volvía á repetirse la orden. Pero cuando iban á cumplirla, él decía: Bueno. Ya hay bastantes para convencerse de que no estamos desarmados. No bajes otro, que vamos á acabar por no poder movernos aquí... Y no se bajaba el cuarto fusil, porque no tenían más que tres. Eran tres chassepots, procedentes de los zuavos de Argelia, con la bayoneta ondulada como la espada flamígera de San Elías. A la par que ejecutaba este reclutamiento, echó a la calle un semanario que causó gran sensación: La bandera federal, cuyos lectores eran sus cinco mil reclutas. Blasco solo ha hecho versos amatorios y satíricos. Por entonces le entusiasmaban los yámbicos de Barber. En La bandera federal publicó sus primeros versos satíricos, á estilo de los de Víctor Hugo. A los diez y ocho años fué por primera vez al banquillo de los acusados, ¿por un artículo?
Nó. Por un soneto... Le condenaron a seis meses de cárcel, pero como tenía tan poca edad, se interpuso recurso de casación, y como era ridículo que, por un soneto, se observase tanta dureza, aquí casaron la sentencia. Por entonces, comenzaron sus ganancias en literatura.Era redactor de El Correo donde, por su labor periodística y por hacerse el folletín, le daban ciento cincuenta pesetas mensuales.

A los 18 años llevaba ya escritas 6 ú 8 novelas: Leyendas y tradiciones, El Conde Garci Fernández, Por la patria (Romeu el Guerrillero), El Adiós de Schubert, Mademoisselle Norma, Caerse del cielo, y otras que no recuerdo.
Los escribía al día, es decir las cuartillas necesarias para cada número. Luego se publicaron todas en un tomo. Pero hoy en cuanto ve un ejemplar, lo compra y lo destruye...En medio de esta agitada vida política é intelectual, se licenció. Detalle curioso: tuvo que hacer dos veces el ejercicio de licenciatura. La primera vez, al poco rato de encerrarse en la capilla de la Universidad donde se hacía el ejercicio, entró un ujier á decirle que un coronel había preguntado por él.

Creyendo que era para una asonada se fué en busca del que le demandaba... y luego resultó que era para no sé qué chinchorrería que le retuvo dos horas y le obligó á empezar de nuevo su ejercicio... Siguió la publicación de La Bandera federal, que se me ha olvidado decir antes, que se daba gratis. Sobre aquel periódico llovían las denuncias número sí y número también, y  sobre ni fundador, los procesos. Se pasaba la vida de la redacción á la cárcel y de la cárcel á la redacción, mediante fianza. Su título de abogado, el duro diario de El Correo y sus barbas, hacía que en su casa se le tolerase ya y se le diese mayor libertad...En esto ocurrió la llegada de Cerralbo á Valencia, cuyos sucesos le proporcionaron un nuevo proceso. A consecuencia de un reto que lanzó á Romero Robledo, le incoaron otro. Sumadas las penas que por los procesos pendientes le pedía el fiscal, llegó á verse amenazado con más de setenta años de presidio. En esto, cayó Sagasta y entró Cánovas en el poder. Organizó el primer motín serio, de importancia. Dando la cara, se puso al frente de las masas. Los cargó la caballería, les hirieron á algunos de los suyos y en fin fué la cosa tan gorda que, puesta la ciudad en estado de sitio, la autoridad militar le buscó las vueltas tan seriamente que tuvo que huir de Valencia.
—¿Dónde se refugió usted? le pregunté.
—Primero en una barraqueta de la playa de Nazaret, junto á la Albufera; luego, me recogió una barca de pesca que hacia contrabando, y me llevó á Argel. De allí, me embarqué nuevamente para Marsella y me trasladé á París.

Veleros en el puerto de Valencia, a finales del siglo XIX

—¿Qué edad tenia usted, entonces?
—22 años. Me fui á vivir al barrio Latino. Hoy el barrio latino no es ni sombra de lo que era entonces... Estando allí, me nombraron candidato á diputado a Córtes por Enguera, para ver si al amparo de la inmunidad podía volver, pero me derrotaron.


En París, escribiendo para los editores, ganaba unos 500 francos al mes. Allí era un personaje: un exilé… Gastaba melenas, vestía pantalón á cuadros, chalina flotante, y sombrero de copa de alas planas, como un personaje de Mürger. Primero vivió en la rué des Ecoles, al lado de la Sorbona. Después se mudó á la plaza del  Panteón, al Hotel des grands hommes, llamado así porque estaba en frente del Panteón de los grandes hombres de Francia.
Allí fué el grande hombre número 80 y tantos. D. Nicolás Estévanez, cuando iba á verle, preguntaba por el grande hombre número 80 y tantos. Su cuarto estaba muy alto. Desde él se dominaba todo París.

Panteón y la Rue Soufflot, París, 1905
Vista París, 1890

Paris, 1900. Foto Eugène Atge
Refiero la mudanza, porque fué una nota muy pintoresca. Para ahorrarse gastos, los compañeros quisieron ayudarle á hacerla. En un carrito de mano, colocaron los trastos y los libros. Sus amigas tiraron de él, unos, mientras otros lo escoltaban. Extraña retreta que recorrió varias calles de París, dejando estupefactos a los transeúntes, porque parecía la caravana de la Locura. Delante del carro, iba un amigo con un quinqué encendido. Detrás el carro. Los que tiraban de él, como los que lo escoltaban, todos con sombrero de copa. Detrás, una amiga de ellos, Sara, famosa modelo de la que se han escrito luego algunos libros, cerraba el cortejo, llevando un busto de la República que Blasco tenía siempre en su cuarto. Fué una sinfonía ininterrumpida de escándalo y de silbidos. 
Los grandes hombres del Hotel, eran todos de distintas nacionalidades: sudamericanos, yankees, egipcios con su gorrillo rojo; japoneses, rumanos, turcos; de los Balkanes había bastantes, dos franceses solamente, y algunos españoles, y contrastando con todos y mezclándose en aquellas tertulias, varias estudiantas rusas con su pelo cortado y sus faldas que parecía que iban á volar. 

Bohemios artistas españoles en París, 1890, 
Rusiñol, Canudas, Miguel Utrillo y Clarasó

En las galerías, á donde recaía su cuarto, aprendió á tirar á espada. Todo el lujo de su habitación consistía en el consabido busto de la República, sobre el cual colocaban su sombrero los asociados.
En París, según cuentan, hizo vida bohemia.
Completa. Al hijo de D. Nicolás Estévanez, hoy notabilísimo ingeniero naval en Cherburgo, y á él, que fueron grandes amigos, les dio la ventolera por echárselas de valientes. Creían que, por el hecho de llevar capa y de ser españoles, tenían derecho á meterse en todo lo que no les importaba y los demás el deber de tenerles miedo. ¡Esta fanfarronería les costó cada paliza!... 
Cuéntase que una noche, a la puerta del café rumano de la rué de Saint Michel, había una muchacha, que no la dejaban entrar creo que porque era muy escandalosa. D. Quijote encarnó en ellos, y la entraron a pesar de las protestas do los camareros, y desafiaron á éstos, y al dueño y á los parroquianos, y pegaron... y les pegaron de firme... A Blasco le dieron no sé con qué, pero cosa contundente debió ser, porque tuvo que andar de medio lado no sé cuánto tiempo.

El café-restaurante de la Rotonde n° 88, Boulevard Saint-Michel, ca.1900
Otro de los sitios donde él era muy popular por la vida de polichinela que llevaba, era el baile de Buller, famoso por celebrarse allí los bailes de las Cuatro Artes. Allí tenía fama de terco. Se cuenta que, una noche, se empeñó en saltar á la tribuna por fuera y se agarró á la barandilla y la rompió. La guardia republicana le detuvo y, al igual que por otras tremolinas que armaba, le llevó á In Comisaria. Allí el comisario, que como es sabido, suele ser personaje, ex-diputado ó cosa por el estilo, le hablaba particularmente y le reprochaba aquella vida de Guiñol que estaba llevando, y que convenía según él, perfectamente para estudiantes, pero no para un hombre político, para un exilé como él, que precisamente por estar desterrado y por profesar ideas republicanas estaba más obligado que otros á respetar la libertad y los derechos de todos... Pero para él, el mismo efecto que las coplas de Calaínos. Seguía de noche haciendo esta vida.

París, 1897, Dos instantáneas del Baile de las Cuatro Artes

La Historia de la Revolución española, 
editor Marcelino Bordoy, año 1892
De día trabajaba muchísimo. Escribía La Historia de la Revolución española, para una casa editora de Barcelona. Era una obra enorme de larga. Se vendía por entrega, y tuvo un éxito mayor que todas las publicaciones de entonces. El editor era uno que estuvo empleado en casa de Molinas. Debutaba con esta obra que le dio una ganancia de más de cincuenta mil duros. De esto dio á Blasco seis mil, en los dos años que le costó de escribir. Este éxito fué causa de que todas las casas editoriales le solicitasen. Entonces, escribió La Araña negra. Esta vida de trabajo y de locuras tenía unos paréntesis que producían en su espíritu un efecto sedante.
Durante ellos, se trasladaba al otro lado del rio, y visitaba á Ruiz Zorrilla y al capitán Casero, y á muchos militares emigrados, por lo del 15 de Septiembre, los cuales pasaban de mil. Los primeros días de mes, cuando recibía el dinero do su editor, comía en los grandes restaurants, y se daba vida de hombre de mundo... Pero llegando el día 12, enviaba á la portera á la rotisserie próxima, y compraba treinta céntimos de caldo, y cincuenta, de roastbeeaf, y esa era su comida para toda la jornada. Por cierto que en esta escasez de dinero, le cogió una nevada, la más grande que ha habido en París... La suerte fué que tenía crédito para el carbonero, porque le pagaba á primeros de mes. Aquellos días de nieve hizo subir unas cuantas arrobas de carbón y de leña. Incendió la chimenea tan fieramente que no sé cómo no le pegó fuego al edificio, é invitó á sus amigos. Hacia tanto calor en el cuarto que se quedaron en camiseta, y de esta guisa, presenciaron la nevada á través de los cristales, mientras su habitación echaba bombas...


Enrique Gómez Carrillo (1873 - 1927)
Lo curioso del caso es que todos sus aturdidos y revoltosos compañeros de bohemia, se los ha encontrado, más tarde, en sus viajes, convertidos en graves universitarios en Chile y la Argentina; otros, en ministros y jefes de Gobierno. Era gente culta é inteligente aquellos mozos, á pesar de su turbulencia, que no era después de todo, otra casa que exuberancia de vida. Después de 19 meses de destierro, una amnistía general, puso á Blasco en condiciones de volver á España. Ya se disponía, cuando un día se le entró en su cuarto un amigo, nacido en la América central, y le presentó un muchachito barbilampiño, de unos diez y siete años, de ojos grandes y melancólicos como la boca, de labios sensuales. Aquel muchachito ha recordado siempre que le sorprendió su visita en el momento en que se cosía un botón. Venía á luchar en París, ¡en París! por un nombre literario. Este muchachito fué luego el gran parisién y gran literato Enrique Gómez Carrillo.
Fué amigo de un emperador, sin saberlo. Así lo cuenta el insigne autor de Entre naranjos:
Muchos días, después de almorzar, me iba al jardín del Luxemburgo, y allí sentado en un banco, entre las estatuas leía periódicos valencianos y madrileños. Por delante de mí, solía pasar y repasar un señor muy viejo y muy alto; de barba blanca, muy blanca, que parecía de nieve, y vestido con gabán azul, guantes blancos y sombrero de copa. Iba muy erguido, y era un hombre de una distinción completísima. Tenía un aire paternal que cautivaba. Se detenía á charlar con los niños, y varias veces, se sentó á mi lado. Al ver mis periódicos, me miró con su paternal sonrisa, y empezamos una conversación sobre cosas de Arte y de Literatura. Fuimos muy amigos en el paseo. Me dijo que había estado en Madrid, y que había tratado á Castelar. Se interesaba mucho por las cosas do España. Cuando nos veíamos en las calles del barrio latino, nos saludábamos. Un día en que ocurrió esto, una amiga que iba conmigo, me dijo: Oye, creo que ese señor es alguien muy principal. Le pregunté quién era, pero solo supo decirme que había visto el retrato del elegante y simpático viejo en los luises de oro. Este dato me intrigó mucho, y quise averiguar quién era aquel amable personaje. Por fin supe que era D. Pedro, el emperador destronado del Brasil, que vivía entonces cerca de allí, en el Faubourg Saint-Germain, en el palacio de su pariente el conde de Eu. En París estuvo á punto de truncarse mi vida, y de hacerme cambiar no solo de latitud sino quizás hasta de carácter...


El Parlamento chileno se sublevó contra el presidente de Balmaseda. Todos los estudiantes chilenos que había en el Barrio Latino, hicieron causa común con el Parlamento de su país, y se declararon partidarios de la revolución. El entusiasmo por esta y el odio contra Balmaseda fueron tan grandes que los chilenos llegaron a constituir un club, llamado de la Estrella de Chile. Allí, no podía faltar el joven y romántico revolucionario. Frecuentó el club y pronunció discursos terribles contra Balmaseda. Se adherían á las manifestaciones que ellos iniciaban. Otras veces las organizaba él. Por el boulevard de Saint-Michel y por el Barrio Latino, salían frecuentemente dando gritos do muera Balmaseda. Una locura, porque nadie les entendía, y los transeúntes les tomaban por locos ó por borrachos. Constantemente salían estudiantes chilenos de París, para incorporarse á las filas del ejército revolucionario. Muchos murieron peleando. Varios amigos á quienes profesaba mucho afecto, le tentaron á irse con ellos. Le calentaron la cabeza, diciéndole que le harían oficial y que ascendería muy pronto á los altos puestos de la milicia chilena, cuando la revolución triunfase, que triunfaría según ellos, porque el alzamiento lo secundaba y lo miraba con simpatía y con calor todo el país. Blasco estuvo á punto de decidirse. En esto anunciaron la amnistía que le dejaba volver á su patria, y no pensó más en aquella aventura, sino en reintegrarse á los suyos. «Pero, mire usted, cómo pudo ocurrir que á estas horas estuviera yo de coronel de guarnición en una capital de provincia de Chile, completamente transformado de carácter— me dijo el admirable artista al hablarle yo de esto.
Esta frase final revela la fé que tiene Blasco en su vida. No se le ocurrió añadir:
O mire usted cómo pudo ocurrir que á estas horas estuviera pudriendo tierra con la cabeza hecha cisco…
No recuerdo quien fué el que dijo que todos los que se mueren, es porque ya han cumplido la misión que el destino les impuso al lanzarlos á este mundo. Blasco, en quien más que en ningún otro grande hombre, he visto retratados la alegría de vivir y la fé en si mismo, no podía pensar que su misión hubiese estado concluida al dejar su bohemia parisién.
Después de dedicar un sentido recuerdo al preclaro autor de Los estudios sobre la Edad Media, me dijo:
Por Pí y Margall tuve una grandísima devoción. También él me quería. Y me lo demostró á mi vuelta de París. Había él salido diputado por varios distritos, y me cedió el de Sabadell, por el cual me presenté candidato.
— Es un dato de su vida política que pocos conocen.
Yo fui á Sabadell y empecé á apasionar los ánimos. Los adversarios, no sabiendo cómo deshacerse de mí, me hicieron detener por los sucesos de la peregrinación á Roma, y entre guardias civiles, me llevaron primero á Barcelona, y después á Valencia. En mí ciudad natal, no me soltaron hasta el jueves siguiente al del escrutinio. Como se puede suponer, fui derrotado la única vez que he presentado mi candidatura por un distrito fuera de Valencia.

V

Como nacieron las primeras novelas de Blasco y final de estas confesiones


Valencia, 1890

Al volver a Valencia me dedique a cuerpo y alma á la política.  Allí consumí mis últimas ilusiones de agitador. Todavía esperaba yo influir en la transformación del régimen de gobierno en España... 
Fundé El Pueblo en 1890 (sic...1894). Fué una empresa tremenda, de magnitud que pocos podrán apreciar. Es la temporada más agitada de mi existencia. Cuando no estaba en el terreno del honor, era porque estaba en la cárcel, y si al menos el periódico hubiese cubierto gastos, me habría dado por muy satisfecho. Pero lo peor era que se perdía dinero. En aquella época me casé, y El Pueblo se me llevó el dinero de la herencia de mi madre y el de mi esposa.
No estaba en moda el republicanismo, y El Pueblo tenía pocos lectores y escasísima publicidad. He dicho que he acudido muchas veces al terreno del honor. Diga usted que eso lo cuento como episodio de mi vida, pero nunca como vanagloria, pues yo me río de eso que llaman lances dé honor; además nunca he pensado en ganarme la vida como espadachín, ni creo que el ser valiente sea un mérito sino muy relativo y circunstancial. 
Los artículos de mi periódico me hicieron ir á la cárcel más de treinta veces.

Blasco Ibáñez en la redacción de El Pueblo. (B.V. Nicolau Primitiu)
1903. Fachada de la Redacción del periódico “el Pueblo”, fundado en 1894 por V. Blasco Ibáñez. 
Calle Juan de Austria 14, Valencia.

Un correligionario me había construido una cama de campaña, en la que dormía allí. En la cárcel había una celda que consideraban y consideraba yo como una prolongación de mi casa.
— ¿Le trataban bien á usted?
¡Ptaé! Igual que á cualquier otro acusado por delitos políticos.

Félix Azzati (1874- 1929)
De El Pueblo fué redactor desde el primer día Azzati, hoy diputado. Fué uno de mis correligionarios más fieles y leales. Yo le quería muchísimo. 
Félix Azzati estaba echado de su casa por consecuente. Yo le amparé lo poquísimo que podía entonces. En el caserón de El Pueblo, vivíamos como acampados. En esas circunstancias, azarosas, teniendo que hacer los artículos de fondo, y dirigir el periódico, y algunas veces casi hacérnoslo entre Azzati y yo, pues teníamos contados redactores, escribí Arroz y Tartana para folletín de El Pueblo.

— ¿Qué se lo inspiró á usted?
—No sé. Yo había escrito ya y publicado algunos cuentos valencianos que habían encontrado muy buena acogida, no solo entro los lectores de mi periódico sino también en mis adversarios políticos. En realidad, la base de mi novela regional, fué el cuento Cosas de hombres. Esto me hizo pensar en la novela valenciana. Seguí escribiendo cuentos, y por fin, un día me decidí á construir con todos los recuerdos de mi infancia la novela Arroz y tartana que no es otra cosa que una pintura de la Valencia que yo había visto de niño. Este éxito, porque lo fué, me tentó á escribir Flor de Mayo también para folletín. Estas novelas las escribía á las cuatro de la madrugada, cuando ya había terminado mi labor periodística. Le aseguro a usted que algunas noches caía deshecho en la cama. Calcule usted el desgaste de energía que supone la preocupación de los gastos del periódico, la atención constante á la política, la redacción del artículo de combate, los ataques que había de dirigir y la defensa que tenía que hacer de mis ideales, todo con intervalos en la cárcel, donde las preocupaciones por mi familia y por mi periódico aumentaban puesto que yo no podía atenderlos directamente.

El 1895 estalló una asonada. Hirieron á varios guardias..., y disfrazado de marinero hube de embarcarme para Italia. Antes de embarcarme, estuve escondido en casa de un amigo mío. En aquellas circunstancias, todavía, tuve inspiración para escribir un cuento que me ha dado grandísima popularidad. 
—¿Cuál?
Venganza moruna—y al ver mi gesto de extrañeza, me advirtió —, es que esa Venganza moruna no es el cuento que usted conoce. Era uno que tenía ese mismo título, y que luego apareció con otro.
—¿Con cuál?
— Ya lo sabrá usted á su hora. ¿No hace usted estas interviews á estilo de novela?
—Pues yo me someto á su plan, y por eso solo le diré que el cuento que escribí con el título de Venganza moruna se publicó luego con otro que me hizo célebre, en el extranjero, primeramente, y en España después.
— Escribí aquel cuento y me lo metí en el bolsillo. Momentos antes de embarcar, me acordé de que lo llevaba encima, y se lo entregué á mi amigo, al mismo tiempo que le encargaba que lo enviase á Valencia para que lo publicase El Pueblo. En Italia, escribí mi libro En el país del arte. Me escribieron diciéndome que podía volver, porque el gobierno estaba dispuesto á olvidar mis andanzas revolucionarias, y á no hacerme nada. Regresé á España. Pero, entonces, á unos correligionarios míos, se les ocurrió levantar unas partidas republicanas. Me creyó el gobierno promotor de ellas, y se me formó consejo de guerra. Fué un consejo que no lo olvidaré nunca, porque se celebró de noche y porque fué muy aparatoso y teatral.
— ¿Y le condenaron?
—A seis años de presidio. Entre la cárcel y el presidio, hay una diferencia de cuya enormidad nadie se da cuenta. A los presidiarios no se les permite recibir ni leer periódicos, ni nada. Como benevolencia especial, se me consintió dormir en la enfermería del hospital.
Es este un relato conmovedor.
El vició y la mala alimentación hacían que abundaran enormemente los tísicos. En la misma sala que Blasco dormía, había bastantes. Todos los meses morían dos ó tres. Y como se necesitaba las camas, se les sacaba enseguida de la mortuoria, y se dejaba los cadáveres al pie de ella, y allí pasaban la noche hasta que al siguiente día se los llevaban. De día, pues, tenía siempre el peligro del contagio; de noche, la visión horrible de los cadáveres por el suelo. 
Prefería dormir allí.
Porque al menos tenía un camastro. Los presidiarios dormían en el suelo, sobre un montón de paja unos; otros encima del petate... ¡Oh! Fué otra época bien dura de su vida. Por eso en muchos cuentos suyos asoma la descripción del presidio.
En el presidio, para mortificarle más, cuando se pasaba revista, le hacían estar dos ó tres horas, con la cabeza rapada y descubierta, al sol, al frente de una brigada de ladronea y asesinos, á los cuales inspiraba compasión la dureza con que se Ie trataba... Para sacarle de aquella horrible situación trabajó cerca de Cánovas, Miguel Moya, con todo el ahínco de que es capaz un corazón tan grande como el suyo. También trabajó con mucho entusiasmo é idéntico fin, Amalio Jimeno. Cánovas que tenía muy mala voluntad á Blasco, le dijo á Moya que si se recibía una buena noticia de Cuba, lo indultaría. Pero á pesar de recibirse, no lo indultaron: le conmutaron la pena por la de destierro y confinamiento en Madrid con la obligación de presentarse diariamente en Capitanía general. Así lo hizo, al principio. En Capitanía llegaron ya á tomar como cosa de broma, la frase burlona y un poco gedeónica de vengo á decir que estoy aquí. Luego ya se presentó por meses, y por fin dejó de presentarse... Sus correligionarios consiguieron por fin hacerle diputado. Hay que advertir que él no quería, porque como ya he escrito antes se ha reído siempre de las actas... Ahora mismo, en las últimas elecciones, vino una comisión de correligionarios, desde Valencia, á pedirle que les autorizase para presentar su candidatura nuevamente, y tanto insistieron y tan decididos les vio á presentarla, que hubo de amenazarles con renunciar á su nacionalidad y adoptar la argentina si no desistían.

El Retiro de Madrid, diciembre 1900. Homenaje a Blasco, con Benito Pérez Galdós
V. Blasco Ibáñez en la Asamblea republicana, Madrid, 1905
Al ser diputado, ya no volvió á la cárcel, pero menudearon los duelos. Ha sido herido varias veces, y tiene dos balazos en el cuerpo. Repito que á los duelos ha ido porque si, pero conste que son los episodios que menos le interesan de todos los de su vida.
El desafío más grave fué con un capitán de orden público. Su salvación fué una casualidad inverosímil, verdaderamente inverosímil. Tanto que en el teatro la silbarían y en la novela acusarían á su autor de pobre de recursos imaginativos. La bala no fue á dar en un llavero como se ha dicho. Ni siquiera fué eso. Se alojó en la anilla que tienen los cinturones para enganchar la cadena del reloj. Y un dato curioso. Con este motivo, recibió millares de cartas de católicos—que el agradeció por el interés que le mostraban—, diciéndole que el desenlace increíble de aquel duelo, había sido obra milagrosa, y exhortándole á que meditara el caso. También le escribió en el mismo sentido, el Arzobispo de Granada, un prelado muy bueno y de mucho talento, y  de tan seductor estilo epistolar que Blasco mantuvo correspondencia con él durante largo tiempo.
— ¿Conserva usted alguna de esas cartas?
Nó.
— ¡Qué lástima!—Exclamé yo, pues ellas hubieran sido el reflejo del estado de ánimo en que quedó el gran artista después dé pasar por tan duro trance, y testimonio de la perseverante labor evangelizadora del apóstol.
—Yo no conservo ninguna carta. Dígalo usted. A veces, me han hecho falta algunas, y me ha desesperado su falta. En varias ocasiones, me he propuesto conservarlas. He llegado á reunir algunas. Pero, luego, de pronto, he visto que me ocupaban mucho espacio, y las he quemado.

La Barraca, ed. F. Sempere, 1901, Ilustrador: Fillol 
Siendo diputado ya, reanudó la confección de sus novelas, á altas horas de la madrugada, después del trabajo de El Pueblo. Se me olvidaba referir que, á su regreso de Italia, encontró al pintor su amigo, en cuya casa estuvo oculto antes de embarcarse.  Le preguntó por su cuento Venganza moruna; le contestó que no se había acordado de mandarlo al periódico, y se lo devolvió. Lo leyó otra vez. Siguió gustándole. Mejor dicho, le gustó más, y pensó que allí había materia para hacer una buena novela. Se puso á hacerla y salió... La Barraca.
—¿Qué se la inspiró?
—La realidad. Allí hay más realidad que imaginación. Todo to que describía lo había él visto de mozalbete.  La Barraca es de todas sus obras, la que tiene más historia. A una hermana de Blasco que tenía doce años menos que él la criaba una nodriza huertana. Su madre y él cuando iban á visitarla, á la huerta, veían allá, un poco distante del camino, unos campos llenos de malezas, incultos, en medio de los otros de esmeralda, siempre lozanos y bien trabajados... En medio de aquellos campos de desolación, había unas barracas caídas...
La visión de aquellos campos muertos, le causaba una impresión tristísima; hasta sentía miedo al pasar por allí.

Los tipos son reales.
No me cabe duda de que los había visto en sus correrías por la huerta, acompañado por sus compañeros de Universidad.
El éxito de La Barraca no pudo ser más merecido ni llegar con mayor retraso.
La novela se publicó en el folletín de El Pueblo. Luego se hizo una tirada de quinientos ejemplares... No la compró nadie. Los periódicos dieron cuenta de ella en la sección bibliográfica, con una gacetilla de esas que sirven para todas las novelas: sin darle importancia. Algunos ni siquiera la mencionaron para acusar recibo de los ejemplares que se les había enviado. Mucho tiempo después, Hérelle, célebre literato que ha traducido á D' Anunzzio, al francés, vio, á la salida de los toros, en una librería de San Sebastián un ejemplar de La Barraca. Lo compró y leyó la obra. Lo hizo ambiente en París, y la tradujo al francés. Entonces, El Liberal, la publicó en su folletín y se ocuparon de ella todos los periódicos y le dio tanto nombre que Blasco Ibáñez ha aclarado por ser el autor de La Barraca.
Miramos el reloj…
No quedaba tiempo para terminar su biografía...Por la noche en un coche del expreso, reanudamos nuestra charla.
Le pedí noticias de sus obras.
Flor de Mayo es hija de su afición al mar que ya he manifestado. En sus fuchinas («Fuchina» equivale en valenciano á «hacer novillos» y debe venir de «fuchir», huir, escaparse) de estudiante, ya observó bastante los tipos marítimos. Luego, en su fuga a Argel, hizo la travesía en una barca contrabandista. Cuando se dispuso á escribir estas novelas, hizo por las mañanas frecuentes excursiones al Cabañal, donde tomaba notas, en plena calle ó en plena playa, lo cual fué causa de que las pescadoras le creyeran recaudador de contribuciones, y le miraran con cierta prevención. 
En una de aquellas excursiones, un día, un muchacho que estaba pintando, se volvió a él, y le dijo: «Hombre, usted y yo hemos estudiado juntos en la Academia de San Carlos...» Porque el también empezó á aprender dibujo. Ya no se acordaba de él, pero se hicieron amigos. Aquel jovenzuelo era Joaquín Sorolla; no tenía la fama de hoy; al revés, volvía derrotado de Madrid. Le había dado por el prerrafaelismo, que no le iba ni con mucho con su temperamento... Allí, en la playa, se dio unas borracheras de luz y de Naturaleza, y soltó sus cuadros de pescadores que todos admiramos, y se hizo célebre... Así como á Blasco le llamaban el recaudador, á Sorolla le llamaban el retratero.

Sorolla  en la playa de Cabañal, Valencia


Después de Flor de Mayo, viene La Barraca cuya historia he consignado.
Y detrás de La Barraca, Sónnica la cortesana. No es una obra que le dejara satisfecho totalmente, ni la escribió por alardear de novelista histórico. Nó; agotado el tema de Valencia, quiso describir Sagunto y al mismo tiempo evocar el recuerdo de aquella época heroica. Fué una obra en que el artista y el patriota que lleva dentro Blasco, trabajaron con igual amor. 

Cañas y barro, es una consecuencia de sus frecuentes excursiones á la Albufera. No iba por cazar, pues le repugna matar un pájaro. Recuerda que uno que tuvo la desgracia de matar de un tiro, habiendo disparado en la creencia de no hacer blanco, lo mandó disecar y lo tiene en casa. En aquellas excursiones solía detenerse en una taberna que hay en el Palmar y que se llama de Sucre. A esta taberna, llegó una vez en un momento raro: en una puesta de sol que daba á la taberna aspecto de cuadro velazqueño. El sol en su agonía, inundaba de rayos amarillentos los azulejos de las paredes, de las cuales se destacaban con más firmeza las cabezas tostadas de los pescadores, como nimbadas de chispas de oro viejo... Se acordó dé los pescadores de Galilea, del lago de Tiberiades... y pensó escribir una novela mística: Los pescadores... Inventó el drama... Quiso hacer de Sangonera un símbolo. Pero á medida que avanzaba la obra, ya no hizo lo que quiso, sino lo que le dictaba la inspiración. Para escribirla, estuvo ocho días metido en una barca en medio de la Albufera. En el fondo de la barca, había puesto unos colchones para acostarse. En aquellos días recogió todas las leyendas que quisieron contarle aquellos viejos... Al mismo tiempo se dedicaba á cazar, á pesar de no tenerle afición, pues si lleva escopeta siempre que sale al campo, es porque se siente soldado y no se cansa. En América, no sale nunca al campo sin escopeta, y á ella debe el poder hacer largas caminatas.

V. Blasco Ibáñez por los escenarios de Cañas y Barro, en la Albufera de Valencia
Aunque era diputado empezaba a descuidar la política porque le aburría. La idea de escribir La Catedral se la sugirió una visita que hizo á Toledo en compañía de Mariano de Cávia.
La Argentina y sus grandezas fué un tour de force enorme, inaudito. Durante cinco meses estuvo trabajando más de 18 horas diarias.
Como que estuvo enfermo y todo... Blasco Ibáñez cuando escribe, trabaja por explosión. Al principio, le cuesta trabajo. Se levanta temprano, toma un desayuno fuerte de veras a las nueve, y se sienta á trabajar hasta las cuatro de la tarde. Almuerza y á las seis vuelve á emprender el trabajo hasta las once. A esa hora, come: lee un rato en la cama y se duerme.
Fernando Díaz de Mendoza


No le gusta el teatro. 
Dice que es tal su espíritu realista que nunca entra en situación. Aunque no quiera, ve á los actores y no puede imaginar que sean personajes; las decoraciones siempre son para él decoraciones, pero no le sugieren ni le hacen comprender el paisaje que tratan de representar... En fin, se le antoja todo antinatural, artificioso, y cree ver les ficelles, los hilillos con que el autor mueve á los actores...
A pesar de esto escribió un drama...

El Juez. Wenceslao Bueno que estaba en Apolo le pidió que le hiciese un drama. Por compromiso, lo escribió. Antes había sido un cuento. En él trabajó Díaz de Mendoza, actor desconocidísimo entonces. No ha podido ver nunca su obra representada. Es siempre de mal agüero para él su representación. El día del estreno murió su madre. Por eso no lo presenció. 
Y otra vez que quisieron representarla, le metieron en la cárcel.


V. Blasco Ibáñez con la Legión de Honor
Miré al ojal de la americana de Blasco, y vi en él el botón de la Legión de Honor.
— ¡Es la única condecoración que he admitido! La llevo porque en Francia causa grandísimo respeto quien ostenta este botón. Briand hizo más que esta concesión. Al fundarse las cátedras de idioma español, en todos los Liceos, puso de texto mis novelas para la lectura.


Como iba á partir el tren nos despedimos.
Escritas estas líneas en unas horas, para no demorar su aparición; sin tiempo primeramente para coordinar confesiones y referencias, y sin espacio ahora, para formular un comentario, no pretendo haber hecho un artículo, sino sencillamente publicar unas notas, base y recordatorio para un estudio biográfico detenido y sereno, que estamparé en un libro como merece el gran novelista.
Después de todo, lo que interesará al público es la vida agitada, de incansable y fecunda laboriosidad, de un hombre que como Cervantes, y al revés que muchos novelistas de hoy, que escriben las novelas y luego viven la vida, vive primero intensamente y de vez en cuando, escribe novelas.

Y, en cuanto á Blasco Ibáñez, ¿qué le importan las hojas de laurel que mi admiración por su obra, hubiese querido ofrecerle?
EL BACHILLER CORCHUELO


Artículo publicado en POR ESOS MUNDOS, número 194, marzo deL 1911. 
Reportero:  Enrique González Fiol (El Bachiller Corchuelo) 


3 comentarios:

  1. Excelente blog sobre el genial escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez.

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    1. Gracias, Cesar y bienvenido al blog!
      Un saludo,
      Marga

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    2. Sublime. Sin palabras y de verdad que tengo. Blasco era un hombre fuera de lo común, y ni fuera de lo común había otro como él. Irradiaba más energía que el núcleo rojo de Chernobil. ¿Más?..¡Más! Era dos centrales nucleares a pleno rendimiento. Fabuloso tipo. Ya no hacen con ese molde. Se ve que el alfarero lo rompió para que fuera único. irrepetible.

      Preciosa tu aportación, en Ateneo. Un verdadero manjar para un banquete de reyes. Gracias y gracias. Ya lo he compartido cuatro veces. Saludos

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